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Engelbert Humperdinck

(Siegburg, Alemania, 1854 - Neustrelitz, id., 1921) Compositor, crítico y pedagogo alemán. Estudió con Hiller en Colonia, y luego con Lachner y Rheinberger en Munich. En 1879, después de obtener el premio Mendelssohn, fue a Italia; en Nápoles conoció a Wagner, con quien marchó a Bayreuth y colaboró en la puesta en escena de Parsifal (1882).


Engelbert Humperdinck

Un nuevo premio, el Meyerbeer, le permitió otro viaje, esta vez a Italia, Francia y España. Su labor como pedagogo le llevó a trabajar por breve tiempo en el Conservatorio de Barcelona (1885-1886). Desde 1890 fue profesor del Hoch de Francfort, actuó como crítico musical del Frankfurter Zeitung y empezó a dedicarse al teatro. Pasó luego a la Meister-Schule, de la que fue profesor (1896) y director (1900). Miembro del senado de la Academia de Bellas Artes de Berlín, Engelbert Humperdinck fue disminuyendo progresivamente su actividad creadora, que abandonó por completo en 1919.

Seguidor de las propuestas estéticas y musicales de Richard Wagner, Engelbert Humperdinck ha pasado a la posteridad especialmente por una única obra: la ópera Hansel y Gretel (1893). Su original mezcla de wagnerismo e ingenuas melodías populares, junto a su argumento mágico, han hecho de esta partitura una de las favoritas del gran público, sobre todo en los países del área germánica. En ella las formas y procedimientos típicamente wagnerianos aparecen sometidos a un proceso de reducción proporcional que los adapta al mundo infantil de los dos protagonistas y mantiene un clima mágico de fábula.

Estrenada en Weimar en 1893, Hansel y Gretel es una ópera en tres cuadros con libreto de Adelaide Wette, quien se basó en el cuento popular alemán homónimo recopilado por los hermanos Grimm. Hansel y Gretel (Juanito y Margarita), dos hermanos hijos de un barrendero, se alejan un día de su casa para ir al bosque en busca de fresas y son sorprendidos por la noche en aquel lugar. Se duermen bajo los árboles y a la mañana siguiente, al despertarse, se dan cuenta de que cerca de allí se alza un extraño castillo, hecho completamente de turrón, chocolate y otros dulces. No saben ellos que allí vive la bruja Mazapán, que atrae a los niños con sus golosinas para quemarlos en un horno mágico, del cual salen transformados en figurillas de mazapán.

Mientras los dos muchachos están probando las paredes del castillo, sale la bruja, echa un lazo al cuello de Hansel y, después de pronunciar unas palabras mágicas, le encierra en el gallinero, de donde pasará al horno. La bruja ordena a Gretel que cuide del fuego, pero ésta, aprovechando un momento en que la bruja, para enseñarle cómo ha de hacerlo, está cerca del fuego, le da un empujón, ayudada por Hansel, que ha conseguido liberarse, y la echa al horno. Entonces el edificio estalla con un gran estrépito: todos los niños que la bruja había anteriormente transformado en estatuitas de mazapán quedan liberados del hechizo y danzan alegremente con Hansel y Gretel, mientras llegan los padres de éstos, que llevaban mucho tiempo buscándolos.

La ópera es, en conjunto, agradable y graciosa, especialmente por haber tenido el autor la feliz idea de introducir en ella numerosas canciones populares alemanas, principalmente de Westfalia, dejándolas casi siempre intactas y reproduciéndolas como suele cantarlas el pueblo. Muy recordada es la canción de Gretel al principio del segundo acto, una de sus mejores páginas. Las canciones son sin duda la parte más acertada de la ópera; cuando el autor se aleja de ellas cae en un excesivo wagnerianismo, poco adecuado a la sencillez y a la ingenuidad del argumento. Este estilo elaborado y recargado es propio, especialmente, de los preludios del primer y del segundo cuadro y de los demás fragmentos sinfónicos de la ópera. Sin embargo, Hansel y Gretel puede ser considerada como el primer éxito teatral alcanzado por un epígono de Wagner: obtuvo un memorable triunfo tanto en los escenarios alemanes como en los extranjeros.

El resto de su producción escénica no ha superado la prueba del tiempo, aunque algunos de sus títulos, como Los hijos del rey (1910), se reponen de vez en cuando. Su especial sensibilidad hacia el mundo infantil es palpable también en Los siete Geislein (1895) y en los Cuatro lieder para niños (1901).

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