Christian Wolff

(Christian Freiherr von Wolff o Wolf; Breslau, 1679 - Halle, 1754) Jurista, matemático y filósofo alemán. Profesor en Leipzig, su maestro Leibniz consiguió trasladarle a Halle (1706), donde enseñó ciencias exactas y filosofía, hecho que le valió ser expulsado de la universidad (1723) por los ataques de los teólogos. Sin embargo, Federico II, al subir al trono, le repuso en la cátedra hasta su muerte. Su filosofía, calificada de racionalismo dogmático, se expone en el conjunto de Filosofía racional o Lógica (1728), Filosofía primera u Ontología (1730), Cosmología general (1731), Psicología (empírica, 1732, y racional, 1734), Teología natural (1736-1737) y Filosofía práctica (1738-1739, luego ampliada en Filosofía moral o Ética, 1750-1753). Es autor también de sendos tratados sobre Derecho natural (1748) y Derecho de gentes (1749). Su sistema fue seguido por Kant en su etapa precrítica.


Christian Wolff

La obra de Christian Wolff tuvo el mérito de sistematizar en cierto modo el racionalismo del siglo XVIII a través de su reelaboración de la filosofía de Leibniz. Wolff era hijo de un artesano que se sacrificó para hacer estudiar al precoz y diligente muchacho. De la teología y el derecho natural pasó rápidamente a la filosofía; graduado en 1703 en Leipzig, fue llamado en 1706 a la Universidad de Halle por recomendación de Leibniz. Su sistema de reducción de la filosofía de Leibniz a silogismos, y también el empleo en sus obras de la lengua alemana, junto al latín, hicieron muy célebre y escuchado a Wolff, a quien puede considerarse el creador del lenguaje filosófico alemán. Kant empezó como seguidor suyo, y a él se refiere cuando critica el "racionalismo dogmático" de Descartes y Leibniz.

En el curso de su plácida existencia de profesor, Christian Wolff conoció también, no obstante, un momento de persecución: convencido por los teólogos pietistas del peligro que para la santidad del juramento y la disciplina militar suponía el racionalismo de Wolff, el "rey sargento" Federico Guillermo I de Prusia lo expulsó de manera infamante de sus estados (1723), a los que luego fue invitado a regresar con todos los honores (tras diecisiete años de enseñanza en Marburgo) por Federico II de Prusia, el monarca filósofo (1740). Más tarde llegó a canciller de la Universidad de Halle (1743) y a barón (1745). Posteriormente fue llamado de nuevo a Marburgo, y hubo de rechazar invitaciones de otras universidades no alemanas.

Sus lecciones orales y escritas acabaron abarcando, gradual y sistemáticamente, con artificiosa pedantería, luego proverbial, cuanto podía ser objeto de estudio: desde la teología, la fisiología y las matemáticas hasta la estética, la economía y la metafísica, o sea cualquier disciplina "methodo scientifica (inicialmente había escrito "mathematica") pertractata". Aun cuando ello constituye el aspecto caduco de la actividad de Wolff y alejó en el curso de los últimos años a los discípulos de su enseñanza, es también cierto que el rigor de abstracción y formulación del razonamiento filosófico y científico alemán en general se remonta a él, a pesar del vacío de su tendencia inclinada a hacer superficialmente racionales todas las ramas del saber.

De su producción filosófica cabe destacar Pensamientos razonables en torno a Dios, el mundo, el alma del hombre y todas las cosas en general (1719), obra que introdujo las ideas de Leibniz en los círculos teológicos y eclesiásticos luteranos. Christian Wolff se propuso con este tratado dar a las verdades reveladas la forma y la certidumbre de las verdades matemáticas. Es importante, a este respecto, su crítica de la idea de la revelación y del milagro. Una verdad que se da como revelada ha de carecer de contradicciones, y si la razón las descubre en ella, es prueba de que no se trata de una verdad revelada. Así, ni la revelación puede contradecir las verdades necesarias de la razón, ni obligar al hombre a acciones contrarias a la esencia de su alma o a las leyes de la Naturaleza.

Una crítica análoga envuelve la idea del milagro, que para la ortodoxia luterana era la contraseña sobrenatural de la revelación. En realidad, observa Wolff, Dios necesita menor esfuerzo para producir milagros que para los acontecimientos naturales, y los milagros cotidianos de orden natural son mayores que los llamados acontecimientos sobrenaturales. Las ideas de Wolff, incautamente llevadas a las cátedras teológicas y a los púlpitos de las iglesias, provocaron una violenta reacción, tanto de la ortodoxia luterana como de los círculos pietistas, aunque la reivindicación wolffiana de la razón no carezca de analogías con la pietista del sentimiento. Con los Pensamientos razonables se iniciaba para el protestantismo alemán el período de la Ilustración.

Otra de sus obras reseñables es Derecho natural (1748). Partiendo de las premisas de Leibniz sobre la unidad fundamental de la ética y el derecho, consistente en el supremo principio de la conducta, la ley de perfección (Jus naturae supponit philosophiam practicam universalem), Wolff distingue en el ámbito de la conducta misma tres órdenes de deberes, a los que el hombre está vinculado: hacia sí mismo, hacia la sociedad y hacia Dios. Los deberes principales del hombre hacia sí mismo son, además de los de perfeccionarse e iluminarse, el de "conseguir la felicidad y huir de la desgracia". Un deber semejante tiene en relación con el prójimo: el de promover la perfección y la felicidad de los demás.

A estos deberes les corresponden otros tantos derechos, que existen ya en un "estado de naturaleza originario", en el cual el hombre, siguiendo los dictámenes de su naturaleza racional, vive en condiciones de libertad y de igualdad. Luego se forma una sociedad que Wolff denomina "adventicia" porque aún no se basa en el "imperium", sino en simples vínculos familiares y señoriales. Finalmente, al aumentar las necesidades, los hombres constituyen la sociedad política, la "civitas", y la forman mediante un "pacto". En virtud de ese pacto "los individuos se obligan hacia todos para proveer al bien común, y todos hacia los individuos, para lograr una vida suficientemente tranquila y segura".

El estado, es decir, la autoridad que nace del pacto, no anula los derechos naturales, sino que añade o restringe en algo el ejercicio de los mismos. Del sistema wolffiano surge la distinción entre derecho perfecto e imperfecto. Derecho perfecto es siempre el derecho natural, aunque para afirmarlo el individuo no puede valerse del derecho de resistencia. Por otra parte, la fuente del "imperium" es el pueblo: éste, al organizarse en "civitas", ha de decidir si quiere mantener el "imperium" o si debe cederlo definitiva o transitoriamente a un "rector civitatis". La forma de gobierno que Wolff prefiere es la monárquica. Sin embargo, para Wolff no se forma una realidad estatal con fines propios: el estado tiene como único fin asegurar y favorecer el logro de la felicidad de los ciudadanos, promover la beneficencia, la producción, el trabajo, la moralidad y la religión.

En este sentido, Wolff puede ser considerado, en los orígenes de la Ilustración, como el más expresivo y eficaz defensor del estado eudemonista y paternalista. Su pensamiento no es original; se limitó casi exclusivamente a desarrollar y sistematizar las ideas de Leibniz, diseminadas en la obra del maestro. Sin embargo, Wolff no fue un simple divulgador, sino un intérprete agudo e inteligente, y su obra resultó muy eficaz para formar la conciencia jurídica alemana; antes de Kant (que para su especulación política partió de las ideas de Wolff), su doctrina inspiró la acción política del estado alemán, en sentido absolutista e iluminista.

Cómo citar este artículo:
Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004. Disponible en [fecha de acceso: ].