Fred Uhlman

(Stuttgart, Alemania, 1901 - Londres, 1985) Escritor inglés de origen alemán. Perteneciente a una familia judía acomodada, Fred Uhlman ejerció como abogado después de cursar estudios de derecho, hasta que el ascenso de los nazis al poder le obligó a buscar refugio en Francia. En 1933 se instaló en París, donde entró en contacto con los ambientes artísticos.

Aunque obligado a subsistir ejerciendo los trabajos más diversos, en el transcurso de los años sucesivos Uhlman se entregó plenamente al ejercicio de su recién descubierta vocación pictórica. En 1938, después de haber contraído matrimonio, se trasladó con su esposa a Londres, en donde fijó su residencia. Durante la Segunda Guerra Mundial fundó una organización de ayuda a los refugiados alemanes huidos del nazismo, lo que le hizo sospechoso a las autoridades británicas, que instaron su encarcelamiento.


Fred Uhlman

En la posguerra, la obra pictórica de Uhlman alcanzó reconocimiento artístico, hecho que contribuyó a que su autor definiera sus relaciones con las culturas alemana e inglesa publicando la autobiografía Hoy hace buen tiempo en París (The Making of an Englishman, 1960) y una serie de novelas: Reencuentro (publicada en 1971), La carta de Conrad, El retorno y Un alma valerosa.

Publicada póstumamente en 1996, Un alma valerosa puede servir de muestra de su labor como escritor al reunir temas caros al autor. El protagonista es Konradin von Hohenfels, que, tres días antes de morir, escribe desde la prisión de Spandau una extensa carta a un viejo profesor con el ruego de que la haga llegar a Hans Schwarz, un amigo de su adolescencia que probablemente vive en América. Condenado a muerte por haber participado en el atentado de Stauffenberg contra Hitler, Konradin evoca su vida desde que, a comienzos de 1932, ingresó en el Karl Alexander Gymnasiun y conoció a Hans Schwarz, el único amigo que tuvo en su vida.

Descendiente de una rancia familia, Konradin había crecido en el seno de la aristocracia. Jamás se había vinculado a nadie, pues su padre, embajador, había rodado incesantemente de un destino a otro. Tenía sólo quince años y sabía que, según los esquemas familiares, la vida social estaba perfectamente definida: todos se encuentran abajo y sólo unos pocos arriba. Konradin era de los privilegiados de arriba y le sorprendió sentirse atraído por otro chico tan silencioso y recogido como él, que no sólo era un burgués sino también un judío. Konradin evita que su madre, "la mujer más bella" que ha visto en su vida, conozca a Hans, pues sabe el horror que ella siente por los judíos.

Su madre era "la princesa Milowski, de una famosa familia aristocrática polaca y, como mi padre, estaba emparentada con todas las grandes familias de Europa". Konradin se entiende bien con su madre y detesta a su padre, que no tiene más finalidad en la vida que "ser un Hohenfels", y que constantemente se está burlando del "pequeño Moisés", como llama al amigo de su hijo. Frío y distante, el conde Hohenfels recuerda aún con humor los tiempos en que los hombres de su familia gozaban del privilegio de la ius primae noctis con las mujeres de sus vasallos. Konradin, por su parte, sólo se siente privilegiado por haber podido viajar por toda Europa y, en especial, por Francia, Italia, Grecia y Turquía. "Podía vivir en un mundo de ensueño", dice, pero "el hijo de un campesino griego recibía más amor en un día del que yo había recibido en toda mi vida". Y puesto que no recibe amor, Konradin se refugia en la belleza, un sentimiento que exige silencio y no se puede compartir.

Así había sido su vida, y ahora, cuando espera ser colgado de un gancho de carnicero y ahorcado con una cuerda de piano, le posee el inevitable timor mortis. Konradin evoca la trifulca con su madre a causa de su amistad con Hans, y, maravillado, recuerda cómo conoció a la madre de su amigo, una mujer dulce y encantadora. Consternado, recuerda también que por entonces ignoraba por completo la persecución de siglos a que los judíos habían sido sometidos por los cristianos. "Jamás había oído hablar de guetos, de dinero de protección, de que los judíos no pudieran poseer tierras ni viajar, de que sólo pudiesen ser buhoneros o tratantes de ganado..." Ignoraba también que lo realmente importante en la vida eran "las relaciones humanas, en especial la amistad, el amor, la honestidad, la belleza, la verdad y la compasión", y en cambio su amigo sí que era consciente de ello.

La carta de Konradin von Hohenfels es una confesión a su amigo Hans, contrito por haber fingido que no lo veía una noche en que acompañaba a sus padres a la ópera; contrito por haberse dejado al fin seducir por la vanidad del uniforme de los jóvenes nazis, bellos como "dioses nórdicos"; contrito por haber sido incapaz de salvar a los padres de Hans de su destino cierto cuando fueron internados en un campo de concentración. Su patética confesión, llena de ternura y sensibilidad, es un canto de amor hacia el amigo perdido, hacia la madre errática que detestaba el sexo, hacia el padre que Konradin descubre en su madurez y al que por fin entiende y ama cuando ya todo es irremediable.