Marco Polo

Marco Polo tenía diecisiete años cuando, en 1271, salió de Venecia y, en compañía de su padre, Nicolás, y de su tío Mateo, emprendió el viaje a Extremo Oriente. Allí vivió en la corte del emperador Kublai Khan, presenció batallas de elefantes, habló con astrólogos chinos y magos y lamas tibetanos, habitó en palacios de reyes y tiendas de nómadas, participó en cacerías con tigres amaestrados, fue embajador, gobernador y espía del emperador. Sus ojos vieron razas y paisajes maravillosos, y su descripción asombraría al mundo occidental.


Marco Polo

En 1295, Marco Polo regresó a Venecia y se vio envuelto en el conflicto que su ciudad mantenía con Génova por la hegemonía mercantil. Al parecer, cuando en 1298 tomaba parte, como sopracomite al mando de una galera, en el combate naval de Curzola, fue apresado por los genoveses. Así fue a parar a una prisión, donde conoció al escritor Rustichello de Pisa, a quien narró su asombroso viaje a Extremo Oriente. Su relato, escrito en las postrimerías del siglo XIII, es el viaje más apasionante jamás narrado.

El Libro de las maravillas

El libro que surgió del relato de Marco Polo a Rustichello da Pisa se tituló exactamente, según la tradición, El libro de Marco Polo ciudadano de Venecia, llamado Millón, donde se cuentan las maravillas del mundo. Con el tiempo fue llamado también La descripción del mundo, El descubrimiento del mundo, Libro de las maravillas o Libro de las maravillas del mundo y Il Milione o Milione (Millón).

Es creencia generalizada que el título de Il Milione surgió del mote irónico que los contemporáneos dieron a Marco Polo al entender que exageraba cuando hablaba de las fabulosas riquezas de Catay. "No he escrito ni la mitad de lo que vi", se defendía inútilmente. El erudito Giovanbattista Ramusio, en su obra Acerca de navegaciones y viajes (publicada en 1559), escribió que los jóvenes venecianos visitaban a Marco Polo para preguntarle cosas de Catay y del Gran Khan. Como Marco Polo decía que las rentas del Gran Khan "eran de diez a quince millones de oro, y así otras muchas riquezas de aquellos países las refería todas en millones, le pusieron de apodo micer Marco, llamado Millones, que así todavía, en los libros públicos de esta república donde se hace mención de él, lo he visto anotado: y la corte de su casa, desde aquellos tiempos acá, es vulgarmente llamada del Millones".

En efecto, en Venecia hay una pequeña plaza llamada Corte Seconda del Milion, donde quedan vestigios de lo que probablemente fueron la vivienda y los almacenes de los Polo. Sin embargo, algunos estudiosos aseguran que Milion era el apodo familiar de los Polo por aféresis de Emilione, de modo que el título de Il Milione dado al libro equivaldría a "libro de Emilione" o, lo que es lo mismo, "libro de Polo".

Marco Polo y Rustichello

No se sabe a ciencia cierta si el relato de sus aventuras en tierras de Catay fue hecho por Marco Polo a Rustichello de Pisa en su totalidad durante su estancia en la cárcel genovesa o completado más tarde en Venecia. Rustichello ha sido identificado, por unos, con un hijo de Guido Rustichelli, juez y notario de Pisa, y, por otros, con un escribano de la visita del emperador Enrique VII de Inglaterra a Italia entre diciembre de 1310 y mayo de 1313.

Se desconoce el protagonismo de Rustichello en la decisión de redactar el libro y el grado de implicación en la disposición y escritura del texto. Se trata de una cuestión muy polémica: para algunos, Marco Polo sería el único autor y Rustichello se encargaría de recoger el dictado del veneciano, usando la tradición caballeresca para componer un relato que fuese leído con deleite por sus contemporáneos; para otros, el dictado sería parte de esa misma tradición, un convencionalismo que esconde el protagonismo del escriba Rustichello. Éste, además de los testimonios orales de Marco Polo, habría empleado varios documentos escritos por el veneciano previamente, lo que explicaría la precisión, abundancia y detalle de ciertas informaciones del libro, difíciles de almacenar en la mente después de tantos años. En cuanto a la naturaleza de estos documentos, pudieron ser pequeñas notas, itinerarios y cartas geográficas.

En cualquier caso, Rustichello supo identificarse plenamente con la "descripción del mundo" que le hizo "micer Marco Polo, sabio y noble ciudadano de Venecia", porque las cosas de las que hablaba, desde las soberbias riquezas hasta las fantásticas criaturas, las había visto "con sus propios ojos". Es probable que Rustichello también aportara algo de su fantasía, pues cuando Marco Polo lo conoció ya era autor de una novela de caballería artúrica, cuyas dos partes se titulan Meliadus y Guiron le Courtois, y en la que se funden las tradiciones de los caballeros de las mesas redondas de Uter Pendragón y de su hijo Arturo. El mismo inicio del libro evoca la presentación de un juglar ante su público: "Señores, emperadores y reyes, duques y marqueses, condes, caballeros y burgueses...".


Ilustración del Libro de las maravillas

Las especulaciones sobre la escritura del libro parten de la pérdida del manuscrito original. El más antiguo de los que han sobrevivido está escrito en francoitaliano, pero con muchas palabras toscanas y venecianas. La doctora Barbara Wehr ha afirmado que el texto más próximo al original sería el traducido al latín por fray Francisco Pipino entre 1310 y 1317, a partir de un primer original veneciano. Según esta historiadora, el misterioso Rustichello habría inventado el dictado de Marco para dar verosimilitud a su obra, ampliando el original de Marco con pasajes y aventuras basadas en la literatura caballeresca. En cambio, John Larner apuesta por la cooperación literaria entre el viajero Polo, que seguía desconcertado por sus vivencias en Oriente, y un escriba que vertió esas experiencias en un molde literario hacia 1298, siguiendo las fórmulas y tradiciones retóricas de la literatura caballeresca.

Varios investigadores apuestan por la existencia de dos o más versiones originales, como resultado de diversos borradores y tentativas. De ellas se habrían originado los ciento cincuenta manuscritos medievales que actualmente se conservan, muchos de los cuales no tienen un final, algo que se inventó un temprano traductor toscano que pensó que necesitaba uno. La primera edición impresa se publicó en Nuremberg en 1477.

Un narrador maravillado

El Libro de las maravillas fue la primera obra de Occidente que describió de forma sistemática el mundo oriental y en especial China, donde Marco Polo había residido durante diecisiete años al servicio del emperador Kublai Khan, de la dinastía mongola Yuan. Concebido como el libro de memorias de un mercader, sus páginas informan minuciosamente sobre la organización administrativa, monetaria, aduanera y postal de los países visitados, a la vez que recrean la exótica policromía de la sociedad oriental.

En el relato de Marco Polo se manifiesta un tono maravillado ante los espectáculos de la naturaleza y los pueblos de las riquísimas y misteriosas regiones orientales. Son famosísimas sus páginas acerca del Viejo de la Montaña (de cuya leyenda se hallan rastros en muchas novelas medievales), sobre la vida de la residencia veraniega del Gran Khan en Xanadú y los usos del antiguo imperio chino. Es bella por su aliento épico y fabuloso la descripción de la batalla entre el rey Alan (Halagu, Khan de Persia) y el rey Barca (Berke, Khan de la Horda de Oro); está reproducida de manera lograda la lucha entre los dos pueblos conquistadores, en el sentido sangriento de la lucha por la vida y por la gloria.


Ilustración de la leyenda del Viejo de la Montaña

Estupendas por sus descubrimientos de tierras nuevas son las descripciones de sus largos viajes a caballo por landas infinitas, pasando a vado los ríos, encontrando gentes desconocidas aun para los mismos orientales, y conociendo animales hasta entonces considerados como fabulosos. Son notables por su aspecto estrictamente documental, en lo que se refiere a su actividad de mercader, las noticias sobre especias raras (como por ejemplo la pimienta y el jengibre) o sobre el petróleo de Armenia, el carbón fósil del Catay y las piedras preciosas.

Marco Polo siente su orgullo de europeo, habituado a una civilización milenaria; pero del mismo modo que intuye una nueva vida de pueblos errantes llena de hechizo y de misterio, sabe sostener un tono muy suyo de moderación y prudencia, debido al conocimiento de los hombres de tierras tan lejanas de su patria. Un importante documento histórico es el constituido por la narración de la laboriosidad de Marco en Yangzhou, donde fue gobernador durante tres años. En sus actos se observa siempre una gran pericia de hombre que sabe apreciar los hechos y las cosas, y en toda ocasión aplica un espíritu de moderación justa y precisa que consigue dominar los acontecimientos. Así brilla su cordura de guiador de hombres (veneciano de antiguo cuño) aun en medio de difíciles reveses.

Pero lo que más atrae en la narración de Marco Polo (y constituye el hechizo que han experimentado siempre sus lectores europeos aun a través de malas refundiciones de su narración) es aquel sentido de estupor y maravilla por un mundo aparecido como por encanto a los ojos de un hombre habituado a la dureza de la vida cotidiana, entre la industria y el tráfico y los riesgos de marineros y mercaderes: palacios de oro y de plata, jardines fragantes de mil raras flores, ceremonias solemnes entre muchedumbres prosternadas ante ídolos y autoridades reales, tropas de guerreros en lucha tremenda por la posesión de una tierra, y costumbres, lenguas, sentimientos nunca conocidos por la antiquísima civilización mediterránea, si no eran vislumbrados a través de alguna leyenda lejana.

Esta entrega a un mundo de contrastes y de esplendores anima esta extensa narración, le confiere los caracteres de un universo poético y la sitúa entre los más ricos testimonios de la Europa medieval y de la época de los primeros descubrimientos geográficos. Y con justicia se ha podido decir que con su libro Marco Polo dio a Italia precisamente la obra épica y robusta que le faltaba, en comparación con la literatura caballeresca de los demás pueblos.

El imperio mongol

Las informaciones sobre las costumbres de la corte del Gran Khan son muy valiosas. En el Libro de las maravillas del mundo se describe su estirpe, expansión, guerras, batallas, ritos funerarios, banquetes, festejos y ceremonias, destacando el cumpleaños del monarca. Todos sus reyes y príncipes vasallos le enviaban costosos regalos y los sacerdotes de las distintas religiones invocaban a los dioses con solemnes plegarias por la vida, la salud y la prosperidad del emperador mongol. En correspondencia, cuenta Marca Polo, "a todos éstos los viste consigo siempre que celebra una fiesta, que son trece al año, y les da también en todas las fiestas susodichas cinturones de oro de gran valor y calzados de camocán recamados en plata de manera muy primorosa, de modo que cada uno de ellos, revestidos de este atuendo regio, semeja un gran rey".

El veneciano describe a Kublai como muy apuesto, de mediana estatura, la cara redonda y blanca, los ojos negros, la nariz hermosa y el cuerpo bien proporcionado. Las noticias de la vida sexual del Gran Khan despertaron gran interés en Europa. Tenía cuatro mujeres legítimas y un gran número de concubinas. Las primeras disponían, cada una, de su propio palacio, con trescientas doncellas escogidas y numerosos criados eunucos. Seis de ellas ("mujeres bellísimas de un pueblo tártaro llamado Unctas") tenían el cuidado de la cámara regia durante tres días y tres noches, asistiendo al monarca y durmiendo en su aposento. El cuarto día, otras seis mujeres relevaban a las primeras y se ocupaban de los mismos menesteres por otras tres jornadas, y así sucesivamente. El soberano tártaro tenía veintidós hijos de las cuatro esposas legítimas, y de las criadas, otros veinticinco. El primogénito de la primera mujer, llamado Chinchis, había muerto, siendo nombrado heredero otro hijo, llamado Themur, al que Marco Polo califica de valiente y prudente.


Kublai Khan

De gran riqueza son las descripciones del palacio de invierno en Cambaluc (Khanbalic), en las proximidades de Pekín, donde residía durante tres meses. El palacio era un cuadrado de dimensiones monumentales: una milla por cada lado, con murallas de gran grosor pintadas de rojo y blanco. En cada esquina de la muralla, y en el centro de las mismas, se levantaban hermosos palacios; el centro de la ciudad quedaba reservado para la residencia real. Entre los diferentes palacios y edificios se extendían estanques e inmensos jardines, en donde vivían varios tipos de animales, como ciervos blancos, cabras y gamos.

Dondequiera que el Gran Khan supiese que había un árbol hermoso, "hace que se traslade allí con sus raíces a lomo de elefantes, incluso desde regiones remotas, y ordena que se plante en el jardín; por tanto, crecen en él árboles hermosos sobremanera". No menos impresionantes eran el mercado de Cambaluc, "que supera en volumen de contratación a cualquier ciudad del mundo entero", y las magníficas calles, "anchas y tiradas a cordel con tal precisión que desde una puerta, a causa de la rectitud de la vía, se ve en derechura la puerta de enfrente". Todo lo que rodea al Gran Khan es de dimensiones y riquezas impresionantes, lo que avivó la imaginación de los occidentales.

La grandeza del Gran Khan se cimentaba en las cualidades de los mongoles o tártaros. Eran, según Marco Polo, hombres esforzados, duros, sufridos, capaces de moverse y pelear a grandes distancias, disciplinados y justicieros. Hábiles jinetes y cazadores, vivían en tiendas magníficas y se dedicaban al cuidado de grandes rebaños. Comían carne de perro y de caballo, y una leche "a modo de pasta sólida, que ponen en una vasija, y la agitan con un palo hasta que se disuelve, y después se la beben".

El libro describe sus costumbres sociales; eran polígamos y tenían muchos hijos. Si fallecía el padre, el hijo podía casarse con su madrastra, y un hermano, con su cuñada. Las mujeres tártaras eran diligentes en las tareas del hogar y en la adquisición de alimentos, por lo que los maridos se dedicaban a sus guerras y juegos, "pero como ahora están mezclados entre diversos pueblos, en muchas comarcas pierden muchas de sus costumbres y se acoplan a la manera de vivir de otros".


Kublai Khan combatiendo en una batalla

En la descripción de la China meridional, la riqueza de datos del mundo mongol se desvanece y El libro de las maravillas del mundo se convierte en un listado de ciudades, distancias, productos comerciales y prácticas religiosas. A pesar de las deficiencias, la descripción de las provincias chinas meridionales fue la parte del libro que despertó mayor interés entre los lectores medievales y renacentistas, como Colón o Magallanes. Las ausencias y silencios del veneciano son muy significativos: Marco Polo no menciona la Gran Muralla, la escritura china, las prácticas de acupuntura, la costumbre de vendar los pies a las niñas, las populares teterías, ni tampoco el taoísmo o el confucianismo. Podrían ser fallos de la memoria o falta de interés por el pueblo chino, o incluso desprecio, dado que su admiración se dirigía a los mongoles y a sus dirigentes.

Al desconocer el chino, Marco Polo empleó términos geográficos mongoles y un buen número de topónimos persas, como Pianfu, Taianfu, Ciorcia y Quengianfu, ya que la lengua persa era muy utilizada en la corte del Gran Khan. Según algunos historiadores, un mapa persa le sirvió para nombrar a las poblaciones del centro y sur de China, recogiendo las informaciones sobre cada población (situación, tamaño y actividades económicas) de mercaderes persas o mongoles.

El sentido de la obra

La lectura del libro de Marco Polo es múltiple. Aunque no se trata de un relato de aventuras, la narración de algunos episodios y el hecho mismo de contar un viaje a lugares tan remotos despertó la curiosidad y la imaginación de los lectores, que han convertido a Marco en un nuevo Ulises. Las alusiones a milagros, a monstruos sacados de las tradiciones grecorromanas y a hechos inexplicables entroncan el libro con la literatura de las maravillas (marabilias), sucesos y cosas que no se desarrollaban de acuerdo con el curso normal de la naturaleza y que los hombres eran incapaces de comprender.

Las maravillas poblaron los relatos de los viajeros durante varios siglos. Un ejemplo es la columna del templo dedicado a san Juan Bautista en Samarcanda, que se mantenía en el aire tras haberse separado de la base unos tres palmos, "y así perdura hasta hoy sin apoyo de ningún sostén humano". Sin embargo, más comunes son las descripciones de las riquezas asiáticas, la circulación de oro, perlas y piedras preciosas, el comercio de las especias, los numerosos barcos y rutas, la existencia de mercados magníficos y de una tupida red de rutas comerciales en Asia, lo que nos remite a la actividad mercantil de los Polo y de la república veneciana. Las alusiones a las monedas y los tipos cambiarios, a las costumbres locales, etcétera, hacen que el libro se aproxime a los manuales de mercaderes que circulaban por la Italia medieval.

No hay que desdeñar el carácter misional de la obra. Los Polo llevaron mensajes del pontífice de Roma y de los monarcas católicos occidentales al Gran Khan. Hay alusiones concretas a varios apóstoles y santos (Santo Tomás y San Barsano) y se cita al Preste Juan y a los cristianos coptos y nestorianos. Las lecturas evangélicas de la obra fueron numerosas y muchos de los traductores lo hicieron para impulsar la conversión del Oriente. Sin embargo, es arriesgado atribuir ese mismo espíritu de cruzada a Marco Polo, quien alude en varias ocasiones a la libertad religiosa: diversos credos convivían sin problemas bajo la tutela del soberano tártaro. Más acertada es la descripción del mundo como obra de la magnificencia divina. Con el viaje de Marco Polo se amplía la extensión y bellezas de la creación. Ese sería el fin de las descripciones topográficas y geográficas, aunque en muchas ocasiones se muestre demasiado esquemático o propenso a las fantasías y sucesos fabulosos.

En definitiva, aunque se encuentren en la obra aventuras, gusto por las maravillas, intenciones evangélicas e informaciones geográficas, el libro es un enorme panorama del continente asiático, que permite en unos cientos de páginas mostrar la amplitud y variedad de sus regiones y enumerar las riquezas de productos y pueblos, capaces de hacer soñar a los mercaderes, reyes y misioneros, y de transmitir el asombro de un occidental por la otredad en un momento decisivo de la historia europea.

Su influencia

Reeditado continuamente en decenas de lenguas, el Libro de las maravillas del mundo describía riquezas, guerras y fenómenos que superaban los límites de la realidad conocida. Aunque el libro haya sido tachado de repetitivo y prolijo, con paisajes y situaciones estereotipadas, tuvo un éxito fulgurante incluso en vida de su autor, hecho novedoso en la Edad Media. Fue traducido al francés, francoitaliano, toscano, veneciano, latín y quizás al alemán en un espacio de veinticinco años. Su fama se extendió por toda Europa, siendo consultado por los geógrafos, viajeros y políticos.

Pese a no ser el primer occidental en visitar Asia y escribir sobre ella (Marco Polo siguió la estela de varios misioneros y comerciantes), la descripción fue un acontecimiento por las novedades que introdujo. El libro fue considerado fantástico y puesto en duda por parte de sus contemporáneos. Esa visión negativa ha sido alimentada por varios historiadores que niegan la visita de Marco Polo a China. No se han encontrado pruebas documentales directas o indirectas de su presencia en las fuentes chinas de la época o posteriores. Casi todo el libro (o al menos las descripciones de la parte meridional) serían elaboradas con información recopilada por los funcionarios del Gran Khan. Pero hay quien niega, incluso, que el veneciano sirviese al emperador tártaro, sosteniendo que el libro sería una compilación de informaciones recogidas por Marco Polo a diversos comerciantes y viajeros que llegaban al puerto de Soldaia (mar Negro), de cuyos límites no se habría movido nuestro autor.

En cualquier caso, aquel libro que describía un continente entero y sus fabulosas riquezas obtuvo inmediatamente fortuna, no sólo en su aspecto de fantástica narración de aventuras, sino porque hacía nacer el ansia de propaganda religiosa en los misioneros y el deseo de lucro de los mercaderes: unos y otros comenzaron a seguir las rutas terrestres indicadas por Marco Polo. Y así se confirmó cuanto él había escrito y se ratificó el deseo de los pudientes de llegar a aquellas metas y de conseguir aquellas riquezas.

Una copia del Libro de las maravillas que cayó en manos de Enrique el Navegante sirvió de estímulo a aquellas expediciones que, circunnavegando África, llevarían a los portugueses, con Vasco de Gama a la cabeza, al establecimiento de una nueva ruta comercial con la India. Otra copia, atentamente leída y apostillada por Cristóbal Colón, contribuyó igualmente a empujar las carabelas que los Reyes Católicos enviaban a Occidente para llegar al Catay, es decir, a la China de Marco Polo. No se llegó allí, pero fue descubierto el continente americano. Habría que esperar hasta 1503 para que se editase el texto en castellano, en Sevilla, por Rodrigo Fernández de Santaella, clérigo y fundador del Colegio de Santa María de Jesús, antecedente de la universidad sevillana. Esta edición fue muy importante para la historia de las exploraciones, pues incluía añadidos muy valiosos y fue leída y utilizada por numerosos navegantes y cosmógrafos como Juan Sebastián Elcano y Alonso de Chaves.

Pero independientemente de estas grandiosas consecuencias, que Marco Polo no podía prever, queda, además de la veneración de chinos y japoneses por haberles revelado el mundo occidental, el juicio que de él hizo Humboldt al declararlo "el mayor viajero de todos los tiempos y de todos los países".