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Juan Rulfo
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Hay en la literatura latinoamericana contemporánea una peculiar estirpe de creadores, un grupo de escritores que han sabido poner en pie un universo propio, característico, cerrado, inventando lugares fabulosos, ciudades que sirven de repetido paisaje para las historias que brotan de sus experiencias, de su mundo y de su imaginación. Paradigmático es, a este respecto, el caso de Macondo, el marco que el colombiano Gabriel García Márquez levantó para que los Buendía trenzaran su aprendizaje de la soledad; y no puede tampoco olvidarse la Santa María del uruguayo Juan Carlos Onetti.

Situados en una geografía reconocible y al mismo tiempo anónima, ambos lugares pueblan la difusa frontera que separa lo real de lo fantástico, un lugar que ocupa, también, la infernal Comala de Juan Rulfo, otro ejemplo de universo personal, levantado por el escritor para albergar a sus particulares criaturas. Macondo, Santamaría y Comala, lugares coherentes, reconocibles por sus rasgos peculiares y tan distintos entre sí, como lo son sus respectivos autores, tienen algo en común: son el espejo donde se reflejan características y ambientes que el escritor conoce muy bien.


Juan Rulfo

Cuando apareció El llano en llamas, algunos críticos situaron a Rulfo, apresuradamente, como un escritor regionalista más. Sin embargo, sólo hizo falta esperar dos años para que, con la aparición de Pedro Páramo, se dieran cuenta de su error. El mundo fantasmal de la novela, la ruptura de las fronteras entre la vida y la muerte, mostraban a un escritor que había superado los cauces realistas y tradicionales de la novelística anterior e inauguraba la nueva narrativa mexicana, agotada ya la veta de la llamada novela de la revolución.

Y es que, dejando a un lado algunos textos para cine (que se incluyeron en la edición de su Obra completa en 1977), la producción de Juan Rulfo se reduce a esos dos libros, que forman sin embargo uno de los conjuntos más singulares de la narrativa latinoamericana. Temáticamente, ambas obras tienen un entronque regionalista, pero no incurren en un pintoresquismo local, sino que restituyen en su esencia la vida dura y marginal de la provincia. Por otra parte, el autor muestra una original asimilación de las técnicas de la moderna narrativa europea y norteamericana.

El llano en llamas

Los diecisiete cuentos que componen la colección El llano en llamas, de 1953, se centran en la miseria y la soledad del campo de Jalisco y, mediante una magistral recreación del habla campesina, revive en sus historias las relaciones entre los hombres y las de éstos y la tierra. Las narraciones de El llano en llamas giran todas, en efecto, en torno a la vida de los campesinos mexicanos; son cuentos breves, de extraordinaria y fecunda concisión, en cuyas escenas de intenso dramatismo palpita el hálito poético del autor plasmado en imágenes de brillante sensibilidad y en un estilo que reelabora y recrea el habla popular mexicana.

Pero, pese a esta última característica, que podría haber convertido a Rulfo en un escritor regionalista o costumbrista, la persistencia de sus temas esenciales, la obsesiva presencia de la soledad y la violencia, la confrontación con la muerte, el amor y el desamor, los secretos entresijos de la vida y de los hombres o los enigmas que pueblan las calles de Comala son una fulgurante parábola de lo humano, que trasciende el marco del nacionalismo literario y demuestran, de nuevo, que no hay fronteras para la creación.


Juan Rulfo ante la capilla de Tlalmanalco

En uno de los cuentos, titulado El hombre, se entrelazan distintas líneas temporales, de modo que un hombre que había acosado a otro hasta darle muerte y acabar también con su familia, se convierte luego en un ser perseguido y, dialogando con un invisible vengador, se contempla simultáneamente como víctima y verdugo. Hay en la narración un tono de pesadilla porque, como en esos sueños en los que intentamos correr sin conseguirlo, el hombre huye pero no logra nunca escapar. Siempre se ve obligado a volver atrás como si el horizonte le estuviera cerrado, como si no existiera más allá y el mundo fuera un lugar cerrado, donde la culpa adquiere el peso de un destino ineludible. Como él, los personajes de Rulfo nunca se liberan y su angustia los lanza a largos monólogos en los que el lector se ve abocado a adoptar el papel de confidente, de confesor que recoge las postreras palabras del condenado. En Talpa, otra de las narraciones incluidas en El llano en llamas, una pareja de adúlteros deja morir al marido mientras hacen el amor, y la figura del muerto se interpondrá luego constantemente entre ellos. La fría violencia presente en muchos de los relatos da fuerza y vigor a las narración, que unas veces tiene un toque de crueldad (El hombre, El llano en llamas) y otras de ácido sarcasmo (El día del derrumbe, Anacleto Morones).

Pedro Páramo

Publicada en 1955, Pedro Páramo recrea, en el espacio ficticio de Comala, la miseria y la soledad del mundo campesino de la infancia del autor, donde la degradación moral y física arrastra a la gente a la desesperanza y a la desorientación. El narrador y protagonista, Juan Preciado, cuenta cómo por encargo de su madre moribunda fue en busca de su padre, el cacique Pedro Páramo, a quien no conoce, y que ha llevado a Comala a la destrucción por su convulsa pasión por Susana San Juan.

"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera." Así comienza la obra, marcada, a la vez, por la sencillez y espectralidad del lenguaje. El crítico mexicano Carlos Monsiváis dijo de Rulfo: "Un eje del mundo rulfiano es la religiosidad. Pero la idea determinante no es el más allá sino el aquí para siempre". Ya en las primeras páginas advierte que el lugar responde a una lógica fantasmal: "al cruzar una bocacalle vi una señora envuelta en su rebozo que desapareció como si no existiera".

El encuentro con un pueblo deshabitado y lleno de fantasmas le llena de pavor, y le introduce en un mundo irreal. Por boca de los muertos conoce los hechos sucedidos en Comala en vida de Pedro Páramo, cacique que, en un marco histórico que abarca desde el gobierno de Porfirio Díaz hasta el de Obregón, llevó hasta el límite los abusos de autoridad. Convertido en un nuevo Dante a las puertas del Infierno-Comala y conducido, como el autor de la Comedia, por una Beatriz que ha adoptado las apariencias de un mulero, Juan Preciado descubre ese ardiente valle donde todos los habitantes son hijos de Páramo, donde todos están muertos y la vida es sólo un recuerdo.


Cartel de la película Pedro Páramo (1967),
basada en la obra de Rulfo

La historia de Pedro Páramo se va revelando mediante murmullos y entrevisiones de los fantasmas del pueblo, que a pesar de estar muertos y de guardarle rencor a Pedro Páramo, aún le tienen miedo. "Este pueblo lleno de ecos (...) Cuando caminas sientes que te están pisando los pasos. Oyes crujidos, risas." Pero la fantasmagórica realidad de Comala no es percibida de inmediato por el narrador; sólo lenta, muy lentamente, Juan Preciado advierte que está rodeado de cadáveres y muere, entonces, a su vez, abrumado por el peso insoportable del pasado.

La gran innovación de Pedro Páramo radica en su compleja construcción textual. El tiempo narrativo se fragmenta, ajeno a toda continuidad lógica, y se representa mediante la memoria y el designio íntimo de cada individuo, técnica que no aparecerá en otros escritores hispanoamericanos hasta la década de los sesenta. Juan Rulfo se convierte así, a pesar de su breve producción literaria, en uno de los primeros escritores latinoamericanos con clara conciencia de renovación de la novela, inspirada en su propia tradición y en figuras como Joyce, Proust o Faulkner.

Como en una magna sinfonía, donde los temas y las melodías se entremezclan y cabalgan dirigidas por una inflexible voluntad de orquestación, el texto prescinde de las separaciones por capítulos y se lanza a una construcción que incluye breves fragmentos, monólogos o diálogos, voces del pueblo cuyo origen el lector debe adivinar, para describir lo que Jean Franco ha calificado como "una búsqueda del Paraíso que termina en el Infierno de Comala". La novela se construye en el límite entre lo real y lo fantástico, y en esa ambigüedad en la que las fronteras se han borrado se proyectan tanto la huella de un sustrato indígena como las consecuencias histórico-sociales de la revolución mexicana, representadas por la violencia, el odio, la venganza generalizada y el abandono de la tierra.

Cada uno de los personajes de la narración, el cacique Pedro Páramo, asesino y ladrón, Susana, el padre Rentería, Fulgor Sedano y tantos otros, son figuras emblemáticas cuyos rasgos, de oscura e inquietante intensidad, han pasado ya a la historia de la literatura universal; aunque, como ya se ha dicho, el protagonista principal de la novela, como de otras narraciones de Rulfo, es el marco donde la acción transcurre, el universo mítico de Comala donde nacen y mueren las ansias y los ardores de sus habitantes, un "lugar sobre brasas" que se convierte en inolvidable metáfora de un mundo de soledad y opresión, cruel y tierno, pasional o interesado.

La enigmática historia de Pedro Páramo y su prosa llena de oscuros simbolismos han generado, como es lógico, una ingente cantidad de interpretaciones y han sido campo abonado para que los estudiosos buscaran significaciones ocultas, metáforas, lanzándose a una fecunda tarea de elucidación; la crítica se ha inclinado sobre sus páginas, y sin duda seguirá haciéndolo durante mucho tiempo, para interrogarlas con la esperanza de sacar a la luz un significado unívoco. Sin embargo, el propio Juan Rulfo dijo de ella: "En realidad es la historia de un pueblo que va muriendo por sí mismo. No lo mata nada. No lo mata nadie", una interpretación que parecerá demasiado simplista a quienes, empeñados en una paciente labor investigadora, olviden que cualquier novela es, en verdad, la obra de sus lectores y que, por lo tanto, en sus páginas pueden encontrarse todos los universos.

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