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Frank Borzage

(Salt Lake City, 1893 - Hollywood, 1962) Director de cine estadounidense. Frank Borzage ocupa un lugar muy especial entre los numerosos artesanos que poblaron el Hollywood clásico, capaces de saltar del western a los filmes bélicos o a las comedias sofisticadas mostrando una eficacia narrativa y unos conocimientos técnicos dignos de admiración. La singularidad de este cineasta radica en que, aún sabiendo desempeñar excelentemente el papel de simple trabajador al servicio de un complejo engranaje industrial, supo mantener siempre unas constantes de estilo visual caracterizadas por la poética sensibilidad de sus imágenes y el romanticismo de su puesta en escena.

Realizador de aproximadamente un centenar de películas, Borzage es sobre todo conocido como firmante de un puñado de excelentes melodramas románticos que se cuentan entre los mejores de la historia del cine, caso de Torrentes humanos o El séptimo cielo, aunque sin embargo su figura permanece todavía un tanto oscurecida por otros grandes cineastas del género como John M. Stahl o Douglas Sirk.

Actor de sólida formación teatral, Frank Borzage recaló en el mundo del cine gracias a Thomas H. Ince, quien en plena crisis escénica le ofreció la oportunidad de trabajar en un medio que apenas estaba dando sus primeros pasos. Debido a la mala prensa que tenía el cine entre determinadas elites burguesas, Borzage decidió camuflar su nombre bajo seudónimo con el fin de que, una vez terminada lo que consideraba una fugaz etapa, pudiera volver al teatro sin quedar marcado como intérprete.

Con todo, muy pronto comenzó a interesarse por la dirección y, ya en 1913, apenas un año después de haber dado el salto a Hollywood, dirigió un western de serie como The Mistery of the Yellow Aster Mine. A partir de ese momento, inició una extensa carrera dentro del género de las películas del Oeste, que le convirtió en uno de los principales especialistas del período mudo. No obstante, el primer largometraje que le reportó cierta fama fue Humoresque (1920), una fábula romántica donde Borzage comenzó a mostrarse como un realizador atento a los mínimos detalles y cercano a lo barroco.

A finales de la década de los veinte, y todavía en plena etapa muda, dos largometrajes le catapultaron definitivamente a la fama: El séptimo cielo (1927) y El ángel de la calle (1928). La modernidad de su realización, próxima en ocasiones a determinados postulados de la vanguardia francesa e influida también por el cine expresionista alemán, le valió calurosos elogios de la crítica y del público, convirtiéndose de esta manera en uno de los valores más prometedores de Hollywood.

Estos filmes sirvieron además para poner de manifiesto una idea que recorrió a partir de ese momento la obra completa de Borzage: la libertad individual pasa por la consecución de un amor inalcanzable, en tanto sentimiento que nadie puede lograr por completo. Todo ello enmarcado en ambientes sórdidos y de miseria, como El ángel de la calle, que le acercaron al cine de su admirado George W. Pabst, y donde el juego fotográfico con el claroscuro se mostró determinante. En ese sentido El séptimo cielo supondrá el punto máximo de dicha estética, a través de un eficaz juego de contrastes con elementos como la religión, la pobreza o el amor, para acabar creando una obra muy próxima a las tendencias hiperrealistas.

La década de los treinta estuvo marcada especialmente por la llamada "trilogía alemana" compuesta por ¿Y ahora qué? (1934), Three Comrades (1938) y The Mortal Storm (1939), donde la política entra de lleno en la sociedad, como un cáncer que todo lo corrompe. Frank Borzage mostró los efectos devastadores del ascenso al poder de totalitarismos como el régimen nazi de Adolf Hitler, con lo cual hacía, además, una llamada a la solidaridad como sustituta del amor universal. No obstante, los espectadores se decantaron en cambio por otras películas de tono infinitamente más barroco, caso de la sofisticada Mannequin (1938) o de ese auténtico canto al sentimiento amoroso que fue Deseo (1936), una de las obras cumbres de la exitosa carrera de Borzage y por extensión de toda la historia del cine.

El filme de aventuras piratas The Spanish Main (1945) señaló un punto de inflexión en su trayectoria. El fracaso económico de este largometraje, al que le seguirán otros no menos llamativos como el sufrido al año siguiente con La gran pasión (un filme manierista que repetía sus rasgos de estilo aunque sin los bríos ni la belleza de anteriores propuestas), acabaron provocando su salida del cine por espacio de casi una década. A su vuelta, las cosas habían cambiado de un modo descomunal y Frank Borzage no supo acomodarse a los nuevos tiempos, por lo que títulos como China Doll (1958) y El gran pescador (1959) estuvieron más cerca de ser una reivindicación de los tiempos pasados que una apuesta por la modernidad como lo había sido buena parte de su filmografía anterior.

En su ocaso como cineasta apenas le llegaron ofertas de cierto interés. En esa situación, optó por aceptar la dirección de un peplum italiano, Antinea, l'amante della città sepolta (1961), cuyo rodaje hubo sin embargo de abandonar pasadas las dos semanas al detectársele un cáncer en estado terminal. Edgar G. Ulmer y Giuseppe Massini le sustituyeron como directores.

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