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Inocencio X

(Giambattista Pamphili; Roma, 1572 - 1655) Papa (1644-1655). Fue elegido cuando ya era un anciano de setenta y dos años, después de un trabajoso cónclave en el que le disputaban la candidatura otros dos cardenales. Sólo tuvo una idea: continuar la obra de restauración católica comenzada por sus dos predecesores, uno de cuyos primeros actos fue despojar de sus Estados al duque de Parma, acusado de haber mandado asesinar al obispo de Castro, enviado por el Papa a este estado.


Inocencio X en el célebre retrato de Velázquez

Una fuente de disgustos para Inocencio procedía de la rama de los Barberini, que por haber tenido parte en la elección papal no cesaban de pedir favores a la Santa Sede; así, pues, tuvo que desterrar a los cardenales Francisco y Antonio Barberini mediante una Bula que rechazó el Parlamento de París y que estuvo a punto de desencadenar la guerra entre ambas potencias.

Durante el hambre que afligió a la ciudad de Roma en 1649, debido a las inundaciones del Tíber, intentó mantener el orden y la calma, llegando al extremo de abrir su propio palacio para hacer en él distribuciones de víveres. Con el jubileo del año siguiente se acentuó el contacto con su pueblo, y, además, fue este papa un gran aficionado a asistir a los sermones de los oradores que con el mayor rigor flagelaban las malas costumbres de la época. Creó instrumentos de regeneración religiosa tan eficaces como el Instituto de las Nobles viudas de duelo y el de la Doctrina Cristiana y abolió congregaciones que se habían apartado de la norma.

Se opuso al principio de la Iglesia de Estado y condenó las doctrinas jansenistas, propugnadas por un movimiento político y religioso iniciado con la publicación del Augustinus de Jansenio en 1640. Dicha obra sostenía, basándose en los conceptos de san Agustín, la predestinación gratuita por la gracia de Dios, y cuestionaba el primado del Papa sobre los obispos. Por otra parte, protegió a Bernini y a Borromini, los grandes maestros del Barroco romano, de quienes ejerció como mecenas.

Los últimos días de su vida se vieron ensombrecidos por los desmanes de sus dos favoritas, su sobrina, la princesa de Rossano, y su cuñada, Olimpia Maldachini, que ni siquiera se tomó la molestia de encargar un ataúd a la muerte de este papa, que fue sucedido por Alejandro VII.

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