Ana G. Méndez

(Ana González Estanque; Aguada, 1908 - San Juan, 1997) Educadora puertorriqueña. A juicio de Antonio Rodríguez Carmona, autor del libro Diez ejemplos puertorriqueños, Doña Ana G. Méndez "es un caso único en Puerto Rico y quizás en el mundo. En su infancia soñó lo que iba a ser en la vida. A los 14 años sabía cómo hacerlo. Cuando ya era una 'vieja' de 15 años, comenzó su carrera victoriosa y ahora, desde la montaña de su triunfo puede recibir el reconocimiento de todo un pueblo que la ama, especialmente de miles y miles de estudiantes, que gracias a esta madre ejemplar, son sus hijos e hijas, hombres y mujeres de provecho, 'hechos' por Ana G. Méndez".


Ana G. Méndez

Como preámbulo a su vida empresarial de decidido valor educativo, es menester destacar que su bisabuelo materno fue Roberto Cofresí Ramírez de Arellano, el Pirata Cofresí, legendario héroe del Caribe en el siglo XIX. Pareciera como si la sangre aventurera que corría por sus venas hubiese servido de acicate para su futura intrepidez educativa.

Ana G. Méndez provenía de una familia numerosa, en la cual ella fue la única en terminar sus estudios. Carente de recursos económicos, se casó a los quince años con el empresario hípico José Méndez Rivera, quien le sirvió de apoyo y sostén permitiéndole y ayudándole financieramente para que completara sus estudios de escuela superior, e incluso proporcionándole el dinero necesario en ocasiones para que pudieran seguir funcionando los proyectos educativos en que ella a menudo se embarcaba.

Desde su preparación académica ya se vislumbraba a la joven convencida de que su vida habría de estar ligada para siempre al campo educativo de Puerto Rico. Obtuvo el bachillerato en educación en la Universidad de Puerto Rico. En la Universidad de Nueva York alcanzó la maestría en educación.

Romper las barreras de la indiferencia, de las limitaciones económicas y de las actitudes conformistas representaron un reto para esta educadora en su afán por crear y desarrollar una institución educativa que respondiese a las necesidades presentes y futuras de un país en continuo desarrollo. Visionaria en el quehacer educativo puertorriqueño, estaba convencida de que hacían falta más instituciones educativas que ayudasen al desarrollo integral del estudiante boricua.

Ese genuino interés de servicio le llevó a proponer a dos de sus amigos, Don Alfredo Muñiz Souffront y el Dr. Florencio Pagán Cruz, la idea de establecer una escuela. Con este propósito buscaron un local en la Calle de Diego, número 25, en Río Piedras, Puerto Rico. Después de reparar y pintar el local ellos mismos, además de conseguir pizarras, libros y lápices de amigos y allegados, inauguraron la escuela el lunes 7 de enero de 1941.

Esa escuela y esos estudiantes constituyen el primer eslabón o piedra fundamental de lo que luego serían múltiples instituciones educativas enraizadas en el quehacer educativo boricua: la Puerto Rico High School of Commerce, el Puerto Rico Junior College, la Fundación Puerto Rico Junior College, la Universidad del Turabo, el Club del Libro de Puerto Rico, la Universidad Metropolitana, la Universidad del Este, el Canal 40 de televisión educativa y la Fundación Educativa Ana G. Méndez, entidad que cobijaba éstos y futuros proyectos.

En una época en que todavía en Puerto Rico no se hablaba de la educación a distancia, Doña Ana inició cursos a través de la televisión. Dentro de sus instalaciones educativas se trabajaban los libretos y se producían los programas que, luego de grabarse, se pasaban en la televisión comercial. Estudiantes de distintas regiones del país se alimentaron de la savia educativa que producía el tesón de esta educadora. Hoy en día sus centros educativos producen cursos que también se transmiten vía satélite a diversas regiones del mundo, como un recordatorio del sueño de su fundadora.

Los centros educativos que ayudó a crear continúan moldeando el carácter y desarrollando las destrezas y conocimientos de los jóvenes tanto del Caribe como de algunas regiones de Estados Unidos. La tenacidad de esta pionera de la educación puertorriqueña representa no solamente un aliciente para hombres y mujeres por igual sino también un ejemplo digno de emular. Un dato curioso que refleja su tenacidad es el hecho de que tardó siete años en conseguir la acreditación de su primer centro educativo. La burocracia gubernamental no era necesariamente el problema, sino más bien el prejuicio de los encargados del proceso de acreditación que no concebían que una mujer pudiese estar a cargo de una institución de esa magnitud.