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Alejandro Magno
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La organización del imperio

Las ininterrumpidas conquistas de Alejandro supusieron la anexión de un vasto e inmenso ámbito territorial que conformaba un imperio universal. La organización administrativa de los nuevos territorios fue asumida por Alejandro desde sus primeras victorias, con una política plural, divergente y compleja, merced a la propia heterogeneidad de las condiciones y circunstancias en las que se encontraban los pueblos y ámbitos incluidos en sus dominios.

Así, otorgó el mando civil y militar de las diferentes regiones de Anatolia y Siria a jefes militares macedonios, a excepción de Caria, cuyo gobierno civil confió a Ada, hermana de Mausolo. En cambio, en el corazón del Imperio persa, en el ámbito mesopotámico e iranio, actuaba deliberadamente como sucesor del gran rey aqueménida, manteniendo la circunscripción administrativa de las satrapías y confiando los cargos de sátrapas tanto a macedonios como a leales súbditos persas.


Alejandro Magno

Paralelamente, en los territorios de la India organizó los pequeños reinos existentes como reinos vasallos, conservando en el trono a los príncipes locales que acataron la sumisión a la autoridad suprema del rey macedonio. En todo caso, la salvaguarda de estos territorios quedaba garantizada por las guarniciones, siempre bajo el mando de macedonios, situadas en puntos estratégicos y diseminadas por todo el imperio.

Esta hábil política permitió la administración del imperio con relativa facilidad, pues una estructura más homogénea habría tropezado con enormes dificultades, irresolubles en esas circunstancias y en tan corto lapso de tiempo. No obstante, sí que introdujo novedades en su política económica, al establecer una administración financiera y tributaria ajena a las satrapías, que englobaba amplias regiones bajo el control de hombres de confianza. En buena medida, consiguió articular la administración territorial sin hacer coincidir el gobierno político y el poder económico, evitando de esta forma la excesiva acumulación de poderes en las mismas manos.

Con respecto a las ciudades griegas, como en sus primeras iniciativas, adoptó un criterio de continuidad de la política inaugurada por su padre. Imbuido por la cultura griega de la ciudad, respetó la autonomía de las polis, si bien limitando su potestad con su propia hegemonía. Sin duda, Alejandro supo instrumentalizar la idea panhelénica y el interés común de acabar con la amenaza persa, pero cuando fueron necesarios otros medios de persuasión para silenciar y aplacar los movimientos antimacedonios en su contra, no dudó, como en Tebas, en emplear la fuerza y la represión ejemplar, o bien en cambiar sistemas y facciones políticas ciudadanas que mostraban resistencia.

Él mismo pretendió propagar el modelo de ciudad griega en el ámbito oriental, al jalonar el itinerario de sus conquistas con la fundación de ciudades, a las que solía designar con su propio nombre, proliferando por doquier las "Alejandrías". Además de la ciudad del delta del Nilo, fundó, entre otras, la Alejandría de Aria, la de Aracosia, la de Bactra, la de Alejandría Eschata ("la extrema"), la Alejandría Nikaia ("de la Victoria") y la Alejandría Bucéfala o Bucefalia (en recuerdo de su caballo, Bucéfalo). Esta política de establecimiento de ciudades y de colonos greco-macedonios, además de servir como estrategia de defensa y de control de rutas comerciales, constituyó la avanzadilla de su proyecto de helenización del imperio, siendo imitada en época helenística, aunque con una repercusión restringida.

Política interna

No obstante, surgieron algunos problemas que amenazaban con quebrar la unidad y la estabilidad. A las sublevaciones en los territorios recientemente conquistados de algunos sátrapas persas de Media, Persia y Carmania se sumó un problema aún más grave: la oposición surgida en el seno de los propios macedonios, motivada en parte, al parecer, por la adopción de Alejandro del ceremonial persa con el que los súbditos agasajaban a sus soberanos, que incluía la prosternación (la proskynesis).

Los primeros problemas que tuvieron lugar en el entorno de Alejandro parecieron confirmarse en el año 330 a.C., cuando Filotas, su amigo de infancia, comandante de la caballería e hijo de Parmenión, fue acusado de traición y ejecutado, al parecer, por silenciar una conjura contra Alejandro. La condena alcanzó al propio Parmenión, que había permanecido con parte del ejército en Ecbatana, ante los recelos del macedonio. Algo después, en el año 328 a.C., llevado de un ataque de ira, él mismo asesinó a su amigo Clito, que había manifestado abiertamente su disconformidad con algunos aspectos del comportamiento de Alejandro. Otras conjuras y movimientos de oposición fueron acallados con idéntica violencia y determinación.


Muerte de Clito

De regreso de sus campañas de conquista, este clima cargado de problemas latentes explica acaso su supuesta política de fusión. Así, el matrimonio múltiple celebrado en Susa en el año 324 a.C. parecía propiciar una política de integración basada en las uniones mixtas: él mismo y unos ochenta generales y oficiales de su ejército contrajeron matrimonio con princesas y nobles iranias. Alejandro (cultivando la poligamia, habitual en la dinastía macedonia), después de tomar como esposa a la princesa bactriana Roxana, se unía ahora con Estatira, hija de Darío III. Con todo, el pretendido deseo de fusión entre griegos y orientales y de concordia universal no fue más que un acto simbólico, que servía a los propios intereses de Alejandro, en su afán por consolidar su condición de legítimo sucesor de Darío y de asumir rasgos emblemáticos, al emparentarse con la propia familia aqueménida. Servía también a sus fines políticos en otra dimensión, al constituir un gesto simbólico de amistad con las aristocracias iranias.

En la misma línea se explica su decisión de incluir treinta mil jóvenes nobles persas en su ejército. Con esta medida lograba varios fines: por un lado, reforzaba los efectivos militares de su ejército; por otro, al dispensar este honor afianzaba su relación con las élites persas. Y, sobre todo, lograba mermar el poder de coacción de los macedonios, al no ser ya indispensable el apoyo de su ejército. Pronto se pudo comprobar su efectividad en Opis, cuando el rechazo provocado por su decisión entre los macedonios llevó el ejército al amotinamiento. La presencia de las tropas persas y, según las fuentes, la elocuencia de su discurso, acabaron con la sublevación, saldada con el ajusticiamiento de los líderes de la rebelión y el licenciamiento de diez mil veteranos, cansados de una década de continuas campañas. Su viaje de regreso a Macedonia, bajo el mando de Crátero, coincidió con la muerte de Alejandro, sirviendo para reducir los nuevos focos de sublevación que había entre los griegos.

En la práctica, la fusión y el mestizaje nunca se produjeron a gran escala, pues era habitual la coexistencia paralela de las comunidades greco-macedónicas e indígenas. La política de Alejandro, en este sentido, si bien provocaba ciertos descontentos y hostilidades entre los macedonios, le permitía granjearse la amistad y el respaldo de las poblaciones orientales, especialmente de sus élites, y reforzaba su poder al neutralizar las disensiones existentes entre los suyos.

El rey universal

Buena parte de sus iniciativas parecían orientarse en la misma dirección: modelar la idea y la imagen del "rey universal" que extiende su dominio sobre la ecúmene. Aspiraba así a una nueva forma de poder, con un marcado carácter autocrático, abandonando incluso el título de "Rey de los macedonios", que fue sustituido por el de "el Rey Alejandro", con nuevas connotaciones ideológicas en la imprecisión del título. Con el mismo fin asumió elementos propios del despotismo oriental en virtud de su sucesión al trono aqueménida, exhibiendo un fuerte personalismo no exento de conexiones divinas. Al incorporar rasgos de la realeza oriental, se convirtió en depositario del derecho divino de las soberanías egipcia o persa que, sumado a las elaboraciones de su ascendencia divina, le atribuían una aureola deífica; todo ello al margen de las especulaciones sobre la exigencia de Alejandro de recibir honores divinos de las ciudades griegas, que en determinados casos no le fueron denegados.

El legado de Alejandro

La muerte de Alejandro Magno truncó las grandes expectativas desplegadas por sus conquistas y su poder. Alejandro legaba un imperio universal, pero la ausencia de un líder indiscutible generó un vacío en el que de inmediato se abrieron fisuras; pronto se manifestaron la discordia y las ambiciones contrapuestas entre sus compañeros y generales.

La sucesión parecía garantizada por el nacimiento de su hijo varón, Alejandro IV, fruto de su unión con Roxana, acordándose entonces la regencia de Arrideo, el hermanastro del propio Alejandro (según las fuentes, con evidentes indicios de deficiencia mental). Sin embargo, la rivalidad entre los denominados diádocos (generales de Alejandro) se agudizó, al dividirse entre ellos los poderes y las áreas de control, surgiendo los enfrentamientos armados alentados por las ambiciones personales y dando al traste con la idea de la unión del imperio. El legítimo heredero, Alejandro IV, fue asesinado en 310 a.C. junto a su madre, por orden del regente Casandro.


Alejandro en el Templo de Jerusalén, de Santiago Conca

Con todo, y a pesar de la tendencia disgregadora, los vastos territorios conquistados por Alejandro se conservaron, convertidos en estados helenísticos. Ello puso de manifiesto otro de los legados del macedonio: la propia institución de la monarquía, que acabarían asumiendo los diádocos, lo que implicaba la instauración de dinastías de origen macedonio dentro de los reinos helenísticos.

Por otra parte, la excepcionalidad de los logros de Alejandro, su carismática personalidad y su prematura muerte dieron alas al mito de aquel que en vida se había convertido en un héroe. Divinizado a su muerte, recibía culto en su tumba de Alejandría, prestándose su imagen sobrehumana a todo tipo de leyendas que se fueron transmitiendo de generación en generación.

Convertido en arquetipo, su mito se desarrolló en múltiples relatos que, a partir de sus hazañas, se veían plagados de anécdotas y aventuras fantasiosas, tomando forma de epopeyas y fábulas que llegaron a gozar de una extraordinaria popularidad. Su imagen idealizada adquirió nuevos matices, en ocasiones contradictorios, enriqueciendo y alimentando el mito, que llegó a proyectarse con un éxito extraordinario no sólo durante la Antigüedad, sino también en la Edad Media y en la posteridad. No en vano algunos pobladores de las montañas afganas remontan aún hoy su ascendencia a Alejandro.

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