Jerjes I

(También llamado Asuero, nombre con el que se le designa en la Biblia; ?, 519 - Susa, 465 a.J.C.) Rey aqueménida de Persia cuya derrota en la segunda guerra médica marcó el inicio de la decadencia del imperio persa y de la supremacía de Atenas. A la muerte de su padre, Darío I, ocurrida en 486, emprendió la pacificación de Egipto y logró sofocar enérgicamente las revueltas producidas en Babilonia. Instigado por su primo Mardonio, intentó vengar la afrenta que los griegos habían ocasionado a su padre en la batalla de Maratón (primera guerra médica). Tras derrotar al ejército griego de Leónidas, que pretendía defender el desfiladero de las Termópilas, Jerjes inició el saqueo del Ática al frente de sus hombres y arrasó los santuarios de la Acrópolis ateniense. Pero la flota griega se reagrupó en el estrecho comprendido entre el Ática y la isla de Salamina y derrotó a la persa (480 a.J.C.). Jerjes dejó a Mardonio al frente del ejército de Grecia y consagró los últimos años de su reinado a edificar suntuosas construcciones en Persépolis. Murió asesinado.


Jerjes I

En el momento en que Jerjes subió al trono, el fracaso de la campaña contra Grecia y la rebelión de Egipto habían colocado al imperio persa ante una grave crisis. Para llevar a buen término los grandes proyectos de su padre, Darío I, era necesario, a cualquier precio, recuperar Egipto y reducir a Grecia. Jerjes dedicó primero su atención a Egipto: en el segundo año de su reinado aplastó a los insurrectos. Una guarnición de veinte mil hombres fue situada en Menfis, que hubo de cargar con los gastos de su manutención.

Pero la reincorporación de Egipto era contraria a los intereses de Babilonia, que habría podido esperar, sin Egipto formando parte del imperio, una reanudación de la actividad de las rutas del tráfico continental. Por consiguiente, Babilonia se sublevó a su vez (483 a.C.), pero, desmantelada tras su revolución contra Darío, se vio en la imposibilidad de resistir al ejército persa. La rebelión de Babilonia, el mayor centro del imperio continental de Persia, amenazaba la propia existencia del imperio, fundado en el inmenso poderío en hombres y dinero que los reyes aqueménidas obtenían de los vastos territorios de Asia Anterior. Por ello, una vez vencida, Babilonia fue tratada con mucha más dureza que Egipto después de su insurrección. La prestigiosa metrópoli fue bárbaramente saqueada; el dios Marduk y gran parte de la población fueron deportados, y Babilonia, que durante tantos siglos había sido el centro regulador del comercio internacional, no volvió jamás a recuperarse.

Una vez reprimida la rebelión de Babilonia, Jerjes preparó una nueva expedición contra Grecia que debía ser la suprema tentativa persa para la creación de un imperio universal. Jerjes se daba perfecta cuenta de que la sumisión de Grecia era una condición de la que no podía prescindir, y organizó el mayor ejército jamás reunido. A partir de Cambises, las fuerzas persas habían perdido su carácter nacional y constituían un ejército imperial, formado por contingentes procedentes de todos los rincones del imperio, cada uno de ellos mandado por sus jefes nacionales. Únicamente eran persas los generales en jefe. Al contrario del ejército griego, exclusivamente formado por ciudadanos que seguían unos principios tácticos únicos, Jerjes alineaba una multitud de contingentes y de mercenarios de diversas nacionalidades, armados unos y otros según sus costumbres locales.

El ejército persa lo formaban al parecer 360.000 hombres, entre los cuales había 24.000 persas y medos; la flota de apoyo, que tenía la misión de abastecer al ejército, contaba con 300 navíos fenicios tripulados por fenicios y sirios, 200 navíos egipcios, 150 buques con chipriotas y otros 527 aportados por las diferentes naciones de Asia Menor. Frente a este ejército colosal, Esparta, Atenas y la liga panhelénica, que agrupaba a 31 ciudades, alinearon un ejército de 75.000 hombres y una flota de 378 buques, de los cuales Atenas había proporcionado 180.

Tras franquear el paso de las Termópilas y tomar Atenas, Jerjes se creía ya victorioso; pero la flota griega decidió en la batalla naval de Salamina la suerte del imperio persa. Vencida y en gran parte destruida la flota de Jerjes, su enorme ejército, privado de sus medios de abastecimiento y con las comunicaciones cortadas, no tuvo más remedio que replegarse precipitadamente hacia Tracia (480 a.C.). Aún intentaría arrancar la victoria en tierra; pero, al carecer del dominio del mar, sufrió una nueva derrota en Platea (479 a.C.), y aquel mismo año la escuadra ateniense acabó de destruir el poderío marítimo persa en el cabo Micala.

Las consecuencias de la derrota de Jerjes fueron decisivas. Derrotado en el mar, el rey de Persia no pudo conservar en su poder Jonia, que una vez liberada volvió a ocupar el puesto que le correspondía en el mundo heleno. Atenas consiguió en pocos años la supremacía marítima; la Liga de Delos, fundada en el año 476 a.C., convirtió a Atenas en una gran potencia. La victoria de Salamina terminó definitivamente con el gran proyecto de imperio universal concebido por Darío. Reducida a un vasto estado territorial, Persia iba a encerrarse en una política continental que provocaría en el gran rey una actitud cada vez más despótica.

Tal evolución continental no fue fruto de una decisión deliberada; tras la pérdida de Jonia, Jerjes no renunció a los planes de expansión marítima de Darío. Promovió la tentativa de un nuevo periplo de África que confió a Sataspes, miembro de la familia de los aqueménidas, quien, partiendo de Egipto, debía llegar al golfo Pérsico. No obstante, el viaje fracasó. Jerjes pereció con su hijo en una conspiración palaciega y la regencia fue ejercida por Artabán, jefe de la guardia y uno de los asesinos del rey. La reacción de la nobleza persa provocó un movimiento de disgregación en el imperio. Uno de los hijos del monarca que sobrevivieron, Artajerjes I (464-424 a.C.), se apoderó del trono, pero su hermano Histaspes, presentándose como pretendiente a la corona, provocó un levantamiento en Bactriana. La crisis del poder vino así a añadirse a la crisis económica y social a la que se hallaba abocado el imperio a causa del aislamiento continental y su deriva hacia la feudalización y el despotismo.