Jaime Nunó

(San Juan de las Abadesas, España, 1824 - Bay Side, Estados Unidos, 1908) Compositor español recordado especialmente como el creador del himno nacional mexicano. Aunque ni nació ni falleció en México, el músico, compositor y director de orquesta Jaime Nunó permaneció en diversas ocasiones en dicho país y estuvo estrechamente vinculado a figuras políticas nacionales y episodios decisivos para el curso de la historia mexicana. En 1854, durante una de sus estancias en México ganó el concurso convocado para componer la música del Himno Nacional, cuya partitura se interpretó por primera vez el 15 de septiembre de ese mismo año. La autoría de la música del Himno Nacional le convirtió en un prócer patrio de la historia mexicana, por lo que posteriormente, en 1942, sus restos mortales fueron llevados a México y depositados en la Rotonda de los Hombres Ilustres, el monumental panteón nacional de Ciudad de México en el que se perpetúa la memoria de los hombres ilustres mexicanos, al tiempo que se les rinden honores póstumos.


Jaime Nunó

Nacido el 8 de septiembre de 1824 en San Juan de las Abadesas, pueblo de la provincia de Gerona, en Cataluña (España), fallecía en Bay Side, en Nueva Jersey (Estados Unidos), en 1908, a los 84 años de edad, siendo inicialmente sepultado en Buffalo, Nueva York. Jaime Nunó, cuyo nombre de pila en catalán era Jaume, nació en el seno de una familia humilde y fue el más pequeño de los siete hijos que tuvieron Francisco Nunó y su esposa Magdalena Roca. La familia Nunó contaba con unos parcos ingresos, obtenidos de su trabajo en una pequeña fábrica de San Juan de las Abadesas. Siendo todavía muy niño, Nunó recibió ya los primeros fundamentos de su formación musical, gracias a su hermano Juan, que era organista de la iglesia de San Juan de las Abadesas, y quien, pacientemente, lo introdujo en el mundo de la música.

Pero pocos años después del nacimiento de Jaime, empezó un triste período para la familia Nunó. El padre murió víctima de un accidente, lo que obligó a la madre a emigrar con el pequeño Jaime a la capital catalana, Barcelona, donde tenía algunos parientes, a fin de intentar superar las penalidades económicas y labrarse un futuro más esperanzador. Magdalena Roca murió, sin embargo, poco después, cuando Jaime Nunó contaba apenas nueve años, víctima de una terrible epidemia de cólera que causó una elevadísima mortandad. Nunó fue adoptado por su tío Bernardo, un comerciante de telas de seda de Barcelona que inmediatamente empezó a fomentar las grandes aptitudes musicales de su sobrino.

Los familiares de Nunó no tardaron pues en lograr que aquel pequeño, extraordinariamente dotado para la música, fuera admitido en la catedral de Barcelona para cantar en el coro, del que pronto se convirtió en un virtuoso solista. Nunó permaneció siete años en el coro de la catedral, donde, aparte de cantar, tocaba también el órgano. Cuando, definitivamente, le cambió la voz, recibió por sus prometedoras aptitudes una pensión para estudiar en Italia, donde asistió a clases de composición con el maestro Saverio Mercadante. Tras terminar su formación, regresó a Barcelona, decidido a ejercer su profesión, que prometía ser brillante: el joven Nunó había ya compuesto un gran número de piezas de baile, especialmente valses, así como arias y también misas.

Aunque inicialmente su vida profesional parecía que iba a transcurrir por cauces tranquilos, en una Barcelona cada día más próspera debido a los cambios económicos acaecidos a raíz de la revolución industrial, el futuro de Nunó había de seguir derroteros muy distintos. Efectivamente, cuando tras su regreso a España fue nombrado por el gobierno, en 1851, director de la Banda del Regimiento de la Reina, en Madrid, empezaba para este músico una nueva etapa intensa y agitada, repleta de cambios y viajes. Ese mismo año, el gobierno español le encomendó la misión de organizar las bandas militares regionales de Cuba, entonces posesión española.

Poco después de llegar a Cuba, Nunó trabó una especial amistad con Manuel Concha, gobernador y capitán general de Cuba. Fue allí también donde conoció al general mexicano Antonio López de Santa Anna, con quien habrían de unirle estrechos lazos de amistad. Cuando Santa Anna regresó a México para hacerse cargo por última vez de la presidencia del país, invitó a Nunó a que se uniera a él y le nombró (1853) director general de bandas militares, con el grado de capitán de infantería de la milicia activa, trabajo por el que habría de percibir un notable sueldo. La aceptación de dicho ofrecimiento significó para Nunó un cambio radical de vida, ya que no podía imaginar que la decisión de trasladarse junto con la comitiva de Santa Anna a México había de convertirlo años más tarde en prócer del país.

Fue también en 1853 cuando el gobierno de Santa Anna hizo una llamada a los poetas y compositores del país con objeto de escoger e instituir el himno nacional mexicano. Miguel Lerdo de Tejada, oficial mayor del Ministerio de Fomento, Colonización, Industria y Comercio, convocó pues un concurso para componer la música del Himno Nacional, cuya letra, seleccionada anteriormente, había sido escrita por el poeta Francisco González Bocanegra. La principal normativa que debía cumplirse para poder acceder al concurso era que las partituras tenían que ejecutarse siguiendo unas determinadas normas musicales y en un plazo máximo de sesenta días. Nunó escribió un himno vibrante, emotivo y triunfante que convenció definitivamente al jurado. El 12 de agosto de 1854 se dio a conocer oficialmente la pieza ganadora del certamen, que era la de Jaime Nunó. Como Nunó había firmado la partitura con sus iniciales, se le instó a que revelase su identidad.

Poco después, el 15 de septiembre, se interpretó por primera vez la partitura, en el curso de una función especial organizada para conmemorar el aniversario de la independencia. El acto en el que se estrenó el Himno Nacional tuvo lugar en el teatro Santa Anna. Aquel día, el himno fue interpretado solemnemente por los cantantes italianos Claudina Florentini, soprano, y Lorenzo Salvi, tenor, que estuvieron acompañados por coros y orquesta de la Gran Compañía de Ópera Italiana, bajo la dirección del maestro Vitessiri.

Todo parecía indicar que Nunó, tras cosechar importantes éxitos profesionales en México, se asentaría definitivamente en este país, en especial después de ser también nombrado, en abril de 1854, director del Conservatorio Nacional de Música, así como de haber editado (con Vicente María Riesgo) el Semanario Musical. Sus proyectos se truncaron, sin embargo, súbitamente. La derrota de Santa Anna, su protector, propició su salida del país en octubre de 1856. Además, a raíz de los cambios políticos acaecidos, el solemne himno de Nunó dejó de interpretarse oficialmente y, en las pocas ocasiones en que éste fue ejecutado, se omitieron algunas estrofas que mencionaban y ensalzaban a Santa Anna y a Agustín de Iturbide.

Tras abandonar México, se dirigió primero a La Habana, la capital cubana, y posteriormente a Estados Unidos, donde en los primeros tiempos organizó conciertos con su banda, con la cual actuó en numerosas ciudades estadounidenses. Posteriormente vivió en Nueva York, donde trabajó como concertista de piano y director de orquesta, incorporándose con éxito a numerosas compañías de ópera. En 1862 fue contratado por una importante compañía de ópera italiana con la que realizó una larga gira por Estados Unidos, Cuba y también México. Fue así como, en 1864, Jaime Nunó pisó de nuevo suelo mexicano, después de largos años de ausencia.

Tras esa larga gira profesional, Nunó fijó definitivamente su residencia en Estados Unidos y fundó una escuela de música en Buffalo, lugar donde años más tarde habría de sobrevenirle la muerte. Su dedicación a la enseñanza supuso otro cambio profundo en su variada trayectoria profesional, que se encauzó a partir de este momento hacia una vida más tranquila, aunque no exenta de triunfos y sorpresas.

Importa señalar que el himno de Jaime Nunó y Francisco González Bocanegra, caído prácticamente en el olvido a lo largo de varias décadas, no volvió a interpretarse en público hasta 1901, durante el porfiriato. Ese mismo año, cuando ya era un anciano de 77 años y con motivo de la Exposición Panamericana celebrada en Buffalo, Jaime Nunó fue descubierto por un periodista mexicano, que lo identificó como autor del Himno Nacional. Los responsables del pabellón mexicano, al saber que Nunó estaba afincado en esta ciudad, lo agasajaron con una cálida fiesta. Porfirio Díaz, que había oficializado el himno de Jaime Nunó, le invitó entonces a México para que recibiera el homenaje que aún no se le había ofrecido.

Nunó llegó a México el 12 de septiembre de 1901, donde, después de ser aclamado apoteósicamente y recibir clamorosos vítores y grandes homenajes, permaneció algunos meses, hasta el 21 de noviembre del mismo año. Uno de los actos más entrañables de este viaje tuvo lugar, precisamente, la noche del 15 de septiembre, cuando Nunó tuvo el honor de dirigir, triunfalmente, un grupo de bandas militares.

Ésta no sería, sin embargo, la última vez que visitaría México. En 1904, el octogenario Nunó fue invitado de nuevo por el gobierno mexicano con motivo de la celebración del cincuentenario del Himno Nacional, aunque en esta ocasión la estancia en México fue breve debido a su edad avanzada. Nunó pasó los últimos años de su vida junto a su hijo, llamado también Jaime, hasta que la muerte le sorprendió un 18 de julio de 1908. Su muerte fue el final de una trayectoria intensamente vivida y recompensada finalmente, en el ocaso, con los merecidos honores.

El pueblo natal de Jaime Nunó, convertido en la segunda mitad del siglo en un importante centro urbano de la comarca del Ripollés, región con un extraordinario pasado cultural y un magnífico patrimonio arquitectónico y legendario, quiso también rendirle un entrañable homenaje, dedicándole en 1969, a iniciativa de Salvador Moreno y costeada por mexicanos y catalanes, una fuente y, posteriormente, transformando su casa natal en museo local, destinado a perpetuar su memoria.