Leonardo Torres Quevedo

(Santa Cruz del Valle de Iguña, 1852 - Madrid, 1936) Ingeniero español. En 1868 concluyó estos estudios en el Instituto de Enseñanza Media de Bilbao, y a continuación pasó dos años en París en el Colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana. En 1870 su familia se trasladó a Madrid, y Leonardo, a su vuelta de París, regresó a las orillas del Nervión, donde se alojó en casa de unos parientes: las señoritas Barrenechea. El afecto que le tenían constituye un dato fundamental en la vida de este prolífico ingeniero de caminos e inventor, puesto que al morir le legaron toda su fortuna (de considerables dimensiones), lo que hizo posible que Leonardo no tuviera que preocuparse por la propia supervivencia. Además, este hecho dotó al inventor de una libertad de trabajo y pensamiento que le permitió prescindir de instituciones gubernamentales e investigar lo que en cada momento le apetecía.


Leonardo Torres Quevedo

En 1871, instalado ya en Madrid, ingresó en la Escuela Oficial del Cuerpo de Ingenieros de Caminos. Cinco años después, en 1876, terminó sus estudios y comenzó a ejercer su profesión, dedicándose a trabajos ferroviarios durante unos meses. En 1887 patentó un sistema de camino funicular aéreo de alambres múltiples. La principal innovación de Torres Quevedo, matemático y físico excepcional, la constituye el hecho de lograr un coeficiente de seguridad apto para el transporte de personas sin apenas riesgo. Liberando un punto fijo de apoyo del cable por el que discurre la barquilla y sustituyéndolo por una polea con pesos, logró que la tensión en dichos cables fuera la que él deseaba (puesto que dependía del peso que se colocara) y que además fuera uniforme a lo largo de todo el trayecto; como los cables eran múltiples, en caso de rotura de uno de ellos la tensión se distribuía equitativamente entre el resto.

En 1889 Leonardo Torres Quevedo se trasladó de nuevo a Madrid para simultanear estudios matemáticos, físicos y técnicos con tertulias culturales de todo tipo. Un año después presentó en Suiza el proyecto de su transbordador, pero fue rechazado. Este desprecio a su genialidad originó que el inventor dejara momentáneamente de lado su invento y pasara a centrarse en lo que Eduardo Saavedra calificó como "suceso extraordinario en la producción científica española": su Memoria sobre las Máquinas Algébricas, presentada en 1893 en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Además de la solución teórica al problema de la construcción de las relaciones algébricas, Torres Quevedo construyó también varias máquinas de calcular. Fue a partir de este momento cuando Leonardo Torres Quevedo alcanzó el éxito, del que no se separó el resto de su vida.

En 1901 ingresó en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Madrid, y en este mismo año el Gobierno español creó el Laboratorio de Mecánica Aplicada (después de Automática) y lo puso a disposición de Torres Quevedo. A partir de este momento, Leonardo Torres Quevedo comenzó a diversificar sus investigaciones, quizá alentado por la creación del Laboratorio.

En 1902 presentó en las Academias de Ciencias de Madrid y de París una memoria con anteproyecto de globo dirigible. La actividad de Torres Quevedo en el campo de la aeronáutica merece también atención, puesto que logró inventar y diseñar lo que más tarde se conoció como globo dirigible semirrígido o dirigible T.Q. En la época existían dos tipos de dirigibles: los rígidos, compuestos de un armazón metálico cubierto de tela y lleno de gas; y los flexibles, que carecían de armazón alguno. Los primeros se construyeron fundamentalmente en Alemania, y fueron conocidos con el nombre de su inventor, Zeppelin. Su gran problema lo provocaban las limitaciones que imponía su rigidez, puesto que además del riesgo de accidente en vuelo al más mínimo roce con un obstáculo, eran necesarias grandes infraestructuras en tierra para guardarlos, ocultarlos o maniobrar con ellos.

Los dirigibles flexibles, por contra, podían ser deshinchados y reducir su volumen para el transporte o maniobra en tierra, mientras que en el aire resistían mejor los golpes o roces, como cabe suponer de su principal característica. Sin embargo, precisamente por su flexibilidad, tenían problemas en cuanto a la estabilidad y calidad en el vuelo, puesto que eran fácilmente deformables, y a causa del peso de la barquilla y los motores, tendían a doblarse y a elevar las dos puntas o extremos.

La solución a la que llegó Torres Quevedo en su dirigible semirrígido demuestra de nuevo su gran cualificación como matemático y físico. El dirigible que concibió tenía en el interior del globo una armadura flexible destinada a impedir que se deformase por causa del peso de los aeronautas, motores y lastres, pero constituida únicamente por telas y cuerdas que se mantenían tirantes por efecto de la presión del gas del globo, lo que permitía que pudiese ser deshinchado en tierra y reducir su volumen. De este modo, los inconvenientes de uno y otro sistema existente (rígido y flexible) quedaban obviados.


Dirigible de Torres Quevedo en el
Parque Aerostático de Guadalajara

En 1905 fue construido, con la colaboración de Alfredo Kindelan, el primer dirigible bajo el nuevo sistema. Sin embargo, el desinterés español en este artefacto provocó que Torres Quevedo entrase en conversaciones con la casa francesa Astra, que en 1909 le compró la patente, comenzó inmediatamente a construir el nuevo tipo de aerostato y lo vendió en todo el mundo. Los dirigibles Astra-Torres lucharon en la Primera Guerra Mundial contra los Zeppelin alemanes, y resultaron más rápidos y versátiles que estos últimos.

A la vez que estaba investigando el problema de los dirigibles, y con el fin de no arriesgar vidas humanas en pruebas y experimentaciones en vuelo, Torres Quevedo desarrolló una de sus ideas más brillantes, prácticamente imprescindible en nuestro mundo cotidiano: el Telekine o primer aparato del mundo de radiodirección a distancia. En septiembre de 1903 presentó en España la patente de este aparato con el título "Un sistema denominado Telekine para gobernar a distancia un movimiento mecánico".

Cada señal de onda hertziana hacía avanzar un paso a una rueda en el telekine; según el número de señales recibidas mediante un conmutador, se actúa en un circuito determinado y se efectúa la maniobra correspondiente. El telekine poseía un mecanismo de contacto retrasado del conmutador para que pudiese recibir la orden completa, automatismo de vuelta a la posición inicial del conmutador y dispositivo de seguridad que paralizaba el motor si se producía avería o no se recibían señales durante un determinado tiempo, para evitar de este modo la pérdida del aparato dirigido. El hoy tan popular "mando a distancia" es, básicamente, un invento de Torres Quevedo.


El Autómata Ajedrecista de Torres Quevedo

En 1912, Torres Quevedo inauguró un nuevo campo de la ciencia al iniciar sus primeros experimentos en el campo de la automática, la cibernética y la computación, que quedaron definidos en su primer Autómata Ajedrecista, el primer jugador de ajedrez automático del mundo. Éste constituía, básicamente, un primer ordenador capaz de procesar información y actuar en consecuencia, todo ello a partir de estímulos eléctricos controlados mediante relés. En el ajedrecista se ejecutaba el mate de rey y torre contra rey inevitablemente, fuesen cuales fuesen los movimientos del contrario humano, y estaba prevista, incluso, la posibilidad de que se tratase de "engañar" al autómata.

En la década de 1910 y 1920 Torres Quevedo continuaría con sus experimentos en el nuevo campo de la automática, que él había creado, hasta terminar por convertirse en el padre de la informática actual. En 1914 escribió sus Ensayos sobre automática, donde se adelantó en treinta años a las primeras disquisiciones inglesas, americanas o alemanas sobre la analogía mente-máquina y sobre los primeros ordenadores. En 1920 construyó un segundo ajedrecista autómata mejorado.

Además de los ajedrecistas, Torres Quevedo inventó, diseñó y construyó el Aritmómetro electromecánico, una máquina de calcular capaz de sumar, restar, multiplicar y dividir, gobernada a distancia por medio de una máquina de escribir ordinaria dotada de contactos eléctricos y provista de un dispositivo para escribir automáticamente los resultados. Poseía memoria electromecánica y un coordinador o cerebro automático. Con esta máquina se lograba por primera vez en el mundo la memoria artificial. Torres Quevedo dejó numerosos escritos de alta calidad técnica, además de las memorias descriptivas de sus múltiples patentes, españolas y extranjeras.