William Shakespeare

Julio César

Esta tragedia en cinco actos, en verso y prosa, de William Shakespeare fue escrita probablemente en 1599, estrenada el mismo año y publicada "in folio" en 1623. Sus fuentes son las vidas de Bruto, César y Antonio de las Vidas paralelas de Plutarco, en la traducción inglesa de sir Thomas North (1579), muchas veces seguidas por Shakespeare literalmente. Se han comparado algunos pasajes con la Farsalia de Lucano, con las Epístolas de Cicerón, con la Historia natural de Plinio, con las Guerras civiles de Appiano, con la Historia romana de Dión Casio, con las Vidas de los doce Césares de Suetonio y con El César de Pescetti, pero no se puede decir qué es lo que Shakespeare ha tomado directamente de estas fuentes, ya que se han perdido otros dramas ingleses anteriores sobre el mismo tema.

Las ambiciones de Julio César provocan una conjura entre los defensores de la libertad romana, sobre todo Casio y Casca, quienes persuaden a Bruto. Bruto odia las ambiciones de César, pero no a César mismo, por lo que toda su actuación va acompañada de la repugnancia por el acto que va a efectuar. Bruto se defiende de la insistencia de su mujer Porcia, que quiere enterarse de su secreto, mientras la mujer de César, Calpurnia, advertida por un sueño, suplica a César que no vaya al Capitolio en los Idus de marzo. Pero uno de los conjurados, Decio, lo convence.

El sofista Artemidoro falla en su intento de prevenirle, y César es asesinado. Los conjurados hacen gritar por la ciudad: "¡Libertad e independencia!", creyendo tener al pueblo con ellos, pero Antonio, con una hábil oración fúnebre ante el cadáver de César, levanta al pueblo, mientras el forzado discurso de Bruto deja fría a la masa. La insurrección obliga a huir a los conjurados; se forma el gobierno de los triunviros, Antonio, Octavio y Lépido, que se movilizan contra el ejército de Bruto y Casio.


Frente al cadáver de César, Marco Antonio
(Marlon Brando) incita al pueblo a la rebelión, en
el excelente filme de Joseph L. Mankiewicz (1953)

La víspera del encuentro los dos amigos tienen un altercado, pero después se reconcilian y Bruto da a Casio la noticia de la muerte de Porcia. Este llamado "diálogo de arma corta" ("half-sword parley") fue una de las escenas más admiradas de todo el teatro de Shakespeare por sus contemporáneos. El espectro de César se aparece a Bruto. Sobre la llanura de Filipos, Bruto vence a las fuerzas de Octavio, mientras que Casio es batido por Antonio. Creyendo que también Bruto ha sido derrotado, Casio se suicida; el fiel Titinio sigue su ejemplo. En la segunda batalla Bruto, desalentado por la muerte de Casio, es derrotado e, igualmente, se mata.

El problema de la interpretación de este drama, que preludia el período de las grandes tragedias de Shakespeare, está complicado por la confusión que existe entre la función dramática de la escena central (la muerte de César) y la auténtica meta trágica. La mayor parte de los críticos, basándose en el hecho de que la muerte de César sucede en un estado prematuro de la acción, niegan que éste sea el protagonista de la tragedia y sostienen que esta calidad compete a Bruto. Por otra parte reconocen que el espíritu de César domina toda la tragedia, incluso después de su muerte, y su nombre está en los labios de Casio y de Bruto cuando se suicidan.

A primera vista puede parecer que el verdadero protagonista es Bruto, tanto más cuanto que, al final del drama, éste es recordado por Antonio con palabras que, por analogía, podrían aplicarse al mismo Shakespeare: "Éste fue el más noble entre todos los romanos... Su vida fue apacible; y los elementos estaban de tal forma mezclados en él, que la Naturaleza podría erguirse y exclamar ante todo el mundo: esto fue un hombre". Pero Bruto, en el primer acto, ocupa una posición secundaria respecto a Casio; en el tercero, su personalidad es apoyada por la de Antonio; y sólo en los actos IV y V desempeña una función dramática de primer plano.

Para resolver el problema, algunos han pensado que el verdadero protagonista es la idea personificada por César, el cesarismo, el ideal autoritario, cuyo antagonista sería la idea republicana representada por los defensores de la libertad de la antigua Roma. Para otros, en fin, todas las disquisiciones sobre el verdadero protagonista son vanas, teniendo en cuenta cuán indisolublemente están ligados los destinos de César y de Bruto, de tal suerte que a Bruto (acto IV, escena 3) se le aparece su propio destino, su demonio, con el rostro de César.

La tragedia, dotada de un ritmo apremiante, está regida por un férrea Némesis: la primera parte culmina en la muerte de César, la segunda en el suicidio de sus matadores. En medio hay una pausa, la reunión de los triunviros que, apartados del trágico tumulto, lo miran fríamente, calculando sus ventajas prácticas. El elemento cómico está casi ausente de este drama romano, como también de Coriolano; si en él hay risa, es una risa amarga por el destino del poeta Cinna, muerto por la ingenuidad y la simpleza de la muchedumbre, fácilmente conquistada por los descarados recursos retóricos de la oración de Antonio.