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Pelagio

(Britania, h. 360 - Alejandría?, h. 422) Monje de origen británico. Hacia el año 380 llegó a Roma, donde profesó junto a sus discípulos un riguroso ascetismo, y criticó severamente el laxismo moral imperante en la ciudad. Su doctrina, conocida como pelagianismo, afirmaba la excelencia de la creación y del libre albedrío, en detrimento del pecado original y de la gracia, por lo que se opuso públicamente a las enseñanzas de las Confesiones de San Agustín. Al caer la ciudad en manos de los godos de Alarico en el 410, ambos hubieron de emigrar al norte de África. Allí tuvo que hacer frente a los ataques de San Agustín, quien logró la condena de su doctrina en varios concilios africanos (411, 416, 418) y en el concilio de Éfeso (431). En 412 se instaló en Palestina, donde redactó De libero arbitrio (416), en respuesta a sus cada vez más numerosos detractores. Sus esfuerzos resultaron inútiles y al año siguiente fue excomulgado por el papa Inocencio I.


Pelagio

El pelagianismo es una concepción particular de la vida religiosa y ética que toma el nombre de su máximo representante, el monje britano Pelagio, probablemente de origen irlandés, quien, junto con sus discípulos Julián de Eclano y Celestio, la defendió en la primera mitad del siglo V, en abierta polémica con San Agustín, el cual tuvo ocasión de precisar, contra él, aquella doctrina de la gracia que estaba destinada a quedar como normativa en la tradición del cristianismo hasta la época de la escolástica. Las ideas de Pelagio (personalidad sobradamente conocida en la sociedad aristocrática de Roma a principios del siglo V, hombre de vivo ingenio, aunque desprovisto de una profunda cultura) se hallan expuestas con toda claridad en su famosa carta A Demetriades y en sus Exposiciones de las Epístolas de San Pablo.

En la carta a Demetriades, Pelagio desarrolla la idea de la esencial bondad de la naturaleza humana, en la cual existiría una santidad natural capaz de ejercer el juicio del bien y del mal. El mal no es pues inherente al hombre; el hombre ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza, es señor de todos los seres creados y su razón y su prudencia lo protegen contra las fuerzas brutales de la naturaleza. También ante Dios el hombre es perfectamente libre. El primer cuidado de aquel que quiere ser grato a Dios es el de indagar su voluntad y conformarse a ella, en sus propias acciones, con un acto voluntario y libre de su espíritu.

En el comentario a las Epístolas de San Pablo, las doctrinas soteriológicas paulinas son sistemáticamente interpretadas a partir de este programa moral que situaba el individuo humano como centro único de la vida ética y como libre creador del bien y del mal. En el comentario a la Epístola a los romanos, Pelagio se esfuerza en atenuar tanto como puede las tesis soteriológicas del apóstol. Allí donde San Pablo habla de la redención "por medio de la fe, sin las obras de la ley", Pelagio se apresura a señalar el abuso hecho de este pasaje por parte de los que afirman que la sola fe puede bastar al bautizado; donde el apóstol afirma que Cristo ha resucitado para "justificarnos", Pelagio entiende "para confirmar la justicia de los creyentes".

Para Pelagio, el pecado de Adán no ha perjudicado en nada la bondad de la naturaleza humana, sino que sólo ha ofrecido al hombre un ejemplo de pecado. Del mismo modo que, siguiendo el ejemplo de Adán, el hombre ha pecado y se ha alejado de Dios, así, siguiendo el luminoso ejemplo de Cristo, el hombre ha comprendido de nuevo cuál es la recta senda del bien y se ha reconciliado con Dios. Pelagio niega, en consecuencia, el pecado original como culpa que ha dañado irremediablemente la capacidad de obrar bien de la humanidad entera.

Contra los que afirman la transmisión del pecado, Pelagio observa que, si el pecado de Adán daña también a los no pecadores, del mismo modo la justicia de Cristo ha de ayudar a los no creyentes. Si el bautismo, por lo demás, lava aquel delito, los que nacen de dos bautizados debieran estar inmunes de este pecado, ya que no han podido transmitir a los hijos lo que ellos no tenían. Muy lejos de concebir el pecado como algo inmanente a la vida de los hombres, Pelagio interpreta el conocido pasaje de San Pablo (Rom. VII, 15-17) concediendo que el pecado habita en nosotros, pero "como un huésped, como algo extraño", ya que la naturaleza humana "podría no pecar, si quisiera", y la predestinación de Dios es sólo presciencia.

La tentativa de Pelagio consistía pues, en sustancia, en dar una base religiosa y cristiana a una concepción totalmente racionalista y autonomista de la vida ética: concepción que se resolvía en la práctica, si no formalmente, en una negación de la idea cristiana de la salvación obtenible sólo gracias a las virtudes redentores de Cristo, y que por tanto no dejaba lugar alguno, a causa de sus mismos presupuestos individualistas, a la concepción de la Iglesia como administradora de sacramentos.

Es inútil indagar históricamente la génesis y las fuentes de semejante postura, que no era, en el fondo, característica de Pelagio, sino más bien una actitud de amplios estratos de la población cristiana de entonces; el monje Pelagio no fue un iniciador, sino la expresión de una tendencia difusa en todas partes. No debe extrañar la actitud singular adoptada por el cristianismo oriental ante la controversia pelagiana. El cristianismo oriental iba polarizando cada vez más sus intereses hacia los más arduos problemas de la metafísica, y, así como en otra ocasión el Occidente había considerado las polémicas arrianas casi como mercancía de importación, así el Oriente asistía ahora con una cierta indiferencia a la controversia pelagiana, extraño a los problemas morales relativos al hombre y a su puesto en el mundo que fueron vida y tormento del cristianismo latino. Sin embargo, había algo en el cristianismo griego que lo llevaba a simpatizar con el límpido racionalismo ético de Pelagio, con su rígido intelectualismo, con su programa ascético todo él transido de orgullosa certeza.

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