Ludwig van Beethoven

 
Funerales. Su sordera se había agravado hasta el punto de impedirle la comunicación con el prójimo, circunstancia que empeoró el carácter desconfiado y huraño del genio. Además de sus nobles protectores, como el archiduque Rodolfo, el príncipe Lobkowitz, el conde Kinsky, la condesa Erdödy y otros representantes de la aristocracia austrohúngara, todo un círculo de fieles discípulos se movía en torno a Beethoven y trataba de aliviar las dificultades de su vida práctica y la amargura de su decadencia física: así, por ejemplo, Anton Schindler, su primer biógrafo, y Karl Czerny, continuador y difusor de su arte pianístico. Personajes de todo el mundo, y en particular de Inglaterra, acudían a visitar al gran músico en sus indescriptiblemente desordenados aposentos de soltero, que, siempre inquieto e insatisfecho, cambiaba continuamente; los cuadernos de conversación donde los visitantes escribían sus preguntas siguen siendo testimonio de tan penosas entrevistas. Rossini fue a verle cuando más alta era su gloria, y sintió achicársele el corazón ante el espectáculo de tanta miseria dispuesta como paradójico marco de tal genio, del que recibió gratas palabras de elogio para El barbero y el consejo de atenerse al género cómico.

Acabaron todavía de amargar los últimos años de Beethoven los desaguisados del querido sobrino y el pleito judicial con la desgraciada madre de éste, que finalmente se vio desposeída de todo derecho de patria potestad. A la sordera se añadieron con el tiempo otras dolencias, posiblemente determinadas por defectos hereditarios y sin duda favorecidas por el gran desorden de su régimen de vida. En 1821 aparecieron los primeros trastornos del hígado, pero hasta fines de 1826 no se manifestó claramente el mal que habría de llevar al genio a la tumba: cirrosis hepática, unida a hidropesía. El enfermo soportó con serenidad y buen humor algunas dolorosas intervenciones; con todo, se sabía condenado; el 3 de enero de 1827 escribió su propio testamento, el 23 de marzo le añadió un codicilo, y el día siguiente recibió los Sacramentos. Murió en la tarde del 26, mientras se desataba sobre Viena un temporal. Una gran muchedumbre acudió al entierro; junto a la tumba fue leída una alocución de Grillparzer, el poeta dramaturgo con quien el músico se había relacionado con vistas a una posible nueva ópera, Melusina. En la imagen, una representación de Franz Stober de los funerales de Beethoven.

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