Constantino

De la Tetrarquía al Imperio cristiano

A Constantino el Grande corresponde, entre otos méritos, el de lograr restablecer el orden y la unidad del Imperio Romano tras un prolongado periodo de decadencia y anarquía. La situación de descomposición reinante hacía precisa, en efecto, una reorganización del Imperio, labor a la que se entregaron primero Diocleciano y posteriormente Constantino y los miembros de la familia constantiniana. Desde el año 284, Diocleciano había tratado de llevar a cabo una reorganización profunda, cuyos elementos fundamentales eran el sistema tetrárquico y la reforma de la administración central.

La Tetrarquía, forma de gobierno que se había dado en otras civilizaciones (como Tesalia, Siria o Palestina) se concibió como redistribución de las tareas que incumbían al emperador; así, en lugar de uno solo, había cuatro gobernantes. Dos eran augustos o emperadores, y cada uno de ellos iba acompañado de un césar o sucesor más joven, unidos por lazos religiosos y familiares: Diocleciano y Maximiano, Constancio (padre de Constantino) y Galerio.


Busto de Constantino

El nuevo sistema político y administrativo debía garantizar un orden seguro de sucesión (cada veinte años) y eliminar el peligro de las usurpaciones: aunque hubiera teóricamente cuatro emperadores, la unidad del Imperio quedaba salvaguardada, puesto que integraban un colegio presidido por Diocleciano, y todas las medidas se tomaban en nombre de dicho colegio; no obstante, cada emperador estaba dedicado a la defensa de una región, de la que percibía sus ingresos, y era a la vez responsable de sus gastos.

El sistema duró poco tiempo: la ruina de la Tetrarquía tuvo lugar en un período de casi veinte años, iniciándose con sublevaciones por la sucesión como augustos y césares en la parte oriental del Imperio (Maximino Daya y Galerio) y también en la occidental (Constantino y Majencio, hijo de Maximiano). Aunque la entrevista de Carnuntum y el nombramiento de Licinio como augusto, en el año 308, calmaron algo los ánimos, el descontento afloró en el enfrentamiento entre Majencio y Constantino y acabó con la derrota y muerte del primero en la batalla del Puente Milvio. El triunfo de Constantino supuso una victoria evidente, si no definitiva, para el cristianismo, puesto que el Edicto de Milán, emitido poco tiempo después, contenía una política de tolerancia general para las comunidades cristianas.

A pesar de que las tensiones, unas veces larvadas y otras manifiestas, se iban a mantener durante muchos años entre Constantino y Licinio, la victoria del hijo de Constancio en el año 323 restableció definitivamente la unidad imperial, originando una nueva fase en la historia de Roma, el denominado Imperio cristiano, debido al arraigo que tuvo dicha religión entre los emperadores legítimos, salvo con Juliano el Apóstata.

La administración

Constantino completó las reformas administrativas de Diocleciano, que significaron la separación definitiva del poder civil y militar. El número de cargos siguió en aumento, y se multiplicaron las funciones en una corte de rígido ceremonial. Pese a ello, el gobierno central romano no difería en su época en gran medida del correspondiente a la época de Diocleciano, salvo en lo concerniente al cuestor de palacio y al magister officiorum. El consistorio ejercía el cargo de consejero del príncipe; de esta institución formaban parte, entre otros, cuatro altos personajes, a quienes puede considerarse, salvando las distancias, como verdaderos ministros: el jefe de la cancillería imperial, que tenía bajo sus órdenes diversos negociados dirigidos por un magister, pero también a la policía secreta o agentes in rebus y a la guardia personal del emperador o schola; el cuestor de palacio, cuyas funciones consistían en preparar los discursos imperiales, hacer cumplir sus decisiones y presidir el consistorio en ausencia del emperador; y los dos ministros de finanzas: el comes rei privatae, que se ocupaba de la administración de los bienes del emperador, y el comes sacrarum largitionum, que dirigía la administración financiera.


El Imperio Romano bajo Constantino

La prefectura del pretorio experimentó profundos cambios en tiempos de Constantino como consecuencia del licenciamiento de las cohortes pretorianas, llegando a convertirse en una magistratura puramente civil. En su conjunto, el siglo IV conocería tres grandes prefecturas del pretorio: la de la Galia, la de Italia y la de Oriente. Entre el prefecto del pretorio y los gobernadores se hallaban los vicarios del prefecto del pretorio, situados al frente de las diócesis, en las mismas condiciones que en tiempos de Diocleciano: dependían del emperador y sus poderes se reducían al plano financiero, concretamente a la supervisión del cobro de impuestos. La diócesis de Oriente constituía un caso particular, pues al frente de ella se hallaba el comes Orientis, funcionario civil cuya autoridad sobre las provincias egipcias se veía limitada por la presencia en Alejandría del prefecto augustal.

Las provincias estaban regidas por gobernadores clasificados en un orden jerárquico estricto: los procónsules, consulares, correctores y simples praesides; sus funciones esenciales eran de carácter judicial. Junto a los prefectos del pretorio, vicarios y gobernadores, había servicios administrativos, que formaban un officium, integrado por miembros nombrados por el Estado. Solamente algunas provincias lograrían escapar de manera ocasional al principio de separación de los poderes civiles y militares que imperó durante todo el siglo IV; debido a cuestiones de defensa cada una de ellas contaba con un jefe militar (dux o comes rei militaris), que reunía los cargos civiles de gobernador y los militares de mandatario de las tropas.

Constantinopla y Roma

Todavía en el ámbito de las reformas administrativas, no hay que olvidar que, en el 330, el emperador inauguró la nueva capital, Constantinopla, construida en el emplazamiento de la antigua colonia griega de Bizancio, sobre el Bósforo. Tenía una estratégica ubicación, y desde ella podían atenderse mejor los asuntos del este. Se dieron facilidades de instalación a gentes de la más diversa condición social y se concedieron especiales derechos a sus habitantes. La ciudad prosperó económicamente y tuvo una acusada impronta cristiana frente a la vieja Roma, cuna del paganismo.

Constantino creó en Constantinopla unas instituciones muy similares a las romanas, aunque la nueva ciudad no alcanzaría el prestigio de la antigua capital del Imperio. La administración de Roma, cuya población debió disminuir de manera considerable, quedaba como tarea en manos de la aristocracia senatorial: a su frente se hallaba el prefecto de la ciudad con funciones judiciales, quien era igualmente el responsable del orden público y del avituallamiento, siendo además presidente del senado, tarea en la que estaba asistido por el prefecto de la annona y por el prefecto de la vigilancia nocturna, cuya importancia había ido en disminución.


Representación de Constantino en
un mosaico de la Iglesia de Santa Sofia

A pesar de que los comicios habían desaparecido por completo, las magistraturas y el senado continuaban en vigor, si bien sus funciones eran ya simples restos del pasado. El nombramiento de dichos magistrados (pretores, cuestores, etcétera) lo hacía en un principio el emperador a propuesta del senado y, posteriormente, el senado mismo. Para formar parte del senado de Roma era preciso haber desempeñado la pretura o ser designado por un codicilo imperial ratificado por el senado. Esta antigua asamblea llegó a convertirse en una especie de consejo municipal de la ciudad, lo que explica que su presidencia corriese a cargo del prefecto; en contraste con su escaso poder, su prestigio y el de sus miembros continuaba siendo grande, de lo que es un buen exponente el hecho de que el emperador escogiera a los gobernadores provinciales entre ellos.

La religión y el estado

Constantino pareció heredar de su padre una audacia militar fuera de toda duda y una fe inquebrantable en el dios Sol, a quien consideraba summus deus, es decir, una deidad suprema e invisible. A decir verdad, el culto henoteísta mantuvo su hegemonía en el siglo III a lo largo y ancho del Imperio Romano. Su conversión a un credo como el cristianismo, que desde sus orígenes y hasta el momento había sido objeto de represión por casi todos los que habían ceñido los laureles imperiales, llevaron a suponer que sólo una revelación explicaría la súbita conversión del joven emperador al cristianismo.

Esa señal se habría producido en el año 312, cuando Constantino esperaba, a las puertas de Roma, el momento de enfrentarse al poderoso ejército de Majencio, gobernador de la ciudad y enemigo declarado de los cristianos. Constantino, intuyendo las escasas posibilidades de triunfo, habría invocado al Dios de los cristianos para que iluminara, a él y a sus hombres, el camino de la victoria. Aún no había acabado el emperador de rezar sus oraciones cuando vio sobre su cabeza un inmenso cuerpo celeste con forma de crucifijo que resplandecía en el cielo y sobre el cual estaba escrita la siguiente leyenda: In hoc signo vinces ("Con este signo vencerás").


La visión de Constantino

Tal como le había sido vaticinado, al día siguiente las huestes del emperador acorralaron a Majencio separándolo del grueso de su ejército. El acontecimiento tuvo lugar sobre el puente Milvio, que cruza el Tíber y que en aquél momento delimitaba los dominios de Constantino y los de su rival. En señal de gratitud, el soberano ordenó poner la cruz entre sus emblemas para, un año después, promulgar el Edicto de Milán, por el que los cristianos no sólo dejaron de ser perseguidos, sino que se les concedió libertad de culto y reunión y se les restituyeron los bienes confiscados por el Imperio.

Según muchos historiadores, la conversión de Constantino no se produjo de la noche a la mañana; la señal celestial que habría llevado al emperador a su victoria sobre Majencio no fue tan determinante como algunos, sobre todo la jerarquía eclesiástica, han querido hacer ver. Se habla incluso de la ascendencia que santa Elena, madre del emperador, que se había convertido secretamente al cristianismo en 307, tenía sobre su hijo. Esta influencia estaría directamente relacionada con el episodio que vivió el emperador tan sólo unos pocos meses antes de la decisiva batalla del puente Milvio. Al parecer, Constantino vio en sueños a Jesucristo: llevaba una cruz y repetía el lema que poco tiempo después le llevaría a la victoria: "Con este signo vencerás".

Lo único evidente es que bajo su reinado comenzó la expansión del cristianismo, hasta entonces un culto restringido y clandestino. Para apreciar tan radical cambio basta apuntar que el cuarto edicto de Diocleciano obligaba a todos los cristianos sin excepción (no sólo, como hasta entonces, al clero y a los funcionarios y los soldados) a ofrecer sacrificios a los dioses bajo pena de muerte, lo que desataría una gran persecución. La renuncia del emperador, en el año 305, supuso el cese o al menos el relajamiento de la aplicación de las medidas en los territorios occidentales. Y muy poco después, en el año 313, Constantino promulgaba el Edicto de Milán.

Fuese o no una visión divina la raíz del cambio, el emperador comprendía que no podía gobernar y mantener unido el Imperio con la oposición de los cristianos. A partir de entonces no trató al cristianismo como una religión más, sino que le concedió, de forma cada vez más acentuada, un trato de favor que la convertía casi en religión oficial. Aunque el paganismo conservaba aún fuerza y libertad de acción, el emperador buscó poner toda la influencia moral y económica de la Iglesia y los cristianos al servicio del Estado. Constantino, que en sus relaciones con la Iglesia tuvo como consejero de confianza al obispo cordobés Osio, sentó las bases de lo que sería, en adelante, un notable intervencionismo imperial en los asuntos religiosos. Adoptó medidas en favor del cristianismo (derecho a recibir herencias, jurisdicción episcopal, inmunidades) y tomó parte en las querellas internas de la Iglesia.

Constantino convocó el primer concilio ecuménico en Nicea (325) para resolver la disputa surgida en Alejandría entre Arrio, que sostenía que Cristo era de diferente sustancia que Dios, y el obispo Atanasio, que defendía la doctrina de que eran de la misma sustancia. El concilio elaboró una profesión de fe favorable a Atanasio, aprobó ciertos cánones que daban una posición preeminente a los obispos metropolitanos (patriarcas) de Alejandría, Antioquía y Roma (extendida luego a Constantinopla), y tomó disposiciones disciplinarias. Constantino fue ejecutor de las decisiones conciliares. Muchos años antes, en Arlés (314), se había convocado otro sínodo para resolver el problema del cisma donatista y en él tuvo también el emperador un destacado papel. Un fenómeno que fue adquiriendo cada vez más auge dentro de la Iglesia fue el monacato, que atrajo a sectores populares oprimidos.


El Concilio de Nicea

Con frecuencia, el alcance de los cambios religiosos ha eclipsado otras facetas positivas de su reinado. Así, es de destacar que la época constantiniana registró un notable progreso cultural. En derecho, destacó la escuela de Berytos; en medicina, la de Alejandría. Entre las corrientes filosóficas descolló el neoplatonismo. La retórica tuvo una importante escuela oriental, con Libanio. En la literatura latina sobresalieron eximios representantes (Símmaco, Ausonio, Amiano Marcelino), floreciendo también la literatura cristiana. El arte cristiano empezó a ofrecer manifestaciones destacadas, aunando influjos paganos y aportaciones orientales. Una relativa tranquilidad interior y exterior favoreció este desarrollo. Aunque Constantino tuvo que guerrear contra los alamanes y godos, llegó con estos últimos a un acuerdo para que guardaran la frontera danubiana de nuevas invasiones y proporcionaran tropas auxiliares. También hubo tensiones con Persia a causa del ya largo contencioso por Armenia.

La dinastía constantiniana

Constantino murió en el 337, y el Imperio se repartió entre sus hijos como augustos: Constantino II recibió las prefecturas de Italia y la Galia, Constancio II obtuvo Oriente y a Constante se le dejó Iliria y parte de África. Mientras Constancio guerreaba contra Persia, donde reinaba Sapor II, en Occidente surgió el conflicto entre sus dos hermanos. Constantino, que había atacado a Constante, fue abatido en Aquileya. Sus provincias pasaron a Constante, que tuvo que combatir contra francos y alamanes. También radicalizó la legislación antipagana. En el 350, se sublevó el comes Magnencio, que se atrajo la mayor parte de Occidente y liquidó a Constante. Fue vencido por Constancio, que quedó como dueño único del Imperio. Nombró césar en Oriente a su sobrino Galo, pero lo ejecutó por su violenta actuación. Luego eligió como césar a un hermanastro de Galo, el futuro emperador Juliano, a quien encargó combatir a francos y alamanes.

Juliano (361-363), conocido como "el Apóstata" por su decidido intento de restablecer el paganismo, era un hombre ilustrado, amante de la filosofía, que reprimió los abusos de la administración, rebajó los impuestos, suprimió muchos privilegios y se interesó por la justicia y la política municipal. Intentó, en suma, dar altura ética a su gestión. Formado en la doctrina neoplatónica, Juliano publicó una ley que toleraba todos los cultos y devolvía sus posesiones a los templos paganos. Se impulsaron los sacrificios, misterios y actividades oraculares, y se organizó un clero pagano según el modelo cristiano (con instituciones caritativas y conventos). Depuró la administración y el ejército, reemplazando a quienes eran favorables al cristianismo. Disminuyó los privilegios de la Iglesia, contra la que se desataron persecuciones en algunas zonas (Siria, Egipto), y permitió el retorno de los exiliados por las querellas religiosas, ante las que se mantuvo neutral. Como contrapartida, adoptó una política favorable a los judíos, con los que las comunidades cristianas tenían frecuentes problemas (como en Alejandría).


Juliano el Apóstata

Tras sus éxitos ante los francos, Juliano emprendió una campaña contra Persia (363), llegando hasta Ctesifonte, pero murió cuando remontaba el Tigris en ayuda de una parte de su ejército. Con él se extinguió la herencia de Constantino. Los soldados eligieron emperador a Joviano, que firmó de inmediato una ignominiosa paz con Persia, cediendo Mesopotamia y Armenia y pagando un tributo. Las tropas romanas tuvieron una penosa retirada.