Pedro Emilio Coll

(Caracas, 1872-1947) Narrador venezolano, uno de los principales promotores del modernismo en su país. Era hijo de Emilia Núñez Márquez y Pedro Coll Otero, un tipógrafo y editor, propietario de la Imprenta Bolívar, que contagió a su hijo el virus literario; el propio Coll solía recordar además a su vieja aya Marcolina, quien le habría llenado la cabeza de niño con toda suerte de cuentos infantiles. Después de estudiar en el colegio La Paz, dirigido por Guillermo Tell Villegas, dejó inconclusos sus estudios universitarios para lanzarse a la aventura de una carrera literaria.

La revista Cosmópolis lo condujo lógicamente a El Cojo Ilustrado, donde entre 1895 y 1907 publicó, con seudónimos como Juan de Caracas y A.R. Lequín, sus primeros cuentos, entre los cuales estaba el famoso El diente roto. También tentado por el ensayo y el articulismo, recopiló en Palabras (1896), dedicado al arte y la educación, sus primeras incursiones en estos géneros, aparecidas en Cosmópolis.

Como casi todos los escritores venezolanos de su generación, halló en la carrera diplomática un alivio económico y un método seguro para viajar fuera del país y entrar en contacto con la cultura europea. Recién casado con Paulita Borges Delgado, en 1897 partió al Reino Unido como cónsul en Southampton, residiendo en Londres y París. En esta ciudad tuvo a su cargo la sección "Letras Hispanoamericanas" de la prestigiosa revista Mercure de France.

Esta pasantía le permitió convertirse en uno de los más conocidos críticos del modernismo hispanoamericano, y su estadía en la capital gala lo llevó a conocer al católico ultraconservador Maurice Barrès. Por otra parte, su contacto con el Reino Unido le permitió descubrir la obra de Oscar Wilde, influencia directa que trasluce su segundo libro de ensayos, El castillo de Elsinor (1901).

De regreso a Venezuela en julio de 1899, aceptó un cargo directivo en el Ministerio de Fomento. Durante la dictadura de Juan Vicente Gómez desempeñó diversas funciones en la administración pública, algunas de relieve, como el Ministerio de Fomento (1913) y la Secretaría de Instrucción Pública. Fue asimismo propuesto y elegido individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua (1911).

A pesar de la guerra en Europa, aceptó representar a Venezuela como cónsul general en París (1915) y secretario de la legación en Madrid (1916-1924). En estos años reanudó su amistad con Rufino Blanco Fombona, quien reeditó sus dos libros en la Editorial América. Una vez más de vuelta en Caracas, en 1923, fue fiscal de bancos y senador por el estado Anzoátegui (1924-1926), antes de asumir la presidencia del Congreso Nacional. En 1927 regresó a Madrid como inspector de consulados y dio a la imprenta otro libro de ensayos, La escondida senda (1927), en el que se aparta de los temas literarios para abordar temas históricos.

En 1933 volvió a Venezuela, y tres años después recibió el nombramiento de ministro consejero en Washington, aunque no llegó a asumir este cargo. Un último viaje por Europa, de 1935 a 1939, le hace vivir de cerca la guerra civil española y el inicio de la Segunda Guerra Mundial. A su último y definitivo regreso a Venezuela, se dedicó con especial interés a los estudios históricos y trabajó desde 1941 como bibliotecario de la Academia Nacional de la Historia.

La muerte lo sorprendió cuando se encontraba preparando una selección de su obra para la colección Biblioteca Popular Venezolana del Ministerio de Educación, que apareció un año después de su fallecimiento con el título El paso errante. Algunos de sus artículos y prosas no recogidos por él en el volumen aparecieron en sendas publicaciones póstumas: La colina de los sueños (1959) y La vida literaria (1972).

Escritor parco en publicaciones, la importancia literaria de Coll reside en su ideario estético, contenido especialmente en las páginas de El castillo de Elsinor. Fue el primer modernista venezolano que podó su prosa del exceso de metáforas y epítetos característico aun de las mejores obras surgidas de este movimiento, y aportó a las letras venezolanas dos cualidades que acabarían imponiéndose con el tiempo: la sencillez expresiva y la ironía.

Está presente en todas las antologías del cuento venezolano con un relato muy breve: El diente roto. En dos páginas, se esboza la historia de Juan Peña, quien de niño, "combatiendo con unos granujas", recibió un guijarro sobre un diente, y desde ese momento cayó en un ensimismamiento que los que le rodeaban confundieron con seriedad, profundidad de pensamiento y sabiduría, a tal punto que llegó a presidente de la República, "cuando la apoplejía lo sorprendió acariciándose su diente roto con la punta de la lengua".

Las historias de la literatura venezolana al uso sitúan a Coll en la primera generación de modernistas venezolanos, junto con Pedro César Domínici y Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, con quienes fundó, a los 22 años, la revista Cosmópolis, de corta vida pero duradera influencia en las letras del país. Adscripción que sería absurdo refutar, aunque la verdadera patria literaria de este caraqueño fue una extraña mezcla de conservadurismo político e ironía en el manejo del lenguaje. En lo primero, sus maestros confesos fueron los franceses Anatole France y Maurice Barrès; para lograr lo segundo, se dejó guiar por el gran maestro de la paradoja y el epigrama lacerante: el inglés Oscar Wilde.