Nicolás Barré

[Por Antonio Gascón Ricao, colaborador de la sección Especiales]

Introducción

De intentar caracterizar, de forma muy simple, la Contrarreforma, en respuesta a la anterior reforma protestante, a cargo del alemán Martín Lutero (1483-1546), dicha contrarreforma tuvo su expresión doctrinal en el más largo concilio de la Historia, el de Trento (1545-1563).

Concilio aquel que no se agotó, precisamente, con el tremebundo y sangriento espectáculo que representaron durante siglos los autos de fe, o con el nuevo espíritu que llevó sucesivamente a papas, cardenales y congregaciones religiosas a tener que patrocinar el arte barroco, pagado siempre con el dinero de los feligreses, pero con las miras puestas en la consolidación de la fe, al proclamarse con él la gloria de la Iglesia católica, mediante la vívida representación de temas sagrados y visiones beatíficas.

Dentro de aquella misma contrarreforma, cabe destacar e incluir, qué menos, la preocupación de la propia Iglesia por la formación del clero y la enseñanza en general, de modo asociado, por el interés particular de formar, como fuera, pero solidamente, a los maestros en la vida cristiana, formación a última hora encaminada a la ideológica de sus futuros alumnos.

Será aquella misma preocupación religiosa, secundada por diversas disposiciones sinodales y provinciales, y por el celo, casi místico, de figuras tales como Felipe Neri (1515-1595), Carlos Borromeo (1538-1584), José de Calasanz (1557-1648) o Vicente de Paúl (1581-1660), la que hizo revivir la antigua tradición de las escuelas rurales, en la mayoría de los casos, a cargo de voluntariosos pero ignorantes párrocos locales.

De aquel modo fueron surgiendo infinidad de congregaciones, que adscritas todas ellas al ámbito eclesiástico, se lanzaron a educar y formar a la juventud, supliendo, de forma muy interesada, dado su objetivo final, la abandonada educación del pueblo llano, formación y educación del pueblo totalmente abandonada, en el ámbito civil y por otros motivos distintos, por las dinastías europeas reinantes.

Entre otras muchas de aquellas congregaciones, a destacar, la de los Somascos, fundada en una aldea de Milán por Jerónimo Emiliani (1486-1537), encaminada a la educación de los huérfanos; la de las hermanas Ursulinas, establecida por Ángela de Merici (1474-1540); la de las Canonesas de Nuestra Señora, a cargo de Pedro Fourier (1565-1640), la de las Jesuitinas (“señoritas inglesas”), dirigida por la anglosajona Mary Ward (1585-1645), las tres últimas dedicadas a la instrucción de niñas y el apostolado, o la Congregación Paulina de Nuestra señora de la Escuela Pía, creada por el aragonés José de Calasanz (1557-1648), a quien sin duda corresponde el honor de la precedencia en la organización de la escuela primaria gratuita.

Celo pedagógico de aquellos personajes que con el tiempo se vio recompensado, ya que todos ellos alcanzarán, de un modo u otro, la santidad, bendecida por Roma, con la única excepción de la inglesa Mary Ward.

Tal era el marco en que se encuadró la vida y la obra del francés Nicolás Barré, a quien antes que Nicolás Roland (1642-1678) y Carlos Demia (1637-1689), o de Juan Bautista de La Salle (1651-1719), cabe el honroso mérito en el ámbito católico, además de la fundación de las primeras escuelas normales, y de la difusión dada a la instrucción elemental entre pueblo llano, la de haber prescrito una pedagogía racional, con la eliminación de los elementos tradicionales superfluos, como fue la adopción de la lengua materna como lengua vehicular en lugar del latín, lengua clásica que se venía utilizando, contra viento y marea, en todos los niveles de la enseñanza, incluida la primaria. Una pedagogía, en suma, que hoy y sin menoscabo alguno se puede calificar de moderna.

Primeros años y juventud

En Amiens, capital del Somme (Picardía), y dentro del seno de una familia acomodada de comerciantes, compuesta por Luis Barré y Antonia Pellé, el 21 de octubre de 1621 nació Nicolás Barré, niño que recibió la aguas bautismales en la iglesia de San Germán el 17 de diciembre siguiente. En los años sucesivos, a aquel varón siguieron cuatro hermanas más: Caterina, Luisa, Francisca y María. Con los años, Luisa, siguiendo la estela de su hermano mayor, acabaría siendo monja mínima en el monasterio de Abbeville.

Momento histórico del nacimiento de Barré, en que con veinte años de edad estaba reinando en Francia Luis XIII, hijo del tolerante Enrique IV, asesinado once años antes, y de María de Médicis, “una criatura estúpida, obstinada y sin corazón”, en opinión de Aldous Huxley.

Y si bien aquellos tiempos eran turbulentos, a causa de las sediciones de la nobleza, de las intrigas cortesanas, de las cruzadas locales contra los hugonotes, Amiens no se vio directamente afectada, dando lugar a que el pequeño y después joven Nicolás pudiera desarrollar las dotes con que se vio favorecido, y por tanto en medio más propicio que el que tuvieron que afrontar muchos de sus contemporáneos, al verse Francia involucrada en la Guerra de los Treinta años, en concreto, desde 1636 a 1648.

De ahí, pues, que en sus primeros años escolares asistiera como alumno externo al colegio de San Nicolás, que regentaba la Compañía de Jesús. Cursando en él tres años de gramática, uno de humanidades, dos de filosofía y dos de teología, y descollando pronto por sus razonadas disertaciones sobre los temas de estudio.

Barré, curiosamente muy aplicado en las ciencias especulativas y en letras, al parecer contaba con una especial habilidad para la mecánica, que no pudo desarrollar, ya que la enseñanza de la tecnología y, por supuesto, el trabajo manual, brillaban por su ausencia de cualquier área educativa de su época.

Concluidos los estudios y sintiendo la llamada de la fe, tomó la decisión de ingresar en la vida religiosa. En su populosa ciudad, importante centro textil, tenía donde elegir, ya que había jesuitas, agustinos, oratorianos, y así hasta casi veinte congregaciones distintas.

Pero a Barré le atraía la espiritualidad franciscana, y el régimen de vida mortificado de la orden que fundara Francisco de Paula y, tal vez en octubre de 1640, con apenas diecinueve años, o más bien poco después, a fines de enero del año siguiente, puesto que profesó con toda seguridad el 31 de enero de 1642, y de que las reglas y los usos de la orden establecían un año de noviciado y no más, tomó el hábito de la Orden de los Mínimos.


Nicolás Barré

Aquella elección precisa de Barré por la Orden de lo mínimos habrá que buscarla tal vez en la posible influencia ejercida por su tío Françoise, fraile mínimo, personaje que falleció cuando él contaba ocho años, y de quien frecuentemente había oído hablar a su familia con admiración al respecto de su vida penitente y entregada.

Hecha la profesión en el convento parisino de Nigeon, Barré fue trasladado al de Vincennes, situado en la misma ciudad, donde acabó de completar sus estudios eclesiásticos. En febrero de 1643 recibió el subdiaconado, siendo trasladado de nuevo en septiembre, muerto ya el rey que dejaba un hijo de cinco años, el futuro Rey Sol, bajo la regencia de Ana de Austria, a otro convento de París, el de la Plaza Real (hoy “des Vosges”), edificado en los vastos jardines del antiguo palacio de Tornuelles, donde en febrero de 1644 recibió el diaconado.

Profesor y bibliotecario

Siendo simple diácono, sus superiores le asignaron, derogando en beneficio de Barré la norma general, su primera labor docente como profesor de filosofía, materia que impartió durante varios años a un alumnado compuesto por jóvenes clérigos de su convento.

Investido del sacerdocio en 1646, y en paralelo a su docencia filosófica, fue nombrado predicador y confesor de seglares, siéndole asimismo asignada la cátedra de teología escolástica y mística en la que demostró, al decir de sus biógrafos, mantenerse a ortodoxa y prudente distancia tanto del jansenismo, con su concepto en extremo rígido de la moral y sus tesis de la predestinación, como de la espiritualidad color de rosa del quietismo, las dos corrientes heterodoxas más comunes y con más predicamento de la época.

En 1649, con el país sumido en una situación muy semejante a la de una guerra civil (rebelión de la Fronda, 1648-1652), provocada por el choque de las medidas absolutistas del cardenal Mazarino, encargado del gobierno en razón de la minoría de edad de Luis XIV, con los intereses de una parte de la alta aristocracia y de la nobleza de funcionarios, Barré se inscribió en la “Asociación de la plegaria para pedir a Dios dignos maestros y maestras”.

Aquella institución, fundada por el presbítero Adriano Bourdoise (1584-1655), paúl de religión y fundador del seminario de San Nicolás de Chardonnet, tenía como fin implorar la inspiración divina que debería mover a los educadores a trabajar “con espíritu apostólico y no como mercenarios, como si fuese un oficio cualquiera, inventado para ganarse el pan.” Iniciativa que en el fondo viene a demostrar la idea que en aquel tiempo se tenía respecto al tema de la enseñanza, y muy en particular sobre el papel que deberían jugar los maestros.

En noviembre de 1653, junto con Hilarión de Coste (1595-1661), autor de numerosas obras, entre otras Les Eloges que alcanzará varias ediciones, Barré fue nombrado bibliotecario del convento de la Plaza Real, al que además de la destacada participación de algunos de sus miembros en la vida artística e intelectual de la época, que alcanzaba en aquel momento brillantes cotas y que contaba ya con instituciones de prestigio como la Academia Real de Pintura y Escultura, también prestaba merecido renombre uno de ellos, fallecido cinco años antes, el filósofo Marín Mersenne (1588-1648), y a quien la física debe aportaciones originales en el campo de la mecánica y la acústica, por otra parte, amigo de Descartes y de Tomás Hobbes (1588-1679), el último divulgador de la obra de Galileo, cuyo proceso por el Santo Oficio todavía no estaba muy lejano en el tiempo.

La biblioteca de la que Barré se hizo cargo junto con De Coste era una de las más reputadas de París, dado que contaba, en 1656 y cuando el mínimo fue trasladado a ella, con un suntuoso fondo de más de 25.000 volúmenes y 600 manuscritos. Manuscritos, por cierto, de los que tras la vorágine de la Revolución sólo se conservarán 74, en la actualidad acogidos en la Biblioteca Nacional, pero ninguno de Barré.

La orden de partida de Barré a Amiens, en septiembre de aquel mismo año, no obedeció a más causa que la de su lamentable estado de salud, francamente malo a consecuencia del mucho trabajo que tenía que hacer compatible con las largas horas de oración, los ayunos y las penitencias. De ahí el pensamiento que escribirá unos años más tarde, afirmando que: “sufrir es la señal de nuestra predestinación y la inscripción de nuestro nombre en el libro de la vida”.

Tras una temporada de reposo y estando al cuidado de la sacristía del convento de su ciudad natal, en 1659 fue elegido superior del convento de Péronne, localidad cercana y lugar donde se había firmado años antes, concretamente en 1641, el famoso pacto entre representantes catalanes y Luis XIII por el que éste se comprometía a defender Cataluña de las tropas de Felipe IV. Sin embargo, por causas hoy desconocidas, aquella elección de Barré no se vio confirmada por el Capítulo conventual. Tal vez por ello, Barré pasó poco después a residir en la ciudad portuaria de Rouen.

Estado de la educación en Francia

La enseñanza, mediado el denominado Grand Siècle, era en general un privilegio de las clases pudientes, las únicas que por su economía se podían permitir el lujo de recurrir a los servicios de un maestro particular para la primera instrucción de sus hijos y mandarlos después a los colegios. Colegios que por otra aparte se resentían ante la falta de buenos preceptores y de unos métodos pedagógicos con un mínimo de coherencia.

A todo esto, hoy en día no resulta difícil evocar la imagen de uno de aquellos colegios, con un centenar o más de alumnos apretujados y hacinados sobre simples bancos, sin distinción de edad ni de nivel de estudios y en una misma aula. Del maestro llamando ahora a uno a la silla para enseñarle a calcular y acto seguido a otro para tomarle su primera lección de gramática… latina, mientras los demás, en espera de su turno que a veces tardaba días en llegar, y que abandonados a sí mismos, invertían el tiempo cada uno a su manera, y donde ni el uso indiscriminado del puntero o del látigo, al que se recurría con harta frecuencia, a buen seguro bastaría para frenar el bullicio que debería reinar en aquella caótica asamblea, y en aquel caso, la de los supuestos privilegiados.

En cuanto a las clases populares, y en especial las campesinas, marginadas desde siempre de la educación y reducidas en gran parte a la miseria a causa de las rentas señoriales, los diezmos eclesiásticos y las contribuciones reales, cada vez más gravosas, no puede decirse que unas pocas escuelas, en su caso, de caridad, y según el caso, asilares o parroquiales, resolviesen ni de lejos su desamparo en todo la que hacía referencia a la más mínima y elemental educación.

Y si bien algunos intentos particulares aislados estaban tratando de paliar el problema, mediante clases mixtas, compuestas al alimón, por niños y niñas, a que solía recurrirse dada la escasez de personal cualificado, daba lugar a que sobre ellas pesara la continua amenaza de clausura por parte de las autoridades, tanto locales como eclesiásticas, ante lo que podía ser considerado, legalmente y en la época, como un delito de promiscuidad.

Promiscuidad que a su vez daba lugar a algún que otro escándalo público que la buena sociedad de la época, con sus hijas asentadas como pupilas en casa de preceptores y párrocos, estimaba intolerable. Por ello, entre las ventajas políticas que reportaría a Francia el establecimiento de la Inquisición, escribió en una de sus cartas Honorato de Balzac, astro de la sociedad literaria Rambouillet, estaría la de impedir “que el vicio ofendiera los ojos del pueblo […] y que las faltas de los maestros fueran tan públicas como las de los magistrados y generales”.

En Rouen, donde se encontraba Barré, la situación no era en absoluto excepcional, puesto que existía la escuela de las ursulinas, para las alumnas de pago, y unas pocas particulares, en su caso mixtas pese a la prohibición en tal sentido, junto con la escuela del orfanato, y aquello era todo lo que había y completaba el triste panorama educativo local.

Fue por ello que el mínimo Barré, en quien la inquietud del momento por la educación popular, y ante todo y sobre todo por la enseñanza religiosa, e influido muy posiblemente por la corriente dominante de determinados pensadores, según la cual la pobreza y la ociosidad parecían caminar siempre de la mano, dando lugar a la mendicidad y a la delincuencia, soñaba con la creación de un Instituto mixto o bien de dos, que sometidos a la misma disciplina, deberían atender a la formación tanto didáctica como religiosa de los futuros maestros, y que una vez bien capacitados, se deberían diseminar en pequeños grupos por los pueblos, a fin de llevar la educación gratuita hasta el último rincón de Francia: “Hasta las extremidades del mundo -escribirá optimista Barré- si la mayor gloria de Dios lo requiriese”.

Los comienzos, no obstante, como todos los comienzos, fueron muy modestos

Las primeras fundaciones. Doctrina pedagógica.

Resuelto a llevar a cabo aquellos propósitos, Barré emprendió una campaña desde el púlpito encaminada a reunir los fondos precisos que le tendrían que permitir dar los primeros pasos. Ahora bien, cabe señalar que ni siquiera cuando contaba con unos mínimos ingresos asegurados, resultó atrayente su oferta a los posibles y futuros maestros, al exigir personal con una sólida formación religiosa, y decidido ánimo para enrolarse en una aventura ingrata, dado que el magisterio no reportaba en la época, evidentemente, ningún tipo de prestigio social.

De hecho, ningún varón respondió a su convocatoria. Sí, en cambio, dos mujeres: Francisca Duval y Margarita Lestoq, quienes en Sotteville, pueblecito situado a pocos kilómetros al sur de Rouen, y con la decisiva colaboración del párroco local, Antonio de la Haye, iniciaron a fines de 1662 lo que se puede calificar de experiencia piloto. Se trataba sólo de un ensayo, desde luego, pero un ensayo que al final se vio coronado por el éxito.

Animado ante los resultados, y con otras nuevas maestras, Barré pronto abrió una nueva escuela en una propiedad cedida por Mne. de Granville en el centro mismo de Rouen, a la que siguieron tres más repartidas por distintos lugares de la ciudad, en todos los casos para las niñas. Fue entonces cuando Barré decidió promover una nueva modalidad de enseñanza catequística, que se debería impartir los domingos y los días festivos, pero en el mismo lugar donde se daban las clases a diario, germen de las que un tiempo después se denominarán “escuelas dominicales”.

Pero lejos de limitarse a toda aquella labor práctica, aún en mantillas, Barré fue dando cuerpo a una teoría pedagógica, que si no nueva en todos sus aspectos, tenía una clara modernidad de espíritu, de la que tal vez quepa destacar la gratuidad de la enseñanza, el abandono de la enseñanza individualizada por el de la instrucción simultánea y graduada por edades, unido a la limitación del número de alumnos por aula: “A un solo maestro no se le podrá confiar más que unos setenta alumnos, a lo sumo ochenta”, proscribiendo que se diera la educación primaria en latín, lengua vehicular que substituyó por la lengua nacional: el francés.

Unido a lo anterior, Barré también dio gran importancia a los registros de ingreso, en los cuales se debería anotar, de forma meticulosa, “los nombres y apellidos de las niñas, profesión del padre y de la madre, domicilio… Si tiene alguna enfermedad que la obligue a faltar a escuela… (y) la fecha de salida y otros datos que se juzguen necesarios”, dándole también mucha importancia a los mapas murales o a los dibujos que se deberían colgar de forma permanente de las paredes de las aulas.

Pero Barré no se quedó ahí, ya que para la enseñanza de la aritmética ideó la creación de fichas y, para el abecedario, el uso de unas grandes letras móviles con las que se pudieran formar, por yuxtaposición, tanto sílabas como palabras.

Al mismo tiempo, prestó igualmente gran atención al horario, a fin de que los niños no permanecieran ociosos en la escuela, ni tampoco los maestros, a los que impuso “un cargo de conciencia sobre el tiempo que deben emplear en la escuela, mayor que si disipasen los bienes de la casa”, tiempo que reglamentó estrictamente.

De este modo, la entrada debería ser a las ocho, con escritura y recitado de lecciones hasta las diez, y un breve intervalo para canto y desayuno; a las diez, asistencia a misa en la iglesia más próxima, y descanso de mediodía. Por la tarde, vuelta a empezar a la una y media con clase de lectura y escritura y, a las tres, catequesis seguida de trabajo manual hasta las cuatro, hora que se marcó como fin de la jornada, pero con fiesta los jueves y domingos. Como materias de enseñanza general contempló, por último, el lenguaje, la aritmética, la historia, la geografía, el canto y el catecismo.

Primer Instituto

Ante la aceptación popular de su obra, Barré consideró llegada la hora de hacer realidad el proyecto al que venía dando vueltas desde tiempo atrás: la creación de un Instituto en la doble acepción de la palabra. Es decir, un centro de estudios especializados, en este caso una verdadera escuela normalizada encaminada a la formación de maestras, y si no una congregación religiosa, puesto que descartó para ellas la clausura, incompatible a su entender con la libertad de movimientos requerida, y aún los votos, sí una comunidad seglar, con observancia de los votos de obediencia, castidad y pobreza, que debería tener su sede central en la casa de la Providencia de Rouen.

La aceptación de la propuesta por parte de sus maestras fue unánime. Tras ella, el Instituto de la Instrucción Caritativa del Santo Niño Jesús, cuyos miembros se deberían consagrar sin reservas a la instrucción infantil, tanto en las escuelas propias como allí donde fueran, abrió sus puertas en 1666.

Cuatro años después, Barré abrió la primera escuela para niños en Darnétal (Rouen), a la que al parecer siguieron otras tres, también para niños, en la misma ciudad. En 1674, calco del Instituto de maestras, fundó el primer seminario encaminado a la formación de maestros. Iniciativa a la cual no acompañó el éxito, pese al empeño y la íntegra dedicación que en ella puso Barré. El instituto masculino, en efecto, llevó una vida lánguida hasta desaparecer.

A destacar que entre tanto Barré había sido elegido el mínimo superior del convento de Rouen en 1668. Aquel mismo año, el sacerdote Carlos Demia (1637-1689), otro espíritu sensible a la educación popular, y futuro fundador de las Pequeñas Escuelas de Lyon, publicó un folleto que causó un fuerte impacto social: Amonestaciones a las autoridades de Lyon sobre las escuelas, fundando también, en 1672, el convento parisino de Nigeon.

Relación con Nicolás Roland y con Juan Bautista de La Salle

La viabilidad de las experiencias de Barré animó al sacerdote y canónigo teologal de Reims Nicolás Roland (1642-1678), que lo visitó en Rouen en la primavera de 1670 y que de paso visitó sus escuelas, a llevar a cabo una obra similar en su ciudad natal, de lo que resultó la asunción por parte del canónigo y en ese mismo año de la dirección del orfanato de niñas, para cuya escuela solicitó la asistencia de Barré, quien le envió a dos de las mejores maestras de la Providencia: Francisca Duval y su sobrina Ana Le Coeur, pasando ambas a constituir el núcleo fundacional de una nueva comunidad seglar que, a imitación de la de Barré, Roland creó con el nombre de Congregación del Santo Niño Jesús de Reims

Fallecido Roland en la primavera de 1678, en su testamento confiaba la administración de su obra a un diácono, Nicolás Rogier, y a un compañero del cabildo recién ordenado sacerdote, en su caso, un desconocido llamado Juan Bautista de La Salle (1651-1719).

Un año después, Mme. de Maillefer (de soltera Juana Dubois), esposa de un comerciante acaudalado de Rouen, viendo el éxito alcanzados por las escuelas infantiles abiertas en la ciudad por Barré, resolvió otorgar una renta para los maestros que fundaran y se hicieran cargo de una escuela gratuita para niños en Reims, lugar donde ella era oriunda.

Entonces Adrián Nyel (1621-1687), o hermano Adrián, como le gustaba ser llamado, pedagogo laico y responsable de la escuela asilar de Rouen y, además, colaborador de Barré, haciendo suyo el proyecto, visitó en dos ocasiones a la maestra Francisca Duval, con la intención de tantear el terreno.

Duval entonces presentó La Salle a Nyel, al resultar que La Salle también estaba muy interesado en el mismo proyecto. Éste a su vez consiguió interesar a Nicolás Dorigny, párroco de San Mauricio, que aceptó alojar, contra el pago de la renta estipulada, a dos maestros y patrocinar la nueva escuela, que finalmente abrió sus puertas en abril. Dicha escuela resulta ser la misma que los biógrafos de La Salle denominarán: “primera escuela lasaliana” a la cual, merced al celo de Nyel y al dinero y las influencias de La Salle, pronto siguieron otras dos más.

A principios de 1681, de paso por París, el entonces canónigo La Salle efectuó una visita a Barré, de quien por vía de Nyel poseía inmejorables referencias. Barré, aprovechando aquella visita, encareció a La Salle no sólo a proseguir y ampliar la labor que había iniciado, sino a dejar que fuera Dios quien la proveyera y no su previsión mundana: “No funde usted la obra -le exhortó-, si la funda económicamente, se hundirá; si su fundamento es Dios y sólo Dios, subsistirá”; alentándole asimismo a convivir a diario con los maestros.

Consejos que sin embargo a La Salle se le hicieron muy cuesta arriba, y acaso más lo último, circunstancia que noblemente admitiría, al confesar años más tarde: “Yo colocaba por debajo de mi criado a aquellos hombres que tuve que emplear en las escuelas en los comienzos, y sólo el pensar que tendría que vivir con ellos, me resultaba insoportable”. Buena muestra del bajo concepto social que se tenía respecto de los educadores, pues La Salle los colocaba por debajo de los criados.


Juan Bautista de La Salle

De vuelta a Reims, La Salle puso parcialmente en práctica el consejo barresiano, sentando cada día a su mesa a los maestros, en aquel momento, un total de siete. Unos meses después, la proximidad del término del arriendo de la casa en que aquellos residían, movió a la La Salle a tener que replantearse la situación, optando el 24 de junio, al fin, por instalarlos con él y con sus tres hermanos que vivían a sus expensas. Ahora bien, por distintas razones, algunos de aquellos maestros muy pronto lo abandonaron y hasta el mismo Nyel partió, con carácter definitivo, el 1 de enero de 1682.

Después de una copiosa correspondencia intercambiada con Barré y una nueva vista a éste en julio de 1683, decidieron a La Salle, en una serie de compromisos sucesivos, a renunciar a la canonjía, a deshacerse de su patrimonio personal, del que cedió la mitad a sus tres hermanos y la otra mitad a los pobres, procediendo en adelante según los consejos de Barré, con despreocupación respecto a medios y a las formalidades jurídicas y con total abandono en las manos de Dios.

En septiembre de 1684, La Salle y su corto grupo de educadores acabaron por organizarse también en comunidad seglar, con el título de Sociedad de Hermanos de las Escuelas Cristianas, cuyas reglas, al decir del capuchino Henri de Grèzes, en su obra de 1892, La vida de P. Barré: “ofrecen una conformidad perfecta, en el espíritu general y en muchas particularidades, con las Reglas dictadas por el P. Barré para los maestros y maestras de las escuelas caritativas, adoptando todos el mismo habito y asumiendo él la dirección espiritual de los demás”.

Con un flamante seminario de maestros funcionando ya en Reims, para el cual había servido de guía el fundado por Barré para varones diez años antes, La Salle viajó de nuevo a París efectuando la que sería su última visita al mínimo, momento a partir del cual la obra de La Salle no cesará ya de expandirse, abriendo las primeras escuelas en París, pero dos años más tarde del fallecimiento de Barré.

La Salle, de hecho un seguidor en casi todo de Nicolás Barre, fue beatificado en 1888 y canonizado por el Papa León XIII el 24 de mayo de 1900, celebrándose su festividad el 7 de abril. En 1937 sus reliquias fueron trasladadas a Roma, y el 15 de mayo de 1950, el Papa Pío XII lo nombró patrón de los maestros. Suerte inversa a la corrida, tal como veremos, por Barré, al fin y al cabo su padre putativo.

La obra de Barré en París

En 1675, Barré fue llamado por sus superiores al convento parisino de la Plaza Real, donde retomó su antiguo cargo de dirección del estudiantado de filosofía y teología. Desde allí, encomendada previamente la administración del Instituto a uno de sus hermanos en religión, siguió prodigando recomendaciones y vigilando la marcha de sus escuelas, lo que no obsta para que poco después se planteara la creación de idéntica obra en la capital, tan necesitada de ella como cualquier otra ciudad de provincias.

Comenzó en consecuencia a reunir a maestras que, sin formar por el momento una comunidad, llevaron a cabo tentativas aisladas hasta que su mismo número y una financiación aunque modesta, regular, permitieron entrever cierta continuidad en aquella tarea.

Fue entonces cuando Barré se decidió a abrir una nueva casa madre, sita en el edificio de la calle San Mauro (Damas de San Mauro), instituyendo también un seminario, para cuya dirección llamó en 1678 a una de las maestras de Rouen, de apellido Hayer, redactando por otra parte los primeros Status et Règléments, que se editarán en París en 1685, bajo el título de Status et Règléments des écoles chrétiennesel charitables du S. Enfant-Jesús.

Ciertamente, no fueron las diferencias que mantuvo Barré con algunos de los miembros de su propia orden, empezando por Francisco Giry, primer director del Instituto parisino tras la muerte de Barré, las que contribuyeron al éxito que logró en la apertura de las escuelas, que se multiplicaron por la ciudad. Ocho escuelas, por ejemplo, en la sola demarcación parroquial de San Sulpicio. Respecto a la ansiada comunidad de maestros, sin embargo, y tal como ya ocurriera en Rouen, las cosas no le rodaron igual. Fundó un seminario masculino, a algunos de cuyos maestros aluden unos pocos documentos, pero que no llegó a consolidarse, al dispersarse sus miembros.

Por otra parte, en aquellos mismos años puso en pie numerosas “escuelas obreras” (escuelas profesionales), también gratuitas, cuyas maestras deberían enseñar a las niñas oficios, que tal como escribe en un reglamento especial fechado el 19 de noviembre de 1685, “(las) hagan capaces de ganarse el sustento, de ayudar a sus padres si son pobres, y de tomar estado”, admitiendo en ellas incluso a “aquellas personas adultas que Dios os traiga”, poniendo “sumo cuidado de que cualquier provecho o ganancia que pudiera recabarse del trabajo de las aprendizas ya sean grandes o pequeñas, sea devuelto entero a ellas o a sus padres”. Prueba lo anterior del espíritu caritativo de Barré

Ya antes, hacia 1681/82, en un París estremecido por lo que estaba sacando a relucir un tribunal especial, la Cámara Ardiente, en cuanto a ventas de venenos, rapto de niños, o misas negras en la corte, Barré había publicado el folleto Mémorie instructif pour faire connaítre l`utilité des Escholes Chréstiennes el Charitables du Saint Enfant Jesús, que dividido en trece capítulos, establecía deberes, normas de conducta, programa de enseñanzas, que constituyeron su obra capital en el campo de la teoría pedagógica.

El germen de algo distinto

En 1685, revocado por Luis XIV el edicto de Nantes, con el que su abuelo había asegurado la libertad de conciencia a la minoría protestante gala, y como complemento de una persecución emprendida quince años antes contra ella, demolición de muchos de sus templos, o exclusión del desempeño de profesiones liberales y cargos en la corte, y que alcanzaba en aquel momento su clímax, el rey requirió de Barré el concurso de sus maestras para una labor fundamentalmente catequística, que deberían realizar entre las neoconversas de Occitania, lo que harán algunas de ellas en las casas reales recién fundadas de Montpellier, de Montauban y de la pequeña localidad de Mostier, sobre el País Vasco francés, distribuyéndose otras para “evangelizar infieles”, a expensas de las autoridades locales, entre Uzès, Nimes y Castres.

Papel igualmente modesto jugaría Barré muy poco después, ya gravemente enfermo, en los comienzos de una famosa institución: la de Saint-Cyr. Mme. de Maintenon (nacida d’Aubigné) que, tras una larga relación con Luis XIV durante la cual había sido para los cortesanos “Mme. de Mainte…nant”, que contrajo matrimonio secreto con el rey hacia el otoño de 1683, había fundado años antes en Ruedil con su amiga Mme. de Brinon, ursulina, una escuela para niñas de la pequeña nobleza provinciana, a la que ella misma pertenecía, y en aquel caso, de una nobleza en gran parte arruinada a efectos económicos, y por tanto sin oficio ni beneficio.

Se edificó entonces en la aldehuela de Saint-Cyr una casa con capacidad para doscientas cincuenta educandas de seis a diecinueve años; treinta y seis maestras de la misma categoría social que sus alumnas, y veinticuatro hermanas legas, que abrió oficialmente sus puertas el 1 de agosto de 1686.

Ahora bien, tanto para Luis XIV como para las fundadoras, Saint-Cyr no debía ser un convento en el sentido estricto como entonces se entendía. El mismo Francisco de Asís de la Chaise (1624-1709), jesuita y confesor del rey, opinaba que en el mundo sobraban monjas y faltaban madres; se dispuso, pues, que maestras y hermanas hicieran votos sencillos, y mientras las muchachas eran seleccionadas en razón de su linaje, se recurrió a Barré para completar el cuadro de educadoras, quien destinó a la casa a doce de las Damas de San Mauro de París.

La situación, sin embargo, evolucionó en pocos años en sentido distinto al deseado por Mme. de Maintenon. El establecimiento estaba, al fin y al cabo, a un tiro de piedra de Versalles y sus pompas, y ésta acabó por obtener del rey la orden de expulsión de Mme. de Brinon y su fulminante ingreso en un convento, pasándose enseguida a prohibir las clases de literatura y a sustituir los estudios intelectuales, como no, por la pura y dura enseñanza de labores domésticas.

La elección de Godet de Marais, obispo de Chartres, como confesor y director espiritual de la casa, acabó de sellar el destino de Saint-Cyr, cuyas maestras en 1692 tuvieron que optar entre la continuación de sus tareas en calidad de monjas, encerradas en una clausura que no se podía quebrar ni en caso de enfermedad mortal, o el abandono fulminante de la institución.

Cabe señalar que la colaboración de las “hermanas Barré”, tal como se las denominaba, con la congregación de maestras de la nobleza de Mme. de Maintenon, así como en la catequesis en tierras occitanas, fue dispuesta en unos momentos en que Barré, a causa de su grave enfermedad, había nombrado un coadjutor en la persona de Servien de Montigny, viejo amigo y colaborador, lo que suscita la duda razonable respecto a cuál de los dos en realidad le incumbió, en ambos casos, la responsabilidad de la toma de decisiones.

El final

En los últimos días de su vida, a Barré le tocó vivir la discusión oficial que se había suscitado respecto al tema de si sus comunidades de maestras fundadas por él debían tener o no un holgado respaldo económico. Discusión que tuvo lugar Magny-en-Vexin, el 16 de abril de 1686, y donde se reunieron los defensores de dos posturas muy divergentes.

Por la ciudad de Rouen, lugar de fundación del Instituto en 1666, representada por Claudio de Grainville y Pedro Fauvel, ambos consejeros del Parlamento local, y junto a ellos el abate l’Espinay, partidarios a ultranza del respaldo económico. Por París, dos mínimos: Francisco Giry, provincial de la orden y Claudio Raffron; junto a ellos el sacerdote Servien de Montigny, coadjutor de Barré, partidarios los tres de la filosofía fundacional primitiva.

Estos tres últimos defendieron con encono la postura de Barré: no se debería admitir de ningún modo las seguridades económicas para las maestras, porque aquello sería causa de la destrucción de la obra, aunque al final de las discusiones no tuvieron más remedio que proponer un término medio con tal de evitar la ruptura. Motivo por el cual ya nada resultó ser lo mismo, desconociéndose si Barré llegó a conocer semejante giro en su obra.

Por otra parte, la presencia de Raffron en Magny demuestra el conocimiento que debería tener respecto a la obra de Barré, y la de Giry la confianza que tenía depositada en él. Sea como fuere, al fallecer Barré y al hacerse cargo de su obra Giry, éste escogió a Raffron como ayudante, motivo por el cual lo acompañará en los próximos dos años, en que ambos se dedicaron a organizar las escuelas y, además, a la formación de nuevas maestras.

En 1691, Raffron explicará aquellas experiencias, en una obra dedicada en directo a Giry, bajo el título: La vie du Reverend Pere François Giry, ancien provincial des religieux minimes de la province de France, et directeur general des ecoles charitables du S. Enfant Jesús, de l’institution de feu le R. P. Barré religieux du même ordre, & de le même province.

Barré, convaleciente de una intervención quirúrgica, la última de las sufridas, y muy consumido por las penitencias y el trabajo, el 24 de mayo de 1686 ofició todavía una misa que a la postre resultó ser la última.

Tenía en aquel momento tras de sí, una obra de vanguardia en el terreno de la pedagogía, con más de veinte años de experiencia, pero también una vida de docencia, de dirección de almas y, sin duda, de intensa experiencia espiritual, de todo lo cual pueden considerarse testimonios la composición a él atribuida del Avis pour faiere la Catéchisme utilement, obrita inédita (¿de 1677?), que se conserva en la casa madre de Rouen, y en especial sus Maximes spirituelles y Lettres spirituelles, cuyas ediciones, póstumas, datan respectivamente de 1694 y 1697.

El 28 de mayo, viendo como se aproximaba el final, Barré confió la dirección de su obra a Francisco Giry, provincial de la orden mínima en Francia, lo que puede interpretarse como que, a aquellas alturas de la historia, las tensiones anteriores que habían mantenido entre ellos, a que antes hacíamos alusión, Barré las consideró agua pasada. Tres días después, el 31 de mayo de 1686, la muerte se lo llevó estante en el convento de la Plaza Real en París.

El otro final

Gracias a la posterior intervención de Giry, las maestras no tardaron en formar una comunidad sólida y estable, multiplicándose rápidamente, e incluso llegaron a ser el germen o el apoyo de otras congregaciones diocesanas que surgieron como ellas, con la intención de cubrir las necesidades latentes en aquella sociedad, repartiéndose así por toda Francia.

Curiosamente, al año siguiente de la muerte de Barré, Servien de Montigny, su antiguo coadjutor, solicitó vía oficial permiso al rey para que varias maestras se embarcasen rumbo al lejano y exótico Siam (Thailandia), con la intención de abrir allí sus escuelas, pero Luis XIV no dio su autorización.

En el siglo siguiente, la creación y apertura por parte del Instituto fundado por Barré de pensionados y externados destinados en exclusiva a los hijos de la nobleza, la dotación económica de sus escuelas, o su misma conversión en congregación religiosa, bajo la jurisdicción papal en 1866, y de sus antiguas maestras seglares en monjas ligadas por votos perpetuos, acabaría por reforzar la nueva orientación de la obra barresiana iniciada en su momento por Giry, pero que en esencia muy poco tenía de semejante con la idea o la obra primitiva del fundador Barré.

En la actualidad las maestras Caritativas forman una Confederación, con dos ramas diferenciadas: las Hermanas del Niño Jesús de la Providencia de Rouen, que han saltado con sus casas desde Europa hasta Madagascar y África Central, y las Hermanas del Niño Jesús-Nicolás Barré que desde Europa se han extendido por Asia, África y América Latina.

Cuestión distinta es la política seguida por la Santa Sede con la persona y la obra de Nicolás Barré, a gran diferencia de la seguida con Juan Bautista de La Salle, beatificado en 1888 y canonizado por el Papa León XIII el 24 de mayo de 1900.

De hecho, cualquier proceso normal pasa, en primer lugar, por declarar a un personaje Venerable, que equivale a respetable y digno de estima y honor. El segundo paso, o escalón, pasa por la beatificación, que es una declaración hecha por el Papa, como cabeza visible de la Iglesia, de que un siervo de Dios vivió una vida de Santidad, y el tercero y último es la canonización, acto por el que el Papa declara que una persona es digna de culto universal, con el propósito de presentar a dicha persona como modelo de conducta ante los creyentes, dándole reconocimiento por el grado de perfección alcanzado y como intercesor ante Dios.

Así, de forma muy sorprendente, el proceso de beatificación de Barré no se inició hasta 1919, es decir, 31 años después de que La Salle ya había sido beatificado, pasando a ser canonizado 12 años después. Circunstancia que en el caso de Barré al parecer no se dio con la excusa de que con la revolución francesa, y al haber desaparecido la orden de los mínimos en Francia, sus archivos habían permanecido inaccesibles, y como si la obra de Barré hubiera pasado totalmente desapercibida en Francia, cuando no fue precisamente así, vista la bibliografía existente, en particular en el siglo XIX.

Por otra parte, los documentos de la causa de beatificación de Barré no fueron publicados hasta 1970, es decir, 51 años después de haberse pedido formalmente la apertura de su causa, causa que no fue oficialmente introducida hasta 5 de abril de 1976, y todo ello gracias a un decreto directo del Papa Pablo VI.

Declarado Barré Venerable en marzo de 1983, una curación, calificada como milagrosa, acaecida en diciembre de 1989, pero que no fue reconocida como tal hasta 1997, consiguió que por fin Nicolás Barré alcanzara la beatificación, ceremonia que tuvo lugar en Roma el 7 de marzo de 1999 con la preceptiva bendición del Papa Juan Pablo II, siendo fijada su festividad el 21 de octubre. Es decir y en resumen, 80 años después de haberse abierto su causa.

De este modo y en la actualidad, su posible e hipotética canonización continua aún pendiente, muy probablemente a causa de que la orden Mínima, en la actualidad, no llega a dos centenares escasos de miembros.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

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Charles Farcy, Le Révérend père Barré: religieux minime: 1621-1686..., Paris, 1942.
Charles Farsi, La Vie spirituelle d'après le R.P. Barré: minime : 1621-1686 : fondateur des Sœurs de l'Enfant-Jésus dites de la Providence de Rouen et des Dames de l'Institut Saint-Maur de Paris, Rouen, 1947.
Parisien. beatificationis et canonizationis servi Dei Nicolai Barré... positio super introductione causae et super virtutibus, ex Officio concinnata / Sacra Congregatio pro causis sanctorum, Officium historicum..., Paris, 1970.
Ramón Ferrerons y Antonio Gascón, “Nicolás Barré en la historia de la pedagogía”. Historia y Vida, núm. 230, Barcelona, mayo de 1987.
Federación de Monjas Mínimas, Una luz brilla en las tinieblas, www.minimas.org/docs/acont/Vida, Daimiel (Ciudad Real), 1999.

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