Julián L. Acosta

[Por Osvaldo A. Pérez, colaborador de la sección Especiales]

Allá por 1968 el famoso investigador argentino y premio Nobel, Dr. Bernardo Houssay, le escribió a uno de los hijos del veterinario Dr. Julián Acosta este breve elogio: "el Chaco y Corrientes deben honrar la memoria de su padre, que tanto contribuyó al adelanto científico de esas regiones. Fue un investigador, un docente y un líder".

Cabe pues preguntarse quién fue este singular hombre a quien dos provincias debían gratitud según el autorizado juicio de una eminencia de la ciencia argentina. No muchos recuerdan la trayectoria de Julián Loreto Acosta, nacido en La Paz, Entre Ríos, un ya muy lejano 10 de diciembre de 1884. Cursó la escuela primaria en su pueblo y de allí pasó a la Escuela Normal Rural "Juan Bautista Alberdi", donde se recibió de maestro. Como tal ejerció en escuelas de la Patagonia y Misiones y, decidido a emprender estudios superiores, se trasladó a Buenos Aires, donde dictó clases en las escuelas "Presidente Roca" y "Miguel de Azcuénaga" de la Capital Federal. Fue entonces cuando se inscribió en la carrera de veterinaria y en 1912 egresó con su diploma de la Facultad de Agronomía y Veterinaria de Buenos Aires.

Apenas recibido comenzó a trabajar como Veterinario Inspector de Carnes en los Mataderos de Liniers y después pasó a desempeñarse como Inspector Técnico de Fábricas Pasteurizadoras de Leche de Buenos Aires. También cumplió tareas como Técnico de la División de Policía Sanitaria de la Dirección de Ganadería del Ministerio de Agricultura, siendo Veterinario Subinspector de Zona. Actuando en esta función fue enviado al sur del país a estudiar una enfermedad de etiología desconocida que afectaba a los herbívoros. Allí demostró que era producida por una intoxicación a causa de la ingestión de una gramínea y esto le permitió elaborar su tesis doctoral titulada "El Huecú o Huaicú".

En 1916 se alejó de los cargos oficiales y se dedicó a organizar los servicios veterinarios de la Compañía de Tierras, Maderas y Ferrocarriles "La Forestal Ltda." en sus establecimientos del norte del país. Allí instaló un Laboratorio destinado a investigar las enfermedades tropicales del ganado, particularmente la Tristeza bovina y el Mal de Caderas equino.

Realizó una notable carrera dentro de esta compañía llegando a ser Gerente de la Estancia "La Aurora" en Colonia Basail (Chaco), pero hacia 1925 decidió retomar su querida carrera como funcionario publico y se reincorporó a la Dirección de Ganadería, ahora como Veterinario Regional.

En ese año fue nombrado Profesor Titular de Enfermedades Parasitarias en la Facultad de Agricultura, Ganadería e Industrias Afines de la Universidad Nacional del Litoral, con sede en Corrientes. Más tarde llegaría ser decano de esta casa.

El 8 de octubre de 1928 se creó por decreto (firmado por el Presidente Alvear y el ministro Mihura) el Laboratorio Regional del Norte, que tenía asiento en Colonia Benítez, Chaco. Dependía de la Dirección de Laboratorios e Investigaciones Agrícola-Ganaderas. El Dr. Julián L. Acosta fue nombrado Jefe del Laboratorio con un sueldo mensual de 800 pesos.


El doctor Julián L. Acosta

Allí el Dr. Acosta demostró en 1929 la naturaleza infecciosa y su reproducción en diversas especies de la Rabia Paresiante. También elaboró la vacuna antirrábica que fuera aplicada a centenares de miles de cabezas vacunas. Para lograr la vacuna se utilizaban equinos viejos, provenientes de descartes de estancias correntinas y chaqueñas. Semanalmente eran inyectados diez a doce caballos viejos que a los quince días mostraban síntomas de enfermedad. Una vez sacrificados se les extraía el cerebro, cerebelo, bulbo y parte de la médula ósea. El material se desmenuzaba poniéndolo en frascos de vidrio con bolitas, de las mismas que usaban los niños para sus juegos. Esto se llevaba a un agitador y allí era triturado el material orgánico.

Trabajando en el Mal de Caderas de los Caballos logró la infección experimental del murciélago hematófago Desmodus Rotundus Rotundus con tripanosoma equinum y la transmisión del Mal de Caderas por su mordedura.

Pero más allá de su notable labor científica, Julián Acosta fue un caballero en todo el sentido de la palabra, que predicó los más altos valores humanos con su ejemplo de vida. Honesto a carta cabal, inculcó en sus hijos la honradez aún con actitudes tan sencillas como nunca haberles permitido siquiera usar una hoja de papel de los distintos laboratorios o dependencias en que trabajó. En las estancias que visitaba se conducía con los peones en un plano de igualdad basado en el respeto mutuo.

En cierta ocasión el dueño de un importante laboratorio de específicos veterinarios fue especialmente al Chaco y lo citó en el viejo Hotel Savoy, frente al ex cine Marconi. Allí le hizo una importante oferta por su vacuna contra la rabia paresiante. El ofrecimiento incluía una cifra de dinero por cada dosis vendida, por lo que Acosta no habría tenido problemas económicos por el resto de sus días de sólo aceptar lo que se le ponía ante sus ojos. La respuesta no se hizo esperar, aunque su contenido no fue el que hoy supondríamos previsible: "Mire Doctor R..., esta vacuna ha sido elaborada por un profesional pagado por el Estado, que ha utilizado material y bienes del Estado. Esta vacuna es por lo tanto del Estado y si usted quiere comercializarla vaya a Buenos Aires, hable con el ministro y cómprela.

“Yo - enfatizó - por razones morales no se la puedo vender".

Como los grandes científicos de aquellos tiempos no tuvo problemas en experimentar con su propio cuerpo, y en ocasión de que un trozo de cráneo de un caballo enfermo se le incrustó en una mejilla, y al no saberse en la época si la enfermedad era transmisible al humano, por precaución decidió inyectarse su propia vacuna. El encargado de aplicársela durante más de un mes fue su propio hijo Julio Florencio.

Además de los cargos ya mencionados, Acosta fue el primer Director del Instituto Nacional de Fiebre Aftosa, cargo que ocupó en 1941; también el primer presidente de la Sociedad de Estudios Científicos del Gran Chaco; fue miembro de la Sociedad Rural, del Ateneo del Chaco y de otras instituciones regionales.

Anecdóticamente recordemos que en sus años de estudiantina había conocido a Angela Jovita Romaña, hermana de su compañero de facultad (y más tarde colega) Luis Cirilo y del reconocido médico investigador Cecilio Fénix Romaña, a quien hoy todavía recordamos gracias a sus investigaciones sobre el mal de Chagas. Con ella se casó y tuvo cinco hijos.

Julián Acosta, cuyo documento lo definía físicamente como de apenas 1 metro 65 centímetros de estatura, cutis blanco y barba afeitada, falleció el 7 de julio de 1941 a consecuencia de un mieloma múltiple. Un año antes había comenzado a sufrir dolores generalizados y consultó a su amigo Houssay, quien lo derivó al Dr. Del Castillo. Este le realizó una biopsia de médula en el esternón y le diagnosticó la neoplasia.

Padeció con estoicismo los penosos sufrimientos que le ocasionó una enfermedad que tomó todo su cuerpo, y hasta tuvo la grandeza científica de comprar un libro sobre enfermedades de la sangre y escribir las correcciones al margen según iba notando diferencias en la sintomatología y el tratamiento descritos y lo que vivía en carne propia.

Apenas había comenzado a desplegar su fecunda actividad al frente del Instituto Nacional de Fiebre Aftosa cuando el destino puso fin a la que hubiera sido una brillante carrera. Sin embargo, todo lo que había hasta entonces realizado en beneficio del país y de la ciencia nunca fue olvidado, ni por Houssay ni por quienes fueron legatarios de su sabiduría. Como reconocimiento a su obra en 1942 se le concedió en forma póstuma el Premio Regional de Ciencias (Litoral) por la Comisión Nacional de Cultura.

Años después se impuso su nombre a la escuela N º 8 de Puerto Bastiani en el Chaco, participando del acto conmemoratorio el Colegio Profesional de Médicos Veterinarios y sus hijos.