Polibio

(Megalópolis, hoy desaparecida, actual Grecia, h. 200 a.C. - ?, 118 a.C.) Historiador griego. Desempeñó diversos cargos en la Liga Aquea. Durante su primera estancia en Roma entró en el círculo de Escipión, en el que dominaba la influencia estoica. Realizó numerosos viajes a Hispania, Galia y África, y acompañó a Escipión en los sitios de Cartago (146 a.C.) y de Numancia (133 a.C.). Su estancia en la península Ibérica le sirvió para estudiar la geografía, los pueblos y las costumbres de Hispania. Tras la destrucción de Corinto (146 a.C.), y gracias a su popularidad en Roma, se le encomendó establecer las bases de la futura provincia de Acaya. Se conserva buena parte de su obra fundamental, las Historias, compuesta de cuarenta volúmenes y escrita con un método riguroso que se basa en una estricta documentación y en su presencia en el lugar de los hechos que describe. Otras obras suyas hoy perdidas son Tratado de táctica y La guerra de Numancia. Fue, junto con Tucídides, uno de los primeros historiadores en excluir la acción divina entre las causas materiales y sus consecuencias.


Polibio

El padre de Polibio, Licorta, era amigo de Filopémenes y fue varias veces estratega de la Liga Aquea. Así, desde muy joven, Polibio empezó a adquirir una notable experiencia política y militar, en el trato con los hombres de Estado que regían la política griega. En 183, cuando contaba poco más de veinte años, tuvo el honor de llevar de Mesenia a Megalópolis las cenizas de Filopémenes para sus solemnes exequias; en 169-168 fue nombrado hiparca (era el cargo más importante después del de estratega de la Liga Aquea).

El partido de Licorta-Filopémenes era un partido patriótico moderado que había tratado siempre de transigir con los romanos, aunque sentía antipatía por ellos, y de conservar una cierta independencia frente a Roma y frente a Macedonia. Pero surgieron acontecimientos demasiado graves para estos políticos provincianos que se creían astutos, y la muerte de Licorta empeoró las cosas. Habiendo estallado la guerra entre romanos y macedonios, la Liga Aquea creyó observar una sabia política manteniendo una neutralidad benévola hacia Roma. Era el peor partido que se podía elegir si se quería salvar la independencia. De este modo, los políticos de la Liga hicieron posible que los romanos batieran uno tras otro a sus adversarios: primero a los macedonios y después a los aqueos.

La victoria de los romanos en Pidna (168) determinó la crisis de la Liga: el partido filorromano, queriendo gobernar con el apoyo de Roma, aprovechó la ocasión para deshacerse de sus adversarios políticos internos. Y el jefe de este partido fue tan vil que reunió una lista de mil de éstos y los denunció, sin ninguna prueba seria, como enemigos de Roma, bajo la acusación de mantener tratos secretos con Perseo. Los mil aqueos fueron llamados a Roma para justificarse. Los romanos tenían demasiado sentido jurídico para llevar a cabo un proceso que no tenía ninguna base legal, pero también demasiado sentido político para dejarlos en libertad: confinaron a los acusados en varias ciudades de Italia.

Uno de estos mil aqueos era Polibio, y tal acontecimiento doloroso acabó siendo el más importante y afortunado de su vida. Sin él, Polibio hubiera sido un mediocre político aqueo, agriado por odios locales; gracias a este suceso pudo comprender la grandeza de Roma y convertirse en el historiador de aquella grandeza. Había conocido en Megalópolis a Paulo Emilio, el vencedor de Pidna; fue acogido en su casa como maestro de sus hijos Fabio Máximo y Escipión Emiliano, y por intercesión de éstos pudo obtener la merced de permanecer en Roma bajo vigilancia del pretor urbano. En los diecisiete años que Polibio pasó en Roma conoció a los personajes más importantes del momento. La casa de Escipión, en la que conoció, entre otros, a Panecio, era el mejor observatorio político que pudiera desearse.

La antigua antipatía hacia Roma se convirtió poco a poco en simpatía y admiración por aquel gran pueblo que en cincuenta y cuatro años se había convertido en el más poderoso del mundo. Polibio indagó las razones de una fortuna tan rápida, que al principio debió de parecerle misteriosa; estudió la sociedad y la constitución romanas y se dedicó a escribir la historia de aquel período tan rico en acontecimientos. Viajó por el Lacio y por Italia meridional, en parte para consultar documentos. En 151 acompañó a Escipión a España; a su regreso atravesó los Alpes para comprender mejor el histórico paso de Aníbal. Hasta el año 150 no permitió el Senado (que muchas veces se había mostrado desfavorable a este acto) la vuelta a su patria de los aqueos confinados. Polibio regresó a su tierra, pero quedó ligado a Escipión y a Roma. En 149 acompañó, con Panecio, a Escipión en la expedición contra Cartago, y asistió a la toma de la ciudad.

Profundamente convencido de la inexorable fatalidad de la dominación romana, Polibio trató de impedir con sus consejos la guerra de los griegos contra Roma; después, acudió a Grecia luego del saqueo de Corinto, y vio a los soldados romanos jugar a dados sobre los cuadros de los más famosos pintores griegos. Se esforzó por todos los modos posibles en aliviar la suerte de los vencidos; enviado a regular la administración de las ciudades del Peloponeso, pacificó los ánimos y los indujo a la resignación. No acompañó a Escipión en su viaje a Oriente en 140, pero sí en 134 en su expedición contra Numancia, y escribió una monografía sobre aquella guerra. Los últimos años fueron tristes: Polibio estuvo presente en el tribunado y en el asesinato de Tiberio Graco, después en la misteriosa muerte de Escipión, y vio en los movimientos populares una terrible amenaza a aquella constitución que era, para él, garantía indispensable del dominio de Roma.

Las Historias de Polibio

Autor de algunas obras hoy perdidas (una Vida de Filopémenes, La guerra de Numancia y un Tratado de táctica), Polibio está considerado con justicia el padre de la historia en su concepción moderna y científica gracias a una obra monumental: las Historias. Compuesta por cuarenta libros (de los que se conservan solamente los cinco primeros, junto con resúmenes y fragmentos de los restantes, aparte de testimonios indirectos), la obra abarca los acontecimientos históricos desarrollados en el período que media entre el año 264-263 hasta el 146 a. de C. (caída de Corinto), es decir, aquel azaroso e importantísimo período que vio afirmarse a Roma como "caput mundi". En realidad, el tema central de la obra es el período 220-168, cincuenta y cuatro años en el transcurso de los cuales Roma sometió a todo el mundo conocido.

Polibio debe a su educación helénica y a su experiencia política la posibilidad de haber asumido una posición crítica tan nítida e imparcial que le permitió legar a la posteridad la más perfecta de las síntesis históricas, elevándose sobre la vacuidad de los historiadores de su época, a los cuales se opuso decididamente. La oposición consiste en haber escrito una historia que él mismo denomina "pragmática", es decir, dirigida al conocimiento preciso y técnico de cuanto es verdadero asunto del historiador: la guerra y política, la interpretación militar y diplomática por parte de quien fue hombre de armas y sagacísimo diplomático. La experiencia práctica es la verdadera base, y a ella solamente debe recurrir quien estudie el período en que vive. Y, en efecto, constantemente sentimos la presencia de un crítico competente por experiencia personal, a la vez que culto, agudo, siempre consciente, geógrafo preciso (recorrió el itinerario de Aníbal a través de los Alpes, la Libia y las Galias), atento a la selección de las fuentes, imparcial y ponderado.

A una exigencia de investigación tan precisa había de responder necesariamente una adecuada interpretación de los fenómenos históricos. La utilidad de la historia estriba sólo en el descubrimiento de las causas que determinan los acontecimientos y sus concatenaciones; éstas tienen un valor absoluto, fuera de toda contingencia, y pueden aplicarse tanto al pasado como al futuro: la causa ("aitía") es el objeto de la investigación; la "justificación" ("profasis") y el "principio" ("arjé") no son sino coincidencias fortuitas. Es por ello que los dioses quedan desterrados de los acontecimientos humanos; la religión tiene una función estrictamente social, que consiste en mantener sumisa a las leyes morales de los antepasados la masa del pueblo inculto ("deisidaimonia"). Si algo existe es la fortuna ("tijé"), que parece regir la casualidad de las rectas tangenciales, y si bien se muestra impreciso en este punto, parece que ve en ella un confluir de la historia hacia el poder de Roma, entendida ésta como el bien absoluto de los peripatéticos.

A los hombres les queda su esfera de actividad, subordinada a los acontecimientos: Amílcar es la primera causa de la guerra púnica, Aníbal y los dos Escipiones imprimieron al mundo determinados giros; pero el historiador, que fue hombre político, deja bien establecido que detrás de los hombres se hallan los pueblos, con sus costumbres, sus leyes sacrosantas y su forma de gobierno. Del individuo pasa Polibio al análisis del Estado (Libro VI) como organismo, y estudia sus leyes y las fuerzas que lo componen, el origen de las instituciones y su función político-social como factor histórico de primera importancia: "La causa determinante del éxito o el fracaso de un Estado es su forma de gobierno. Ésta es la fuente de todas las ideas y de todos los actos que dan origen a sus empresas, y ésta es la que determina su fin" (VI, 1, 3).

El Estado es un organismo y, como tal, se halla sujeto a una evolución que terminará, tras una plena madurez, en una decadencia fatal: es la ley inflexible de la "anakyklosis" o "ciclo" bajo la cual describe la terrible tragedia de Grecia y Cartago, que, ya en el declive, fueron necesariamente empujadas por la curva ascensional del Estado romano. Y a esta ley histórica no escapará ni la república romana, tan pronto como la evolución haya hecho girar el ciclo de las instituciones y del gobierno. En cambio, a los pueblos les quedará eternamente la grandeza moral del pasado, superior, en todos los aspectos, a la potencia efímera del presente.

Polibio fue el único griego que supo comprender la grandeza de la república romana, y a él le correspondió, como desterrado diplomático y huésped del enemigo, indicar la maravillosa potencia de la máquina política de su tiempo a los romanos mismos y, sobre todo, a aquel Escipión Emiliano que fue su amigo y discípulo. Como Tucídides, no tuvo imitadores. A él se debe el haber legado a la posteridad, revivido y comentado, el recuerdo de la gran lucha mantenida entre Roma y Cartago, y el haber establecido que el arte política, entendida a la manera griega, es la base de la historia de los hombres y de su cultura, sea en el instante en que es vivida, sea frente al juicio de la posteridad.