Yacub

(Abu Yusuf Yacub al-Mansur; Marrakech, 1160 - 1199) Tercer emir de Marruecos de la dinastía almohade (1184-1199), hijo y sucesor de Yusuf I. Su emirato, plagado de constantes amenazas procedentes del interior y del exterior del imperio, coincidió con el período de mayor esplendor de los almohades en al-Andalus. Yacub se reveló como un estadista capaz y constructor de un buen número de fuentes, puentes, palacios y mezquitas, como muestran las construcciones del hospital de Marrakech, el más grande y mejor dotado del mundo en su época, la Giralda de Sevilla y la mezquita al-Hassan de Rabat. Condenó por motivos religiosos a Averroes y persiguió con encono a los judíos marroquíes.

La muerte de Yusuf I, en el año 1184, fue mantenida en secreto durante algún tiempo en previsión de posibles discordias dinásticas dentro de la familia del emir. Yusuf I había nombrado sucesor a su hijo Yacub, que se encontraba en Sevilla y al cual la nobleza y el pueblo le habían jurado fidelidad en el alcázar. De Sevilla marchó apresuradamente a Rabat con el mismo objetivo, después de nombrar a su fiel hermano Abu Yahya gobernador de al-Andalus.

Tras el juramento acostumbrado, los principales gobernadores del norte de África fueron notificados de la ascensión, noticia que levantó fuertes recelos entre algunos familiares de peso del nuevo emir, objeciones que finalmente fueron solventadas cuando el emir les llenó las manos de dinero y les concedió amplios dominios territoriales.

Nada más iniciar su reinado, Yacub se encargó de disipar a todo el mundo cualquier tipo de duda sobre sus aptitudes como emir, habida cuenta de su disipada y conocida juventud. Lo primero que hizo fue restituir la rígida moral religiosa impuesta por su abuelo Abd al-Mumin: prohibió el uso de las bebidas alcohólicas, los bordados y las vestiduras de seda y atacó la vida licenciosa y relajada de las élites almohades.

Al año siguiente de su ascenso al trono, Yacub tuvo que prestar atención a la amenaza de los Banú Ganiyah de Mallorca, dinastía que llevaba gobernando las Baleares desde los primeros tiempos de los almorávides, aunque nunca dejaron de reconocer la autoridad religiosa del califa de Bagdad y la política de los almohades. Dedicados al lucrativo negocio de la piratería, con Yacub en el trono se negaron a reconocer su poder y tomaron la ciudad norteafricana de Bujía, desde donde comenzaron a realizar otras conquistas hacia el oeste. Su caudillo, Ali Ibn Ganiyah, entró en Bujía y, con la ayuda de algunos de sus habitantes, hizo prisioneros a dos príncipes almohades puestos por Yacub, a los que mantuvo como rehenes. A Bujía le siguió Argel y varias ciudades costeras más, en las que izó el estandarte negro de los abasíes de Bagdad.

Yacub recibió estas noticias con consternación y preocupación, ordenando a su primo Abu Zaid Ibn Hafs, al que nombró gobernador del Magreb central, que organizara varias expediciones de castigo contra el insolente rebelde. La confrontación duró tres largos años, hasta que, en 1187, Alí Ibn Ganiyah fue totalmente vencido.

Tan pronto como Yacub consiguió deshacerse de éste, tuvo que volver a hacer frente a varios intentos de derrocamiento fomentados por algunos de sus familiares que todavía cuestionaban sus derechos al trono. Al mismo tiempo, en al-Andalus la situación no se presentaba mejor que en África. Por una parte, Sancho I de Portugal logró tomar, en el año 1189, la ciudad de Silves, ayudado por cruzados ingleses, alemanes y franceses, mientras que por otra parte, Alfonso VIII de Castilla tenía puesto cerco a varias ciudades y fortalezas almohades en las que venía exigiendo el pago de un fuerte impuesto para no invadirlas.

En el año 191, el obispo de Toledo y los caballeros de la orden de Calatrava devastaron las comarcas de Jaén y Córdoba. Yacub tardó bastante tiempo en reaccionar pero, ese mismo año, desembarcó en Tarifa a la cabeza de un gran ejército con el que se dirigió raudo a Córdoba. Antes de emprender la campaña contra los cristianos, Yacub recibió en Sevilla una delegación del rey leonés Alfonso IX para pactar una tregua, la cual proporcionó al emir la libertad que necesitaba para enfrentarse a Portugal, reconquistar Silves y hacer retroceder a las tropas castellanas. La alianza con los almohades le costó al rey leonés el ser excomulgado por el papa Celestino III.

Después de confirmar en el puesto a su hermano Yahya, en el año 1193 Yacub regresó a Marrakech para dirigir personalmente la guerra contra el hermano de Ali, Yahya Ibn Ganiyah. La ausencia del emir en la Península fue aprovechada por Alfonso VIII para recuperar el terreno perdido y adentrarse hacia territorios meridionales de al-Andalus. Cuando a comienzos del año 1195, Alfonso VIII realizó incursiones de castigo por toda la región sevillana, amenazando seriamente la capital, Yacub regresó apresuradamente a al-Andalus al frente de sus mejores tropas beréberes, dispuesto a acabar de una vez por todas con la amenaza castellana.

El 27 de mayo de ese mismo año, Yacub partió desde Córdoba rumbo hacia Ciudad Real, cruzando rápidamente Sierra Morena, tras de lo cual encontró al grueso de las tropas castellanas acampadas en la ciudad de Alarcos. Con el fin de evitar el avance musulmán por el paso de El Congosto, que se consideraba la frontera del reino de Castilla, Alfonso VIII presentó batalla a las tropas almohades antes de que llegase la ayuda prestada por el monarca leonés, obligado por el papa a prestar ayuda al monarca castellano para que se le levantara la excomunión y cuyas tropas estaban atravesando la provincia de Toledo.

La batalla de Alarcos, acaecida el 19 de julio, se decidió del lado musulmán con una aplastante derrota de las fuerzas castellanas. Alfonso VIII logró huir y refugiarse con unos pocos nobles en Toledo. La magnitud y repercusiones de Alarcos pueden compararse con las de la batalla de Sagrajas (Zalaca), en el año 1085. A partir de ese momento, Yacub pasó a ser conocido con el apodo de al-Mansur ('el Victorioso').

Poco después, el amir almohade recibió las peticiones de paz de Alfonso IX de León, Sancho VII de Navarra y Sancho I de Portugal, treguas que permitieron a éste concentrar todas sus fuerzas contra Castilla. Los almohades conquistaron Calatrava y varias fortalezas de los alrededores de Toledo, capital que fue sitiada sin éxito alguno. Al año siguiente, en una nueva y brillante incursión, Yacub llegó hasta la actual provincia de Guadalajara, conquistándola por entero junto con las plazas de Madrid y Alcalá, tras de lo cual se dedicó a talar los campos de Talavera, Albacete y Trujillo.

Parecía que los almohades estaban en disposición de reconquistar todo al-Andalus, al igual que en los tiempos califales, pero Yacub no pudo explotar su éxito ya que tuvo que regresar precipitadamente a Marrakech para sofocar varias revueltas locales. Cansado y enfermo de gravedad, alcanzó su capital en el año 1198, donde murió al año siguiente sin terminar su obra de estabilización. Fue sucedido en el trono almohade por su hijo primogénito Muhammad (1181-1213), emir bastante incompetente que no pudo evitar la dolorosa derrota del año 1212 en la batalla de Las Navas de Tolosa, acontecimiento que significó el principio del fin de los almohades.