Abad Oliba

(Girona, 970 - Monasterio de Cuixá, 1046) Obispo y abad español, tercer hijo de los condes de Cerdenya y Besalú (Girona), Oliba Cabreta y Ermengarda, y nieto de Wifredo el Velloso. Tras la renuncia de su padre, en el año 988, Oliba pasó a ejercer, junto a su madre y sus hermanos, las funciones condales sobre el patrimonio territorial de la familia. Cuando en el año 994 se dividieron los estados patrimoniales de la familia entre los herederos, Oliba ejerció el cargo de conde, junto con su otro hermano Guifré, en los territorios de la Cerdenya, el Confleut, Berga y Capcir.

Entre los años 1002 y 1003, Oliba renunció a su título condal para ingresar como novicio en el monasterio benedictino de Santa María de Ripoll, cenobio que pertenecía a su familia y del que fue elegido abad en el año 1008. Ostentó desde entonces los títulos de abad de Santa María del Canigó y de San Miguel de Cuixá.

Probablemente, gracias a la intercesión de la condesa de Barcelona, Ermerinda, Oliba fue elegido obispo de Vich, en el año 1018. En este cargo, dio muestras de un celo religioso encomiable y poco común; combinó a la perfección sus cargos de abad y obispo, y desplegó una intensa actividad judicial y conciliar en defensa de los bienes y de los feligreses de su diócesis, amenazados por continuas incursiones francas y musulmanas. Por todo ello, asumió gran parte de la fortificación y repoblamiento de la Marca de la Segarra.

Oliba fue, además, uno de los primeros obispos catalanes que impulsó la celebración de asambleas sinodales; él mismo fue a varios concilios metropolitanos como el de Narbona, celebrado en el año 1022, lo que posibilitó el establecimiento de estrechos contactos con algunas de las personalidades religiosas más relevantes de su época (arzobispos Guifré de Narbona y Raimbau de Arlés, y los obispos Pere de Girona y Berenguer de Elna).

La gran fidelidad que siempre mostró a su familia se tradujo en el intento vano, junto con su hermano Bernat, de crear un obispado en Besalú. La negativa a tal proyecto por parte de los condes de Barcelona no le impidió mostrar su apoyo incondicional a la casa condal de Barcelona, especialmente a su gran valedora, la condesa Ermesinda, y del ideal político que representaban los condes barceloneses, enfrentados a una nobleza excesivamente contestataria con el poder omnímodo del condado barcelonés.

Pero donde realmente destacó la labor de Oliba fue en el aspecto cultural. Fue notable el impulso que dio a la arquitectura románica catalana, que se plasmó en las construcciones de los monasterios de Ripoll y Cuixá y en el ensanche de las naves de la catedral de Vich. Gracias a su impulso intelectual, el archivo del monasterio de Ripoll se engrandeció con setenta y un códices nuevos a los que protegió con el decreto de excomunión inmediata para todo aquel que osase robarlos o dañarlos.

El propio Oliba destacó como un insigne literato. Escribió una carta conciliar a todos los cenobios de su orden, varias epístolas a reyes, prelados y magnates y una memoria en la que dejó una serie de reglas y documentos referentes al gobierno del cenobio a sus sucesores. Finalmente, el 15 de enero del año 1032, Oliba consagró la basílica de Santa María de Ripoll, cuyas obras había dirigido y asesorado, como un centro religioso e intelectual de primera magnitud.