Julien Offray de La Mettrie

(Julien Offray u Offroy de La Mettrie; Saint-Malo, 1709 - Berlín, 1751) Médico y filósofo francés. Nacido en el seno de una familia de comerciantes, se educó con los jesuitas y estudió medicina en París y Reims. Causó polémica su interpretación materialista de los fenómenos físicos, que le llevó a negar la existencia de Dios y el alma humana en textos como Historia natural del alma (1745). Por ello se vio obligado a exiliarse primero en los Países Bajos y luego en la corte de Federico II de Prusia, de la que fue médico. Su mecanicismo radical quedó expuesto en El hombre máquina (1748), ensayo en el que interpreta el pensamiento como el resultado de la acción de los componentes del cerebro y propone una continuidad entre los animales y el hombre. También propuso considerar a ciertos criminales como enfermos. Típicamente ilustrado, su pensamiento pone una fe sin límites en el progreso científico y ataca con saña la religión y la ignorancia médica. Entre sus obras de medicina destaca Observaciones de medicina práctica (1743).


Julien Offray de La Mettrie

Después de haber estudiado teología y sido un ferviente jansenista, Julien Offray de La Mettrie marchó en 1733 a Leyden, y, bajo la guía del famoso médico y fisiólogo Herman Boerhave, seguidor de las doctrinas de Spinoza, se dedicó al estudio de la medicina; ello le indujo al materialismo, al que daría la forma más sistemática y lógica. Médico militar en París en 1742, se enemistó con todos sus colegas a causa de algunos despectivos textos polémicos.

Su primera obra filosófica, Historia natural del alma, publicada en 1745 en La Haya, le indispuso también con los medios eclesiásticos, y hubo de salir de Francia; refugiado en Holanda, fue igualmente expulsado de este país tras la publicación de su libro El hombre máquina (1748). Finalmente se vio bien acogido en la corte de Federico el Grande, quien incluso le introdujo en la Academia de Berlín. Sin embargo, poco después y de forma inesperada, La Mettrie falleció de una indigestión.

A partir de su tratado sobre el alma, el materialismo de La Mettrie aparece fundamentado en observaciones fisiológicas (explicación mecánica de los movimientos de los animales) y en consecuencia procedentes de la física de Newton (la atracción es una prueba de las capacidades activas de la materia). La vida orgánica e incluso los actos de la conciencia, mera función físico-química del cerebro, pueden quedar suficientemente explicados por la materia. Ello excluye, en cuanto que inútil hipótesis, el alma como sustancia.

En El hombre máquina (1748), su obra más famosa, La Mettrie funda toda la actividad consciente del hombre en la teoría del automatismo animal, y extiende al ser humano lo que Descartes había considerado evidente sólo en las bestias; convencido del desarrollo de los órganos mediante el ejercicio y la educación, La Mettrie juzga posible incluso la enseñanza del lenguaje a los monos.

Posteriormente escribió El hombre-planta (1748), donde afirma que los vegetales poseen, como el hombre, sensibilidad, y Les animaux plus que machines (1750), para demostrar, en oposición a Descartes, que la conciencia de los animales tiene la misma naturaleza que la humana. La Mettrie considera la existencia de Dios como una suposición innecesaria, y se complace en una moral libremente materialista, que exalta por encima de todos los restantes el placer de los sentidos, aun cuando también deduce del mismo individualismo (a través del sentimiento del "honor") el criterio de la subordinación del interés privado al público, y, en consecuencia, la posibilidad de una norma de conducta moral.

El hombre máquina

La Mettrie expuso con audacia y sinceridad su materialismo en la que es sin duda la más conocida de sus obras, El hombre máquina (1748). Para La Mettrie, la filosofía no ha probado ni probará nunca de modo seguro que exista un alma, en el sentido espiritual de la palabra, ni lo puede probar la revelación, porque si la naturaleza es muda, también su Dios lo es; la razón nos ha sido concedida, además, para explicar la revelación y acordarla con la naturaleza. "Los sentidos son mis filósofos", afirma el autor; "sin sensaciones no hay ideas".

Ahora bien, los sentidos y la experiencia nos dicen que las funciones del alma dependen del temperamento, del ambiente, de la nutrición, de las enfermedades. Las perturbaciones mentales están en función de las orgánicas, de modo que "Hubiera bastado una cosa muy insignificante, una fibrilla, para volver idiotas a un Erasmo o a un Fontenelle". El pensamiento depende estrictamente de la materia; en el universo no hay más que una sustancia diversamente modificada, y el hombre es una máquina. El alma es sólo un principio de movimiento, o una parte natural invisible del cerebro, que es el resorte principal de la máquina. Ello no implica que el alma humana perezca enteramente; de eso simplemente no sabemos nada. Con todo, La Mettrie no afirma que la materia sea la única realidad del universo; el suyo es un materialismo antropológico.

En cuanto a la existencia de un Ser Supremo, la admite como posible, pero negando valor a las pruebas tradicionales del primer motor y de las causas finales. Por lo demás, de la existencia de Dios no se podría deducir la necesidad de un culto, ni su negación implica la negación de la moral. "El universo no será nunca feliz hasta que sea ateo. Sólo entonces la naturaleza, hasta hoy inficionada del veneno sacro, recuperará sus derechos."

La moral de Julien Offray de La Mettrie es un epicureísmo no refinado. La naturaleza nos ha creado sólo para ser felices, y la felicidad reposa sobre el sentimiento de los placeres, a los que considera de carácter sensual. No existen ni el bien ni el mal de modo absoluto, sino solamente el interés público o privado. Al contrario de Hobbes, La Mettrie no atribuye al Estado el derecho a determinar el bien, sino que se remite para ello al individuo. Con todo, el Estado puede conducir a los individuos a servir el interés común con un sistema de castigos y premios.

El hombre máquina obtuvo un enorme "éxito de escándalo" en su época, especialmente en Alemania, donde se publicaron muchas refutaciones de ese libro ya al año siguiente de su publicación. En realidad, se trata de una obra de mera vulgarización que carece de originalidad y extiende al hombre el automatismo atribuido por Descartes a los animales, exagera el empirismo de Locke y resucita el hedonismo de Epicuro. La desenvoltura y la ligereza con que trata los datos fundamentales de la experiencia interior, ética y religiosa, son sus notas dominantes; la coherencia, la sinceridad y la cruda franqueza constituyen su mérito principal.