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Su vida se caracterizó por frecuentes cambios de domicilio, que le llevaron a residir en París, Segovia, Andalucía, Madrid y Zumaya. Fascinado por la imaginería popular (tauromaquia, bailarinas de flamenco), más tarde eligió como tema de sus pinturas diversas escenas de la vida cotidiana, a menudo festivas o religiosas, que plasmó con una paleta oscura, fuertes dosis de realismo y un gran sentido dramático. Expuso en numerosas ciudades europeas, y también en Nueva York y Buenos Aires, lo que proporcionó a su obra una considerable resonancia internacional. Dejó también famosos retratos (Unamuno, Marañón, Falla) y hermosos cuadros de paisajes. En su estilo pueden observarse las huellas del influjo de El Greco,
Los maestros de aquel siglo retrataban a estos desgraciados personajes y no se limitaban a reflejar una imagen superficial, sino que también ponían de manifiesto su mundo espiritual. El enano Gregorio es un retrato de este tipo. La cara del enano es muy expresiva a pesar de su deformación. Denota inteligencia, tenacidad y algo de pillería campesina. Parece ser dueño de una gran fuerza interior que contrasta con su anormalidad física.
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