William Shakespeare

Cimbelino

Este drama en cinco actos, en verso y en prosa, fue compuesto por Shakespeare alrededor de 1609, estrenado en 1609 o 1610 y publicado por primera vez en el primer infolio (1623). Las fuentes son diversas: un fragmento de la historia británica libremente adaptado por Holinshed, la novela novena de la segunda jornada del Decamerón (motivo de la apuesta y de la estratagema del baúl) y, para la vida de Belario e Imogen en la caverna, el drama Los raros triunfos del amor y de la fortuna (1579).

Imogen, hija de Cimbelino, rey de Britania, se ha casado en secreto con Leonato Póstumo. Pero este matrimonio secreto es descubierto al rey por la reina, madrastra de Imogen, que hubiera querido verla casada con su hijo Cloten. Desterrado, Póstumo se dirige a Roma y allí alaba la virtud de su mujer y hace una apuesta con un gentilhombre romano, Iachimo, de que si éste consigue los favores de Imogen, recibirá el anillo con el diamante que ella le ha dado.

Iachimo, rechazado por Imogen, afirma haberla sólo querido poner a prueba por amistad hacia Póstumo; es perdonado e incluso consigue que la princesa reciba en custodia un baúl que según Iachimo contiene preciosos regalos para el emperador. Con esta estratagema, Iachimo consigue penetrar en la cámara de Imogen, y de noche toma nota de los detalles del cuarto y de un lunar característico en el pecho de la princesa dormida.

Vuelto a Roma, aporta pruebas que sorprenden la buena fe de Póstumo, quien, convencido de la infidelidad de su esposa, da a Iachimo el anillo y escribe a Pisanio, su criado, dándole orden de que dé muerte a Imogen. Pisanio tiene compasión y la salva; la hace disfrazar de muchacho y le da una caja de drogas restauradoras recibida de la reina; en realidad, en la intención de la pérfida reina, la caja debiera contener venenos mortíferos, pero el médico de quien la ha obtenido ha colocado un inocuo soporífero.

Imogen, abandonada en un bosque junto al mar, es acogida amablemente por Belario, un patricio desterrado, y por los jóvenes educados por él como a hijos, y que en realidad son, sin saberlo, hijos de Cimbelino, raptados cuando niños por Belario para vengarse de la injusticia que el rey cometió con él. Los jóvenes son Guiderio y Arvirago, aunque usan los nombres ficticios de Polidoro y Cadwal.

Pronto surge un gran afecto entre los jóvenes e Imogen, instintivamente atraídos por los vínculos de sangre; llega entretanto Cloten, que, furioso por la desaparición de Imogen, obliga a Pisanio a revelarle parte de la verdad y, consiguiendo de él un vestido de Póstumo, se dirige al lugar donde espera encontrar a Póstumo e Imogen, decidido a eliminar al primero y violar a la segunda. Cloten se pelea con los hijos de Cimbelino y Guiderio le corta la cabeza.

Mientras tanto Imogen, cansada del viaje, ha tomado la droga que le dio Pisanio y ha caído en un letargo parecido a la muerte. Al suponerla muerta, es colocada en el suelo junto al cadáver de Cloten; después de rústicas y conmovedoras exequias, Belario y los jóvenes abandonan la escena. Cuando despierta del letargo, Imogen, encontrándose junto a un cadáver sin cabeza vestido con las ropas de Póstumo, piensa que se trata de él y se desespera, pese a tener muchas razones para dolerse de la conducta de Póstumo respecto a ella.

Entretanto, desembarca un ejército romano capitaneado por Lucio, para obligar a Cimbelino a pagar al emperador el pactado tributo, que la reina persuadió a Cimbelino a suspender. Imogen es tomada como paje por un general romano. Entre los romanos figura también Póstumo, quien decide, sin embargo, disfrazarse de aldeano británico y morir combatiendo por el país de Imogen, pues siente remordimientos de haberla hecho matar, según cree; también el pérfido Iachimo, lleno de remordimientos, a su vez, por haber calumniado a Imogen, forma parte de la expedición romana.

En la batalla que se produce, los británicos son al principio puestos en fuga y Cimbelino es hecho prisionero, pero luego, gracias al valor de Belario, Guiderio y Arvirago, así como al de Póstumo, que atraen y destrozan ellos solos a los romanos en un estrecho desfiladero, la suerte de la batalla cambia. Lucio, su paje (Imogen), Iachimo y Póstumo (que apenas ha advertido la victoria británica ha vuelto a combatir al lado de los romanos para encontrar la deseada muerte) son hechos prisioneros.

En una escena final los nudos de la intriga se resuelven en una serie de agniciones. Lucio pide a Cimbelino que perdone a su paje; el rey, conmovido por un algo indefinible en el aspecto del paje, le perdona y le permite pedir una gracia. Imogen (que en secreto se revela al rey) pide que Iachimo sea obligado a decir cómo ha conseguido el anillo que lleva en el dedo. Iachimo, arrepentido, narra las circunstancias de su traición. Póstumo, al enterarse de la inocencia de su mujer, se desespera, hasta que Imogen revela su verdadera personalidad y ambos se reconcilian.

El rey quiere premiar a Belario y a sus dos hijos, pero, habiendo confesado Guiderio que mató a Cloten, el rey le condena a muerte por haber asesinado a un príncipe real (entretanto, la pérfida reina ha muerto después de haber confesado sus intrigas y su odio por Cimbelino e Imogen). Belario revela entonces quiénes son los dos jóvenes y el viejo Cimbelino, en la alegría de haber encontrado a sus hijos, los perdona a todos y, aun habiendo vencido a los romanos, consiente en volverles a pagar el tributo.

El drama se resiente de la moda de la época en que fue escrito: en aquellos años se inicia la afortunada colaboración de Francis Beaumont (1584 ó 1585-1616) y John Fletcher (1579-1625), que inauguraron un estilo novelesco-sentimental destinado a grandes éxitos. Por ello el drama de Shakespeare, aunque rico en detalles trágicos, se resuelve en un final feliz: en la persona de Iachimo, por ejemplo, vemos una segunda edición, refundida y adulterada, del siniestro Yago de Macbeth. En el episodio de Imogen, que se despierta junto al supuesto cadáver de Póstumo, vemos calcado, débil y casi paródicamente, dada la naturaleza grotesca del personaje Cloten, el episodio de la cripta de Romeo y Julieta.

La gran cantidad de disfraces (entre los cuales destaca el de la mujer en muchacho, motivo de la época que se irá popularizando) y el absurdo de las estratagemas quitan toda capacidad persuasiva al drama. Aparte de la belleza de las escenas en torno a la caverna de Belarío, que respiran elogios a la vida rústica y tienen algo de la fascinación del episodio de Herminia entre los pastores de Tasso, Cimbelino no muestra la mano del mejor Shakespeare. Ni la amargura de Póstumo, que se cree traicionado, alcanza nunca la fuerza de acentos que, en una situación análoga, tenía Troilo en Troilo y Crésida. El único personaje que verdaderamente conquista nuestras simpatías es la suave Imogen.