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Solimán I el Magnífico

(Trebisonda, Turquía, 1494 - Szeged, Hungría, 1566) Sultán turco otomano. El Imperio Otomano conoció su máximo esplendor bajo su gobierno, no sólo por la solidez de la organización administrativa y militar, sino por la ampliación de sus fronteras a su máxima extensión y por el hecho de que Estambul se constituyó en un brillante centro intelectual. Conocido tambien como Sulimán (o Süleyman, en turco), fue por ello llamado "el Magnífico" en Occidente y "el Legislador" por sus compatriotas.


Solimán el Magnífico

Cuando Solimán sucedió a su padre en el trono otomano en 1520, este pueblo belicoso que los mongoles habían empujado hasta la península de Anatolia (la actual Turquía) había llevado a cabo numerosas batallas con los países europeos. Ya en 1354, Orjan conquistó Gallípoli, el primer dominio otomano en Europa, al tiempo que fundaba un nuevo ejército formado por un escuadrón de caballería ligera (akhingi) y un ala constituida por los grandes señores feudales (spahis), que estaba compuesta por los célebres y temibles jenízaros.

El 25 de mayo de 1453, Mehmet II el Conquistador, que había establecido la expeditiva costumbre de que cada sultán eliminase a sus hermanos para garantizar la sucesión dinástica, entró en Constantinopla, el último reducto del Imperio Romano de Oriente, defendido desesperadamente por bizantinos, genoveses y venecianos. Este hecho trascendental, amén de señalar la fecha exacta en que el Imperio Otomano cobraba un decisivo poder en el Mediterráneo y se convertía en una persistente amenaza para los pueblos de Europa, arrojó a los doctos emigrados griegos a Italia, lo que llevaría al florecimiento del humanismo, y cerró para los europeos el acceso al mar Negro y por tanto su vía de comunicación con la India, obligándoles de ese modo a buscar nuevas rutas que conducirían al descubrimiento de América por Colón en 1492.

El padre de Solimán, Selim I, conquistador de Siria, Arabia y Egipto, adoptó el título de califa tras la toma de La Meca. A su muerte, acaecida en 1520, su temerario hijo Solimán, presente en numerosas batallas que no dudaba en encabezar, tomó las riendas del Imperio para catapultarlo al máximo poderío de toda su historia merced a una política de expansión en Europa que está jalonada por tres importantes victorias. En 1521 conquista Belgrado; al año siguiente, en la isla de Rodas, obtiene la capitulación de los Caballeros Hospitalarios de San Juan, con lo que a partir de entonces el tráfico marítimo veneciano y genovés queda bajo su control; y, por último, con su victoria en la batalla de Mohács, acaba con la independencia de Hungría e impone en el trono a Juan Zapolya, vasallo del Imperio Otomano.


El Imperio Otomano bajo Solimán el Magnífico

A la expansión de Solimán el Magnífico se opondrán enérgicamente España y Austria, con la ayuda de Polonia y Venecia, siendo el mayor adalid de esta defensa el emperador Carlos I de España y V de Alemania. Pero como el enemigo juramentado de éste, el rey francés Francisco I, no veía con buenos ojos el liderazgo europeo del hijo de Juana la Loca, no dudó en aliarse con el turco para reducir su poder.

Nadie como Solimán se aprovechó más de la inagotable rivalidad de los dos obstinados monarcas cristianos. Con admirable oportunidad y con una astucia diplomática que le hace merecedor de ser calificado como uno de los mayores estadistas de la época, el califa supo sacar provecho del río revuelto que era por aquel entonces Occidente, desangrado y dividido por guerras de religión y con fronteras movedizas que respondían a un verdadero mosaico de ambiciones. En este sentido hay que destacar la paradoja de que, al invadir Hungría, Solimán el Magnífico prestase una impagable ayuda a la llamada Liga Clementina, encabezada por el papa Clemente VII y que, además del Vaticano, reunía a Francia, Florencia y Milán contra Carlos I.

En 1529, su audacia llegó hasta el extremo de asediar por primera vez Viena, campaña en la que fracasó, pero que volvió a intentar en 1532, año en el que Carlos I, el gran abanderado del catolicismo, hubo de pactar con los protestantes para lograr rechazar la ofensiva. Más tarde Solimán orientaría sus conquistas fuera del territorio europeo, invadiendo Bagdad y Mesopotamia y llegando hasta la India; pero a la muerte de su vasallo Juan Zapolya en 1541, Hungría quedó anexionada al Imperio Otomano; y en 1543, el mismo año en que Persia pasaba a sus dominios, Fernando I de Austria quedó obligado a pagar al Imperio un tributo anual de 30.000 ducados. Precisamente como consecuencia de la negativa de su sucesor, Maximiliano II, a pagar el tributo, se produjo en 1566 el asalto turco a Szeged, ciudad defendida valientemente por el héroe nacional húngaro Zriny, donde halló la muerte Solimán.

Antes de eso, el gran dignatario musulmán había llevado a cabo igualmente una extraordinaria actividad legisladora, que le valió su sobrenombre entre los turcos; había impuesto a las familias cristianas la obligación de entregar un hijo de cada cinco para integrarlo en sus compañías de jenízaros y había practicado también el rapto de niños (devsirme) para nutrir sus tropas; había dividido las tierras conquistadas en timar, feudos militares sometidos al gobierno de un bajá; había dejado su impronta urbanística en Constantinopla y había visto cómo la preferida de su harén, la bella Roxelana, lo traicionaba mandando asesinar a su primogénito, el príncipe Mustafá, para lograr que el sultanato recayera en su hijo Selim.

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