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Drácula

Publicada en 1897, esta novela del escritor irlandés Bram Stoker es una obra maestra de la literatura de terror, precisamente la que dio su forma literaria definitiva al mito del vampiro, aunque este mito ya existiera antes, enraizado en antiguas creencias populares de Centroeuropa. De un modo u otro, su figura también la trataron antes otros escritores, desde Alejandro Dumas, Guy de Maupassant o Sheridan Le Fanu hasta Nikolái Gógol o Edgar Allan Poe.

Este apasionante libro concreta el mito original del vampiro en el del conde Drácula, y lo hace con una fuerza poética obsesionante, que muy pocas versiones cinematográficas han logrado restituirle. Es también la obra capital de Bram Stoker y la que lo dio a conocer al gran público. Indudablemente, de todos los grandes mitos universales creados por la literatura, desde Hamlet a Madame Bovary y desde Don Quijote a Robinson Crusoe, el más popular y el que cuenta con un mayor número de seguidores en todo el mundo es el del inmortal señor de las tinieblas: el conde Drácula. Como el propio conde, este libro ha surgido del anonimato para irrumpir en un mundo que ya no contaba con su presencia, y sin embargo lo ha hecho con tal fuerza que la novela se ha convertido en el texto fundacional de toda la leyenda posterior sobre este tema, que ha encontrado su origen y su inspiración en el nombre y las acciones de Drácula, "el padre de los vampiros".


Fotograma de Nosferatu (1922), de Friedrich Wilhelm Murnau, primera adaptación fílmica de la novela

El nombre del protagonista se inspira en un personaje del siglo XV, el boyardo valaco Vlad Drácula (más conocido como Vlad Tepes, que significa el Empalador), que fue un héroe de la independencia rumana frente a los turcos, y al cual alude el conde Drácula de un modo superficial y bastante genérico durante una conversación nocturna que mantiene en su castillo con el héroe de la novela, Jonathan Harker. Pero en esta novela la apariencia física de su protagonista ya no es la de un caudillo guerrero renacentista, sino la de un aristócrata rumano, decadente y algo anticuado, aunque claramente perteneciente al siglo XIX.

Sus características también se apartan ligeramente de las que nos ha brindado el cine en la mayoría de sus versiones (por ejemplo, lleva un bigote blanco y una barba puntiaguda con algunas canas). Aunque en el cine le repugne la flor del ajo silvestre, siga sin proyectar sombra ni reflejarse en los espejos, le pongan furioso los objetos sagrados (crucifijos, hostias consagradas...) y pierda su terrible poder con la llegada del día, en la novela, en cambio, es perfectamente capaz de pasearse a la luz del día y en las primeras horas de una calurosa y soleada tarde de septiembre, al menos en dos ocasiones y ambas sin peligro alguno para él: ante la jaula de un lobo en el parque zoológico de Londres y observando a una elegante señorita delante del Giuliano's, en Piccadilly.

Incluso otra vez, sorprendido en su casa de Piccadilly, salta por una ventana desde el interior de la casa al patio... ¡poco después del mediodía! No obstante, su principal arma sigue siendo la perversa fascinación que ejerce sobre sus infortunadas víctimas, especialmente las mujeres jóvenes y bellas, a las que subyuga arrastrándolas al horror de convertirse en esclavas suyas, seres "no muertos" condenados a una triste existencia crepuscular y sin esperanza alguna de redención.


Bela Lugosi en Drácula (1931), de Tod Browning

Junto a este personaje, a la vez tema y protagonista único de la novela, aparece Jonathan Harker, agente de la propiedad que visita al conde Drácula para venderle un caserón cerca de Londres y que en su décima noche en el castillo es asediado por tres mujeres, bellas y fantasmales, que comparten la mansión con Drácula. Por suerte, esta vez la intervención del conde consigue librarle de ellas. Otras dos mujeres aparecen en la novela: Wilhelmina Murray, la valerosa prometida de Jonathan Harker, y Lucy Westenra, la sensible amiga de ésta. Ambas sufren el acoso de Drácula aunque con resultados bien diferentes.

Pero el verdadero enemigo del siniestro conde es el doctor Abraham Van Helsing, un científico que ha dedicado su vida a estudiar y combatir a los vampiros, por lo que es el único que conoce el modo más eficaz de aniquilarlos. Otro personaje inquietante es el desgraciado R. M. Renfield, recluso por loco, devorador de bichos vivos y que se considera un fiel servidor del conde, pero que muere al defender a Mina, esposa ya de Harker, enfrentándose al poder de Drácula.

Desde el punto de vista estilístico, la novela recobra un recurso literario que estuvo muy en boga durante los siglos XVIII y XIX: el estilo epistolar. En efecto, la narración se presenta como una ordenada sucesión de fragmentos de diarios, cartas, artículos periodísticos e incluso algún telegrama, que van dando cuenta de los sucesos que constituyen su argumento a medida que éstos se producen. No obstante, la estructura de la narración sigue siendo la clásica de una novela, aunque, para conservar el ambiente propio de un diario, su autor dota a la narración de los epígrafes correspondientes a las diferentes fechas e incluso recurre a las acotaciones complementarias, como "más tarde" o "por la noche" que suele haber en estos escritos.


Francis Ford Coppola dirigió
Drácula, de Bram Stoker
(1992)

En la novela, alucinante y sobrecogedora unas veces, pausada y realista otras, se mezclan el tono grisáceo de estos últimos pasajes con las instantáneas poéticas que iluminan la narración con una extraña luz fulgurante cuando nos aproximamos a la inquietante figura de Drácula. Y es que Bram Stoker consigue hacernos creer que el único mundo real es el de los muertos y las tinieblas, como lo demuestra el hecho de que, desde la aparición de este libro, hace ya más de un siglo, la fantasmal y helada presencia del conde Drácula haya seguido despertando la imaginación de muchos de sus lectores y provocando en ellos una mezcla de terror y de interés morboso.

El éxito absolutamente increíble que desde el principio han tenido las proezas sangrientas del conde Drácula ha logrado que esta novela fuera llevada a la escena en diversas ocasiones (una de ellas fue una comedia musical de Broadway). Pero en realidad fue con el advenimiento del cinematógrafo cuando el conde vampiro se convirtió en un personaje aterradoramente familiar para millones de espectadores. Más de un centenar de películas, rodadas en los países más diversos, han presentado al público la negra silueta y los afilados colmillos del sangriento conde de Transilvania, y algunas se han hecho merecidamente famosas.

Entre ellas destacan Nosferatu, de Friedrich Wilhelm Murnau, con decorados del más puro expresionismo alemán, y ya desde los mismos comienzos mudos del cine (1922); y la clásica Drácula de Tod Browning (1931), una verdadera joya del terror rodada en blanco y negro con una atmósfera inquietante que se consigue a base de penumbras, nieblas y medias luces, y con el vampiro encarnado por un atormentado Bela Lugosi.

Mucho más tarde, la productora inglesa Hammer realizó la famosa serie sobre este personaje, en la que el príncipe de las tinieblas estaba interpretado de un modo muy convincente por Christopher Lee. La película dirigida por Francis Ford Coppola en 1992, con gran despliegue de medios, comenzó con una referencia al primitivo Vlad Tepes, a la causa de su rebeldía contra Dios y a la maldición de la que es objeto por ella. En todas estas películas, la larga capa negra del señor de la noche, su rostro espectral, sus afiladas uñas y su boca ávida de sangre han perseguido los sueños de millones de personas y, por lo que parece, aún seguirán persiguiéndolos durante mucho tiempo más.

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