Biografias y Vidas
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Amparo Rivelles

(Madrid, 1925) Actriz española. Hija de los actores María Fernanda Ladrón de Guevara y Rafael Rivelles, se inició en la tradición familiar participando, desde los doce años de edad, en algunas de las obras teatrales representadas por sus padres en su propia compañía. En 1940 tuvo la oportunidad de actuar en la película Mari Juana (Antonio Vidal), gracias a la cual se ganó un puesto en el panorama del cine español de la década de 1940. Pronto demostró sus amplios registros dramáticos en largometrajes como Alma de Dios (Ignacio Ferrés Iquino, 1941) y Malvaloca (Luis Marquina, 1942).


Amparo Rivelles en La duquesa de Benamejí (1949)

Con la productora Cifesa acabó de afianzar su figura entre las más reconocidas por la crítica y el público español. Actuó en películas tan célebres como El clavo (Rafael Gil, 1944), pero también en las comedias Deliciosamente tontos (Juan de Orduña, 1943) y Eloísa está debajo de un almendro (R. Gil, 1943), así como en dramas históricos del tipo Eugenia de Montijo (López Rubio, 1944), La duquesa de Benamejí (Luis Lucia, 1949), Alba de América y La leona de Castilla (ambas de J. de Orduña, 1951) y El batallón en las sombras (Manuel Mur Oti, 1956). En tales dramas Amparo Rivelles llegó a simbolizar un tipo de mujer con carácter, tierna y dura al mismo tiempo y moralmente íntegra, figura que se potenciaba desde instancias oficiales como idealización del temperamento femenino español; no obstante, la actriz supo impregnar a sus personajes de algo más creativo y complejo que trascendía el diseño dado por los guionistas.

En 1947 recibió un premio del Círculo de Escritores Cinematográficos por sus interpretaciones en las adaptaciones al cine de Palacio Valdés y Lope de Vega en La fe (R. Gil, 1947) y Fuenteovejuna (Antonio Román, 1947). Compaginó entretanto su actividad cinematográfica con los escenarios teatrales, especialmente desde que en 1948 contó con una compañía propia. A lo largo de la década de 1950 participó también en excepcionales producciones de autor, como Mister Arkadin (Orson Welles, 1954) y La herida luminosa (Tulio Demicheli, 1956), adaptación del drama de Josep Maria de Sagarra.

En 1957 pasó a México para realizar una gira teatral de varias semanas que después se convirtió en una residencia de casi dos décadas. En el país americano fue inmediatamente acogida como una gran dama de la escena y de la pantalla. Recorrió todos los teatros importantes del país e intervino en cerca de veinte largometrajes, casi todos melodramas, entre los que se cuentan Los hijos del divorcio (M. de la Serna, 1957), El esqueleto de la señora Morales (1959, Rogelio A. González), Historia de un canalla (Juan Bracho, 1963), Remolino de pasiones (A. Galindo, 1968), El juicio de los hijos (A. B. Crevena, 1970) y Presagio (Luis Alcoriza, 1974).

Durante su etapa mexicana también fue llamada por algunos realizadores hispanoamericanos para rodar en sus respectivos países. En 1979 retornó definitivamente a España y ejerció un espléndido magisterio sobre los escenarios y frente a las cámaras. En el teatro alcanzó el favor del público con obras como El hombre del atardecer, Salvad a los delfines, Hay que deshacer la casa, El caso de la mujer asesinadita (Premio Miguel Mihura, 1982) y La Celestina, con la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Para entonces, Amparo Rivelles era considerada ya como una de las más señaladas actrices de toda la historia moderna del teatro en España.

Aunque en esta etapa no quiso prodigar demasiado su imagen en el cine, compuso magníficos personajes en calidad de estrella invitada en diversos filmes, entre los que cabe destacar La casa de Bernarda Alba (Gustavo Alatriste, 1980), Soldados de plomo (José Sacristán, 1983), la adaptación de Hay que deshacer la casa (José Luis García Sánchez, 1986), por la que recibió el premio Goya a la mejor interpretación femenina, Esquilache (Josefina Molina, 1986), Una mujer bajo la lluvia (Gerardo Vera, 1992), Mar de luna (Manuel Matji, 1994) y El olor de las manzanas (Juan Cruz, 1999). A pesar de su fructífera trayectoria tanto en el teatro como en el cine, parte de su popularidad en España se debe, principalmente, a su soberbia intervención en la adaptación televisiva de la novela de Torrente Ballester Los gozos y las sombras (1980-1982), serie dirigida por Rafael Moreno Alba. En 1996 recibió el Premio Nacional de Teatro.

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