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Manuel Fraga Iribarne

(Villalba, Lugo, 1922 - Madrid, 2012) Político conservador español cuya dilatadísima trayectoria se inició bajo el franquismo y prosiguió durante la transición y la democracia. Ministro de Información y Turismo con Franco, fue uno de los ponentes de la Constitución de 1978 y el fundador de Alianza Popular, más tarde convertida en el Partido Popular. Presidió la comunidad autónoma de Galicia durante quince años (1990-2005).

Manuel Fraga Iribarne nació el 23 de noviembre de 1922 en Villalba, provincia de Lugo, entonces una de las zonas más atrasadas de España. Su padre, Manuel Fraga Bello, de una familia numerosa de modestos campesinos, hombre conservador y sin estudios, se decidió a emigrar a Cuba después de hipotecar la escasa tierra.


Manuel Fraga

En América fue de los que triunfaron: puso un negocio, reunió ahorros y aprendió a leer. Allí conoció a María Iribarne Duboix, una vasco-francesa de profundas convicciones católicas, moralista y sacrificada, que le dio doce hijos. El mayor, Manuel, pasó de los dos a los cuatro años en Cuba, hasta que la familia, en 1928, regresó a Galicia para que los niños se educaran en España. Bajo la dictadura de Primo de Rivera, el padre fue nombrado alcalde de Villalba.

La niñez de Fraga transcurre dócilmente en una sociedad muy sólida, regida por un orden indiscutido al que se halla perfectamente adaptado: disciplina en la casa y autoridad en el pueblo, solidez religiosa y tradición conservadora. En la modesta escuela local cumple el primer ciclo de una enseñanza memorística y sin explicaciones. En 1931, con el comienzo de la república, empieza el bachillerato en el Instituto da Guarda de A Coruña, pero al segundo año lo continúa en el mismo Villalba.

Desencadenada la Guerra Civil, fue internado con su hermano José en un colegio de Lugo. Allí vio por primera vez a Franco, de quien, según cuenta en su Memoria breve de una vida pública, le «impresionó el aspecto, la voz y la forma de hablar», y, al igual que muchos jóvenes de la zona nacional, se sintió plenamente identificado con el lema «mitad monjes, mitad soldados».

Tan profundo era el sentimiento católico de su juventud, que al finalizar los estudios dedicó el verano de 1936 a realizar ejercicios espirituales en el monasterio benedictino de Samos, donde consideró seriamente la posibilidad de hacerse cura. Esta arraigada religiosidad, ajena a toda duda, nunca habría de abandonarlo, y le llevaría aun en su vejez a pronunciar frases como ésta, referida al infierno: «Creo en todo lo que manda la Santa Madre Iglesia, de modo que no discuto ninguno de sus dogmas».

Ingresó en la Universidad de Santiago en 1939, coincidiendo con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, que no le llevó a apostar por el triunfo de Alemania pese al ambiente que le rodeaba. Tras permanecer un año en una residencia de estudiantes de los jesuitas, cuando terminó el curso convenció a sus padres para que lo enviaran a Madrid a continuar la carrera. El salto a la capital supuso enfrentarse por primera vez a la dura realidad de los vencidos, al hambre de la posguerra -él mismo vivía en pensiones y llegó a adelgazar nueve kilos-.

Fraga era entonces un brillante universitario, persuadido de que lo que el país necesitaba era fundamentalmente formación religiosa. Así pues, acudía a la Congregación de los Luises y visitaba los suburbios con fines benéficos y apostólicos, llegando a apadrinar a un niño de siete años. En esa época pasó dos veranos en el campamento de milicias universitarias de Robledo, experiencia que, según sus palabras, le «vino muy bien en todos los aspectos y reforzó mi sentido del orden y de la disciplina».

Paralelamente a la carrera, gracias a una beca de investigación concedida por el decano de la Facultad de Derecho, el canonista Eloy Montero, pudo abocarse a la traducción de cuatro tomos de la obra del jesuita Luis de Molina, al que habría de dedicar su tesis doctoral. Tractor Thompson, como lo bautizaron los compañeros por su empuje y tenacidad destemplada, terminó la carrera a los veintiún años con premio extraordinario, y en el curso de 1944 hizo a la vez la licenciatura y el doctorado, mientras comenzaba a dar clases como encargado de curso de teoría de la sociedad y del Estado.

Ese año conoció a una compañera de la facultad, que en 1948 se convertiría en su mujer: la rubia y espigada María del Carmen Estévez, hija de un militar, que habría de abandonar los estudios para dedicarse al cuidado de sus cinco hijos: María del Carmen, José Manuel, Maribel, Ignacio y Adriana.

Finalizada la guerra, se abre para Fraga, en plena juventud, un período decisivo para su futuro político. En 1945 accede a la función pública por el camino tradicional de las oposiciones, siguiendo el consejo de su maestro Fernando María Castiella. Con el número uno gana el cargo de letrado de las Cortes, lo que le permite entrar en contacto con la clase política del franquismo. Pero a la vez ingresa -también con el ya inevitable número uno- en la Escuela Diplomática.

Tres años más tarde gana las oposiciones a la cátedra de derecho político de la Universidad de Valencia, y en 1953 obtiene el cargo de titular en Madrid. Su trabajo docente se ve apoyado por numerosas publicaciones, entre las que destacan La reforma del Congreso de los Estados Unidos y La crisis del Estado.

Ministro franquista

En plena era del franquismo duro, desde el sector católico, Joaquín Ruiz-Giménez inicia una cierta labor de apertura a partir del Ministerio de Educación, y para ello llama a profesores vinculados al Movimiento desde posiciones más independientes: Joaquín Pérez Villanueva y Manuel Fraga, que en ese momento ocupa el cargo de secretario general del Instituto de Cultura Hispánica y es nombrado secretario del Consejo Nacional de Educación. El equipo, que se proponía elevar el nivel intelectual en un intento de superar el fascismo, se vio muy pronto atacado, en nombre del franquismo de cruzada, por los falangistas.

El enfrentamiento significó en 1955 la caída de Ruiz-Giménez y la consiguiente renuncia de Fraga, quien no por ello pasó a una discreta oposición, como otros del grupo, sino que prefirió buscar nuevas oportunidades dentro del sistema haciéndose falangista. Las oportunidades aparecieron al ser nombrado subdirector del Instituto de Estudios Políticos, en el que se dedicó a dar una serie de cursos y conferencias sobre la posibilidad de una reforma política «progresiva y prudente» que preparase vías posibilitadoras de normalización del país.

Su ingreso en la política habría de venir de la mano del secretario general del Movimiento, José Solís, quien en 1957 le ofreció la Delegación Nacional de Asociaciones. Allí organizó Fraga el I Congreso de la Familia Española, que habría de posibilitar la introducción de procuradores familiares en las Cortes.

La huelga minera de 1962 y el amplio movimiento de solidaridad que ésta generó le confirmaron que era necesario reorientar el franquismo para afrontar una nueva etapa, la del fin de la «hegemonía azul». Inmediatamente después de que la oposición democrática formulara el llamado «contubernio de Munich», el régimen responde el 12 de julio de 1962 con la creación de un nuevo gobierno, en el que aparece como gran novedad y promesa de aperturismo político -pese a la gran dosis de autoritarismo que le atribuyen muchos observadores- la figura de Manuel Fraga en el cargo de ministro de Información y Turismo.

Las vigiladas concesiones que está dispuesto a dar el régimen se plasmarían en la Ley de Prensa, que Franco le ha encargado como tarea principal y que Fraga presenta a las Cortes en 1966: una controvertida ley que suprime la censura previa de la prensa, pero que significativamente excluye a los libros, la radio y la televisión. A sus cuarenta años, Fraga ha llegado al gobierno para convertirse en el «ministro-estrella», por su huracanada vitalidad, y por sus frecuentes apariciones en televisión -cuyo control está en sus manos-. Fraga es el hábil relaciones públicas, gran aficionado a la caza y a la gastronomía que se baña en Palomares con el embajador de Estados Unidos para hacer creer que, pese a las bombas caídas en la playa, no hay riesgo de radiactividad. Fraga es el ministro que, en pleno auge del desarrollismo, potencia el turismo hasta situar a España en la primacía europea.


Fraga y el embajador americano en
Palomares (9 de marzo de 1966)

Pero lo peligroso para la estabilidad de su cargo es el enfrentamiento con Laureano López Rodó y otros miembros del Opus Dei: «Cuando me negué a que un grupo monopolizase el poder político del país». El escándalo Matesa termina por agudizar las tensiones y paradójicamente acaba con quien ha exigido las cuentas claras: el ministro de Información.

Tras su cese, en octubre de 1969, Fraga vuelve a la cátedra y, gracias al ofrecimiento de un amigo, se convierte en director general de la fábrica de Cervezas El Águila, con dedicación parcial. Aureolado por la caída a los pies del Opus, se dedica entonces a recorrer España creando una plataforma que potencia todos sus actos: conferencias, cenáculos, presencia constante en la vida pública para pedir reformas inaplazables, desde una posición centrista y liberal que no deja de asombrar a muchos de quienes habían padecido su gestión como ministro.

La transición

Posteriormente fue nombrado embajador de España en Londres (1973-75), cargo que contribuyó a consolidar su admiración por el conservadurismo británico y por su modelo de monarquía parlamentaria. Al mismo tiempo centra su inagotable actividad en la creación del Grupo de Orientación Democrática, S. A. (GODSA). Escribe además numerosos artículos de prensa que publica ABC, y recibe a la oposición democrática que prepara el posfranquismo. Desde la capital británica, se destaca pues como el heredero del régimen capaz de restablecer la democracia con la complicidad de la derecha española. Así, cuando regresa de Inglaterra dos días antes de la muerte de Franco, confiesa sin ambages que aceptaría formar parte de un gobierno del príncipe Juan Carlos.

Tras la muerte de Franco desempeñó un papel importante en la época de la transición a la democracia. En el primer gobierno de la Monarquía, presidido por Arias Navarro, Fraga ocupó la esencial cartera de Gobernación, que conllevaba una vicepresidencia del Gobierno (1975-76). En los siete meses que duró el gobierno, le tocó «luchar y sufrir más que en los largos siete años como ministro». Manifestaciones, huelgas y la formidable presión de la calle planteaban un estado de convulsión nada fácil de solucionar para un hombre de su talante, que llega a encarcelar a varios miembros de la Platajunta por considerarlos comunistas.

De esa época es la famosa frase que le atribuyó Ramón Tamames y que él siempre ha negado: «La calle es mía». Pese al deterioro de su imagen, Fraga continúa prodigando sus gestos despóticos, insiste en la exclusión del Partido Comunista de España (PCE) y plantea un proyecto de «reforma desde dentro» -con una Cámara Alta de tipo orgánico- que es duramente atacado por ser un híbrido de franquismo y democracia. Pero son dos sucesos ocurridos mientras él se encuentra fuera del país los que lo herirán de muerte política: el duelo masivo de Vitoria después de la muerte de cinco personas a manos de la policía y la tragedia de Montejurra, en que grupos carlistas de la ultraderecha siembran el terror y la muerte con la participación de conocidos fascistas italianos.

Apartado del gobierno por el nombramiento de Adolfo Suárez y desgastado como hombre de centro, tras pasarse un mes intentando formar partido con Areilza y Pío Cabanillas, Fraga dio un giro espectacular, abandonando sus pretensiones centristas para ponerse al frente de la derecha pura. Se reúnen entonces los así llamados «siete magníficos»: Gonzalo Fernández de la Mora, Licinio de la Fuente, Laureano López Rodó, Federico Silva Muñoz, Cruz Martínez Esteruelas y Enrique Thomas de Carranza, quienes con Fraga a la cabeza formarán Alianza Popular (AP).

Alianza Popular

Mas, a pesar de la generosa financiación que la gran banca pone a su disposición, el desastre que sufre la nueva agrupación política en las elecciones de 1977 -16 escaños frente a 165 de la Unión de Centro Democrático (UCD)- no tiene paliativos, y en pocas semanas dimite la mitad del ejecutivo. Las elecciones de 1977 le convirtieron en diputado, portavoz parlamentario y miembro de la ponencia que redactó la Constitución de 1978.


Fraga en la comisión constitucional

En 1979 Fraga da otro viraje táctico, nuevamente hacia el centro, y reúne bajo el nombre de Coalición Democrática a liberales como Areilza y Senillosa, socialdemócratas como Enrico de la Peña, democristianos como Alfonso Osorio y franquistas como Vallina y Lapuerta. Pero el desastre vuelve a repetirse, quedando reducida la representación a sólo nueve diputados. Moralmente hundido, el político gallego decide dimitir y se marcha a su retiro de Perbes. Allí fueron a buscarle su «delfín» Jorge Verstrynge y otros jóvenes cachorros de la derecha y le convencieron de que volviera a la lucha política.

El líder conservador regresa una vez más a la arena política, y en los primeros comicios autonómicos de Galicia -pese a que AP no ha aceptado aún el hecho irreversible de las nacionalidades-, Fraga se hace unas fotos de inconfundible perfil celta que llevan el sugestivo título de «Galego coma ti». Por primera vez los aliancistas sobrepasan los votos de la UCD.

El hundimiento de la UCD permitió que, a partir de las elecciones de 1982, Fraga se convirtiera en líder de la oposición al gobierno socialista de Felipe González. Fraga arremolina a su alrededor a la derecha sociológica y puede presentar como un triunfo el pase a sus filas de destacados centristas como Herrero de Miñón y Ricardo de la Cierva. Pero, a pesar del liderazgo carismático indiscutido del que gozaba en su partido, sus resultados electorales no mejoraron en 1986, avalando la tesis de que Fraga impedía a los populares alcanzar una mayoría de gobierno por su pasado franquista y su imagen de hombre autoritario; en consecuencia, cedió la dirección del partido al joven Hernández Mancha en 1986 y renunció al protagonismo en la política nacional, ejerciendo como diputado en el Parlamento Europeo (1987-89).

Cuando en 1989 se repitieron los malos resultados electorales, Fraga volvió para presidir la refundación del que se llamaría en lo sucesivo Partido Popular: un proyecto inspirado en la democracia cristiana, a cuyo frente situó a José María Aznar.

Aunque mantuvo un cierto liderazgo moral sobre la derecha española, desde 1990 Fraga se retiró a su Galicia natal, encabezando la acción del partido en aquella región, donde gozaba de una gran popularidad. En 1990 vivió uno de los momentos más felices de su dilatada carrera al ganar por primera vez en unas elecciones democráticas la presidencia de la Xunta de Galicia. Profeta en su tierra, venció sucesivamente en todas la elecciones autonómicas a las que se presentó y gobernó Galicia con su personalísimo estilo durante 15 años, hasta su retirada en 2005.

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