Pensamientos

Bajo el título de Pensamientos sobre la religión y otros asuntos, los familiares y amigos de Blaise Pascal publicaron póstumamente, en 1669, los apuntes, anotaciones y reflexiones (algunas apenas esbozadas, otras más ampliamente desarrolladas) que el gran filósofo y matemático francés había escrito o dictado en los últimos años de su vida, en su mayor parte con miras a la composición de una apología del cristianismo que había proyectado ya en 1656, y que primero la enfermedad, y la muerte después, impidieron poder llevar a término.

A pesar de su carácter fragmentario, los Pensamientos de Pascal son una de las obras maestras de la literatura especulativa francesa. Documentan la vida espiritual de Pascal durante aquellos años, y constituyen, al mismo tiempo, el más alto testimonio de su pensamiento filosófico y religioso y de su singularísima y sugestiva personalidad.


Blaise Pascal

Pascal se proponía dirigir aquella proyectada apología no a los teólogos ni a los "doctos", sino a los laicos, a los hombres de mundo y especialmente a los que el trato del mundo había alejado de la fe, o sea a los "libertins", a los indiferentes, a los incrédulos; el autor deseaba sacudir su indiferencia y conducirles a plantearse el problema de Dios y a sentir la necesidad de profundizar en él. Y se proponía, al mismo tiempo, restaurar en los espíritus el vivo sentido y el verdadero significado de la religión cristiana tal y como el propio Pascal la concebía, es decir, conforme a la fundamental inspiración jansenista de su pensamiento. Tal visión queda compendiada esencialmente en los dogmas del pecado original y de la redención, de la impotencia de la "naturaleza" y de la omnieficiencia de la gracia ("Toda la fe consiste en Jesucristo y en Adán; toda la moral en la concupiscencia y en la gracia").

Para Pascal, se puede llegar a un conocimiento seguro y eficaz de Dios no por las vías puramente especulativas de la filosofía o de la teología racional, sino sólo por las específicamente cristianas del reconocimiento de la impotencia y la miseria humanas y de la necesidad de un Mediador divino. Por otra parte, para demostrar la verdad de la religión es necesario aplicarse a suscitar en los ánimos una exigencia viva ("hacer desear que sea verdadera, y después demostrar que es verdadera").

De este modo, Pascal se proponía seguir, en su apología del cristianismo, una vía metódica completamente distinta de la practicada generalmente. En lugar de partir del objeto (de la verdad cristiana considerada como un todo ya dado y perfecto en sí mismo, que se había de exponer y demostrar con método escolástico), su intención era partir del sujeto, es decir, de la propia intimidad de la conciencia del "libertin", para estimularla y ayudarla a adquirir clara conciencia de los problemas y de los contrastes que la naturaleza humana lleva en sí misma, y para conducirla después a reconocer la imposibilidad de resolverlos con otros principios diferentes de los de la dogmática cristiana.

El itinerario apologético y religioso de Pascal tiene, por lo tanto, su punto de partida en el análisis de la naturaleza humana. Tal análisis es conducido (en fragmentos merecidamente famosos) con incisiva penetración, con poderoso realismo psicológico, con singular vigor dialéctico y, sobre todo, con austero y reflexivo "pathos" humano. En los Pensamientos, el hombre es estudiado no con la despreocupada curiosidad de un moralista o de un psicólogo, sino con la religiosa conmoción de un alma que investiga en sí misma sus razones de ser, y pone a prueba sus posibles soluciones.


Portada de la edición de Port-Royal (1670)

Su principio animador es que el hombre, más que un todo orgánico y unitario capaz de hallar su propia razón y su propia adecuación, es un ser trabajado y como cortado en dos por una íntima antinomia ideal: "un sujeto a un tiempo único y doble" que acoge en sí, irreductibles y a la vez inseparables, "las más singulares contradicciones", la más alta dignidad y la más profunda miseria.

La famosa metáfora del hombre como "caña pensante" ilustra la concepción de Blaise Pascal: "El hombre es solamente una caña, la cosa más frágil de la naturaleza, pero una caña pensante. No hace falta que el universo entero se arme para aplastarlo: un soplo de viento o una gota de agua bastan para destruirlo. Pero incluso cuando el universo lo aplastase, el hombre sería todavía más noble que lo que le mata. Porque sabe que muere y lo que el universo tiene de ventaja sobre él, mientras que el universo no sabe nada de eso." En la misma línea se encuentra otro conocido pasaje: "En cuanto al espacio, el universo me comprende y devora como un punto. Pero, por el pensamiento, yo comprendo al universo."

Sin embargo, esa casi grandiosa dignidad convive en el ser humano con sus infinitas limitaciones. Así, el hombre desea la verdad, pero todo le engaña: los sentidos y la razón, la voluntad y la imaginación. El hombre aspira a la felicidad, y no halla en su camino sino "miseria y muerte"; sueña en fundar su propia vida sobre normas seguras y constantes de razón y de justicia, y está esclavizado al mudable arbitrio de la opinión o de la costumbre y a la ley de la fuerza. El hombre se siente "nacido para el infinito", y está confinado en el dominio de lo relativo y de lo finito; querría igualarse con Dios, y por su condición es casi semejante a los animales.

De ahí el perenne desequilibrio que define al ser humano y aquella "desproporción" que, por un lado, le impide contentarse con lo que es, y por otro le veda hacerse como querría ser ("Somos incapaces de no aspirar a la verdad y a la felicidad, y somos incapaces de certidumbre y de felicidad"). Este trágico misterio del hombre no puede ser resuelto en un terreno puramente natural y sobre meras razones filosóficas, sino únicamente en un plano superior a aquel en que se mueve "toda la filosofía humana", es decir, en un plano sobrenatural y religioso.


Blaise Pascal

Para Pascal, su plena solución se encuentra en los principios esenciales de la revelación bíblica, la cual enseña que el hombre no puede hallar su plena adecuación sino en lo infinito, en Dios; y que Dios, para ponerlo en disposición de realizar su finalidad, le había elevado originariamente a una condición sobrenatural de inteligencia y de perfección, pero que, por efecto de la culpa de Adán, cayó de aquel estado para convertirse en un ser "semejante a los brutos".

Es verdad que le queda al hombre un "instinto" confuso de la excelencia de su "primera naturaleza", una capacidad congénita de verdad y de bien; pero ya no está en condiciones de regirse por aquella antigua espiritualidad; por el contrario, se ve sumido en la ceguera y en las miserias de la concupiscencia, que se han convertido en el hombre en segunda naturaleza. De esta condición de impotencia y de miseria sólo puede librarse por la caridad viva de Cristo, es decir, por la gratuita y eficaz gracia de Dios, que el hombre no puede obtener o merecer por mucho que se esfuerce.

Pero el hecho de que sólo la religión cristiana ofrezca una solución adecuada para el problema del hombre, si bien constituye un primer y decisivo argumento en favor de ella, no es suficiente por sí mismo para garantizar plenamente su verdad, y mucho menos para demostrar su origen divino. Por esta razón, Pascal se proponía apoyar su verdad con otras pruebas de orden "histórico y moral", como las pruebas clásicas de la confirmación de las profecías mesiánicas, de los milagros de Cristo, de la sublimidad de la moral evangélica o de la prodigiosa propagación del Evangelio.

Pascal reconoce plena validez objetiva a estas pruebas, y especialmente a las profecías y a los milagros; con todo, no las consideraba "en absoluto convincentes". Al contrario, Pascal subordinaba su eficacia a la íntima "inspiración" del corazón, es decir, a la acción saludable de la gracia. No puede buscar a Dios quien no lo haya encontrado ya, y las razones de la inteligencia y los argumentos de la historia, el buen juicio y las señales, o los milagros y las profecías, no sirven para nada sin el don de la fe, que Dios otorga al corazón humano. Tal es el sentido de uno de los más célebres aforismos de Blaise Pascal: "El corazón tiene razones que la razón ignora".

De aquí parte y se desarrolla, en la obra pascaliana, un misticismo que, a pesar de alimentarse en las fuentes clásicas de la mística cristiana, ofrece, con todo, unos matices y una realización personalísima. En contraste con cualquier forma de racionalismo teológico, este misticismo condujo a Pascal, por un lado, a reivindicar y a celebrar, por encima de las razones del intelecto, las "razones del corazón", entendiendo por ello un acto de conocimiento que conquista la verdad de manera "totalmente interior e inmediata", y a afirmar la necesidad en que se halla el hombre de someterse al misterio, a lo incomprensible, como única solución de sus irreductibles antinomias de pensamiento y de vida. "No la razón, sino el corazón, siente a Dios. He aquí lo que es la fe: Dios sensible al corazón, no a la razón".

También este misticismo le impulsó, por otra parte, a contraponer el Dios cristiano al "Dios de los filósofos y de los sabios" (como Aristóteles y Descartes), "autor del orden cósmico y de las verdades geométricas". Frente a ello, el Dios cristiano es el "Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob", el "Dios de Jesucristo", que procuró la redención de la humanidad y prometió la vida eterna. Todo el pensamiento religioso de Pascal culmina en el esfuerzo por reconquistar con espiritualidad nueva, y restaurándolo en el catolicismo post-tridentino, el sentido vivo y originario de la cruz de Cristo como había sido sentido y celebrado por San Pablo: "escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, pero, para los elegidos, potencia de Dios y sabiduría de Dios".

De esa adhesión suya a los grandes temas paulinos y agustinianos del cristianismo de los primeros siglos (reavivados en un fervoroso sentimiento del drama salvador de la Cruz) sacan inspiración y fuerza sus páginas más conmovidas y puras; principalmente aquel "Misterio de Jesús", al cual supo elevarse, por la meditación de los textos evangélicos, hasta un coloquio interior con Cristo de singular potencia religiosa y poética. En todos los Pensamientos, por lo demás, lo que cuenta no es tanto la trama teológica o apologética, sino la humanidad de pensamiento y de corazón que los eleva por completo a una esfera de superior espiritualidad.