La cabaña del tío Tom

Publicada en 1851, la acción de esta novela de la autora norteamericana Harriet Beecher Stowe transcurre en Kentucky, antes de la abolición de la esclavitud. Un rico y humano propietario se ve obligado, debido a las dificultades financieras, a vender a un mercader el mejor y más fiel de sus esclavos, el tío Tom, y un chiquillo, Henry. La madre del chiquillo, la mestiza Eliza, huye llevándose a la criatura; perseguida, consigue, bajo las miradas aterrorizadas de sus perseguidores, atravesar milagrosamente el Ohio helado; encuentra luego ayuda y protección junto a una colonia de cuáqueros donde muy pronto se le reúne su marido, George, que también ha huido de su cruel amo; y juntos se trasladan al Canadá, donde se inicia para ellos una nueva vida.

Bastante más triste es el destino del tío Tom: consciente de lo que le espera, no huye, y sigue al mercader, abandonando su familia con el corazón destrozado. El encuentro con la pequeña y suave Evangeline Saint-Clare, que induce a su padre a comprarlo, abre en su vida un paréntesis de melancólica serenidad y de ferviente vida religiosa. En la aérea figura de Evangeline la autora concentró, idealizado con la gracia de la belleza infantil, el sentimiento de amor cristiano hacia los débiles y oprimidos que invocara en su generosa lucha en favor de la abolición de la esclavitud. Pero Evangeline muere, y poco más tarde muere también su padre, herido por azar en una pelea.


Harriet Beecher Stowe en un retrato de 1853

Los esclavos son vendidos y el pobre Tom cae en manos del brutal Simon Legree, que le lleva a sus plantaciones de algodón con la intención de hacer de él un cómitre. Tom se niega a maltratar a los demás esclavos y, sostenido por su fe, se atreve a hacer frente a su patrón, quien, enfurecido, lo hace azotar hasta la muerte. Y cuando el hijo de su antiguo amo llega, después de haberle buscado ansiosamente, para rescatarle y llevarle junto a los suyos en Kentucky, sólo puede recoger sus últimas palabras de amor y de perdón. Pero la lección no se ha perdido, y el joven, apenas vuelto a su casa, libera inmediatamente a todos sus esclavos.

Aunque la autora sostiene que tío Tom no es un personaje imaginario, sino que está forjado según el modelo de distintos negros que ella personalmente conoció, su figura aparece a menudo -siquiera sea en virtud de un artificio polémico- como excesivamente idealizada para ser artísticamente vital. En el sereno ambiente de Kentucky, Tom es sencillamente un esclavo fiel a su amo hasta el escrúpulo, marido y padre amantísimo, excelente compañero y consejero de los demás esclavos y celoso cumplidor de sus deberes religiosos; cuando el destino lo arranca a los suyos y se inicia su calvario, parece que el dolor le afine sublimándole y liberándole cada vez más. En casa de Saint-Clare, junto a la dulce Evangeline, su sentimiento religioso se hace tan profundo y ferviente que tío Tom se convierte casi en el consejero espiritual de la familia y, con sus palabras llenas de fe, consuela a su escéptico dueño en su hora postrera.

En el infierno de la plantación junto al río Colorado, Tom llega al heroísmo: frente al amo brutal que pretende convertirle en esbirro, su conducta es la de un mártir que conscientemente provoca y acepta su martirio. "Haga usted de mí lo que quiera -dice-. Cuando mi cuerpo haya muerto, tendré para mí toda la eternidad". El recuerdo de la familia y de la casa lejana casi se ha desvanecido: a Tom sólo le queda un inmenso amor cristiano por todos sus semejantes, por los capataces que le azotan y aun por el dueño que le ha mandado martirizar. La autora está convencida de que los negros, "mansos y humildes de corazón, inclinados a dejarse guiar por una mente superior y a confiar en un poder más alto, afectuosos y sencillos como niños, siempre dispuestos a perdonar", serán tal vez un día la más pura manifestación de la vida cristiana. Y esta convicción la lleva a prestar a su héroe la sabiduría de un patriarca del Antiguo Testamento, aureolado con la luz de un martirio conscientemente aceptado y soportado.


Evangeline y el tío Tom
(detalle de un óleo de Edwin Long)

Junto a Tom, y a pesar de su carácter secundario, adquiere particular relieve en la novela la figura de Evangeline. Esta dulce niña que tantas lágrimas ha hecho verter a los lectores de ambos continentes tiene "toda la gracia aérea de una figura mitológica". No puede ver sufrir; en su corazón hay un cristiano sentimiento de fraternidad y de amor hacia todo el mundo, en particular para los humildes. La entristecen profundamente los sufrimientos de los pobres esclavos; se preocupa de su ignorancia y quiere enseñarles a leer para que puedan, por si solos, consolarse en la lectura de la Biblia.

No es extraño, pues, que los negros la adoren y que aun la indomable Topsy sea vencida por su dulzura. La enfermedad que la aqueja y consume parece, más que otra cosa, una nostalgia del cielo y una incapacidad para encerrarse en este mundo lleno de injusticia y tristeza: siente la proximidad del cielo con una certidumbre plácida cual los rayos del ardiente sol y dulce como la serenidad de un hermoso día de otoño, y en ella descansa su corazón, sólo turbado por la aflicción de cuantos la aman. La lectura de la Biblia junto a su viejo amigo el tío Tom le ha enseñado a conocer la figura de Aquel que amaba a los niños, en la que ha puesto tanto afecto que se ha convertido para ella en algo que vive y habla. Con inteligencia precoz, observa disgustada las deplorables consecuencias del sistema social que la rodea, y sufre del contraste entre su deseo de dar alegría y libertad a todo el mundo y su debilidad física. "Comprendo -dice a Tom un día- que Jesús quisiera morir por nosotros, ya que cuando veo los sufrimientos de los pobres esclavos siento que moriría de buena gana si mi muerte pudiera poner fin a tantas miserias". Tras un último adiós a sus fieles esclavos, expira sonriendo a una visión de amor, de luz y de felicidad, y abandonando sin dolor sus mortales despojos.

La cabaña del Tío Tom es uno de los libros más célebres y más leídos no sólo en América, sino en todo el mundo. Harriet Beecher Stowe escribió la novela cuando una ley de 1850, que consideraba un deber la denuncia de los esclavos fugitivos, hizo nacer en ella el deseo de representar la esclavitud bajo forma dramática, aunque fuera "un pálido reflejo, una débil pintura de las angustias y de la desesperación de millares de corazones, de millares de familias destrozadas". El relato, que oscila a menudo entre el documental crudo y el fragmento retórico, es de desigual valor artístico; pese a ello, arrastra al lector por estar imbuido de un profundo sentimiento de indignación moral que constituye su principal valor. Por algo Abraham Lincoln definió a su autora como "la mujercita que ganó la guerra".