Georges Steiner

(París, 1929) Intelectual, ensayista y crítico literario estadounidense de origen alemán, considerado como uno de los más brillantes de la cultura europea y figura fundamental de los estudios de literatura comparada.

George Steiner nació en París el 23 de abril de 1929. (En la misma fecha nacieron Shakespeare y Vladimir Nabokov.) Uno de los médicos que atendió su nacimiento viajó después a Estados Unidos para asesinar a un senador; este detalle, igual que otros más o menos macabros, marcaría sus primeros recuerdos. Su madre, vienesa «hasta la punta de los dedos», y su padre, un judío de orígenes modestos que tenía a su cargo importantes funciones jurídicas en la banca de Viena, habían abandonado Austria en 1924, ahuyentados por el fantasma del antisemitismo y por las medidas más concretas del alcalde Lueger, el mismo que sería ejemplo del joven Adolf Hitler.


George Steiner

El padre renunció así a un futuro brillante en las altas esferas vienesas, y George nunca entendería qué extraña clarividencia le permitió adivinar lo que estaba ocurriendo y tomar una decisión que se enfrentaba a la lógica de los acontecimientos y a la voluntad materna, y que ni siquiera a él le satisfacía totalmente: como la intelectualidad judía de la época, el padre de Steiner soñaba con llegar a Gran Bretaña; su salud, sin embargo, le obligó a quedarse a medio camino, en el clima más benéfico de la capital francesa.

Steiner creció escuchando los discursos de Hitler en la radio y las exhortaciones de su padre, que a partir de 1933 se acostumbró a hablar sin ser atendido. A sus familiares y amigos judíos de Praga o de Viena les advertía de la tragedia que veía venir; a cambio, recibió burlas incrédulas y fue llamado pesimista, alarmista e incluso histérico.

Exilio estadounidense y guerra en Europa

Mientras tanto, el pequeño George ya comenzaba a leer, a intrigarse por cierta traducción de la Ilíada que la lectura en voz alta de su padre rodeaba de misterio, a respetar las imposiciones educativas que su padre le hacía: había que leer en francés, en inglés y en alemán; no había que descuidar ninguna de las tres lenguas que se hablaban en casa. «Acepté, con un ardor absoluto, la idea de que el estudio y la sed de comprensión eran los ideales más naturales, más determinantes», escribiría después. En realidad, la consecuencia de esos años fue la obsesión por añadir algo a las lecturas, por leer de tal forma que algún día pudiera enriquecer con un comentario lo leído.

En 1940, cuando la familia llevó el exilio personal a la última instancia -Steiner y sus padres se trasladaron a Nueva York-, la entrada del niño en el Liceo Francés de Manhattan no le supuso ningún problema. Mientras la guerra se desarrollaba en Europa, Steiner leía a Racine y a Shakespeare y aprendía latín y griego clásico.

Tras obtener su bachillerato francés, Steiner fue admitido en la Universidad de Yale. Corría el año 1949; los judíos todavía no comenzaban a ser bien aceptados como parte de la intelligentsia predominante. Tuvo entonces su primer contacto con las ciencias puras, y el estudio de la física y la química determinaría una de las obsesiones recurrentes de su obra: la pugna entre el lenguaje científico y las humanidades.

Al mismo tiempo, el joven estudiante hacía descubrimientos esenciales: Heidegger, a través del gran filósofo Leo Strauss; la conciencia política contemporánea, a través de comunistas que no habían leído ni a Marx ni a Hegel, y, sobre todo, la vocación de enseñar. A final de un curso, cuando sus compañeros de clase le pidieron ayuda para preparar un examen sobre el novelista Henry James, el joven estudiante judío descubrió su talento particular -y el placer derivado- para comentar una obra y transmitir pedagógicamente esos comentarios. Steiner, el intérprete más célebre de la literatura de su tiempo, el comentarista del hombre contemporáneo, pudo haber nacido en ese momento.

Trabajo y reconocimientos

A partir de entonces, y durante varios años, los acontecimientos de su vida tomaron un ritmo trepidante. Steiner terminó sus estudios en Yale y los completó en Harvard, viajó a Oxford, recibió sus primeros reconocimientos -el Chancellor’s Essay Prize, por ejemplo-, fue invitado a formar parte del equipo editorial de The Economist, regresó a Estados Unidos en 1956 y se incorporó al Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton. Estaba listo para escribir su primer libro, Tolstoi y Dostoievski. Acababa de cumplir treinta años. Sin embargo, no se había logrado desprender de una idea que le obsesionaba: comenzó a rescribir y revisar su disertación de Oxford, que fue rechazada en su momento.

Cuarenta años después, La muerte de la tragedia sigue considerándose como uno de los mayores estudios de literatura comparada del siglo XX. En él, Steiner dedicó cuatrocientas páginas a examinar las razones por las cuales la tragedia, esa forma por excelencia de la cultura occidental -«ni Oriente ni el judaísmo han producido tragedias», escribió Steiner-, había desaparecido en el mundo contemporáneo. Bajo esta premisa, la inquietud acerca del hombre y su ser-en-el-mundo estaba ya presente.

Steiner la explayó sin miramientos en su siguiente ensayo, y de paso abrió una brecha en la manera en que entendemos nuestra relación con el lenguaje. Lenguaje y silencio (1967) formó el pensamiento de toda una generación de estudiantes con una tesis bien sencilla: la pérdida de valor de la palabra era inseparable de la barbarie en que se halló inmerso Occidente entre 1914 y 1945.

Cuando el libro apareció, Steiner ya llevaba un año en The New Yorker: le habían pedido que ocupara la plaza dejada por Edmund Wilson, el más prestigioso crítico de su generación. Así, prácticamente al mismo tiempo, se transformaba en el principal ejemplar de una especie extraña: el comentarista de novedades literarias que es también la conciencia moral de su momento.

En los años que siguieron, Steiner continuó escribiendo. No especializadamente, sin embargo, sino siguiendo los dictados de la pasión del momento o de su curiosidad omnívora, robándole tiempo a la cátedra de Cambridge en la que se había establecido como un clásico. En el castillo de Barbazul (1974) propuso un desafío al pesimismo cultural de T. S. Eliot. Después de Babel (1975) constituyó un estudio erudito y agudo de las artes de la traducción, pero también una defensa apasionada de la variedad lingüística por parte de un hombre que creció hablando en tres idiomas y leyendo en cinco. Y en Presencias reales (1988) estableció que las palabras y los signos que las componen están imbuidos de intuiciones filosóficas, históricas y religiosas. Cada libro supuso un enfrentamiento a la falsedad retórica de nuevas corrientes de pensamiento, y también una afirmación de pasiones que no son negociables.

En mayo de 2001 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Recibió el premio con gratitud pero con sosiego, y siguió preparando su más reciente libro: Gramáticas de la creación. Es un libro tan elegante y tan incisivo como todo lo que ha escrito. «Una élite -había dicho- es simplemente el grupo que sabe, que dice que ciertas cosas son mejores, más dignas de ser sabidas y apreciadas que otras.» Hoy, Steiner encarna como nadie ese ideal, y puede hablarse de él como del último humanista.

Para muchos, George Steiner es el mayor crítico literario vivo. Se suele situar su nombre en conjunción con el de Harold Bloom, el prestigioso crítico de Yale, e incluso se evoca la figura del poeta británico T. S. Eliot para dar una medida de su importancia. Lo cierto es que nadie encarna como él la imagen o el ideal del intelectual cosmopolita; nadie, tampoco, ha sabido conjugar de mejor manera el estudio devoto de la literatura clásica con el ejercicio apasionado de la crítica de novedades.

Steiner ha escrito ficción en prosa de corte vanguardista, autobiografías de una gran lucidez dolorosa y algunos de los ensayos más importantes de nuestro tiempo, y se ha constituido, simplemente, en el gran maestro de eso que se ha dado en llamar «literatura comparada». Algo esencial le distingue de sus detractores (que suelen ser, al mismo tiempo, sus imitadores más acervos): la naturalidad con la que asume el acto de leer, de comentar lo leído y de pensar el mundo. Apasionado y crítico de su condición judía, políglota de perfección envidiable, George Steiner sugiere al lector la idea de haber nacido con un libro en la mano.