Clemente de Alejandría

(Tito Flavio Clemente; Atenas, c. 150 - Antioquía, c. 213) Padre de la Iglesia griega. Discípulo de Panteno, al que sucedió en la cátedra de la escuela catequética de Alejandría, se vio obligado a huir a Capadocia por las persecuciones de Septimio Severo. Influido por el platonismo medio, estudió las relaciones entre el cristianismo y la filosofía griega y fue el iniciador de la elaboración científica de la teología. Es autor de El pedagogo, Protréptico a los griegos y Stromata.

Primer doctor de la Iglesia, Clemente de Alejandría es una de las figuras más notables de la literatura (y, en ciertos aspectos, también de la especulación) griega cristiana del siglo III. Pagano e hijo de padres que también lo eran (aun cuando posiblemente iniciado en los misterios), se convirtió al cristianismo no sabemos cuándo ni en qué circunstancias. Acerca de ello, sin embargo, puede proyectar cierta luz una de sus obras, el Protréptico a los griegos (obra apologética que exhorta a los paganos a abrazar el cristianismo), si tenemos en cuenta la atormentada humanidad que se oculta bajo la estructura polémica y el ímpetu arrollador de su victoriosa afirmación de la religión cristiana.


San Clemente de Alejandría

Clemente viajó prolongadamente por Grecia, Italia, Siria, Palestina y Egipto en busca de una enseñanza que apagara su sed de verdad; la halló en la escuela catequética de Alejandría, denominada "Didaskaleion" y dirigida por Panteno, cuyas tendencias místicas y a la vez racionales, junto con su exégesis alegórica y filosófica, conquistaron muy pronto su inquieto espíritu. Tras haberse dedicado con Panteno a la profesión docente, le sucedió a su muerte (ocurrida hacia 190) en la dirección del famoso centro, que ya de él había recibido nuevo esplendor.

Sus aproximadamente veinte años de enseñanza religiosa en el "Didaskaleion" constituyeron el periodo más fecundo de su vida; a tal actividad, desarrollada ante una heterogénea concurrencia de paganos, catecúmenos, retóricos, filósofos. jóvenes ricos y mujeres elegantes que llenaba la escuela, se entregó con la vocación de un apóstol, movido casi por una inspiración divina y poniendo en la conquista de las almas el ardor jubiloso de una fe sincera y el encanto de su temperamento optimista, como un perfecto conocedor del mundo y la vida que, precisamente por ello, se inclinaba a la indulgencia y a la comprensión.

Durante la persecución de Septimio Severo, en 202, hubo de abandonar Alejandría y buscar refugio en otras partes; lo hallaría en Capadocia, por lo que no regresó ya jamás a aquella ciudad. Clemente poseyó un amplio conocimiento de la literatura y la filosofía griegas, y fue convencido y entusiasta defensor de la necesidad de conciliar o, más bien, aliar la cultura filosófica helénica (juzgada por él una especie de preparación a la perfección cristiana) con la religión de Cristo; y así, cabe considerar su fe como un cristianismo filosófico o una especie de gnosis cristiana, como se desprende en particular de la tercera de sus obras, las Stromata (Misceláneas), que con el Protréptico y El pedagogo, forma una trilogía.

El Protréptico o "exhortación" constituye en efecto la primera parte de una gran obra apologética que San Clemente se había propuesto escribir en defensa del Cristianismo. El autor se dirige a los paganos demostrándoles lo vanos que son los mitos y las leyendas griegas y lo muy superior que es la filosofía cristiana a la pagana: comienza atacando los misterios y los oráculos que de tanta confianza gozaban entre sus contemporáneos y que tenían en la religión pagana importancia tal vez mayor que las mismas divinidades; pasa después revista a todos los dioses, desde los de la antigua mitología griega a los egipcios, y demuestra una vez más, como todos los apologistas cristianos, el concepto expresado por primera vez por Evemero de Mesina de que los dioses no son más que hombres divinizados.

Hablando de los cultos, de los sacrificios y de las imágenes, San Clemente nota con agudeza la importancia que había tenido el arte en el desarrollo del paganismo para pasar a hablar luego de la filosofía, que conoce los problemas y los tormentos del alma, pero no sabe encontrar para ellos aquella respuesta satisfactoria que se encuentra, en cambio, en la Sagrada Escritura. La obra se cierra con una larga y ardentísima exhortación a los paganos a abrazar el cristianismo, la única fe en que el alma humana puede encontrar la paz y la serenidad: y esta exhortación está dictada por un sentimiento verdadero, profundo y entusiasta, que se expresa en algunos momentos con acentos verdaderamente líricos. Su estilo es más bien enfático, adornado con todos los postizos atavíos del arte retórico al que el autor se muestra muy esquivo en sus obras posteriores.

En El pedagogo, el autor se propuso no sólo componer un tratado sistemático de moral cristiana, sino ofrecer a los neófitos un método práctico de educación, que consiste en ponerse directamente bajo la guía del "Logos", el Verbo divino. El primer libro de la obra, que es el más extenso, más original y más importante, está dedicado a la persona del pedagogo; Jesús, el verdadero y sumo educador, ha guardado para sí el cometido de catequizar a los hombres, que ante él se encuentran en la condición de niños necesitados de su palabra, sin las distinciones de las facultades espirituales y de las capacidades que, creadas por la gran filosofía griega, habían sido después precisadas por los gnósticos.

Objeto de la educación es, para Clemente, dirigir a los hombres según la verdad y conducirlos a la suma beatitud, esto es, a la contemplación de Dios. En el segundo y tercer libros, el autor pasa revista a los vicios más difundidos en la sociedad de su tiempo, esto es, el placer, el lujo de la vida, de las casas, de los vestidos, el excesivo cuidado y culto de la belleza física. Además de su valor moral, estos dos libros, que derivan probablemente de obras hoy perdidas, son notables por su espíritu de observación y por la vivacidad realista con que el autor retrata hombres, hechos y costumbres de la sociedad alejandrina de su tiempo.

A estos escritos debía seguir El maestro, que habría contenido toda la enseñanza doctrinal del cristianismo, reservado a la aristocracia intelectual que se hallase bien dispuesta para ser iniciada en los "grandes misterios". En lugar de este tratado, proyectado y repetidamente anunciado por San Clemente, hallamos los Stromata, voluminosa y confusa obra en siete u ocho volúmenes que contiene sin orden ni conexión aparente las doctrinas más dispares y los asuntos más variados. El propio título, a primera vista tan extraño, enlaza esta obra con un tipo de literatura en boga en tiempos del autor, fruto de la erudición y consistente en compilaciones, antologías, manuales y colecciones de todo género, de asuntos y temas varios, yuxtapuestos sin nexo de orden ni de estilo.

Probablemente, el autor, en el momento de crear un tratado de la doctrina cristiana, juzgando que sólo en la filosofía griega podía tomar el ejemplo de un método y un sistema, se encontró en la necesidad de afrontar un problema bastante discutido por entonces, o sea el referente a las relaciones entre la filosofía griega y el cristianismo. Los dos primeros libros de los Stromata están dedicados a la resolución de este problema, concluyendo que el cristiano debe y puede utilizar los resultados de la filosofía griega, puesto que ésta, a su vez, deriva de la especulación profética hebrea. El estudio de la filosofía es, así, necesario a todo buen cristiano. En el segundo libro insiste particularmente en la importancia de la verdad, que supera todas las conquistas de la razón, y proclama la fe como fundamento de toda conciencia verdadera.

Para definir la moral del buen cristiano, San Clemente de Alejandría comienza por hacer una extensa digresión sobre la pureza conyugal y virginal, que ocupa todo el tercer libro; seguidamente, en el cuarto, habla del martirio, desaprobando tanto a los gnósticos que no consideraban pecado la apostasía como a los cristianos que buscaban voluntariamente el suplicio. El quinto libro está dedicado a lo que San Clemente denomina los "símbolos", es decir, los personajes que, en las religiones populares, en el Antiguo Testamento y entre los filósofos simbolizan las verdades superiores; demuestra cuánto habían sacado los griegos de la filosofía hebraica y cristiana, y es importante para la comprensión del método alegórico que Clemente aplica a la interpretación de las Escrituras.

En el sexto y séptimo libros, dirigidos a los filósofos, el autor describe las características de la religión del verdadero gnóstico (como él llama al verdadero cristiano), cuyo carácter moral había precisado sirviéndose ante todo de pasajes de las Sagradas Escrituras, llegando después, en el séptimo libro, que es el más claro y accesible de toda la obra, a desarrollar un tratado directo. Posiblemente seguía un octavo libro, del cual se conservan fragmentos; en todo caso, los Stromata no llegaron a terminarse; ello podría explicar parcialmente la gran desigualdad que en el pensamiento y en el estilo ofrece esta obra, unas veces nítida y cuidada, otras confusa y contradictoria; desigualdades, por otra parte, justificables en un escrito que, como el autor bien sabía, abre un período completamente nuevo en la historia de la literatura y de la filosofía cristianas.

Clemente había recibido una educación clásica de la que no quería renegar; de otra parte, no estaba dominado por aquel fanatismo que consideraba toda la literatura profana y filosófica como inspirada por el demonio; ante la necesidad de reconocer el justo valor de ésta, la justifica como una forma de revelación y la interpreta como un medio de que dispone el cristiano para llegar al conocimiento de la verdad suprema. Inicia así el período de la preocupación activa por fundir la filosofía griega con la cristiana. La verdadera gnosis, según San Clemente, se basa por tanto en la fe, pero la razón y la inteligencia no le son extraños y guían al fiel hacia el conocimiento del bien, fin en sí mismo al que el verdadero gnóstico debe tender. Su discípulo del "Didaskaleion", el gran Orígenes, continuó la labor de San Clemente, la cual, aun sin verse condenada como la del discípulo, fue juzgada no obstante con recelo por la ortodoxia posterior.