Francisco Pacheco

(Francisco Pacheco del Río; Sanlúcar de Barrameda, 1564 - Sevilla, 1654) Pintor, tratadista y poeta español. Perteneciente a una familia con tradición marinera, no se vio, sin embargo, atraído por el mar, sino por el estudio de la literatura y las artes. Al quedar huérfano pasó a Sevilla bajo la tutela de su tío, el canónigo de la catedral Francisco Pacheco. En Sevilla se relacionó con los más selectos círculos humanistas y se formó en la pintura con el maestro Luis Fernández. También influyeron en su aprendizaje artístico otros pintores manieristas andaluces como Pedro de Campaña y Luis de Vargas, de quienes copió algunos cuadros. Son inciertos sus contactos juveniles con el retratista Lucas de Here en Gante (Flandes), de quien recibió buenos consejos sobre el arte del dibujo. Es probable que entre 1590 y 1591 realizara un nuevo viaje por Europa y España.


Francisco Pacheco (óleo de Velázquez)

En 1592, de nuevo en Sevilla, los jesuitas de Marchena le encargaron tres cuadros religiosos; desde entonces no dejaron de llegarle encargos. En los últimos años del siglo XVI era uno de los pintores más prestigiosos de Sevilla: en 1598 fue escogido, junto a otros artistas, para adornar el túmulo de Felipe II erigido en la catedral hispalense. Dos años después pintó para la Merced de Sevilla la serie de trece pinturas dedicadas a San Pedro Nolasco, primeras realizaciones que entraban de lleno dentro de la estética barroca. En estas obras Pacheco aunó religiosidad y misticismo con un realismo preciso, conseguido a base de un dibujo muy controlado y un modelado de las formas cuidadosamente establecido.

Su extraordinaria capacidad dibujística quedó patente en su gran Libro de la descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, iniciado en 1599, en el que traza las biografías de ilustres contemporáneos con los que el pintor había tratado en la tertulia que se celebraba en su taller, a la que concurrían las figuras sevillanas más notorias en las letras y las artes. Los 56 retratos de esas personalidades hacen de esta singular obra un hito sin parangón artístico en la retratística del momento; de sus virtudes destacan la limpieza del trazo, la expresividad de los rostros, la tensión entre linealidad y modelado a base de sutiles sombras y la penetración psicológica. Observando estos dibujos sí que se diría que Pacheco tuvo necesariamente algún tipo de formación flamenca.

Durante su viaje de 1611 a Madrid y Toledo entabló relación con El Greco y visitó en la Corte al pintor y teórico italiano Vicente Carducho. Desde entonces su pintura adquirió un mayor naturalismo, como queda patente en las obras posteriores: Cristo servido por los ángeles en el desierto (1616) o el retablo de San Juan Bautista (1613). A la vuelta de ese viaje castellano acogió a Diego Velázquez como alumno (y no fue el único pupilo ilustre, pues también tuvo bajo su tutela artística a Alonso Cano). Sin embargo, no desapareció nunca de su obra una sensación general de rigidez, cierta incoherencia compositiva y una frialdad que, si bien en los retratos dibujados era perfectamente racional y necesaria, en las pinturas denotaba un apego excesivo a ciertas soluciones tardomanieristas italianas. En 1618 consintió el matrimonio de su hija Juana con Velázquez, quien ya entonces se permitía dar a su reciente suegro puntuales consejos pictóricos encaminados a mejorar la representación naturalista de su pintura.


Cristo servido por los ángeles en el desierto (1616)

Después de la primera década del siglo XVII, la más intensa en cuanto a producción pictórica, Pacheco se dedicó muy especialmente a tareas teóricas, concentradas principalmente en la redacción de su tratado Arte de la pintura, iniciado hacia 1600, concluido en 1638 y publicado póstumamente en 1649. La obra está compuesta por tres libros y un apéndice. En el libro primero se intenta demostrar la antigüedad y nobleza de la pintura al tratar sobre la alcurnia de sus practicantes y su superioridad sobre la escultura; en el segundo se desarrolla una teoría de la pintura atendiendo al decoro, dibujo y colorido; el tercer libro se ocupa de las técnicas pictóricas y de la iconografía sagrada. Este último libro es el tratado más completo sobre técnicas de pintura escrito en España antes del siglo XVIII.

En cuanto a la iconografía, Pacheco da puntual cabida, con la ayuda de sus amigos teólogos de Sevilla, a los temas y fórmulas fundamentales del arte católico, reflejo de la imaginería trentina; no en vano para el autor el objetivo primordial de la pintura era estimular a los fíeles “para que adoraran y amaran a Dios y cultivaran la piedad”. Su célebre Cristo en la Cruz (1616) responde al celo que tenía en estos temas: la representación de la crucifixión con cuatro clavos fue decidida después de consultar con numerosos eruditos y religiosos, siendo el poeta Francisco de Rioja (más tarde bibliotecario real) quien finalmente convenció a Pacheco.

Tan fuerte sentido religioso del arte fue reconocido en 1618 por parte de la Inquisición con su nombramiento como veedor de imágenes sagradas. A partir de 1625, y tomando como punto de referencia la Inmaculada pintada ese mismo año y conservada en la iglesia de San Lorenzo de Sevilla, el arte de Pacheco, al decir de la crítica, empezó a declinar, en parte debido al empuje de los nuevos valores como Zurbarán o Herrera el Viejo, que pronto se ganaron a la mayor parte de la clientela sevillana. Sus biógrafos aseguran que murió a los noventa años de edad, pero no ha sido posible hasta hoy encontrar rastro alguno del lugar donde murió ni de la iglesia en que fue enterrado. Como poeta se le debe el poema Conquista de la Bética; editó además una colección póstuma de las poesías de Fernando de Herrera titulada Versos de Fernando de Herrera (Sevilla, 1619).