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Idomeneo, rey de Creta

Esta ópera en tres actos de Wolfgang Amadeus Mozart, con libreto de Giambattista Varesco, se representó por primera vez en Munich, el 29 de enero de 1781. Pese a ser la decimocuarta ópera de Mozart, Idomeneo es acaso la primera que merece destacarse. Su invención musical y su estilo anuncian ya posteriores obras maestras como El rapto del serrallo y Las bodas de Fígaro.

Con todo, Idomeneo sigue todavía las reglas de la "ópera seria" italiana; la música apenas contribuye a subrayar el carácter dramático o lírico del libreto; puro divertimiento, no participa de la acción sino en contadas ocasiones, sobre todo en el "quatuor" del segundo acto, en el que se adivinan las reformas que Mozart introduciría posteriormente en el teatro cantado: ciertos personajes descubren su carácter, sus emociones y sus sueños a través de las canciones que les son confiadas. La tentativa es discreta, pero se trata del inicio de una auténtica revolución.


Representación de Idomeneo, rey de Creta

El telón se alza en el primer acto en el palacio real de Creta, donde Idamanto reina en ausencia de su padre, Idomeneo; se cree que los vientos debieron dispersar la flota del rey a la mañana siguiente de la conquista de Troya. Idamanto declara su amor a Ilia, hija de Príamo. Electra, digna heredera de los Atridas, quiere vengarse del desdén del joven príncipe. Mientras tanto, Idomeneo ha sabido apaciguar las iras de Neptuno prometiéndole sacrificar a la primera persona que encuentre en el instante del desembarco, y cuando consigue por fin llegar a Creta es precisamente Idamanto quien primero aparece ante sus ojos.

En el segundo acto Idomeneo (que ha fingido no reconocer a su hijo) trata de alejar a su hijo de Creta para no cumplir su promesa. Para ello ordena a Idamanto conducir a Electra a Grecia. Pero Neptuno reclama su víctima y envía un monstruo que no permite la partida de la nave del príncipe.

La despedida de Idamanto y la intervención del coro expresando el terror del pueblo cretense anuncian ya el tono tierno y desgarrador del tercer acto, que se inicia con un dulce diálogo entre Illa e Idamanto. El pueblo exige a Idomeneo que cumpla su voto. Idamanto logra con sus solas fuerzas matar al monstruo, y Neptuno, conmovido por su valentía y su amor a Ilia, concede el perdón con la condición de que Idomeneo renuncie a su trono en beneficio de su hijo. Electra, viendo esfumarse su última esperanza, estalla de ira, mientras Idomeneo abdica serena y dignamente.

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