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El cuento de invierno

Esta comedia en cinco actos, en prosa y verso, de William Shakespeare fue escrita probablemente en 1611, representada en aquel mismo año y publicada en el infolio de 1623. Su fuente principal es la novela Pandosto o el triunfo del tiempo de Robert Greene (1558-1592), reimpresa (1607) con el título de Dorasto y Faunia. El episodio de la estatua viviente le pudo muy bien ser sugerido por la Mujer en la Luna de John Lyly (1554-1606), o por las Metamorfosis de la imagen de Pigmalión (1598), de John Marston (1575-1634). Algunos nombres de personajes están tomados de la Arcadia de sir Philip Sidney (1554-1586). El título, Cuento de Invierno, es sinónimo de cosa a propósito para contarse alrededor del fuego; género de cuento en el que toman parte los espíritus, los cumplimientos de antiguas profecías o la fuerza del destino.

Leontes, rey de Sicilia, y Hermiona, su virtuosa mujer, reciben la visita del rey de Bohemia, Políxenes, que desde la infancia ha estado ligado a Leontes por una amistad fraternal. Asustado por una infundada sospecha, Leontes arde de celos contra su amigo; imagina que está de acuerdo con Hermiona, y trata de convencer a Camilo, uno de sus fieles consejeros, para que envenene a su huésped.

Advertido por el honrado Camilo, Políxenes huye con él. Leontes ordena aprisionar a Hermiona, que en la cárcel da a luz una niña. Paulina, mujer del noble siciliano Antígono, intenta conmover al rey presentándole a la recién nacida, pero en vano. El furibundo Leontes ordena a Antígono que abandone a la niña en una playa desierta, porque está convencido de que es fruto del adulterio. Manda enviados a Delfos para consultar al oráculo acerca de si Hermiona es culpable, y entretanto, la hace procesar por alta traición.

Durante el proceso, llega la respuesta del oráculo, diciendo que Hermiona y Políxenes son inocentes, que la niña es su hija legítima, y que el rey no tendrá heredero hasta que no sea encontrado lo que se ha perdido. Apenas Leontes ha terminado de desacreditar al oráculo, llega la noticia de la muerte del hijo del rey, el niño Mamilio, que ha enfermado de tristeza por los malos tratos dados a su madre; al conocer la noticia, Hermiona cae en delirio, y, poco después, Paulina refiere que Hermiona ha muerto y se desata en invectivas contra el tirano.

Leontes, minado por el remordimiento, se inclina ante la sentencia del oráculo, y se prepara a pasar en contrición el resto de su vida. Entretanto, Antígono deja a la niña, llamada Perdita por su triste destino, en la playa de Bohemia, y en aquel momento mismo es devorado por un oso. Perdita, junto a la cual se han colocado contraseñas y joyas, es encontrada por un pastor, que la cuida. Cuando es ya mayorcita (dieciséis años después), Floricel, hijo del rey de Bohemia, se enamora de ella y la muchacha le corresponde.

Políxenes descubre el idilio, y, para huir de su ira, Floricel y Perdita, aconsejados por Camilo, huyen a Sicilia y se presentan al rey Leontes, como si viniesen enviados por Políxenes. Políxenes les sigue, y junto con él, llega a Sicilia el viejo pastor, a cuyo hijo, el "campesino", ha dicho que revele que Perdita no es su hija para evitarse de este modo la ira del rey. Así es que en la corte de Leontes, se desenredan las cosas; pero la alegría que Leontes siente por haber encontrado a su hija está contrapesada por su llanto por Hermiona.

Paulina se ofrece a mostrarle una estatua que se parece a Hermiona de un modo sorprendente, obra del célebre artista Julio Romano, y, cuando el dolor del rey se exacerba ante su vista, la estatua se revela como Hermiona en carne y hueso, pues su muerte fue inventada por Paulina para salvar la vida a la reina. Políxenes consiente en la boda de su hijo con Perdita, al saber que ésta es hija del amigo con quien se ha reconciliado.

Las bribonadas y las canciones del vagabundo Autólico llenan de alegría la segunda mitad del drama; notas cómicas ofrece también el "campesino", un joven bastante simple. El drama resulta un poco pesado durante los tres primeros actos, que muestran los efectos de los agudos celos, o más bien, de la enajenación mental de Leontes; pero en esta obra la atención de Shakespeare no se fija como en Otelo en la pasión del personaje, sino en las peripecias que de ella derivan y la reconciliación final.

El argumento se anima con toda la fabulosa improbabilidad de una novela alejandrina, en la que las aventuras de los personajes no son más convincentes que la geografía del drama, según la cual Bohemia está junto al mar y Delfos es una isla, o de su historia, que hace a Julio Romano contemporáneo del oráculo de Delfos. Pero el acto cuarto, con el amor puro de Floricel por la muchacha, cuya nobleza se hace patente aun en su humilde condición de pastorcilla, con la fiesta del esquileo y las payasadas de Autólico, es muy digno de la mano que, casi al mismo tiempo, escribió La Tempestad.

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