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María Luisa de Parma

(Parma, actual Italia, 1751 - Roma, 1819) Reina de España. Hija de Felipe, duque de Parma, en 1765 se casó con el príncipe de Asturias, futuro Carlos IV, coronado rey en 1788. Sobre éste ejerció una influencia determinante debido a sus propios intereses, en ocasiones caprichosos, que la llevaron a convertirse en una reina intrigante y, según diversas fuentes, depravada. La gran influencia que ejerció su amante Godoy tanto sobre ella como sobre el rey provocó el descontento popular y un grave conflicto con el príncipe de Asturias, Fernando, el futuro Fernando VII. Napoleón aprovechó la situación para intervenir en España, intervención que acabó por forzar la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando (1808). María Luisa siguió a su marido al destierro, primero en Francia, confinados por Napoleón en Compiègne, y posteriormente en Roma, donde falleció.


María Luisa de Parma
(detalle de un retrato de Mengs)

Educada en la Corte parmesana, donde recibió la instrucción de célebres artistas y filósofos (fue su preceptor el abate Condillac), María Luisa de Parma contrajo matrimonio 1765 con su primo Carlos, por entonces príncipe de Asturias y destinado a reinar como Carlos IV. Trasladada de inmediato a la Corte de Carlos III, su conducta desenvuelta, su altivez y su afán de ostentación toparon pronto con la austeridad de la Corona española y con el carácter apocado y la falta de ambición de su esposo, más interesado por la caza y las artes mecánicas que por los asuntos de Estado.

En 1788, tras la muerte de su padre, Carlos IV dejó los asuntos de gobierno en manos de María Luisa de Parma, quien supo oscurecer la figura de su esposo, rodeándose de amigos y admiradores. Entre ellos se contaba Manuel Godoy, que ingresó en el Real Cuerpo de Guardias de Corps y, protegido por la reina de forma declarada, se convirtió en el verdadero gobernante de España en calidad de primer ministro, cargo que desempeñó entre 1792 y 1808, con la única excepción del periodo comprendido entre 1798 y 1800; los rumores de la Corte, donde se le tuvo por amante de la reina, atribuyeron a Godoy la paternidad de algunos de los infantes.

Tanto María Luisa como Carlos IV confiaban en el genio político de Godoy para llevar adelante la regeneración del país; sin embargo, la conducta del valido acabó por conducir a España a una situación de crisis económica, propiciada por la política bélica, el endeudamiento de la Hacienda y la paralización del comercio con las Indias. El descontento popular y la oposición a la gestión de Godoy por parte de la Iglesia y de la aristocracia, que se agrupaban en torno al entonces príncipe de Asturias y futuro monarca Fernando VII, se recrudeció tras la Conspiración de El Escorial (1807) y desembocó en el Motín de Aranjuez (1808), que concluyó con la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando y con el encarcelamiento de Godoy.

Tras renunciar definitivamente Carlos IV a la corona en favor de José Bonaparte (1808-1813), una vez devuelta ésta por Fernando VII, María Luisa siguió a Carlos en su penoso exilio. Siempre acompañada por su marido y por Godoy, se trasladó primero a Francia (Fontainebleau, Marsella) y, a partir de 1812, a Italia, estableciéndose en Roma, donde crearon un reducto de la Corte española en el palacio de Barberini. Finalizada la Guerra de la Independencia, Fernando VII no le permitió regresar a España, empeñado en capturar a Godoy. María Luisa murió en enero de 1819, apenas un mes antes que su marido. Su elegancia y fastuosidad quedaron inmortalizadas por Goya, quien la retrató en numerosos lienzos.

Mujer atractiva, de acusada personalidad, y mucho más lista, decidida y ambiciosa que su marido, María Luisa de Parma ejerció siempre un completo dominio sobre Carlos IV. No era una mujer culta, pero tenía un reconocido buen gusto. El embajador Bourgoing escribía en 1782 que su "cortesía, ingenio y gracia" le daban "un encanto irresistible". El retrato de Mengs, cuando todavía era princesa de Asturias, es testigo de ese encanto; en cambio, la agudeza insobornable de Goya muestra, en los retratos de Maria Luisa, su altivez de mujer dominadora. Su desmedida afición al lujo en una época de profunda crisis no contribuyó a hacerla popular. Pero por encima de todo, MariaLuisa, como esposa, madre y reina, quedaría irremediablemente desprestigiada por sus caprichos, frivolidades y apasionamientos, que le hicieron caer en una conducta inmoral y escandalosa, especialmente grave en los delicados momentos que atravesaba la monarquía, duramente combatida por los aires de la Revolución Francesa.

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