Lorenzo Ghiberti

(Florencia, 1378-id., 1455) Escultor y orfebre italiano. Comenzó su actividad artística como orfebre, pero fue una personalidad modesta hasta 1401, cuando participó con El sacrificio de Isaac en el concurso para la realización de las segundas puertas (o puertas norte) del baptisterio de Florencia, en el que resultó ganador, imponiéndose, entre otros, a Brunelleschi.

Este hecho marcó su vida, ya que una obra de tal envergadura requirió la creación de un importante taller que sería el principal de Florencia a lo largo de medio siglo; en él se formaron destacadas figuras como Donatello, Michelozzo, Uccello, Masolino y Filarete. Las puertas norte, realizadas de 1403 a 1424, incluyen veinte episodios de la vida de Cristo y ocho figuras de santos, talladas con el estilo elegante y minucioso, lleno de detalles, que caracteriza la escultura gótica.

En esta tarea, Ghiberti fue auxiliado, entre otros, por pintores como Masolino y Uccello y por escultores como el joven Donatello. El sacrificio de Isaac, con el que había participado en el certamen, es representativo de un estilo suave que hunde sus raíces en el naturalismo tardomedieval, aunque no vuelve la espalda a las formas clásicas; gracias a su esmerada formación como orfebre había alcanzado un refinamiento que fue elogiado por Vasari. Mientras ejecutaba las puertas pudo llevar a cabo una serie de trabajos notables, como los tabernáculos con San Juan Bautista, San Mateo y San Esteban para la iglesia de Orsanmichele o el Bautismo de Jesús y El Bautista frente a Herodes, bajorrelieves en bronce dorado para la pila bautismal de Siena.


Plafón con la historia de Abraham en las puertas del
Paraíso (puerta este del Baptisterio de Florencia)

En 1425, el gremio de comerciantes de Florencia, satisfecho con su trabajo, le pidió que se ocupara también de las puertas este, que centraron su actividad hasta 1452. Sus diez grandes plafones de bronce dorado representan escenas del Antiguo Testamento en un estilo que nada tiene que ver con el anterior, por sus figuras poderosas, construidas sobre fondos de paisaje en los que se aplican con rigor las reglas de la perspectiva renacentista. Son, pues, estas puertas una obra típica ya del Renacimiento y que gozó de merecida fama en su tiempo, hasta el punto de que muchas grandes figuras del arte viajaron a Florencia para admirarlas. Vasari relata que Miguel Ángel las consideró dignas de ser las puertas del Paraíso, nombre con el que se las designa habitualmente.

Las diferencias en el estilo de ambas puertas son, ciertamente, tan notorias como significativas. Si en las puertas norte había tratado la vida de Cristo, en las puertas del Paraíso Ghiberti desplegó diez escenas del Antiguo Testamento según un programa establecido por el humanista Leonardo Bruni. En vez de recurrir a la división en medallones cuadrilobulados, tal como había hecho Andrea Pisano y él mismo en la anterior, Ghiberti adoptó la división en paneles separados por bandas, que incluyen nichos con pequeñas figuras y medallones con cabezas, una de las cuales es su autorretrato. Las figuras se destacan suavemente de un fondo de finas arquitecturas por medio de un modelado magistral, mientras una multitud de detalles enriquece cada una de las escenas.

En las puertas del Paraíso, Ghiberti se despojó de su dependencia respecto al arte tardomedieval y asumió conscientemente los principios de la representación en perspectiva, sobre todo en lo que respecta a las composiciones, aunque sigue practicando una escultura ondulante, minuciosa y exquisita. Se produce así una lograda fusión de los valores del mejor gótico lineal con el naturalismo clasicista del primer Renacimiento. Además, a pesar del idealismo que emana de sus figuras, aparece en los fondos todo un repertorio de formas arquitectónicas renacentistas, semejante al de Brunelleschi en las puertas norte y más cercano al lenguaje de Leon Battista Alberti en las del Paraíso. Algo parecido ocurría en el tabernáculo de San Mateo en Orsanmichele, que a pesar de su delicada estructura gótica puede considerarse esencialmente clásico.

Al final de su vida, hacia 1447, Ghiberti comenzó a escribir los tres libros que componen sus Comentarios, tratado en el que quiso dejar claro cuáles habían sido sus convicciones estéticas. Después de examinar, en el primero, los textos antiguos de Plinio el Viejo y Vitruvio y de tratar, en el tercero, cuestiones de óptica, anatomía y proporciones, escribe en el segundo la que puede considerarse primera historia del arte moderno. Cuando habla de la pintura italiana ensalza las figuras de Cimabue, Duccio o Giotto, pero a la hora de ocuparse de la escultura pasa de puntillas por artistas de la talla de Nicola y Giovanni Pisano, Arnolfo di Cambio o Tino di Camaino. Ello se debe a que, desde su punto de vista, el cambio que había tenido lugar en la pintura no había acontecido en la escultura hasta su propia época. Ghiberti pretendió siempre establecer un nexo entre el arte medieval y el antiguo. Probablemente, su fórmula hubiera sido duradera de no haber aparecido otros artistas más decididos que él a romper, definitivamente, con la abstracción gótica en la escultura.