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Silvio Berlusconi

(Milán, 1936) Polémico empresario y político italiano que fue dos veces primer ministro de Italia (1994-95 y 2001-2006). Estudió Derecho en la Universidad de Milán, pero se dedicó enseguida a los negocios, empezando desde los 23 años por el sector inmobiliario y la construcción. En los años setenta se adentró en los medios de comunicación comprando participaciones en varios periódicos italianos, estrategia que culminó en la creación del Canal 5 de televisión (1980).

Sus negocios se vieron generalmente favorecidos por el éxito, de tal manera que a comienzos de los años noventa controlaba las tres principales cadenas de la televisión italiana, el grupo editorial Mondadori, varios periódicos y revistas, estudios y salas de cine, la mayor cadena de grandes almacenes de Italia e incluso un club de fútbol (el Milan), al que convirtió en campeón. Un enorme holding llamado Fininvest daba unidad a este heterogéneo grupo de empresas, con prolongaciones en Francia, España, Alemania, la antigua URSS y la antigua Yugoslavia.


Silvio Berlusconi

Su situación de hegemonía sobre los medios de comunicación italianos despertó recelos que llevaron en 1990 a aprobar leyes especiales para ponerle coto. Pero, lejos de resentirse por tales ataques, o por el enfrentamiento empresarial con Carlo de Benedetti (el otro gran magnate de la industria italiana), Berlusconi prefirió la huida hacia adelante: ante la crisis de la República por las acusaciones generalizadas de corrupción (operación «manos limpias»), Berlusconi saltó al ruedo político ocupando el vacío que dejaba el descrédito de los partidos tradicionales.

Apoyado en su imperio empresarial y en su control de los medios de comunicación, formó un partido propio con una ambigua ideología ultraliberal (Forza Italia), cuyo máximo aval era la eficacia de la gestión empresarial de Berlusconi; aliado en un «Polo de la Libertad» con los separatistas de la Liga Norte y con los neofascistas de la Alianza Nacional, llegó a ser primer ministro en 1994.

Eso le proporcionó el control de los medios de comunicación públicos, pero apenas pudo hacer labor de gobierno alguna, viéndose él mismo envuelto en acusaciones de fraude fiscal y de soborno a políticos y funcionarios durante la etapa anterior. Perdido el gobierno en 1995 y defraudadas las expectativas de una profunda reforma institucional, Berlusconi y sus aliados fueron derrotados en las elecciones de 1996 por una coalición de centro-izquierda, poniendo fin así al intento de regenerar la clase política italiana con el estilo tecnocrático y antiestatista dominante en el mundo empresarial.

Tras esa derrota sin paliativos, empezó, bajo sospecha, su travesía del desierto, acosado por la justicia, denostado por los intelectuales y traicionado por algunos de sus aliados. La recuperación del poder político no fue una empresa fácil, a pesar de que Sua Emittenza, como le llaman con sorna sus compatriotas, disponía de la mayor fortuna de Italia y del apoyo incondicional de las tres principales cadenas privadas de televisión, que acaparaban el 50% de la audiencia del país. La revista Forbes lo había situado en el puesto 14 en la lista de las personas más ricas del mundo en 2001, con unos activos valorados en dos billones de pesetas.

La fortuna política volvió a sonreírle en las elecciones europeas de junio de 1999, en las que Forza Italia obtuvo el 25,2% de los sufragios y 32 eurodiputados, superó por primera vez a los Demócratas de Izquierda (DS, ex comunistas) y se convirtió en el primer partido del país. Elegido eurodiputado, pese a su escaso entusiasmo europeísta, Berlusconi logró que Forza Italia fuera aceptada como miembro en el Partido Popular Europeo (PPE) que aglutina a las formaciones democristianas y del centroderecha en el Parlamento de Estrasburgo.

Los resultados de las elecciones regionales del 16 de abril de 2000, que afectaron a 15 de las 20 regiones del país, confirmaron la estrategia del Cavaliere, de nuevo convertido en jefe infatigable de la oposición. Forza Italia y los partidos afines obtuvieron un claro triunfo, con más del 50% de los votos, un verdadero seísmo electoral que precipitó la caída del gobierno de Massimo d’Alema. El Polo de la Libertad de 1994 devino la Casa de las Libertades con los mismos socios: la Alianza Nacional (AN), posfascista y nacionalista, y la Liga Norte, de tendencias separatistas, xenófobas y antieuropeas.

Una nueva campaña electoral comenzó prácticamente en diciembre de 2000, pronto transformada en un plebiscito sobre Berlusconi, una pugna del líder providencial, hombre del fare (‘de acción’), cruzado de la libre empresa, contra los profesionales de la política «que nunca han trabajado», en un cuidado escenario mediático. Sin embargo, no pudo eludir los comentarios de censura a sus aliados, las sospechas sobre el origen dudoso de su fortuna, las zonas de sombra de sus sociedades y sus problemas con la justicia.

La polémica saltó las fronteras del país y en los principales periódicos de Europa occidental, hasta el punto de que el semanario conservador The Economist causó un considerable revuelo al publicar un pormenorizado informe sobre las andanzas del Cavaliere y concluir que estaba inhabilitado para gobernar. La aparente intromisión europea suscitó algunas reacciones nacionalistas, de orgullo herido, como la del patriarca de Fiat, Giovanni Agnelli, que defendió indirectamente a Berlusconi al denunciar las supuestas derivas periodísticas que trataban a Italia como si fuera «una república bananera».

Habida cuenta del flagrante conflicto de intereses que se produciría con su llegada al poder, Umberto Eco planteó las elecciones como un referéndum moral e hizo un apremiante llamamiento para impedir el triunfo del patrón de Fininvest antes de que fuera demasiado tarde. Algunos periódicos italianos invocaron «la degeneración de la democracia» y el riesgo de perversión del sistema. Il Cavaliere replicó con un simulacro de contrato con los electores, firmado ante las cámaras de televisión, en vísperas del escrutinio, en el que se comprometía a realizar al menos cuatro de los cinco puntos prioritarios de su programa: reducción de los impuestos y del paro, aumento de las pensiones mínimas, más seguridad y menos inmigrantes, un plan ambicioso de infraestructuras.

Con una retórica propia de la guerra fría, Berlusconi se pavoneó de sus éxitos empresariales, deslumbró a los electores con su estrellato televisivo, desdeñó a su principal adversario y se presentó como víctima de un complot urdido por jueces rojos a sueldo de un poder manipulado por los comunistas. Los italianos fueron sensibles a sus argumentos y le entregaron la confianza: Forza Italia alcanzó un éxito considerable con el 29,4% de los votos en las elecciones del 13 de mayo de 2001 y, en unión de sus aliados, logró la mayoría absoluta en ambas Cámaras del Parlamento (368 diputados y 177 senadores). Triunfó frente a un centroizquierda, dirigido por los ex comunistas, que encarnaba la continuidad de un sistema del que los electores creían haberse desembarazado en 1992.

Nombrado presidente del Consejo de Ministros el 9 de junio, Berlusconi presentó al día siguiente un gobierno de coalición, el 59° después de la guerra, e inmediatamente desgranó ante el Parlamento un programa «para cambiar Italia». Confirmó sus promesas de reducir los impuestos, aumentar las pensiones y administrar el Estado como si fuera una gran empresa, persuadido, como le reprochaban sus críticos, de que lo que era bueno para él también lo sería para los italianos. Berlusconi obtuvo la confianza de la Cámara de Diputados y del Senado por amplias mayorías, el 21 de junio, y anunció «una revolución» en sus primeros cien días de gobierno. Aseguró que en un semestre resolvería el conflicto de intereses entre sus actividades política y empresarial, pero no dio detalles de una espinosa operación que, para ser creíble, debía acabar con una situación insólita de monopolio televisivo, sin precedentes en una democracia.

En sus dos primeros años de gobierno, sin embargo, la lista de logros gubernamentales fue mucho menos larga de lo que Berlusconi había prometido. A mediados de 2002 el ministro de Finanzas, Giulio Tremonti , anunció la repatriación de 50.000 millones de euros recuperados gracias a una amnistía fiscal. Por otro lado, la nueva ley de extranjería recibió el aplauso de sus socios de gobierno, que reclamaban endurecer las normas de concesión de asilo.

Pero la lista de promesas cumplidas prácticamente se detuvo ahí. La rebaja de impuestos se aplazó a causa del bajo crecimiento económico y por la necesidad de respetar el pacto de estabilidad europeo. En cuanto a la reforma del mercado laboral, la oposición sindical fue unánime. Tras multitudinarias manifestaciones y una huelga general, en julio el ejecutivo tuvo que hacer concesiones y en el otoño la reforma ya era poco más que un recuerdo.

Hasta mediados de 2001, Il Cavaliere no había sido condenado en firme. De los nueve sumarios abiertos contra él, sólo tres llegaron a la casación. En un caso, el tribunal de apelación confirmó la sentencia que condenó a Berlusconi a 28 meses de prisión por financiación ilícita de un partido político, pero dictaminó que el delito había prescrito. Cuando fue elegido presidente seguían su curso varios procesos: por soborno del juez Renato Squillante a cambio de una sentencia favorable, por falsificación del balance empresarial y por corrupción de un magistrado con motivo de la adquisición de un futbolista.

En España, el juez Baltasar Garzón investigaba desde 1996 sobre la propiedad y la gestión de Tele 5, en la que Fininvest poseía el 40% del capital, y acusaba a Berlusconi de organizar una doble contabilidad, así como de vulnerar la reglamentación comercial, fiscal y antimonopolio. Garzón elevó un suplicatorio al Parlamento Europeo, solicitando que se levantase la inmunidad de Berlusconi en septiembre de 2000, pero diversos problemas político-burocráticos demoraron la tramitación, que fue definitivamente bloqueada.

El laberinto judicial está detallado en el libro L’odore dei soldi (El olor del dinero. Orígenes y misterios de las fortunas de Silvio Berlusconi, 2001), de Marco Travaglio y Elio Veltri, en el que se reproduce una entrevista con el juez Paolo Borsellino, asesinado por la mafia en julio de 1992, en la que el magistrado ponía de relieve los contactos de Berlusconi y su mano derecha, Marcello dell’Ultri, con los mafiosos Vittorio Mangano y Salvatore Toto Riína, éste detenido en 1993 y condenado a cadena perpetua. Sorprendentes coincidencias cronológicas refuerzan la tesis de que el imperio mediático debe mucho a misteriosos financieros suizos especializados en el blanqueo de dinero.

En 2003 el nombre de Berlusconi siguió apareciendo ligado a la crónica judicial. El 5 de mayo tuvo que comparecer ante un tribunal de Milán por presunto soborno a magistrados de Roma en el caso de la venta del grupo alimentario público SME. Sin embargo, el 4 de junio, el Senado aprobó una ley que impedía el procesamiento de los máximos representantes de los poderes ejecutivo, judicial y legislativo, liberando así al primer ministro de tener que volver a comparecer ante el juzgado de Milán. Por esa misma razón, el Tribunal Constitucional español decidió suspender el proceso que la Audiencia Nacional tenía abierto contra Berlusconi por un supuesto fraude fiscal en el «caso Tele 5», señalando que el imputado sólo podría ser juzgado cuando dejara su cargo oficial.

La polémica pareció perseguir al primer ministro italiano durante ese año. En julio, al poco de estrenar Italia la presidencia de turno de la Unión Europea, un comentario suyo, en el que comparó al parlamentario socialdemócrata alemán Martin Schultz con un «kapo» nazi, provocó un incidente diplomático con el canciller Gerhard Schröder, quien canceló sus vacaciones familiares en Italia. Al frente de la Unión Europea, el ejecutivo italiano recibió el encargo de coordinar las negociaciones sobre el texto de la primera Constitución europea, que debía ser aprobado en diciembre en el marco de una conferencia intergubernamental de los países miembros de la Unión Europea más los 10 candidatos a incorporarse en mayo de 2004. Sin embargo, la reunión celebrada en Bruselas concluyó sin acuerdo debido a la oposición de España y Polonia al nuevo reparto de votos.

En el ámbito internacional, el apoyo de su gobierno a Estados Unidos y Gran Bretaña en la guerra de Iraq fue duramente criticado por la oposición y por miles de personas que se expresaron contra la guerra en manifestaciones multitudinarias celebradas en febrero en las principales ciudades.

En cuanto a la política interna, en 2003 volvió a hacerse evidente el conflicto de intereses entre las actividades políticas y empresariales de Berlusconi. En diciembre, el Parlamento italiano aprobó una ley de medios de comunicación que beneficiaba al grupo empresarial del primer ministro, Mediaset, al suprimir los límites establecidos a la concentración empresarial en cada medio de comunicación y establecer un nuevo tope del 20 % en el denominado Sistema Integrado de las Comunicaciones (SIC). Sin embargo, el presidente de la república, Carlo Azeglio Ciampi, por la potestad que le confiere la Constitución, devolvió la ley al Parlamento el 16 de diciembre para solicitar una nueva deliberación que tuviera en cuenta «el respeto del pluralismo de la información».

Su gobierno siguió teniendo que hacer frente a la oposición generada ante su intento de reforma del régimen de las pensiones, finalmente aprobada en julio de 2004 pese a la tercera y cuarta huelgas generales convocadas durante su mandato (en octubre de 2003 y marzo de 2004, respectivamente). El proyecto más profundo de su programa político fue la reforma constitucional (la más intensa desde la caída de la monarquía) que reforzaba el poder del presidente del gobierno y acercaba las estructuras administrativas del Estado al federalismo, al otorgar gran autonomía a las regiones italianas.

Tras la derrota sufrida por el centro-derecha en las elecciones regionales de abril de 2005, su gobierno entró en crisis. El varapalo electoral puso de manifiesto la división de las fuerzas del ejecutivo con respecto a temas tales como las políticas económica y fiscal, y la citada reforma constitucional federalista (que la Unión de los Demócratas Cristianos, UDC, y la Alianza Nacional no veían con buenos ojos, pero que sí contaba con el pleno respaldo de la Liga Norte).

Luego de que los democristianos decidieran abandonar el gabinete, Berlusconi dimitió para, casi de inmediato, recibir de Ciampi el encargo de formar un nuevo gobierno que finalizara la legislatura. Aunque con dificultades, Berlusconi consiguió alcanzar un pacto programático con sus socios y pudo reeditar un equipo ministerial basado en el cuatripartito Forza Italia-Liga Norte-Alianza Nacional-UDC. A finales de ese año 2005, el legislativo aprobó tanto la reforma federalista como la del sistema electoral (que volvía a ser proporcional).

En las elecciones legislativas de abril de 2006, se impuso la coalición de centro-izquierda (presentada bajo la denominación electoral de La Unión y al frente de la cual estaba Prodi), que obtuvo 348 escaños en la Cámara de Diputados y 158 en el Senado; por su parte, La Casa de las Libertades obtuvo 281 diputados y 156 senadores. Durante varios días, Berlusconi no reconoció como legítimos estos resultados y denunció la existencia de irregularidades. Finalmente, aceptada su derrota, presentó su dimisión el 2 de mayo.

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