El correo electrónico

Desde antes incluso de los imperios de la Antigüedad, el ser humano ha tratado de agilizar el envío de informaciones con los más diversos procedimientos e iniciativas. En el siglo XIX, la invención del práctico sello de correos supuso un paso importante, pero la carrera por mejorar los sistemas postales no tocó techo hasta el advenimiento del correo electrónico, el avance que echó abajo el hándicap para la interacción entre personas que había representado hasta entonces la distancia física.

El envío del primer correo electrónico, realizado en 1969 entre el profesor de computación de la Universidad de California Leonard Kleinrock y un colega de la de Stanford, abrió las puertas a un nuevo escenario en el cual nuestros contactos, dondequiera que se encuentren, están a un clic de distancia. Como añadido a esta nueva y velocísima manera de contactar con otras personas, existe la posibilidad de adjuntar a nuestros mensajes de texto toda clase de ficheros, lo que permite enviar instantáneamente al otro extremo del mundo, a modo de los antiguos paquetes, cualquier objeto digitalizado: desde libros, planos o fotografías hasta archivos de audio, vídeo o programas informáticos.

Historia del correo electrónico

Si bien el citado envío de 1969 se considera el primer anticipo de lo que iba a suceder, no fue hasta dos años después, en 1971, cuando el correo electrónico comenzó a tomar la forma con la que lo conocemos en la actualidad. A Ray Tomlinson, un ingeniero de la empresa estadounidense BBN (Bolt, Beranek and Newman), se debe la característica arroba (@) que, en las direcciones de correo, une el nombre del usuario con el del dominio en el que se encuentra su buzón (usuario@dominio.com).

En esta primera etapa los mensajes electrónicos eran de pago, y el importe por envío ascendía a cuatro dólares. Por aquel entonces predominaba el sistema operativo Unix, y el usurario debía aprender farragosos comandos para poder enviar, leer o borrar mensajes. El acceso a esta tecnología por parte de un público no especializado se iniciaría algo más tarde, concretamente en 1983, año en que el Colby College (en el estado de Maine) ofreció a todos sus alumnos una cuenta de correo propia.


Clientes de fácil manejo como Outlook Express favorecieron el boom del correo electrónico

Coincidiendo con el momento en que las interfaces gráficas y el ratón simplificaron enormemente el manejo de los ordenadores personales, la gran eclosión de Internet a mediados de la década de 1990 fue el acontecimiento que acabó aproximando el servicio de correo a toda la población del planeta. Microsoft, que venía prácticamente ostentando el monopolio de los sistemas operativos (MS-DOS y Windows 3.1), incluyó en el renovado Windows 95 (1995) un cliente de correo de simplísimo manejo, Outlook Express, una versión gratuita del programa homónimo que formaba parte del paquete ofimático Microsoft Office.

Clientes de correo y correo web

La facilidad de uso (aunque no siempre de configuración inicial) de Outlook Express y de otros programas de correo como Netscape Messenger convirtieron en pocos años el correo electrónico en una herramienta de uso masivo. En fecha tan temprana como el año 2000, el número de cuentas de correo había alcanzado los quinientos millones. En nuestros días es extremadamente difícil calcular el número de usuarios reales; muchos poseen más de una cuenta y millones de las ya creadas deben considerarse abandonadas o inactivas.

Curiosamente, aquellos grandes impulsores de la comunicación electrónica que fueron los amigables clientes de correo tenían los días contados. Su principal inconveniente no era la instalación (Outlook Express, como ya se ha indicado, venía con Windows), sino la necesaria configuración de una serie de parámetros (los servidores SMTP y POP3, entre otros) no siempre exenta de problemas, y, lo que es más importante: sólo era posible consultar el correo en aquel programa y ordenador en que se habían configurado tales parámetros.


Microsoft encabezó el desarrollo del correo web con Hotmail (1996)

Tales inconvenientes explican la rápida aceptación del correo web. En lugar de instalar y batallar con la configuración de un cliente de correo, pronto muchos portales de Internet ofrecieron la posibilidad de crear gratuitamente una cuenta de correo y acceder a ella a través de un navegador simplemente con un nombre de usuario y contraseña, sin necesidad de configurar nada y con la impagable ventaja de poder consultar el correo desde cualquier ordenador del mundo.

En los inicios, el más popular de los servicios de correo web fue Hotmail (1996) de Microsoft, seguido poco después de Yahoo! Mail (1997) de Yahoo. Junto con el posterior Gmail (2004) de Google, estos tres gigantes acaparan actualmente la mayor parte de los usuarios. Igualadas en pocos años las prestaciones de los clientes de correo (los primeros servicios de correo web carecían, por ejemplo, de libreta de direcciones), su implantación se aceleró al extenderse las tarifas planas de conexión a Internet. Aunque aparentemente el correo web corre sobre el protocolo HTTP, debe advertirse que para el envío y recepción de mensajes se siguen manejando los protocolos SMTP y POP3 o IMAP4 en forma invisible para el usuario.

Servidores de correo

Originalmente, el sistema para el envío y recepción de correo electrónico se proyectó bajo el supuesto de que los terminales informáticos encargados de esta tarea serían grandes computadoras conectadas ininterrumpidamente a Internet y, para tal efecto, en el año 1980 nació el protocolo SMTP (Simple Mail Transfer Protocol). A través de este protocolo, el remitente enviaba el mensaje a un servidor de correo saliente (SMTP server), cuya misión era hacer llegar el mensaje al ordenador del receptor.

Pero la aparición de los equipos domésticos, los cuales accedían a Internet de forma ocasional, forzó el replanteamiento de esta tecnología, creándose en el año 1984 el protocolo POP (Post Office Protocol). Este protocolo permitía a los usuarios acceder a un «buzón», es decir, a una carpeta o espacio del disco duro de un servidor en la que se almacenaban los mensajes recibidos; de este modo fue posible enviar los mensajes no directamente al ordenador del receptor, que podría no estar conectado en ese momento, sino a su buzón en un servidor de correo entrante (POP server) permanentemente conectado a Internet. Dos años después, en 1986, apareció la primera versión del protocolo IMAP (Internet Message Access Protocol), superior en algunas de sus prestaciones al POP. Actualmente se emplean las versiones tercera y cuarta de estos protocolos (POP3 e IMAP4).

Así pues, de la colaboración entre SMTP y POP o IMAP surgió el correo electrónico actual: nos conectamos a Internet y, a través de un navegador, accedemos a nuestra cuenta en Gmail, Yahoo! Mail o el servicio que utilicemos mediante un nombre de usuario y contraseña. Nada más entrar, la página inicial nos muestra los últimos mensajes llegados a nuestro buzón, que podemos leer y responder. En oposición al correo web, los antiguos clientes de correo descargaban los mensajes nuevos en el ordenador del usuario, de modo que sólo era necesario estar conectado a Internet en el momento de la recepción y el envío; ello suponía un considerable ahorro en la época del módem, cuando, en lugar de las actuales tarifas planas, se pagaba por tiempo de conexión.

Funcionamiento del correo electrónico

El correo electrónico difiere de otros servicios de Internet en un característica fundamental: los ordenadores del emisor y el receptor del mensaje no necesitan estar conectados en el momento del envío. Para navegar por la World Wide Web, por ejemplo, es preciso una constante comunicación entre nuestro ordenador y los servidores web, que se realiza a través de una serie de servidores intermedios; ambos ordenadores y todos los dispositivos de red que los unen deben estar activos al mismo tiempo.

Tal requisito no existe en el correo electrónico, lo cual es, obviamente, una gran ventaja. Cuando se envía un mensaje, el servidor en que se aloja el buzón del receptor, o la red de la que forma parte, o cualquier dispositivo intermedio podrían estar saturados o padecer cualquier tipo de disfunción momentánea. A pesar de ello, y gracias al funcionamiento del servicio, el mensaje acabará indefectiblemente llegando a su destino. De ahí que, junto a su rapidez y economía, suela destacarse entre las virtudes del correo electrónico su fiabilidad; si por alguna razón un mensaje no puede tramitarse, se devuelve al remitente con un aviso acerca de la causa del error.

De forma simplificada, el proceso de envío y recepción puede resumirse como sigue: al apretar el botón «Enviar», nuestro ordenador transmite el mensaje al servidor de correo saliente (SMTP server) del servicio que tenemos contratado (por ejemplo, al servidor smtp.gmail.com si usamos Gmail). El servidor examina la dirección del destinatario; tal dirección se compone de un nombre de usuario y un nombre de domino unidos por el símbolo arroba (@), por ejemplo, antoniolopez@yahoo.com. El nombre de dominio corresponde a la dirección IP del servidor al que debe dirigirse el mensaje, y el nombre de usuario al «buzón» o porción del disco duro de dicho servidor que contiene los mensajes dirigidos al mismo.


Funcionamiento del correo electrónico

Examinada la dirección, el servidor SMTP decide cuál es la mejor ruta para que el mensaje llegue al servidor de destino, y lo transfiere a un servidor de correo que se halla en el camino. Si no puede enviarlo por alguna razón, lo guarda para reenviarlo posteriormente. Este proceso se repite hasta llegar al servidor en que se halla el buzón del destinatario. Siempre que en el camino hay algún ordenador o dispositivo fuera de servicio, el servidor correspondiente guarda provisionalmente el mensaje y reintenta más tarde el envío. El destino final del mensaje, como se ha dicho, es un servidor en el que residen un conjunto de cuentas de correo o buzones (POP o IMAP server), entre los que se encuentra el buzón del destinatario del mensaje.

El envío y la recepción de correo electrónico son dos procesos independientes que se ejecutan a través de servidores distintos. Conforme a lo anterior, los mensajes se envían a través de un servidor SMTP. Pero para leer el correo recibido, lo que hacemos (de forma inadvertida a través del navegador) es conectarnos al servidor POP3 o IMAP4 (por ejemplo, a pop3.gmail.com en el caso de Gmail) en el que se encuentra nuestro buzón. En el espacio asignado a nuestra cuenta en ese servidor (siempre conectado a Internet) se almacenan los mensajes recibidos que podremos leer al acceder al correo.

Estructura de los mensajes

Los correos electrónicos constan de una cabecera con una serie de campos estandarizados y un cuerpo o contenido. De los campos de la cabecera, el único imprescindible es la dirección del destinatario (campo To en inglés), que se inserta automáticamente al responder a un mensaje y puede escribirse o introducirse desde la agenda de contactos al crear un correo nuevo. Casi todas las aplicaciones avisan de su olvido y sugieren direcciones de la agenda al empezar a escribir la dirección, pero no pueden corregir errores al introducir una dirección nunca usada; en tal caso habrá que ser especialmente cuidadoso, pues el más mínimo error puede frustrar el envío.

En el asunto o tema (Subject) se describe brevemente el objeto de la comunicación; resulta conveniente en las cartas formales y es por lo demás una cortesía hacia el receptor, pues, al mostrarse el asunto en la lista de mensajes recibidos, facilita priorizar o postergar su lectura y respuesta, así como su archivo y clasificación. Los antiguos clientes de correo permitían descargar solamente las cabeceras (y con ellas el asunto) para una más rápida recepción en los tiempos en que la velocidad de las transmisiones era muy limitada; actualmente esta opción perdura en las aplicaciones de correo para móviles, permitiendo también visualizar al menos el asunto del mensaje en contextos de deficiente conectividad.


Campos de la cabecera en Yahoo! Mail

Los campos Cc (Carbon copies, copias de carbón, como las que se hacían con las máquinas de escribir) y Bcc (Blind carbon copies, copias de carbón ocultas) sirven para enviar copias del mensaje a otros destinatarios distintos al especificado en el campo To. Si introducimos una serie de direcciones de correo en el campo Cc, todos los destinatarios recibirán el mensaje y podrán ver a qué otros destinatarios ha sido enviado; para evitar esto último se recurre el campo Bcc: ninguno de los destinatarios sabrá a qué otras personas ha sido enviado.

La cabecera contiene asimismo otras informaciones que el gestor de correo introduce automáticamente, como la dirección del remitente o la fecha y hora del envío. Respecto al cuerpo del mensaje, puede optarse entre enviar texto plano (sin formato) o textos con formato enriquecido (normalmente en HTML), útil no sólo para una mejor organización y presentación del contenido, sino también para incluir en el texto elementos como enlaces, logotipos o cualquier otra clase de imágenes.

Adjuntos y virus

Más allá de la inmediatez y la abolición de distancias inherentes a los servicios de correo electrónico, sin duda una de las razones del fulminante éxito de esta herramienta es la posibilidad de enviar como adjuntos documentos ya escritos, y, en general, cualquier tipo de archivos: presentaciones, hojas de cálculo, informes, libros, fotografías, animaciones, videos o música. Todas las aplicaciones de correo (sean clientes de correo o correo web) contienen en su interfaz un icono en forma de clip o una opción descrita como «Adjuntar archivo» o «Añadir adjunto»; tras hacer clic, una ventana nos invita a seleccionar el archivo que queremos enviar como adjunto al mensaje. Cuando el receptor examine su correo, observará que el mensaje contiene un fichero adjunto; una vez descargado en su disco duro (o incluso aparentemente sin necesidad de ello), podrá visualizar su contenido.

Por potentes o prestigiosos que sean, y a pesar de que los límites se incrementan periódicamente, los servicios de correo web imponen restricciones al tamaño de los adjuntos, de modo que sigue siendo imposible enviar, por ejemplo, una película, sin contar que las actuales velocidades de subida harían lentísimo el proceso. Reducir en lo posible el tamaño de los archivos antes de enviarlos no sólo es recomendable para evitar denegaciones del servidor (el límite se sitúa alrededor de los 25 megabytes), sino que también es una deferencia hacia el destinatario, cuya conexión puede ser de capacidad inferior, alargando el proceso de descarga.


Los virus y el correo basura centraron las quejas de los usuarios

Durante muchos años el envío de adjuntos fue una constante fuente de problemas, pues fue aprovechada por toda clase de desaprensivos para difundir los temidos virus informáticos. Un virus no es más que un pequeño programa que, al ejecutarse por primera vez, queda instalado en el ordenador y es capaz de llevar a cabo por sí solo acciones más o menos perniciosas, entre ellas la de «replicarse» con el método de autoenviarse por correo electrónico a todos los contactos de la agenda. Virus como el Melissa (1999) o el I love you (2000), para citar sólo los más famosos, se propagaron con este método por todo el mundo a una velocidad vertiginosa. El último de ellos alcanzó a unos cincuenta millones de ordenadores, estimándose en más de seis mil millones de dólares los prejuicios económicos ocasionados.

Con el progresivo abandono de los clientes de correo y las estrictas medidas y fuertes inversiones de los principales proveedores de los servicios de correo web (Microsoft, Yahoo!, Google), la difusión de los virus a través del correo electrónico parece haberse frenado hasta quedar reducida a un nivel testimonial, y es difícil imaginar que puedan llegar a repetirse episodios de alcance similar. Actualmente, potentes programas antivirus instalados en los servidores analizan todos los archivos adjuntos recibidos y avisan de los riesgos potenciales o, directamente, borran los adjuntos infectados, de modo que, en muchos casos, los usuarios inconscientes ni siquiera tienen la oportunidad de descargar y abrir un archivo infectado.

El spam

Algo parecido sucedió con el spam o correo basura. Del mismo modo que hallamos atiborrados de folletos los buzones de nuestra viviendas, pronto empezaron a proliferar los envíos publicitarios masivos amparados en el anonimato del medio y en un coste prácticamente cero. En los casos más extremos, estas comunicaciones comerciales no deseadas podían llegar a acumularse hasta sobrepasar la capacidad del buzón, por lo que el servidor, saturado, rechazaba los mensajes legítimos que llegaban; en los más leves eran igualmente una constante molestia que, según muchos estudios, provocaban considerables pérdidas de tiempo y de productividad entre los empleados.

En muchos países llegaron a promulgarse severas leyes contra el spam, las cuales revelaron pronto la misma ineficacia de todos los intentos de regular fenómenos globales desde el absoluto desconocimiento de sus fundamentos técnicos. Fueron de nuevo los grandes proveedores de los servicios de correo web (los citados Microsoft, Yahoo! y Google, entre otros) los que acudieron al rescate diseñando e implementando sofisticados algoritmos capaces de detectar este tipo de correos y desviarlos a una carpeta llamada precisamente «Spam». El sistema no es perfecto (algunos mensajes publicitarios llegan todavía a la bandeja de entrada, mientras que otros son erróneamente desviados como correo basura), pero por lo general, desde hace unos años, la mayor parte de los usuarios respiran aliviados.