La tabla de Flandes

La línea argumental de La tabla de Flandes (1990), de Arturo Pérez-Reverte, responde en esencia a una novela de intriga que se mantiene permanente hasta el final; en el devenir de los acontecimientos que se relatan entran en juego no sólo los personajes propios del relato actual sino también los que cinco siglos antes inspiraron al pintor flamenco Pieter Van Huys para pintar un óleo sobre tabla conocido como La partida de ajedrez. Incluso el propio lector se llega a sentir parte de la trama, invitado a participar en las reflexiones de la investigación sobre las distintas opciones del juego que se plantean.

Julia, una joven restauradora de obras de arte que tiene el encargo de restaurar una tabla flamenca del siglo XV que ha de ser puesta a subasta, descubre, gracias a la fotografía con rayos X, una inscripción oculta bajo la pintura, que confiere al cuadro una significación especial: Quis Necavit Equitem (¿quién mató al caballero?). Como experta profesional intuye que la genialidad del pintor ofrece la clave en la propia pintura y empieza a interesarse por conocer mejor a los personajes retratados y su papel en la historia.


Kate Beckinsale como Julia en la película
La tabla de Flandes (1994), de Jim McBride

Para ello cuenta con la colaboración de un antiguo amante, profesor de Historia del Arte, y de César, un anticuario homosexual con el que mantiene una relación especial de amistad y afecto filial. También su amiga Menchu, la galerista que le ha encargado el trabajo, está interesada en la investigación por lo que puede representar de revalorización en la subasta.

La muerte en extrañas circunstancias de Álvaro, el profesor que ha hecho llegar a Julia una pormenorizada relación histórica de los personajes del cuadro, parece establecer un hilo de continuidad con el crimen no resuelto cinco siglos antes, como si los personajes del cuadro y los de la actualidad se movieran en un mismo universo, donde el tiempo no tendría el valor absoluto que normalmente se le atribuye. Conocidos los personajes del cuadro (Roger de Arras, Fernando Altenhoffen duque de Ostenburgo y Beatriz de Borgoña, su esposa), así como el entorno en el que vivieron, un ducado en litigio entre Francia y Borgoña, y conocido también el asesinato, nunca aclarado, del caballero Roger de Arras dos años antes de que se pintara el cuadro (en el que aparece como uno de los jugadores), todo apunta a que en esa partida de ajedrez está la clave del enigma.

En la relación histórica se hace referencia a la amistad entre el caballero de Arras y Fernando, se mencionan las intrigas cortesanas de los partidarios de Francia y de Borgoña y se alude también a los rumores sobre una relación amorosa entre Roger de Arras y Beatriz. En este punto aparece en escena un personaje especial, Muñoz, un individuo gris que parece contemplar el mundo con desgana y desconfianza pero que tiene en el ajedrez y en la lógica matemática una forma de evadirse de la mediocridad y de crecerse, encontrando con ello la pasión, la seguridad y el aplomo de los que parece carecer.

Este experto irá jugando hacia atrás la partida pintada, hasta llegar a deducir qué pieza del tablero se comió el caballo blanco o, lo que es lo mismo, quién mató al caballero de Arras. Sin embargo, la muerte inexplicable de Álvaro, el testimonio de la ocasional presencia en algunos lugares de una extraña dama, unas inquietantes llamadas telefónicas y una tarjeta anónima con un jeroglífico que invita a seguir jugando la partida de ajedrez hacia delante, partiendo de la posición que las piezas ocupaban en el cuadro, evidencian que el enigma no está resuelto y que un nuevo jugador, seguramente el asesino, pretende obligarles a seguir un juego en el que, poco a poco, cada uno irá descubriendo la pieza que le representa en el tablero, conscientes de que una nueva jugada puede llevar implícita la muerte.

Julia, César y Muñoz estudian conjuntamente los movimientos que el asesino va proponiendo conforme avanza la partida, y mientras la mente analítica del experto va intentando conocer a través del juego el perfil de su anónimo oponente para poder ir descartando posibles sospechosos, un nuevo asesinato, el de Menchu, la galerista amiga de Julia, va estrechando finalmente el cerco. Paso a paso, Muñoz llegará a reunir los datos precisos para identificar al asesino.

La obra no se limita al desarrollo de la trama al estilo clásico de las novelas policíacas, sino que trata de introducirnos en la forma de pensar de los personajes que nos presenta y en el ambiente en que se mueven. No es tanto la acción, sino la confrontación de la variada personalidad de los actores, el verdadero motor de los acontecimientos, el planteamiento del drama y su conclusión.

El autor se sitúa como espectador privilegiado de la realidad cotidiana, incisivo pero desapasionado, y así nos muestra el marco social en el que se mueven los protagonistas, donde coexisten y a veces se entremezclan la sensibilidad artística y la seriedad profesional con mercaderes, mercachifles, corrupciones y corruptelas. El robo del óleo de casa de Julia por el asesino de Menchu nos asoma, en el desenlace de la historia, a los entresijos del mundo subterráneo que opera en el expolio y el tráfico ilegal de obras de arte, y de los procedimientos para blanquear los capitales que se mueven a través de abogados sin escrúpulos, banqueros desaprensivos, sociedades fantasmas y paraísos fiscales.

En la contemplación de un cuadro existe un punto de intemporalidad. El espectador es transportado a la escena y la contempla desde el nivel en el que trabajó el artista en su momento, y puede llegar a percibir sus mismas emociones. La partida de ajedrez ha desvelado su secreto, y la figura de Beatriz, en el último plano, con los ojos bajos, escudada posiblemente en un libro de horas, anuncia la tragedia personal que le llevará, los últimos años de su vida, a sobrevivir en un convento, preguntándose permanentemente "si en el más allá habrá misericordia suficiente para borrarle los últimos jirones de la memoria".