Hernando Domínguez Camargo

(Santafé de Bogotá, 1606 - Tunja, 1659) Poeta y jesuita colombiano de origen español cuya poesía se inscribe en el culteranismo barroco que inició Góngora en España.

Era hijo de Hernando Domínguez, natural de Medina de las Torres, y de Catalina Camargo Gamboa, natural de Bogotá pero originaria de Mompós. Su padre falleció cuando contaba doce años de edad. Domínguez Camargo estudió en el colegio de los jesuitas; poco tiempo después, en mayo de 1621, ingresó en la Compañía de Jesús y, transcurridos dos años, recibió los votos.

Como el colegio jesuita de dicha ciudad afrontaba numerosos problemas de sostenimiento a causa de lo tardío de su fundación, el provincial de la orden envió a Quito a un grupo numeroso de alumnos, entre los que figuraba Domínguez. El joven jesuita debió recibir una gran impresión de este territorio, que recordó luego en el poema A un salto por donde se despeña el arroyo de Chillo, y también en la Invectiva apologética, una reflexión sobre la creación poética en la que aludió a la hacienda que la Compañía tenía en Chillo.

Domínguez regresó posteriormente al Nuevo Reino, pero a la ciudad de Cartagena, en cuyo colegio jesuita estuvo viviendo; allí fue donde emprendió realmente su obra poética. A modo de ejemplo puede recordarse su poema Al agasajo con que Cartagena recibe a los que vienen de España. Algo importante le ocurrió en esta ciudad, aunque se desconoce, que lo impulsó a abandonar la Compañía de Jesús el año 1636.

No renunció, en cambio, a su categoría sacerdotal, pero abandonó la costa y se trasladó al interior. En 1636 fue párroco de Gachetá, luego de Tocancipá y Paipa y en 1650 de Turmequé, un pueblecito del altiplano cundiboyacense. Más tarde fue cura beneficiado de la iglesia parroquial de Tunja. El 18 de febrero de 1659 hizo testamento en esta ciudad y, pocos meses después, fallecía. Fue enterrado en la capilla del Rosario de la Iglesia de Santo Domingo.

La obra de Domínguez Camargo

La mayor parte de las composiciones líricas de Hernando Domínguez Camargo se publicaron en el Ramillete de varias flores poéticas, de Jacinto de Evia (1676). Allí hallamos, entre otras, A la Pasión de Cristo y la ya citada A un salto por donde se despeña el arroyo de Chillo. Otra de sus composiciones destacadas es el soneto A don Martín de Saavedra y Guzmán. Es curioso advertir que el exacerbado gongorismo de sus composiciones serias disminuye hasta casi desaparecer en sus poemas satíricos, como puede observarse en el soneto A Guatavita.

Pero lo más destacado de la obra de Domínguez Camargo sigue el estilo del español Luis de Góngora, iniciador y máximo exponente del culteranismo. En 1666 el maestro don Antonio Navarro Navarrete publicó póstumamente en Madrid su obra más extensa y ambiciosa: San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús: Poema heroico. Escrito en octavas reales, el poema consta de 9.600 versos organizados en 24 cantos, contenidos en cinco gruesos volúmenes. El libro es una biografía en verso del santo: narra la vida de Ignacio de Loyola desde su nacimiento y bautismo hasta el momento en que funda la ilustre Compañía de Jesús, tras sus campañas militares en Pamplona. El poema relata también sus numerosas peregrinaciones, así como su conversión al cristianismo y su penitencia.

Gongorino entusiasta y no exento de ingenio, dotado de excelentes recursos de versificador, Hernando Domínguez Camargo es un figura representativa del barroco literario en la América española, cuya extensión sólo es comparable a la del barroco de las artes plásticas. La valoración de este poeta ha sufrido las peripecias bien conocidas del juicio de la posteridad sobre el espíritu y forma del barroco. Si su editor del siglo XVII llama a Domínguez Camargo nada menos que "refulgente Apolo de las más floridas musas de todo este Nuevo Orbe", Marcelino Menéndez Pelayo, que no fue muy piadoso con el culteranismo, dice de su poema sobre San Ignacio que es "uno de los más tenebrosos abortos del gongorismo, sin ningún rasgo de ingenio que haga tolerables sus aberraciones".

No difiere mucho el juicio del ilustre crítico colombiano don Antonio Gómez Restrepo, quien, aunque encuentra en la obra "versos sonoros, octavas muy bien cortadas, rimas ricas", lamenta "el esfuerzo cerebral que presupone el escribir una obra extensa en que nada está dicho en forma natural y corriente". El poeta español Gerardo Diego dijo, sin embargo, que "penetrando en los laberintos del poema, nos hallamos en recodos de encanto y de poesía, cuando no de peregrina belleza".