Conde de Volney

(Constantin François de Chasseboeuf, conde de Volney; Craon, Anjou, 1757 - París, 1820) Escritor francés. Fue amigo de Cabanis y de Destutt de Tracy y, en su obra, el heredero del racionalismo de Helvétius y de Condorcet. Después de estudiar derecho y medicina, viajó por el Líbano, Egipto y Siria, viaje que relató en Viaje por Egipto y Siria (1787). Representante por el Tercer Estado y secretario de la Asamblea (1790), es autor de Las ruinas de Palmira o Meditaciones sobre las revoluciones de los imperios (1791), su obra más famosa, en la que proclama un deísmo tolerante, la libertad y la igualdad. Napoleón le otorgó el título de conde, y durante el reinado de Luis XVIII fue senador y miembro de la Cámara de los Pares, aunque siguió defendiendo ideas liberales. Entre sus obras de erudición destacan una Cronología de Herodoto (1809), Nuevas investigaciones sobre historia antigua (1814) y diversos trabajos sobre el hebreo.


Constantin Chasseboeuf, conde de Volney

Constantin François de Chasseboeuf había llegado en 1774 a la capital para dedicarse al estudio de las leyes, cosa que no le agradó mucho; luego se inclinó por la medicina, en la que tampoco halló satisfacciones. En 1782, ya en posesión de la herencia materna, viajó a Oriente y aprendió el árabe; a la vuelta se dio a conocer con la publicación de Viaje por Egipto y Siria (1787). El año siguiente apareció un estudio de actualidad política, Consideraciones sobre la guerra entre los turcos y los rusos. Sus intentos de aclimatación de la caña de azúcar y del café le valieron el nombramiento de Director de la Agricultura y el Comercio en Córcega.

La Revolución Francesa, sin embargo, lo atrajo a París. Elegido miembro de los Estados Generales como representante del Tercero, defensor de las libertades públicas, adversario del clero y secretario de la Asamblea en 1790, Volney continuó escribiendo, y en 1791 publicó la más importante de sus obras: Las ruinas. Volvió a Córcega para llevar allí a la práctica sus proyectos; no obstante, esta vez se lo impidió Paoli, y hubo de contentarse editando un Précis de l'état de la Corse (1793).

Volney apoyaba las nuevas ideas (La loi naturelle ou Catéchisme du citoyen français, 1793), pero, acusado de simpatías con los monárquicos, fue encarcelado en el curso del Terror; lo salvó el 9 termidor (1794). Ocupó la cátedra de Historia de la École Normale Supérieure, se dedicó a la lingüística (Simplification des langues orientales, 1795), y luego marchó a América, donde permaneció tres años (Tableau du climat et du sol des États-Unis, 1803).

Al regreso aceptó de Napoleón un puesto en el Senado y, pese a que se había opuesto junto con otros ideólogos al emperador, recibió de Napoleón el nombramiento de conde del Imperio. En adelante, sin embargo, el conde de Volney prefirió alejarse de la vida política y continuar los estudios históricos (Cronología de Herodoto, 1809; Nuevas investigaciones sobre historia antigua, 1814) y lingüísticos (El hebreo simplificado, 1820; El alfabeto europeo aplicado a las lenguas asiáticas, 1819). Luis XVIII lo nombró par.

La obra más destacada del conde de Volney fue también uno de los libros más leídos en la Europa de la Revolución Francesa: Las ruinas (1791), cuyo título completo es Las ruinas de Palmira o Meditaciones sobre las revoluciones de los imperios. Es una especie de novela didáctica que entremezcla disquisiciones filosóficas con descripciones de viajes y trozos líricos con animadas polémicas sobre las costumbres. La obra se inicia con una "Invocación" a las ruinas: las tumbas son el gran espectáculo de la sabiduría humana. El orgullo y la fuerza se doblegan ante la voluntad de la fatalidad; nada resiste a los siglos, y la injusticia cae frente al triunfo cada vez más decisivo del progreso humano. Las tumbas señalan la verdadera igualdad social, y muestran en la libertad humana el más firme principio de bienestar.

Después de este preámbulo, a tono con los ideales afirmados en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, Volney inicia la descripción de un viaje suyo por regiones que vieron un tiempo los prósperos reinos de Egipto y Siria. Contemplando la antigua civilización de cuyo seno surgen poderosas castas militares y muchedumbre de soñadores religiosos, el autor medita acerca de los destinos humanos y comprende que su vida de filósofo debe ponerse a tono con las enseñanzas que la historia le sugiere a cada paso.

Prosiguiendo su camino, ve surgir de pronto ante sí un fantasma: es el Genio de las tumbas y de las ruinas, por cuya palabra profética se entera de la importancia que tiene en la historia humana el arte de gobernar. Por esta revelación el autor se siente inclinado a considerar los males de la sociedad que se derivan del eterno contraste entre las artimañas de los políticos y las verdaderas necesidades de los pueblos; los antiguos eran felices cuando participaban en la vida común, en el entusiasmo de la conquista o en la embriaguez de una nueva religión. Pero la soberbia de los reyes y de los jefes y la desigualdad social llevaron inevitablemente a la ruina, porque las élites no quisieron hombres libres que participasen en el poder y en la ley.

Entrelazando agudas consideraciones filosóficas y sociales con varias narraciones de viaje, el autor, por boca de un sabio que ha encontrado por el camino, indaga acerca del origen y la idea de toda religión, mostrando en el hombre la innata exigencia de adorar a un ser supremo, en su valor simbólico e ideal (por otra parte, son un tanto extravagantes sus consideraciones acerca del Cristianismo, entendido como culto alegórico al sol). Todas las religiones afirman por esto, según Volney, la identidad de su misión en un sentimiento de misterio y de adoración hacia un poder sobrenatural. Estas afirmaciones muestran la peculiaridad de la obra, que halló al publicarse terreno abonado tanto por sus ideas igualitarias como por sus ideas religiosas, las cuales tienden a un deísmo polémico que resultaría muy fecundo en la formación política del siglo XIX.