William Shakespeare

Troilo y Crésida

Este drama en cinco actos y en verso y prosa fue escrito por Shakespeare alrededor del año 1602. Apareció impreso in-quarto el año 1609 y en el in-folio de 1623, en cuya lista de obras no figura el título; el texto se ubica después de los dramas históricos y antes de las tragedias. La discontinuidad entre las escenas troyanas y las del campo griego, y el contraste entre el estado de guerra activa que caracteriza las primeras y la tregua presupuesta por las segundas, han dado pretexto a algunos críticos que han creído observar diferencias de estilo que indican diversidad de manos o de fechas.

Directa o indirectamente este drama bebe en cuatro fuentes: el poema Troilo y Crésida de Chaucer; El sitio de Troya de John Lydgate (1373-1451?) o la Colección de las historias de Troya de William Caxton (1422?-1491), ambos derivados de la Historia Troyana de Guido delle Colonne, para las partes que se refieren a escenas de guerra; El testamento de Criseida de Henryson; y finalmente Homero (sin que se pueda precisar en qué forma Shakespeare debió de conocer el contenido del poema homérico) para la caracterización de los héroes griegos y la introducción de Tersites.

Del mismo modo que Chaucer, por medio del sensual y cínico Filóstrato, se remonta a la fórmula medieval del amor cortés, Shakespeare, por medio del caballeresco y sentimental Troilo y Crésida de Chaucer, se remonta al espíritu del Filóstrato. Con sus fundamentos medievales, sus fragmentos de clasicismo griego y su fachada típica del siglo XVI, el drama de Shakespeare es quizás el más abigarrado de todo su teatro.

Da título al drama la bien conocida historia del amor del joven Troilo por la consumada coqueta Crésida (Criseida), la cual, más que inclinada a la intriga, finge ceder con gran repugnancia a las insistencias de su tío Pándaro, y, enviada después al lado de su padre Calcante entre los griegos, en un cambio de prisioneros, no tiene reparo en ponerse a coquetear acto seguido con Diómedes.

Guiado por Ulises, Troilo sorprende junto a la tienda de Calcas el coloquio en que Crésida cede a las instancias de Diómedes, hasta el punto de darle la misma prenda de amor que ha recibido de él. En la batalla Troilo intenta desesperadamente y en vano matar a su rival; al final del drama se nos muestra maldiciendo a Pándaro.

Pero las escenas relativas a este asunto no representan sino parte del drama. La obra es toda ella una sucesión de cuadros en que la epopeya está vista con mirada desencantada y despiadada. Pomposas descripciones, arengas de héroes, todo sirve para hacer resaltar la fundamental y despreciable causa de la guerra y la disolución que la prolongan. Ni Agamenón con su autoridad suprema, ni Menelao con el recuerdo de los ultrajes padecidos, ni Néstor con su experiencia ni Ulises con su sabio arte de gobernar pueden en modo alguno hacer que los acontecimientos sigan por buen camino.

Finalmente, cuando se organiza un singular combate entre el fanfarrón Ayax y Héctor, este último deja el duelo por no dañar a Ayax, que es primo suyo. Aquiles es presentado a la luz menos favorable que se pueda imaginar. Después de hacerse rogar largo tiempo para salir de su inercia (amenizada por el bufón Tersites), recurre al engaño cuando llega a encontrarse frente a Héctor, haciendo que sus mirmidones rodeen y maten al guerrero troyano inerme.

La muerte es omnipresente en esta casi tragedia: pero como lo trágico no tiene el acento franco y directo de las grandes tragedias de Shakespeare, la muerte no nos muestra nunca su franco y duro rostro de severa Musa heroica, sino sólo la chata bestialidad de su perfil indeciso y traidor. Está por todas partes, como corrupción y putrefacción insidiosa, como consunción sutil; es disgregación en vida, como en Hamlet, tragedia del mismo temple, escrita a poca distancia de Troilo y Crésida. El amor cortés (Troilo) es contaminado y conducido a rápida descomposición por el hálito de lupanar que emana de Pándaro; el honor caballeresco (que tal es la guerra, para Héctor y para Shakespeare) es manchado y deshecho por el cinismo de Tersites. El campamento griego es el nuevo mundo que surge en el siglo XVI: no busca la gloria y el honor, sino el poder, logrado a toda costa; un mundo maquiavélico gobernado por la inteligencia y no por la pasión.