Melchor Sánchez de Yebra

[Por Antonio Gascón Ricao, colaborador de la sección Especiales]

Breve semblanza biográfica

Melchor Sánchez del Arco, nacido en Guadalajara en 1526, fue hijo del capitán Pedro Sánchez del Arco, personaje que participó en la toma de Orán en 1509, y de Catalina Nieto. Ingresado en religión en 1546, en el monasterio franciscano de San Juan de los Reyes de Toledo, adoptó como nombre religioso el de Sánchez de Yebra, y con los años pasó a ocupar los más diversos cargos eclesiásticos en todas las casas religiosas en que residió.

De este modo, en Alcalá de Henares y en El Castañar (Toledo) fue Guardián; en Toledo, fue Vicario de las monjas de su Orden, situadas en el convento de San Antonio, o electo a Presidente o Definidor del Reino de Castilla.

En Madrid, Melchor Sánchez de Yebra ostentó los cargos de Vicario y de Confesor en el monasterio de Las Descalzas, convento fundado por la Princesa de Portugal Doña Juana, en el cual fue confesor de las hijas del rey Felipe II, doña Isabel Clara Eugenia y doña Catalina, pasando un tiempo más tarde a residir en un convento de Alcalá de Henares, ocupando allí el humilde cargo de Portero, para después retornar al convento de San Juan de los Reyes de Toledo, de hecho a sus orígenes, donde finalmente falleció en 1586.

Por otra parte, por fortuna hoy queda constancia de su vida y en su propio tiempo. Todo ello gracias a un documento notarial redactado en noviembre de 1575, con motivo de tener que explicar los naturales del lugar el origen de la propia villa de Yebra. Documento en el cual aparece además un hermano de Melchor Sánchez, llamado Doctor Marcos Sánchez, en su caso particular “graduado en la Universidad de Alcalá, Colegial y Rector en el Colegio de Santo Ildefonso de Alcalá y Catedrático de Artes, y Canónigo en la Colegial de Alcalá de Henares”:

“Las personas señaladas en letras que han salido de esta Villa, han sido el Licenciado Bartolomé del Arco, hombre insigne en la facultad de Cánones. Ansi mismo el Doctor Marcos Sánchez graduado en la Universidad de Alcalá, Colegial y Rector en el Colegio de Santo Ildefonso de Alcalá y Catedrático de Artes, y Canónigo en la Colegial de Alcalá de Henares. Ansi mismo Fray Luis de Yebra que fue fraile Francisco, gran predicador, guardián en Escalona y otras muchas casas de la Orden, Confesor de las damas de la Serenísima Princesa de Portugal D.a Juana que sea en gloria. Ansi mismo Fray Melchor de Yebra, fraile Francisco hermano de dicho Doctor Marcos Sánchez, fraile de letras, y de muy santa vida y por tal habido y tenido en toda su Orden; fue Confesor de las Serenísimas Ynfantas hijas de la Católica Real Magestad del Rey D. Felipe Nuestro Señor, fue vicario de las monjas del Monasterio de las Descalzas que fundó en Madrid la Serenísima Princesa de Portugal D.a Juana, el cual vive en esta era y reside en el Monasterio de S. Juan de los Reyes en Toledo.”

La obra Libro llamado Refugium infirmorum y el “alfabeto manual español”

Siete años después de su fallecimiento, en 1593, la orden franciscana, a título póstumo, decidió imprimir su única obra escrita: Libro llamado Refugium infirmorum, muy útil y provechoso para todo género degentes [...] con un Alfabeto de San Buenaventura para hablar por la mano, cuyo contenido estaba encaminado en general a ayudar a bien morir, con el uso de numerosas y piadosas oraciones y jaculatorias.

Sin embargo, tal como se recogía en el propio título, las páginas finales de aquella misma obra estaban dedicadas en directo a las personas duras de oído y más en particular a los sordos, puesto que el alfabeto manual que proponía Sánchez Yebra impreso en grabados de madera, letra a letra, formaba parte de sus estrategias para la confesión en situaciones extremas, en particular cuando la persona que quería confesarse no podía hablar u oír, y a la vista estaba que con el uso de dicho alfabeto, de saberlo todos, tanto sacerdotes como creyentes, se facilitaba enormemente la tarea de la comunicación directa entre el confesor y el confesante.

Libro que apareció impreso en Madrid, en la afamada imprenta de Luis Sánchez, pero que en España pasó desapercibido y sin pena ni gloria hasta 1891, a pesar de publicarse en el final del mismo, por vez primera en la Historia, el que casi dos siglos después se denominará de forma común: “alfabeto manual español”.

Alfabeto manual, que con las lógicas modificaciones causadas por el uso y por el paso del tiempo, se sigue utilizando de forma normal y en la actualidad entre una gran parte del colectivo sordo a nivel mundial, y más en particular en los países que utilizan de común las letras latinas, mediante el cual se puede deletrear (sic) cualquier palabra o mantener perfectamente una conversación, y por tanto sin ninguna relación con el lenguaje de señas o signos propio de las personas sordas, como generalmente se afirma sin fundamento alguno, al ser una escritura normalizada, pero ejecutada con la ayuda de los dedos de la mano derecha, y en su caso particular, una escritura visual y aérea.


Muestra del alfabeto manual español

Un alfabeto, que por supuesto Melchor Sánchez de Yebra no había inventado, pues, según sus propios comentarios, lo había recogido y copiado en Castilla, es de suponer que más concretamente aún en Toledo y entre los años 1550 y 1580, y que según él “es común saberlo muchos”, dando a entender de aquel modo que dicho “alfabeto manual” era muy popular en su tiempo. Pero aquí no quedó la cuestión al afirmar que:

“Además de esto aprovechará también el saber estas letras a los confesores para responder y hablar a algunos penitentes muy sordos, que saben entenderse con letras de la mano, y se les puede con recato responder con ella a todo lo que confesaren por la boca, y así se excusará el peligro que puede haber dándoles en la confesión voces. Y cuando no fuere el saber este ABC para confesar, será para consolar a otros sordos, que compelidos de la necesidad, aprenden la mano para poderse tratar y comunicar con las gentes.”

Comentarios aquellos que en cierto modo venían a echar por tierra el entonces naciente mito del benedictino Fray Pedro Ponce de León (¿1506-1508?-1584), contemporáneo por tanto de Melchor Sánchez de Yebra, que según todos los cronistas benedictinos de aquella época y de las posteriores, había sido el primer maestro de sordos en el mundo conocido, y que según aquellas mismas crónicas había enseñado a hablar a los “mudos”, e inventor a su vez, según otros autores más modernos, del denominado “alfabeto manual español”, el mismo que aparecía impreso en la obra de Sánchez de Yebra.

Cuestión última que se tardará siglos en dilucidar y aclarar, puesto que hasta 1986 no se sabrá de la existencia de un documento, un simple folio escrito a dos caras, aunque incompleto, pero redactado por el propio Ponce de León y referido a la educación de los sordos, gracias al cual se pudo zanjar definitivamente aquella polémica, en aquel caso en contra de Pedro Ponce de León, al resultar que el “alfabeto manual español” no era precisamente obra suya.

Otra cuestión que se aclarará con dicho folio es que Pedro Ponce de León no explicaba, de forma sorprendente y en aquel breve tratado, la forma o manera de lograr “desmutizar” a un sordo, al pasar su estrategia pedagógica por enseñarle simplemente a escribir de forma muy básica, esperando que en un momento dado el sordo supiera discernir, por sí mismo, el significado de lo que escribía al compararlo con el objeto que tenía a la vista, o a rezar, haciéndole escribir reiteradamente y en latín, la oración necesaria para persignarse.

De hecho, Pedro de Velasco, el único discípulo suyo conocido y documentado que aprendió a hablar, aunque de forma espontánea y muy tartamudeante, posiblemente era un sordo postlocutivo, es decir, que debió perder el oído cuando era todavía un niño. Hecho que daría razones a las posteriores maravillas que se explicaban sobre él respecto a sus habilidades intelectuales, tal como sucede en la actualidad con el mismo tipo de sordos.

Pero a la vista de las nada partidistas afirmaciones de Sánchez de Yebra, respecto a la existencia de sordos que “compelidos de la necesidad, aprenden la mano para poderse tratar y comunicar con las gentes”, habrá que admitir que Pedro Ponce de León no era evidentemente el primer maestro de sordos del mundo, ya que para que un sordo pudiera utilizar con provecho aquel alfabeto manual que proponía Sánchez de Yebra, se requería antes que el sordo hubiera sido previamente escolarizado, y por tanto dicho sordo anónimo, a la fuerza, tenía que saber leer y escribir.


Estatua de Pedro Ponce de León

Por lo mismo, de dar por buenas las afirmaciones de Sánchez de Yebra, la cuestión pasaba, en pleno siglo XVI y en Castilla, por la existencia de sordos ilustrados gracias a la labor previa de unos maestros desconocidos (puesto que era evidente que un sordo por sí mismo no podía aprender a leer y a escribir), maestros denominados en aquella época de “primeras letras”.

Teniendo en cuenta, además, que las letras que se podían conformar con la ayuda de los dedos de la mano derecha representaban con mayor o menos acierto las veintiuna o veintidós letras del alfabeto común de aquel momento, y más en particular las letras minúsculas, modelo cursiva, utilizadas también de común en la imprenta de la época, modelo de letra inventada en Italia a principios de siglo por el grabador Griffo.

De ahí que hoy se pueda afirmar que en España, y antes de Pedro Ponce de León, hubo una serie de maestros anónimos dedicados a la enseñanza de sordos, aunque posiblemente fueran casi todos ellos hijos de la nobleza, puesto que el pueblo llano, en general, era ágrafo, y por tanto de poco o de nada le servía a un sordo pobre aprender a leer o escribir si su propia familia era directamente analfabeta.

Enseñanza de sordos que no inquietó en lo más mínimo a Sánchez de Yebra, puesto que nada dijo al respecto de la misma, circunstancia que da en pensar que para él era normal el que se pudiera enseñar a un sordo a leer y escribir, cuando menos con la ayuda de los dedos de la mano, pero hecho extraordinario para la época a pesar de que nadie lo recogiera, puesto que hasta el siglo siguiente no habrá noticias concretas al respecto, con la única excepción de la dudosa y elitista labor de Pedro Ponce de León, loada únicamente por los benedictinos, sus hermanos en religión.

Cuestión curiosa es que aunque Sánchez de Yebra insistiera en su obra Refugium infirmorum que aquel alfabeto era obra de Juan de Fidenza (1221-1274), más conocido como San Buenaventura, concretamente el contenido en su supuesta obra Alphabetum religiosorum incipiendium redactada 300 años atrás, su comentario era en principio incierto por no decir muy confuso, pues, de hecho existía una diferencia fundamental entre ambos alfabetos.

Así, el alfabeto de Fidenza era en puridad un pequeño catón, pensado con la doble finalidad de enseñar a los niños a leer y de paso a rezar, pues, tomando como base cada letra individual y en mayúscula, y siguiendo dichas letras el orden perceptivo del alfabeto latino, se daba inicio a una piadosa oración, estrategia educativa que permitía aprender a leer y a rezar al mismo tiempo.

Mientras que en el caso de Sánchez de Yebra, y aunque el personaje siguiera idéntica filosofía,la diferencia residía en el hecho puntual de que sobre la parte superior de cada letra del alfabeto se había dibujado una mano derecha, cuyos dedos representaba por su forma la imagen impresa de la letra correspondiente inferior, mediante la cual y siguiendo en aquel caso el método de Fidenza, se daba principio a una pequeña y piadosa oración, pero sin más leyenda explicativa que la figura de la letra en cuestión "bordada" en los encajes de la puñeta opuntilla que se lucía en la bocamanga de las camisas en aquella época, y de la cual sobresalía la mano en cuestión.

Añadido aquel de una mano ejecutando el “alfabeto manual español”, que Sánchez de Yebra justificaba del siguiente modo:

“Sentencia es de graves autores y especial de San Agustín, que como fuere el vivir, así será el morir de cada cual. Y por si alguno para cuando Dios lo llamare quisiere primero ordenar su vida, para que muera como vive: a esta causa se pone aquí de San Buenaventura un alfabeto o forma breve de loablemente vivir. Y servirá también en este manual para ayudar (como lo demás de él) a bien morir, y para este efecto, en cada letra del dicho alfabeto o ABC, se pone una mano figurando la letra que es.”

Detalle que se volvía a repetir en el índice final de la obra, donde se afirmaba que:

“En la quarta parte trata de un Abc, o Alfabeto del Seráfico Doctor San Buenaventura, para hablar por la mano con cada letra del Abc, puesta de manera que se ha de significar”

Advertencia que de poco o nada sirvió, puesto que a causa de una mala lectura y de una peor interpretación, algunos autores modernos confundieron el alfabeto de San Buenaventura y sus correspondientes oraciones, de hecho encaminadas según Sánchez de Yebra a una “forma breve de loablemente vivir”, otorgando a San Buenaventura la supuesta autoría del “alfabeto manual español” propuesto por Sánchez de Yebra.

Afirmación que el autor no hacía precisamente, pues su intención era que con dicho alfabeto manual, de saberlo todos, se pudiera “bien morir”, puesto que permitía confesarse, de no tener voz, con la ayuda de los dedos de cualquiera de las dos manos, ya que según Sánchez de Yebra, “con la mano diestra o siniestra, se pueden formar las letras de dicho ABC”, aunque se supone que dicha advertencia estaba pensada en función de la habilidad manual de cada uno, y posiblemente más pensada aún para las personas que de natural eran zurdas.

Alfabeto manual que publicó en España, por segunda vez, el aragonés Juan de Pablo Bonet (1573-1633) dentro de su obra Reduction de las Letras. Arte para enseñar a ablar los mudos (Madrid, 1620), pero con algunas diferencias substanciales en cuanto hacía a la formación manual de algunas de las letras o con la inclusión de otras nuevas, aportando, además, la posición espacial que debería adoptar cada letra en función del interlocutor, que puesto enfrente tenía que leerla, ya fuera en horizontal, en vertical o con movimientos determinados.


Imagen ideal de Juan de Pablo Bonet
(dibujo de José Zaragoza)

Detalle que no había tenido en cuenta Sánchez de Yebra en su impresión, puesto que todas las figuras estaban grabadas rígidas y en posición horizontal, es de suponer que al dar por sobreentendido Sánchez de Yebra que “mucha gente” ya conocía de antemano aquel peculiar sistema de comunicación humano.

Sin embargo, y en el caso de Pablo Bonet, aquel alfabeto manual, que él utilizaba al principio como puente lingüístico, formaba parte de la estrategia pedagógica propuesta por Pablo Bonet en su obra, a la hora de tener que enseñar a hablar vocalmente a un mudo, en aquella época un auténtico y espectacular adelanto, pero alfabeto que por supuesto Pablo Bonet no había inventado y menos aún lo había tomado prestado del benedictino Fray Pedro Ponce de León tal como se afirmará, sin motivo alguno y durante muchos años, y en su caso por parte de los mejores especialistas en sordos de la época.

La denuncia del franciscano Andrés Ivars Cardona en el siglo XX

En medio de aquel desconocimiento general, pues toda la gloria en el asunto de la educación de los sordos era en exclusiva para el benedictino Pedro Ponce de León, en España hubo que esperar hasta el 4 de julio de 1919, y por tanto ya en pleno siglo XX, para que apareciera en El Debate, diario de Madrid, un artículo titulado de forma provocadora “¿Tiene el Padre Melchor Yebra, franciscano, algún título para poder figurar entre los precursores del arte de enseñar a hablar a los sordomudos?”, firmado por el también fraile franciscano Andrés Ivars Cardona.

Ivars, con su artículo, pretendía recordar a sus lectores dos cuestiones muy diferenciadas. La primera, que el próximo año de 1920 estaba previsto celebrar en Barcelona, a cargo de la Escuela Municipal de Sordomudos de la ciudad, junto con el Laboratorio de Investigaciones y Estudios, anejo a la misma y dirigido por el fonetista y logopeda catalán Pere Barnils, un doble Homenaje dedicado a Fray Pedro Ponce de León y Juan de Pablo Bonet.

Conmemorando en el mismo, al alimón, el cuarto centenario del supuesto nacimiento de Pedro Ponce de León, personaje en realidad nacido entre 1506 y 1508, pero según los organizadores de aquel homenaje barcelonés nacido en 1520, sino no cuadraba el susodicho centenario, fecha de nacimiento falsa pero que de aquella forma pasó a figurar en las enciclopedias, y el tercer centenario, en este caso real y auténtico, de la impresión de la obra de Juan de Pablo Bonet, Reduction de las letras…. Homenaje al cual se invitó a participar a los especialistas más eminentes de la época en el campo de la sordomudística, tanto españoles como extranjeros, tal como aconteció.

La segunda intención de Ivars, la más clara, era su interés particular por divulgar la obra de su hermano en religión Melchor Sánchez de Yebra, en la que aparecía impreso, por primera vez en la Historia, el controvertido “alfabeto manual español”. Dado que hasta aquel entonces era desconocida por el gran público, puesto que sólo se podía conocer su existencia de entrar al detalle en dos sesudos catálogos bibliográficos.

En su caso, el primero fue el del bibliógrafo Cristóbal Pérez Pastor (1844-1908), ilustre sacerdote albacetense que había recogido la obra de Sánchez de Yebra a partir de un ejemplar existente en aquellas fechas en la Biblioteca Provincial de Toledo, describiéndola y catalogándola en su Bibliografía Madrileña, tomo I, Madrid, 1891.

El segundo en ocuparse de la obra de Sánchez de Yebra e incluso de su vida había sido otro bibliógrafo, el conquense Juan Catalina García y López (1845-1911), que lo incluyó en su Biblioteca de Escritores de la provincia de Guadalajara, Madrid, 1899, pero partiendo en aquella ocasión de un ejemplar conservado en aquellos años en la Biblioteca Real de Madrid, dando incluso pistas del posible origen primero de aquel alfabeto tan curioso, detalle que en aquella época pasó totalmente desapercibido.

Cuestión distinta es la referida al origen de la expresión “alfabeto manual español”, calificativo último que le adjudicó en el siglo XVIII el abate francés Carlos Miguel de L’Epée (1712-1789), al cual se debe la apertura de la primera escuela gratuita y universal de sordos sita en París, escuela que propiciará la apertura de otras escuelas similares por toda Europa, y la divulgación masiva del alfabeto manual publicado en 1620, dentro de la obra de Juan de Pablo Bonet, personaje español al que L’Epée colmó numerosas veces de elogios, desconociendo la existencia de la obra anterior de Melchor Sánchez de Yebra en cuanto al alfabeto manual se refería.

Intención aquella de Ivars que se vería finalmente defraudada, al no tomar nadie en cuenta su artículo y menos aún los grandes especialistas de aquel momento, donde, además, se recogía en extenso algunas partes de la obra de Sánchez de Yebra, particularmente todo lo referido por el autor respecto a sordos del siglo XVI, un tema hasta aquel entonces inédito, pero asunto que al parecer no inquietó a nadie y aún menos a los organizadores de aquel doble Homenaje barcelonés.

Anonimato aquel que ha pervivido casi hasta nuestros días, con la insana intención de no perjudicar en demasía la supuesta e hipotética gloria universal del benedictino Fray Pedro Ponce de León, vertida en numerosas obras enciclopédicas españolas y extranjeras, y cuando hoy se tiene conocimiento documentado de que Pedro Ponce concretamentehabía ideado otro tipo muy distinto de alfabeto manual, en su caso bimanual y simbólico que desapareció con él, conocimiento actual por otra parte debido al corto texto del propio Pedro Ponce de León, que apareció en 1985 dentro de los fondos documentales del Archivo Histórico Nacional de España

Por tanto y en resumen, el benedictino Ponce de León, residiendo de normal en el monasterio de San Salvador en Oña (Burgos) o temporalmente en Valladolid, de forma sorprendente, desconocía la existencia del alfabeto manual que durante el siglo XVI corría por Castilla, el mismo que publicado impreso por Melchor Sánchez de Yebra, era “común conocerlo muchos”, incluidos entre ellos no sólo personas oyentes sino también algunos sordos, en su caso se supone que ilustrados, y de ahí la gloria que en 1919 reclamaba para Melchor Sánchez de Yebra, con toda la razón, el franciscano Andrés Ivars, detalle que no se tuvo en cuenta en un intento por salvaguardar aquel mito benedictino, y más en particular el creado en el siglo XVIII, por el también benedictino Benito Jerónimo Feijoo.

OBRAS DE MELCHOR SÁNCHEZ DE YEBRA

Libro llamado Refugium infirmorum, muy útil y provechoso para todo género de gente, en el cual se contienen muchos avisos espirituales para socorro de los afligidos enfermos, y para ayudar a bien morir a los que están en lo último de su vida; con un Alfabeto de S. Buenaventura para hablar por la mano. Luis Sánchez, Madrid (1593).

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

A. IVARS, “¿Tiene el padre Melchor de Yebra, franciscano, algún título para poder figurar entre los precursores del arte de enseñar a hablar a los sordomudos?”, en Archivo Ibero Americano, núm. 7, 1920, págs. 384-396.
A. EGUÍLUZ ANGOÍTIA, “Preliminares de la sordomudística: Fray Melchor Sánchez de Yebra”, en Proas, núm. 1, 1.974, págs. 9 y ss.
A. GASCÓN RICAO, “La influencia de los sistemas digitales clásicos en la creación del llamado alfabeto manual español”, Humanismo y Pervivencia del Mundo Clásico. Homenaje al profesor Antonio Fontán, Instituto de Estudios Humanísticos de Alcañiz, CSIC, Universidad de Cádiz, Teruel-Madrid, 2002, Vol. 5, pp. 2481-2503.
J. DE LA TORRE SÁNCHEZ, Primer alfabeto para sordomudos de Melchor de Yebra, Alcalá de Henares, 2003.
A. GASCÓN y J. G. STORCH DE GRACIA, Historia de la educación de los sordos en España y su influencia en Europa y América, Ed. Universitaria Ramón Areces, Col. “Por más señas”, Madrid (2004), págs. 88-93; Íd., íd., Fray Pedro Ponce de León, el mito mediático, Ed. Universitaria Ramón Areces, Col. “Por más señas”, Madrid (2006).