Manuel Tamayo y Baus

(Madrid, 1829 - id., 1898) Dramaturgo español. Inició su carrera teatral estrenando una adaptación de Genoveva de Brabante, de Anicet Bourgeois, y en 1847 adaptó al castellano La doncella de Orleans, de Friedrich Schiller, con el título de Juana de Arco. A partir de entonces vivió dedicado al teatro, desarrollando una producción de inspiración romántica en una primera etapa y de signo realista y moralizante en la segunda, de la que destaca Un drama nuevo (1867), su obra maestra. El fracaso de su drama Los hombres de bien (1870) le indujo a centrar su vida en otras actividades: oficial del Ministerio de Gobernación, jefe de la biblioteca del Instituto de San Isidro, secretario de la Real Academia Española (1874) y director de la Biblioteca Nacional (1884) y del cuerpo de archiveros.


Manuel Tamayo y Baus

Hijo de los actores José Tamayo y Joaquina Baus y Ponce de León, estuvo en contacto con el teatro desde la infancia. Las representaciones de sus padres, las declamaciones particulares y los intentos de dramas llenan los primeros años del futuro dramaturgo. En 1841 sus padres representaron en Granada Genoveva de Brabante, adaptación de un jovencísimo Tamayo y Baus (contaba por entonces once años de edad) de un texto francés de Anicet Bourgeois. El autor, que ocultaba su nombre, fue obligado a salir a escena.

Poco después el precoz dramaturgo estrenaba en Madrid una refundición, esta vez de La doncella de Orleans de Schiller, con el título de Juana de Arco. Al año siguiente, la compañía de sus padres estrenaba ya su primer drama, El seis de agosto o España sin honra (1848). En 1849, a los diecinueve años de edad, contraía matrimonio con la sobrina del gran actor Isidro Maíquez, María Amalia Maíquez. Durante un período dedicó su actividad a readaptar comedias extranjeras, generalmente en colaboración (con Cañete, Fernández Guerra o su hermano Victoriano).

En 1853 obtuvo su primer éxito con Virginia, tragedia clásica realizada en colaboración con Fernández Guerra. Siguieron a éstas una serie de obras; las más interesantes fueron La locura de amor (1855) y La bola de nieve (1856). En 1859 ingresaba en la Real Academia, versando su discurso sobre La verdad considerada como fuente de belleza en la literatura dramática, con ideas sobre el teatro realista: "aquellas figuras que aspiren a ser puro espíritu, puro egoísmo, pura bondad, no serán espirituales, ni heroicas, ni buenas". En 1862 representa Lo positivo y en 1867 su obra fundamental, Un drama nuevo, traducido pronto a las principales lenguas europeas. De tendencia moderadamente liberal, a partir de la revolución del 68 se orienta cada vez más hacia el tradicionalismo. En 1869 estrena No hay bien que por mal no venga, y en 1870 su última obra, Los hombres de bien.

El escaso éxito, quizá motivado por su ideología poco abierta y progresista, le decidió a abandonar el teatro, dedicando a partir de entonces su actividad en diversas instituciones. En 1874 fue nombrado secretario interino de la Real Academia y este mismo año perpetuo, y a partir de 1884 dirigió la Biblioteca Nacional y poco después el cuerpo de Archiveros. Anteriormente (1868) fue oficial del Ministerio de la Gobernación y jefe de la Biblioteca del Instituto de San Isidro, y había renunciando a esos cargos públicos, pero su alejamiento del teatro lo llevó de nuevo a ellos.

El teatro de Manuel Tamayo y Baus es fundamentalmente ecléctico: romántico moderado en su primera época y realista igualmente moderado después. Dotado de una notable agilidad escénica, su equilibrio artístico está sin embargo falto de verdadera fuerza interior. Formalmente osciló entre la prosa y el verso, decidiéndose por la primera en sus obras más notables. Su ideología, dogmática y moralizadora, hostil a toda reforma social y económica, constituyó el obstáculo principal en la creación de sus caracteres, que, en contra de sus intenciones, resultan artificiosos. Esta mentalidad fue la que al cabo le indispuso con el público y evidenció su falta de auténtica potencialidad artística, de la que Un drama nuevo no es más que una excepción. En este sentido hay que señalar su empeño en trasladar al arte problemas de carácter moral o político. No obstante ser un excelente conocedor de la escena, experimentado y con sobrados recursos, carece sin embargo de profunda originalidad, a la que tampoco sustituye su eclecticismo, más fácil y ancestral que resultado de insolubles conflictos.

Su abundante obra dramática, casi siempre en verso, puede dividirse en dos épocas: una primera de inspiración romántica y una segunda realista y moralizante. A la etapa romántica pertenece su primera obra, El seis de agosto o España sin honra (1848), que carece de interés crítico: en realidad se trata de un intento malogrado, lúgubre, de un romanticismo casi mágico, comprensible como tentativa de autor. El drama en cuatro actos Ángela (1852), inspirado en Intriga y amor de Schiller, interesa más por su lenguaje entrecortado y breve, al que no falta cierta gracia, que por el conocido tema de la pasión atormentada en sus propias consecuencias.

Virginia (1853), inspirada en Lucrèce, de Ponsard (1843), es un intento de fusión de drama romántico y tragedia clásica ("la tragedia, en cinco actos, está hecha -dice el propio autor- con menos cabeza y más alma que las tragedias neoclásicas"). En el drama histórico La ricahembra (1853), al igual que en La locura de amor (1855, sobre la figura de Juana la Loca), a pesar del romanticismo que supone ya el tema, se advierte el interés por la psicología. En Hija y madre (1855), Tamayo y Baus, después de haber adoptado la prosa, utiliza de nuevo el verso por última vez tratando el tema de los celos infundados. Con la obra Huyendo del perejil termina en realidad la primera época del autor, coincidiendo con su ingreso en la Academia.

La segunda etapa, realista y moralizadora, marca la evolución del teatro romántico a lo que se ha dado en denominar la «alta comedia» de tesis. Su posición en esta segunda época está expuesta en el discurso que pronunció al ingresar en la Real Academia Española en 1859, La verdad considerada como fuente de belleza en la literatura dramática, y está representada por obras de crítica social y de intención moralizadora entre las que sobresalen La bola de nieve (1856) y Un drama nuevo (1867), su obra más importante, en la que recrea el tema realidad-fantasía. En esta nueva etapa adoptó el seudónimo de Joaquín Estébanez y alguna vez el de Don Fulano de Tal.

Con una prosa más trabada, amena pero sobria, apareció en 1862 una obra de éxito extraordinario, Lo positivo, imitación de Le Duc Job de León Laya, sobre el tema de la elección interesada del marido. Lances de honor (1863) es una condenación desde el punto de vista católico del duelo. Del dicho... al hecho (1863), de escaso interés, es una imitación de La Pierre de Touche, de E. Augier y Sandeau. Un drama nuevo (1867), sin duda su mejor obra y uno de los dramas más conseguidos del siglo XIX español, de recuerdos shakespearianos y fundada en el resorte de los celos, es una obra intensa y perfectamente tramada. Sus dos últimas obras No hay mal que por bien no venga (1868) y Los hombres de bien, sátira contra el indiferentismo, fueron mal recibidas. Con ellas Tamayo y Baus se retiró del teatro para no romper jamás su silencio.