Gabriel García Márquez

Cien años de soledad

Resulta difícil exagerar el valor que la crítica, de forma casi unánime, ha concedido a Cien años de soledad (1967). Ha sido juzgada como la pieza clave del Boom de la literatura hispanoamericana de los años 60, fenómeno editorial que proporcionó la debida proyección internacional a los narradores del continente; ha sido descrita como la más perfecta manifestación del «realismo mágico», corriente en que cabe incluir a una parte de los autores del Boom y cuyo más visible rasgo es la naturalidad con que lo cotidiano se entrevera de sucesos maravillosos tan imaginativos como expresivos; ha sido considerada una de las novelas imprescindibles del siglo XX a escala mundial, y encumbrada como la mejor de la historia de las letras hispánicas después de Don Quijote de la Mancha.


Gabriel García Márquez

Pero Cien años de soledad es también la máxima realización de un maestro insuperable en el arte de contar: el premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez. Más allá de las posibles interpretaciones a posteriori de la novela como parábola de un mundo (la América hispana), el lector queda de inmediato cautivado por un virtuosismo narrativo propio de un encantador de serpientes, y sepultado bajo el incontenible aluvión de acontecimientos sobre los que el autor derrama pródigamente su portentosa inventiva. Tanto es así que resulta imposible trazar una reseña de Cien años de soledad sin omitir decenas de personajes y episodios y sin rebajar el libro a una palidez intolerable para quienes lo han leído; porque, si hay placer en la lectura, Cien años de soledad es placer en grado sumo.

Argumento y estructura

Cien años de soledad relata la historia de una aldea imaginaria, Macondo, y de la estirpe de sus fundadores, los Buendía. La novela se presenta dividida en veinte secuencias narrativas que carecen de título e incluso de numeración; por razones de comodidad, en este resumen numeramos y llamamos «capítulos» a cada una de estas unidades. Si bien es cierto que los frecuentes saltos hacia atrás y hacia adelante caracterizan la técnica narrativa de Cien años de soledad, hay que decir que tales retrospecciones y anticipaciones se producen principalmente en el interior de cada secuencia; los distintos capítulos refieren los sucesos en orden cronológico, y pueden agruparse atendiendo a los acontecimientos de fondo que marcan la vida de la aldea y al protagonismo que adquieren ciertos personajes o generaciones.

  • Un primer bloque correspondería a los capítulos 1-5, en los que se narra tanto la fundación de Macondo como la edénica y mágica cotidianeidad de su primera época; los personajes más señalados son los fundadores, José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, aunque también conoceremos la infancia y juventud de sus descendientes, que forman la segunda generación de los Buendía.
  • Uno de los hijos de José Arcadio y Úrsula, el coronel Aureliano Buendía, es el principal protagonista del segundo bloque (capítulos 6-9), en el que la vida apacible de la aldea se ve alterada por las vicisitudes de las guerras civiles que durante casi veinte años asolan el país.
  • Finalizada la guerra, con la llegada a la población de la compañía bananera se inicia una nueva etapa en el devenir de Macondo (capítulos 10-15), en la que la prosperidad se acompaña de una creciente conflictividad social que desemboca en una sangrienta represión. Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo, miembros ya de la cuarta generación, son los principales personajes de este bloque, aunque no llegan a desempeñar un papel crucial en los sucesos.
  • Un diluvio bíblico separa la tercera parte de la última (capítulos 16-20), que relata la decadencia y destrucción de Macondo y el final de la estirpe. Los últimos Buendía, pertenecientes a la quinta y a la sexta generación, malviven en un pueblo en ruinas hasta que la estirpe se extingue en un vástago con cola de cerdo, hijo de Amaranta Úrsula y Aureliano Babilonia. Este último logra descifrar las profecías que el gitano Melquíades había dejado escritas sobre Macondo; el anuncio de su destrucción se cumple en el mismo momento de su lectura.

La fundación

Como ya se ha indicado, las veinte secuencias narrativas siguen por lo común el orden cronológico, pero una importante excepción tiene lugar precisamente en el relato de los acontecimientos que llevaron a la fundación de Macondo, que se encuentra en la primera mitad del capítulo segundo. El narrador se remonta nada menos que al siglo XVI para presentarnos a los bisabuelos de los protagonistas, pero la historia comienza «Varios siglos más tarde», con la boda de los futuros fundadores de Macondo, que eran primos entre sí: José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán.

Con nefastos augurios sobre su descendencia por su cercano parentesco (unos tíos de los recién casados habían tenido un hijo con cola de cerdo), la madre de Úrsula logró aterrorizar a su hija; enfundada en un inquebrantable cinturón de castidad, y pese a las embestidas de José Arcadio, Úrsula impidió durante un año y medio la consumación del matrimonio. Las habladurías atribuían la falta de hijos a la impotencia de José Arcadio, y un día Prudencio Aguilar, después de perder una riña de gallos, se burló públicamente de su poca hombría. Tal ofensa da lugar a un duelo de honor en que Prudencio Aguilar muere a manos de José Arcadio, quien obliga a continuación a su esposa a quitarse el cinturón.

Con la consumación del matrimonio todo pareció volver a la normalidad, pero al poco tiempo el muerto, como una materialización de sus remordimientos, empezó a aparecerse todas las noches a los esposos. Incapaces de cargar con ese peso en su conciencia, José Arcadio y Úrsula decidieron marcharse del pueblo, y «Varios amigos de José Arcadio Buendía, jóvenes como él, embullados con la aventura, desmantelaron sus casas y cargaron con sus mujeres y sus hijos hacia la tierra que nadie les había prometido». Tras más de dos años de viaje a través de la sierra y los páramos, José Arcadio soñó que «una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo» se alzaba junto al río donde habían acampado, y decidió fundar allí mismo una aldea y bautizarla con el nombre que tenía en el sueño: Macondo.

Actuando como un «patriarca juvenil», y dirigiendo con buen sentido los más variados asuntos de la comunidad, José Arcadio Buendía logró en pocos años hacer de Macondo «una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus trescientos habitantes». De este modo, aunque el éxodo de aquel grupo de familias se originó en una especie de pecado original (la muerte de Prudencio Aguilar, ocasionada a su vez por temores incestuosos), el resultado final parece más bien la creación de un edén («Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto»).


Geografía imaginaria de Macondo

El libro empieza años después de la fundación, en la época en que José Arcadio Buendía parecía haber superado ya su antigua obsesión por los «grandes inventos» que traían a Macondo los gitanos de la tribu de Melquíades, artilugios sobradamente conocidos (como los imanes o el catalejo) que no habían llegado todavía a aquella recóndita aldea. Deseoso de poner en contacto el pueblo con los avances de la civilización e ignorando completamente la geografía de la región, José Arcadio Buendía había emprendido una fracasada expedición al Norte: encontraron únicamente tierras inhóspitas y, a continuación, los restos de un galeón español y el mar; seguidamente, su proyecto de trasladar Macondo a algún lugar menos aislado topó la férrea oposición de Úrsula.

Los primeros Buendía tuvieron tres hijos (José Arcadio, Aureliano y Amaranta), cuya infancia, adolescencia y primera juventud se relata en esta primera parte. El mayor, llamado José Arcadio como su padre, nació durante el viaje fundacional. Ya en la adolescencia, el primogénito de los Buendía mantuvo una tormentosa relación sentimental con Pilar Ternera, «una mujer alegre, deslenguada, provocativa, que ayudaba en los oficios domésticos y sabía leer el porvenir en la baraja». Diversas circunstancias, entre ellas el embarazo de Pilar Ternera, empujaron a José Arcadio a irse con los gitanos. Úrsula partió en su busca, y aunque no logró encontrarlo, regresó al cabo de cinco meses con la noticia de que al otro lado de la ciénaga, a sólo dos días de viaje, «había pueblos que recibían el correo todos los meses y conocían las máquinas del bienestar»; superado el primitivo aislamiento, el contacto con las poblaciones vecinas supuso un nuevo impulso de prosperidad para Macondo.

Los Buendía acogen en su casa a Arcadio, el hijo de José Arcadio y Pilar Ternera, que se cría como un miembro más de la familia; adoptan asimismo a Rebeca, huérfana de once años que, según una carta que traía, era pariente lejana de Úrsula. Por esa misma época el pueblo fue víctima de la peste del insomnio, episodio que suele evocarse como uno de los más imaginativos de Cien años de soledad: «la india les explicó que lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado». Afortunadamente, cuando pese a los intentos de vencer la epidemia todo el pueblo se hallaba ya en la fase terminal de la enfermedad, regresó de la muerte el anciano Melquíades, que mediante una pócima devolvió los recuerdos a los habitantes de Macondo.

Advirtiendo que sus hijas Amaranta y Rebeca están en edad de casarse, Úrsula se embarca en una espléndida ampliación de la casa. Entre muchas lindezas, Úrsula encargó una pianola; la empresa mandó a un experto italiano para montarla y enseñar los bailes modernos a los clientes. Se llamaba Pietro Crespi, «era joven y rubio, el hombre más hermoso y mejor educado que se había visto en Macondo», y despertó simultáneamente la pasión de ambas jóvenes. Mientras Rebeca logra el amor de Crespi y ambos inician un noviazgo formal, los celos empujan a Amaranta a urdir todo tipo de intrigas que obligan una y otra vez a aplazar la boda.

La sorda lucha entre las hermanas termina de modo inesperado. Tras haber dado varias vueltas al mundo como marinero, regresa a Macondo el hijo mayor, José Arcadio, convertido en «un hombre descomunal», y Rebeca sucumbe de inmediato a su virilidad: «La tarde en que lo vio pasar frente a su dormitorio pensó que Pietro Crespi era un currutaco de alfeñique junto a aquel protomacho cuya respiración volcánica se percibía en toda la casa». Sin la aprobación de Úrsula, que les prohíbe pisar la casa, José Arcadio y Rebeca se casan a los tres días de su primer contacto sexual. Crespi, resignado, sigue visitando a la familia y descubre las cualidades de Amaranta, a la que propone matrimonio.


Árbol genealógico de los Buendía (clic para ampliar)

Paralelamente, el segundo hijo de los Buendía, Aureliano (el futuro coronel Aureliano Buendía), lleva una vida rutinaria, dedicada a su taller de orfebrería, hasta que se enamora de una niña: Remedios Moscote. Remedios era la menor de las seis hijas de Apolinar Moscote, que llegó al pueblo con el nombramiento gubernamental de corregidor de Macondo y al que el fundador permitió quedarse como autoridad decorativa. Formalizado el compromiso entre los padres, hubo que esperar a que Remedios llegase a la pubertad para celebrar la boda. El matrimonio fue feliz, pero por poco tiempo, pues un mal embarazo ocasionó la muerte de Remedios. Aureliano conservó la costumbre de visitar a su suegro, que le sugería casarse con alguna otra de sus hijas.

Por esas visitas descubre Aureliano el fraude electoral cometido por los conservadores: como confía en su yerno, Apolinar Moscote no tiene reparo en ordenar, en su presencia, que se cambien las papeletas de la urna una vez finalizada la jornada electoral. Casi sin darse cuenta, Aureliano se ve envuelto en las conspiraciones de los liberales, que pretenden hacerse con el poder por las armas; se aparta de ellos al comprobar que sus planes se reducen a exterminar a los conservadores y a sus familias, incluyendo a los Moscote. Pero cuando finalmente estalla la guerra, y ante los abusos del pelotón del ejército que ocupa el pueblo, Aureliano lidera la rebelión: junto a veintiún hombres jóvenes, asalta por sorpresa la guarnición y se apodera de sus armas. El ya coronel Aureliano Buendía nombra a Arcadio (el hijo de Pilar Ternera y José Arcadio) jefe civil y militar de la plaza de Macondo, y parte con sus hombres para unirse a las fuerzas del general Victorio Medina.

Las guerras civiles

Desde su nuevo cargo, Arcadio gobierna Macondo con maneras militares y comete todo tipo de arbitrariedades hasta que la aldea es atacada y derrotada por el ejército conservador; tras un consejo de guerra, Arcadio es fusilado. De poco antes del estallido de la guerra databa la relación de Arcadio con Santa Sofía de la Piedad, quien le daría los hijos que integran la cuarta generación de los Buendía (Remedios la Bella y los gemelos Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo), cuya vida adulta se desarrolla en los tiempos de la compañía bananera.

Con el trasfondo de la guerra se relatan también otros acontecimientos familiares. Tras un largo noviazgo, Amaranta acaba rechazando a Pietro Crespi (que se suicida en un arranque de desesperación) y es cortejada por Gerineldo Márquez, lugarteniente del coronel Aureliano Buendía, al que también finalmente rechaza. Cabe destacar asimismo la muerte de José Arcadio Buendía, el patriarca de la familia. Poseído otra vez por su antigua obsesión por el conocimiento y los inventos, había enloquecido muchos años antes y vivía desde entonces al margen de todo, atado al castaño del patio de la casa; tras su fallecimiento cae sobre Macondo una lluvia de flores amarillas.

Pero los casi veinte años de guerras civiles tienen su principal protagonista en el coronel Aureliano Buendía. Fracasada la rebelión del general Victorio Medina, el coronel Aureliano Buendía es llevado preso a Macondo, donde ha de cumplirse la sentencia de muerte. El temor a una revuelta aplaza la ejecución, y el día en que finalmente iba a producirse lo salva la irrupción de su hermano José Arcadio, armado con una escopeta. Con los miembros del mismo pelotón de fusilamiento, que se adhieren a su causa, Aureliano se dirige a Riohacha para liberar al general Victorio Medina, también condenado a muerte; no logra, sin embargo, llegar a tiempo, y sus hombres lo proclaman jefe de las fuerzas revolucionarias.

Durante las años siguientes, el coronel Aureliano Buendía emprendió multitud de levantamientos armados en distintos puntos del país, todos ellos rápidamente sofocados por el ejército regular. Finalmente, logró tomar Riohacha y estableció allí su cuartel general; tres meses después ocupó Macondo. Aunque dominaba dos estados del litoral, la guerra se estancó, y el partido liberal negoció un armisticio por el que obtenía una participación en el parlamento y el gobierno a cambio de deponer las armas. Aureliano rechazó el acuerdo e inició una nueva serie de insurrecciones pronto desbaratadas; después de luchar por la causa fuera del país, regresó para ponerse al frente «de la rebelión más prolongada, radical y sangrienta de cuantas se habían intentado hasta entonces». Tras hacerse con el control de dos estados, atacó Macondo y mandó fusilar al general Moncada, al que le unían vínculos de amistad pese a militar en bandos opuestos.


Combatientes liberales en la Guerra de los Mil Días (1899-1902)

La trayectoria del coronel se va siguiendo en forma intermitente, trazando a la vez la evolución de su perfil rebelde: si primero le mueve el idealismo, pronto descubre que pelea ante todo por orgullo, y luego, al advertir hasta qué punto la guerra ha podrido su corazón, por su propia liberación, poniendo todo su empeño en poner fin a la contienda. Es lo que ocurre en esta fase final, en la que se asienta en Macondo: presa de la desidia, llega a aceptar la renuncia a sus principios ante una comisión de emisarios del partido, y cuando el coronel Gerineldo Márquez insinúa que tal renuncia es una traición, ordena la detención de su más fiel amigo y leal lugarteniente, que es condenado a muerte. Sólo entonces toma conciencia de cómo tantos años de guerra han devastado su interior, y libera a Gerineldo: «ayúdame a terminar con esta guerra de mierda».

La tarea no era fácil: «Necesitó casi un año de rigor sanguinario para forzar al gobierno a proponer condiciones de paz favorables a los rebeldes, y otro año para persuadir a sus partidarios de la conveniencia de aceptarlas. [...] Nunca fue mejor guerrero que entonces. La certidumbre de que por fin peleaba por su propia liberación, y no por ideales abstractos, por consignas que los políticos podían voltear al derecho y al revés según las circunstancias, le infundió un entusiasmo enardecido».

El coronel Aureliano Buendía logró así concertar con el gobierno la paz de Neerlandia y, tras su firma, llevado por su vacío sin esperanza, se disparó un pistoletazo en el corazón. La bala, sin embargo, atravesó el cuerpo sin tocar ningún órgano vital. Aureliano se recuperó, e incluso quienes lo habían vituperado como traidor de la causa alabaron la dignidad de su acción; muchos de sus camaradas y rivales lo invitaron a encabezar un nuevo levantamiento, pero el coronel pasaría el resto de sus días fabricando, fundiendo y volviendo a fabricar pescaditos de oro en el taller de orfebrería donde, antes de la guerra, habían transcurrido «Sus únicos instantes felices, desde la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».

La compañía bananera

Los personajes principales de los tiempos de la compañía bananera son los hijos de Arcadio y Santa Sofía de la Piedad, que forman ya la cuarta generación de los Buendía. La hija mayor, Remedios la Bella, es una joven hermosísima y cándida, totalmente inconsciente de los arrebatos y trastornos que suscita su inconcebible belleza; tras haber causado la muerte de amor de cuatro hombres, una mañana asciende a los cielos en cuerpo y alma, envuelta en las sábanas que estaba ayudando a plegar.

Los dos gemelos, Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo, compartieron en la adolescencia el amor de una misma mujer, Petra Cotes. Pero solamente Aureliano Segundo, el personaje con mayor relieve en esta fase de Cien años de soledad, prolongó su relación con ella en su juventud. Petra Cotes era «una mulata limpia y joven» que tenía «un corazón generoso y una magnífica vocación para el amor». El amor entre la mulata y Aureliano Segundo «tenía la virtud de exasperar a la naturaleza»: causaba un desmesurado aumento en la fecundidad de los animales de granja, hasta el punto de que Aureliano Segundo se convirtió en el hombre más rico de la región y, llevado por la alegría de su carácter, dilapidaba sin agotarla nunca su fortuna en ruidosas parrandas.

Así siguieron las cosas hasta que Aureliano Segundo conoció a Fernanda del Carpio, que había sido llevada a Macondo como reina del carnaval como parte de una estratagema del gobierno para sofocar un posible rebrote de la insurrección liberal. Tras la sangrienta represión, Fernanda desaparece; prendado de su hermosura, Aureliano Segundo la busca por todo el país hasta encontrarla, la trae de nuevo a Macondo y se casa con ella. Pero Fernanda del Carpio, educada en una arruinada familia de la aristocracia colonial, era una mujer rígida y altiva, todo lo contrario de la mulata Petra Cotes. Poco después de la luna de miel, Aureliano Segundo regresó al lecho de Petra Cotes, y desde entonces repartió su vida entre ambas de tal forma que, en ciertas etapas, pareció asumir el papel «de esposo de la concubina y de amante de la esposa».

Aureliano Segundo y Fernanda del Carpio tuvieron tres hijos: José Arcadio, Meme y, bastantes años más tarde, la pequeña Amaranta Úrsula. De José Arcadio, que no reaparecerá hasta la época final de decadencia, sólo se nos cuenta que es enviado a Roma para seguir la carrera eclesiástica. También Meme ingresa, casi al mismo tiempo, en un internado, aunque pasa las vacaciones en Macondo, y regresa convertida en una excelente concertista de clavicordio, estudios que siguió únicamente para complacer a su madre. Meme se relaciona con las familias yanquis establecidas en el pueblo con la llegada de la compañía bananera, pero es Mauricio Babilonia, un aprendiz de mecánico, quien enciende en ella una pasión desaforada.

Al conocer la relación, la clasista Fernanda del Carpio encierra a Meme, que elude la vigilancia viéndose con Mauricio Babilonia en el baño, al que el amante accede levantando unas tejas. Descubierto el ardid, Fernanda finge sospechar ante el alcalde que le están robando las gallinas, y, en su siguiente visita, Mauricio Babilonia recibe un balazo de un guardia. Fernanda del Carpio cree poder tapar el escándalo llevando a Meme, que nunca más volvió a hablar, a un convento de clausura de su lúgubre ciudad natal. Pero Meme estaba embarazada, y casi un año después trajeron a la casa, en una canastilla, a su hijo Aureliano Babilonia, el último de los Buendía.

El hermano gemelo de Aureliano Segundo, José Arcadio Segundo, no cobra protagonismo hasta los compases finales de esta etapa, en que estalla la revuelta contra la explotación de la compañía bananera. Finalizadas las guerras civiles, Macondo vivía un nuevo periodo de prosperidad, y José Arcadio Segundo había llevado a cabo la disparatada empresa (que recuerda a las del fundador) de hacer navegable el río, aunque culminó un único viaje que solamente sirvió para traer prostitutas francesas al pueblo; José Arcadio Segundo volvió luego a sus quehaceres anteriores: las riñas de gallos y las amantes ocasionales.

Fue Aureliano Triste quien trajo el ferrocarril a Macondo. Aureliano Triste era uno de los diecisiete hijos que, durante las guerras civiles, había tenido el coronel Aureliano Buendía con diecisiete mujeres distintas, resultado de «la costumbre de mandar doncellas a los dormitorios de los guerreros, como se les soltaban gallinas a los gallos finos»; todos ellos serían asesinados por instigación del gobierno después de que el coronel Aureliano Buendía meramente expresase su indignación ante la conducta criminal de un cabo de la policía. Fue precisamente el exterminio de sus hijos lo que impulsó al coronel a planear una nueva insurrección, aunque pronto constató que el proyecto era irrealizable; las páginas finales del capítulo 13, que relatan el día de su fallecimiento, figuran entre las más conmovedoras de Cien años de soledad.

El ferrocarril trajo a Macondo multitud de adelantos y de forasteros, entre ellos un americano que advirtió las óptimas condiciones que el clima y el suelo de la región ofrecían para el cultivo del banano. Llegó luego mister Brown, quien, con el apoyo del gobierno, establecería una inmensa plantación en la región encantada que el patriarca había explorado en busca de una ruta que sacase a Macondo de su aislamiento, y que ahora podía recorrerse cómodamente en tren. Los americanos se instalaron en un barrio aparte, al otro lado de la vía férrea; las transformaciones fueron tan rápidas que, a los ocho meses, «los antiguos habitantes de Macondo se levantaban temprano a conocer su propio pueblo». Al cabo de un tiempo, José Arcadio Segundo vendió sus gallos y se empleó como capataz en la plantación.

Pero José Arcadio Segundo acabó implicándose en la lucha obrera. Una primera movilización que logró arrancar de la compañía el descanso dominical y otras acciones posteriores convirtieron a José Arcadio Segundo en uno de los más significados líderes sindicales, aunque en seguida, tras un intento de asesinato, hubo de pasar a la clandestinidad. Reapareció para promover manifestaciones, y fue detenido junto a otros líderes y liberado a los tres meses. Los representantes obreros intentaron la vía judicial, denunciando la explotación y las miserables condiciones de vida de los trabajadores, pero los abogados de la compañía esquivaron la demanda con delirantes triquiñuelas legales, y, tras un sentencia contraria, estalló la huelga.


El desenlace del conflicto refleja la histórica «Masacre de las Bananeras» (1928)

El gobierno envió tres regimientos de soldados que se ocuparon de recoger y cargar el banano en los trenes y hacerlos llegar a su destino, y los trabajadores respondieron con acciones de sabotaje. Las autoridades anunciaron la llegada del jefe militar y civil de la provincia e invitaron a todos los trabajadores a concentrarse en la plaza de la estación para escuchar sus propuestas. No era más que una trampa: ante más de tres mil personas concentradas en la plaza, a cuyo alrededor se habían apostado soldados en nidos de ametralladoras, un teniente leyó un decreto del jefe provincial que autorizaba a disparar sobre los huelguistas, dio a la multitud cinco minutos para dispersarse y, al no ser obedecido, ordenó abrir fuego.

La demorada descripción de la masacre es sin duda la más terrible escena de Cien años de soledad. Aplastado por la multitud presa del pánico, José Arcadio Segundo quedó inconsciente; despertó horas después en un tren lleno de cadáveres. Saltó del tren, contó tres locomotoras y casi doscientos vagones custodiados por soldados en el techo, y calculó que eran más de tres mil los cadáveres que iban a ser arrojados desde aquel tren al mar. Había empezado a llover, y cuando tras tres horas de marcha llegó a Macondo, ya todo el mundo creía a pie juntillas la versión oficial de los hechos: los trabajadores habían vuelto pacíficamente a sus casas tras rebajar sus pretensiones y aceptar las mejoras propuestas por la empresa, que correría con los gastos de un festejo de reconciliación y reanudaría las actividades en cuanto acabase de llover. Este anuncio de la compañía precipitó el diluvio: «Llovió cuatro años, once meses y dos días».

Decadencia y destrucción

El diluvio dejó a Macondo en ruinas. Al finalizar las lluvias, la compañía bananera había desmantelado sus instalaciones, las plantaciones no eran más que «un tremedal de cepas putrefactas» y los forasteros atraídos por la fiebre del banano habían abandonado la población. Los primitivos habitantes de Macondo, los únicos que resistieron al diluvio, soportaron estoicamente la adversidad. En busca de nuevas formas de subsistencia, Petra Cotes volvió a dedicarse a las rifas con la ayuda de Aureliano Segundo; habían perdido todos los animales excepto una mula, y con ese medio lograron sostener pobremente a toda la familia. Gracias a la idea de una rifa extraordinaria, Aureliano Segundo consiguió el dinero suficiente para sufragar los estudios de su hija Amaranta Úrsula.

Gravemente enfermo, Aureliano Segundo murió a los pocos meses de la partida a Bruselas de su hija. El mismo día falleció su hermano gemelo, José Arcadio Segundo. Oculto en el cuarto de Melquíades desde la masacre de la estación, José Arcadio Segundo había enseñado a leer y a escribir al pequeño Aureliano Babilonia (que nunca fue a la escuela por los prejuicios de Fernanda del Carpio), le inició en el estudio de los pergaminos de Melquíades y le inculcó la verdadera versión de lo ocurrido con la compañía bananera. Antes que los gemelos había muerto la esposa del patriarca, Úrsula, a los ciento veinte años aproximadamente, porque había perdido la cuenta de su edad. Envejecida y sintiéndose incapaz de cargar con todas las tareas domésticas, Santa Sofía de la Piedad abandona la casa, en la que ya solamente viven Aureliano Babilonia y Fernanda del Carpio.

La solitaria existencia de Aureliano Babilonia, sin duda el personaje más relevante en esta fase final de Cien años de soledad, transcurre en el cuarto de Melquíades, donde adquiere multitud de conocimientos en la lectura de viejos mamotretos que retiene de memoria hasta llegar a poseer una especie de ciencia infusa, e intenta, como antes habían intentado muchos hombres de la familia, descifrar las profecías sobre Macondo y los Buendía escritas por Melquíades casi cien años antes. Aureliano Babilonia descubre que las profecías están escritas en sánscrito (extremo que le confirma el mismo Melquíades en una de sus apariciones), se aplica a estudiar dicha lengua y empieza a traducirlas al castellano, pero el resultado son versos incomprensibles, cifrados con claves que desconoce.

Tras la muerte de Fernanda del Carpio, regresa a la casa su hijo mayor, José Arcadio. Marcado en su infancia por la educación de Úrsula y especialmente por los tocamientos de Amaranta, cuyo recuerdo seguía obsesionándole, José Arcadio no llegó siquiera a iniciar sus estudios eclesiásticos en Roma. Había mantenido esa ficción en su correspondencia «para no poner en peligro la herencia fabulosa de que le hablaban las cartas delirantes de su madre», pero nada más llegar, el ruinoso estado de la casa le reveló la verdad. Al igual que Fernanda, José Arcadio trató a Aureliano Babilonia como a un bastardo y le ordenó encerrarse en su cuarto.

De inclinaciones pederastas, José Arcadio llevaba a la casa muchachos que le daban masajes o lo enjabonaban en el baño, y sobrevivía vendiendo los últimos enseres de valor hasta que una noche descubrieron el antiguo tesoro enterrado por Úrsula. Con el dinero hizo de la casa «un paraíso decadente» para él y sus muchachos, pero en una de sus orgías, hastiado de sí mismo, los expulsó a correazos. Cuando ya planeaba regresar a Roma, los muchachos entraron en la casa, lo ahogaron en la alberca y se llevaron lo que quedaba del tesoro.

Finalmente, tras la muerte de José Arcadio, vuelve de Bruselas la hija menor de Fernanda, Amaranta Úrsula, felizmente casada con Gastón, un hombre rico y complaciente sinceramente enamorado de su esposa. Activa y jovial, Amaranta Úrsula acomete la restauración de la casa y, aunque no logra infundir vida al polvoriento y adormecido Macondo, al cabo de dos años mantiene inalterado su propósito de quedarse; el ocioso Gastón, para entretenerse, intenta poner en marcha un servicio de correo aéreo que ya había proyectado para el Congo Belga, pero el primer aparato se pierde por el camino.


García Márquez en la época de Cien años de soledad (Barcelona, 1970)

El regreso de Amaranta Úrsula trastornó la vida de Aureliano Babilonia, que se enamoró de ella casi desde el «abrazo fraternal que lo dejó sin aliento» a su llegada. Intentando olvidarla, Aureliano se hace amante de Nigromanta, bisnieta del último negro antillano que todavía recordaba al coronel Aureliano Buendía. Frecuenta asimismo la librería (que más parecía «un basurero de libros») del sabio catalán, donde entabla amistad con cuatro jóvenes contertulios (Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel) aficionados a los burdeles y a las disquisiciones literarias. De todos ellos prefiere a Gabriel, que tenía por novia a la sigilosa Mercedes y era bisnieto del mismísimo coronel Gerineldo Márquez; todo ello es una evidente alusión al autor y al llamado «grupo de Barranquilla».

Incapaz de contenerse por más tiempo, Aureliano Babilonia confiesa su amor a Amaranta Úrsula; tras un primer rechazo, se desata entre ellos una pasión recíproca que pueden satisfacer plenamente cuando Gastón viaja a Bruselas para conseguir un nuevo avión. Cuando Amaranta Úrsula, ante la carta en que Gastón anuncia su regreso, responde explicándole la situación, Gastón opta por quedarse en Europa. Amaranta Úrsula queda embarazada, y da a luz un hijo fuerte y sano, pero con cola de cerdo; no se alarman, porque Amaranta y Aureliano ignoran que son tía y sobrino, ni tampoco recordaban las admoniciones de Úrsula, pero poco después del parto Amaranta Úrsula empieza a desangrarse, y muere al día siguiente.

Desesperado, Aureliano Babilonia vaga por el pueblo, y sólo encuentra algún consuelo en Nigromanta, porque ya el sabio catalán y todos sus amigos se habían marchado de aquel decrépito Macondo, vencido por la desidia desde el final del diluvio. Cuando regresa a la casa descubre que las hormigas han devorado a su hijo, y en ese instante se le revelan las claves de los versos cifrados de Melquíades, cuyas predicciones concentraban en el mismo instante todos los sucesos: «El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas».

Tiene lugar entonces, en las páginas finales, el soberbio remate apocalíptico de Cien años de soledad. Sabiendo que en las profecías está escrito su propio destino, Aureliano Babilonia rescata todavía intactos los pergaminos en el cuarto invadido por la maleza y los insectos, y allí mismo los lee, pasando rápidamente sobre los sucesos antiguos hasta llegar a su nacimiento, y descubre que es hijo de Meme y por tanto sobrino de Amaranta Úrsula, y que el hijo con cola de cerdo había de ser el último de la estirpe. Entretanto había empezado a soplar un viento tenue, que en su segunda arremetida adquirió una potencia ciclónica y convirtió a Macondo en «un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico».

Aureliano Babilonia se saltó las once páginas de su vida hasta llegar al presente; leyó que estaba leyendo los manuscritos, y dio otro salto para conocer la fecha y las circunstancias de su muerte. Supo entonces que moriría en ese cuarto, porque en las profecías estaba establecido que Macondo «sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres» en el mismo instante en que terminara de leer los pergaminos, y que lo escrito en ellos «era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra».