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Princesa de Éboli

(Ana Mendoza de la Cerda, princesa de Éboli; Guadalajara, 1540 - Pastrana, España, 1592) Noble española. Hija de Diego Hurtado de Mendoza, y miembro de una de las más importantes familias de la nobleza castellana, casó muy joven con Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli, persona muy allegada al rey Felipe II y líder del partido pacifista de la corte, que propugnaba una salida negociada al problema de Flandes. Muerto su esposo en 1573, ella misma se convirtió en una de las figuras más destacadas de este grupo, junto a Antonio Pérez, el secretario del rey. Su estrecha relación con Antonio Pérez, de quien quizás era la amante, la acabó mezclando en los turbios sucesos que provocaron la caída del secretario real. Así, cuando Pérez fue acusado de instigar el asesinato de Rafael de Escobedo, secretario de Juan de Austria y antiguo colaborador suyo, para que no descubriese sus contactos secretos con los rebeldes holandeses, la princesa de Éboli se vio implicada y fue arrestada. Privada de la tutela de sus hijos, fue exiliada a Pastrana, donde falleció.


Ana Mendoza de la Cerda, princesa de Éboli

Ana Mendoza de la Cerda era la única hija de Diego Hurtado de Mendoza, virrey de Perú, príncipe de Mélito y duque de Francavilla, y de Catalina de Silva, hermana del conde de Cifuentes. Se concertó su matrimonio con el príncipe de Éboli, Ruy Gómez de Silva y Téllez de Meneses, en 1552, aunque la unión (que había sido proyectada por Felipe II) no se llevó efectivamente a cabo hasta siete años después. Durante su estancia en la Corte entabló una estrecha amistad con la reina Isabel de Valois.

Poseedora de una de las mayores fortunas de España, a la muerte de su esposo en 1573 se retiró al convento de carmelitas de Pastrana, casa que había sido fundada a expensas suyas por Santa Teresa. Después de seis meses de agitada vida conventual fue obligada por el rey a renunciar a los hábitos y a hacerse cargo, en conformidad con el testamento de su esposo, de la tutoría de sus hijos y de la administración de los bienes heredados por éstos.

A raíz de su regreso a la Corte comenzó una etapa de su vida caracterizada por la intriga y el escándalo, fruto de su personalidad caprichosa y voluble y de las supuestas relaciones amorosas (no han sido aceptadas por todos los historiadores) con el propio monarca, con Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria, y con Antonio Pérez, secretario real y cabeza visible de la facción ebolista desde la muerte del príncipe.

Parece probable que la princesa de Éboli y Antonio Pérez mantuvieran negociaciones secretas con los rebeldes flamencos y portugueses, hecho del que habría tenido conocimiento Juan de Escobedo; para evitar que Escobedo revelase el secreto se le acusó de una grave conspiración política pretendidamente urdida con Juan de Austria. El 31 de marzo de 1578, Escobedo fue asesinado por orden de Antonio Pérez, seguramente con el consentimiento real.

La princesa de Éboli aprovechó la influencia de Pérez y su conocimiento de los secretos de Estado para satisfacer sus ambiciones políticas y sus necesidades económicas. La concesión de dignidades eclesiásticas y la venta de información política reservada figuran entre los negocios más fructíferos en que ambos intervinieron. A la muerte del rey Sebastián de Portugal (1578), la princesa volvió a colaborar con Pérez con el fin de apoyar la candidatura de la duquesa de Braganza al trono portugués, oponiéndose así a las pretensiones dinásticas de Felipe II en este mismo sentido.

Al tener conocimiento de estas intrigas y al percatarse de que había sido engañado en el asunto de Escobedo, el monarca se vio en la necesidad de ordenar, el 18 de julio de 1579, el encarcelamiento de la princesa de Éboli y de Antonio Pérez, hecho que dio lugar al episodio más importante de las llamadas Alteraciones de Aragón. Acusada de pródiga, Ana Mendoza de la Cerda fue encerrada en la Torre de Pinto (Madrid) y luego en la fortaleza de Santorcaz (en las cercanías de Pastrana); en 1581 el rey le permitió retirarse a su villa de Pastrana, donde permaneció hasta su muerte confinada y exonerada de la tutela de sus hijos.

Ana Mendoza de la Cerda ha pasado a la historia como una mujer de gran belleza, aunque en los retratos conservados aparece con un parche, lo que permite suponer que tenía alguna tara en uno de sus ojos. Este defecto únicamente aparece citado en la documentación escrita (y muy veladamente) a partir del siglo XVIII. Al parecer, Ana Mendoza se expresaba de forma populachera, y en sus escritos solía hacer crítica del aplebeyamiento de la aristocracia española.

De su numerosa descendencia (diez hijos, nacidos entre los años 1561 y 1573) cabe señalar al primogénito Rodrigo de Silva, II duque de Pastrana y soldado en Portugal y Flandes, quien pudo ser fruto (según algunos historiadores) de las relaciones entre la princesa y el rey; Diego de Silva, duque de Francavilla, quien fue muerto por los turcos en la batalla de Lepanto (1571); Ana Mendoza de Silva, duquesa de Medina-Sidonia; Ruy Gómez, marqués de la Eliseda; Fernando, quien profesó con el nombre de fray Pedro González de Mendoza y llegó a ocupar las sedes episcopales de Osma (Soria) y Sigüenza (Guadalajara) y las arzobispales de Granada y Zaragoza; y Ana, quien acompañó a su madre durante su prisión y tomó el hábito de monja carmelita.

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