Las cuatro estaciones

Joya celebérrima de la música barroca, los conciertos de Las cuatro estaciones son las piezas más universales de Antonio Vivaldi y de su época. Publicados en Ámsterdam dentro de la colección Il cimento dell'armonia e dell'inventione Op. 8, cada uno de estos cuatro conciertos para instrumentos de cuerda lleva por título el nombre de una estación del año.


Antonio Vivaldi

El conjunto instrumental se compone de un violín solista, de primeros y segundos violines, violas, violonchelos y contrabajos, con el apoyo del bajo continuo (clavicémbalo y órgano). A menudo se desprenden de los violines varios solos que, uniéndose al violín principal, forman así el llamado concertino del "concerto grosso"; con todo, el violín solista emerge casi siempre sobre la masa de la cuerda, de manera que se obtiene un término medio entre el "concerto grosso" y el "concerto solistico" sobre el esquema allegro-adagio-allegro.

A cada concierto se antepone un "Soneto demostrativo" para ilustración de las imágenes evocadas en la música. El soneto previo al primer concierto, La primavera, empieza: Llegó la primavera y de contento / las aves la saludan con su canto, / y las fuentes al son del blando viento / con dulce murmurar fluyen en tanto. Después vienen rayos y truenos, al cesar los cuales los pajaritos vuelven a gorjear. Esto forma el asunto del primer Allegro en mi mayor, penetrado de gozosa vitalidad y lleno de pasajes gorjeantes de violines alternados con ondulaciones fluidas y trémolos impetuosos.

Antonio Vivaldi. La primavera. Allegro [3' 35''].

El segundo tiempo, Largo en do sostenido menor, describe el sueño del pastor, dormido entre el murmullo de las frondas y con su fiel perro al lado. Es un canto de violines y violas; un trozo algo breve pero potentísimo que figura entre las más bellas inspiraciones de Vivaldi. El tercer tiempo, Allegro, es una danza campestre.

El verano, concierto en sol menor, expresa el sopor de los hombres, de los animales y de las plantas bajo el ardor del sol (Bajo dura estación del sol ardida / se mustian hombre y rebaño y arde el pino), acompañado de los tristes gorjeos del cuclillo, de la tórtola y del jilguero, y de la lucha de los vientos, precursora de la tempestad que irrumpe al fin impetuosa. El primer Allegro está, contra la costumbre, desmenuzado en varios trozos, alternativamente agitados y tristes; son bellos especialmente los segundos, y más que todos el último, que expresa el llanto del pastor temeroso de la tempestad, trozo de quejosa expresividad con armonías que modulan cromatismos muy atrevidos.

Antonio Vivaldi. El verano. Allegro [5' 2''].

La atmósfera de tristeza de ese segundo concierto se desarrolla principalmente en el Adagio (Quita a los miembros laxos su reposo / el temor a los rayos y truenos fieros / y el tropel furioso de avispas y moscas), que es quizás el tiempo más bello, penetrado de un sentido de calma expresado de modo impresionista pero idealizado en su forma. El Allegro impetuoso que le sigue describe la tempestad.

En El otoño, concierto en fa mayor, el primer Allegro es una escena báquica que termina con expresión de fatigado abandono (Celebra el aldeano con baile y cantos / el bello placer de la feliz cosecha / y del licor de Baco abusa tanto / que termina en el sueño su gozar). También aquí el tono del final del primer tiempo se continúa en el segundo, otro magnífico Adagio en que el sopor casi se transfigura e idealiza en feliz olvido. El Allegro final es una escena de caza con imitación del son de los cuernos, la descripción de la persecución de la fiera, los últimos jadeos de ésta y su muerte.

En El invierno, concierto en fa menor, Vivaldi reproduce, también con procedimientos que se pueden llamar, con respecto a la época, impresionistas, las sensaciones del frío y del hielo. La expresión del primer tiempo se enlaza en este concierto con la del último, mientras el Adagio es un suave intermedio reposado que expresa la serenidad del hogar doméstico. El final, impetuosísimo, produce sin embargo una impresión gozosa que, en efecto, responde al verso final del soneto (Así es el invierno, y cuánta alegría da), como si el drama de las alternancias de las estaciones se resolviera al fin en el entusiasmo por la creación de la vida.

Tal entusiasmo es, en el fondo, el significado de esta obra de arte, en que parece casi revivir, en medio de una inspiración musical de sano idilio del siglo XVIII, el clásico mito de Baco, personificación de la eterna alternancia de florecimiento, decadencia y renacimiento de la naturaleza. A la belleza de la obra contribuye grandemente la opulencia y vitalidad rítmicas, sobre todo en las partes del violín solista que campean también en el elemento descriptivo y virtuosista, revelando una vez más en su autor el profundo y genial conocimiento del instrumento.

Cómo citar este artículo:
Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004. Disponible en [fecha de acceso: ].