La contaminación

De un modo general, se entiende por contaminación la liberación en el medio ambiente de cualquier tipo de elemento que cause efectos adversos sobre el ser humano o sobre el entorno. Tales elementos tienen por lo común la propiedad de no poder ser asimilados o degradados parcial o totalmente a causa de su propia naturaleza o de su cantidad excesiva, y persisten en el medio ambiente provocando alteraciones en el equilibrio de los ecosistemas.

Es evidente que la actividad humana ha causado siempre un mayor o menor grado de contaminación del entorno; sin embargo, no fue hasta el siglo XX, pasados ya doscientos años del inicio de la revolución industrial, cuando empezó a tomarse conciencia de que el desarrollo agrícola e industrial, el crecimiento demográfico y urbano y las expansión del consumismo estaba elevando la contaminación a niveles alarmantes. En la actualidad, el número de agentes contaminantes apenas si puede inventariarse: nuevas industrias y métodos de fabricación producen constantemente sustancias y compuestos cuyo impacto ambiental sólo puede valorarse después de muchos años.

La extensión del fenómeno es tan amplia que ni siquiera es fácil clasificar sus formas. Se habla, por ejemplo, de contaminación local o general según la extensión de las zonas afectadas, pero muchas alteraciones aparentemente locales acaban teniendo incidencia global. Si se parte de los agentes contaminantes, la naturaleza de los mismos es tan variada (sustancias inertes u orgánicas sólidas, líquidos o gases, de origen natural o artificial, además de formas de energía como radiaciones, calor y ruidos) que acaba atomizando la clasificación. Por esta razón suele acudirse como criterio al medio afectado (contaminación atmosférica, del suelo, de las aguas), aunque es evidente que todos ellos están interrelacionados: la llamada «lluvia ácida», por ejemplo, arrastra contaminantes atmosféricos hasta depositarlos en el suelo o en las aguas.

Contaminación natural y contaminación humana

Aunque el término «contaminación» alude casi siempre a la que es fruto de la acción del hombre, hay que observar que también puede tener origen en causas naturales. Las erupciones volcánicas son un ejemplo de contaminación natural: cuando un volcán entra en erupción, lanza a la atmósfera dióxido de sulfuro, monóxido de carbono, partículas sólidas y otros materiales y, como consecuencia, las plantas y los animales del entorno pueden resultar dañados, contraer enfermedades o morir.

Otro ejemplo clásico de contaminación natural es el que se registra en Smoking Hills, unas colinas costeras situadas en un remoto páramo del Ártico canadiense. En esta área existen depósitos de carbón de baja calidad que se han formado de manera natural y que de vez en cuando arden espontáneamente liberando nubes de dióxido de sulfuro sobre la cercana tundra. Cuando este gas alcanza la superficie de la tierra, acidifica el suelo y el agua dulce; cuando esta acidez llega a cierto nivel, los metales se vuelven solubles. Todo ello, sumado a la toxicidad del dióxido de sulfuro, ha deteriorado por completo el ecosistema local.


Smoking Hills (cabo Bathurst, Canadá)

Las formas naturales de contaminación han existido desde siempre, y no hay mucho que pueda hacerse para controlar estos sucesos; no obstante, la fracción más preocupante tiene su origen en la propia actividad humana y, por lo tanto, puede ser controlada por el hombre. El problema viene afectando a la humanidad desde que la revolución industrial intensificó la emisión de contaminantes, pero sólo en tiempos más recientes se han revelado sus verdaderas dimensiones. Tras cincuenta años de industrialización, los londinenses de finales del siglo XVIII, por ejemplo, estaban expuestos a grandes cantidades de gases nocivos transportados por vía aérea y a peligrosos niveles de materiales tóxicos presentes en las reservas de agua; pero, por lo general, la insalubridad de ciertas áreas industriales se encajaba como una consecuencia insoslayable del progreso.

Las voces de alerta no empezaron a hacerse oír hasta la década de 1960. Por un lado, el incremento de la población en muchas áreas urbanas significaba que más personas y más industrias estaban vertiendo al medio ambiente una concentración de contaminantes mayor que antes. Por otro lado, la tecnología moderna había creado una amplia gama de materiales y procedimientos que liberaban en el medio ambiente muchas sustancias químicas nuevas y con frecuencia peligrosas. Por esos años, que fueron de concienciación ecológica general, se descubrió y denunció la acción nociva de muchas sustancias y se registraron diversos siniestros y tragedias colectivas de envenenamiento o enfermedad causadas por agentes contaminantes. A medida que fue tomándose conciencia de los problemas relacionados con la contaminación, se empezó a exigir la implicación gubernamental para controlar la emisión de contaminantes y sanear el medio ambiente.

La contaminación atmosférica

La principal causa de la contaminación atmosférica es la combustión de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas) para mantener en funcionamiento la maquinaria industrial y generar electricidad. Una segunda causa de contaminación es la combustión incompleta de la gasolina o el gasoil en automóviles, camiones, trenes, buques, aviones y otras formas de transporte. Cantidades más pequeñas de contaminantes se liberan durante la incineración de productos de desecho sólidos y en muchos procesos industriales.

En algunos casos, los contaminantes pasan directamente a la atmósfera, por lo que reciben el nombre de contaminantes primarios. En este grupo se encuentran el dióxido de azufre, el óxido de nitrógeno y el monóxido de carbono. En otros casos, los materiales liberados en la fuente de origen experimentan una reacción química en la atmósfera y se convierten en los llamados contaminantes secundarios, como es el caso del ozono y los nitratos de peroxiacilo, principales componentes del smog o niebla tóxica.

Ciertas sustancias pueden tener una incidencia global, como los CFC sobre la capa de ozono

La lista de contaminantes atmosféricos es bastante amplia; por su cantidad y toxicidad, los más amenazantes son el monóxido de carbono, los óxidos de nitrógeno y de azufre, las partículas en suspensión y los compuestos orgánicos volátiles. Todos ellos tienen efectos perniciosos inmediatos. Por ejemplo, el monóxido de carbono es un gas tóxico bien conocido que priva a la sangre de su capacidad de transportar oxígeno. Una exposición prolongada puede causar trastornos cardíacos y respiratorios, dolores de cabeza, náuseas y fatiga, y en concentraciones suficientemente altas, coma y muerte. Los óxidos tanto del azufre como del nitrógeno afectan el aparato respiratorio; en bajas concentraciones causan irritaciones en los ojos y la garganta y provocan trastornos respiratorios, y en altas concentraciones producen enfisema, bronquitis y cáncer de pulmón. Los efectos de las partículas en suspensión son variados, desde impedir la fotosíntesis (producción de alimento) en las plantas hasta obstruir las vías aéreas pulmonares, lo que provoca enfermedades respiratorias.

Además de las recurrentes campañas de concienciación (por ejemplo, en favor de la bicicleta o del transporte público), de efecto limitado, en las regiones industrializadas se está impulsando el desarrollo y aplicación de soluciones técnicas que limiten las emisiones. Una posibilidad es convertir los contaminantes nocivos en formas inofensivas antes de liberarlos en la atmósfera. Así, en el sector del automóvil se ha impuesto la instalación de catalizadores para controlar la emisión de gases contaminantes. Estos catalizadores convierten los óxidos de nitrógeno y los hidrocarburos nocivos en elementos inofensivos, como nitrógeno, oxígeno, dióxido de carbono y vapor de agua.

Otra opción es introducir mecanismos que retengan los contaminantes para que éstos no se liberen en la atmósfera; tal es la función, por ejemplo, de los depuradores que se instalan en las chimeneas industriales. Los gases tóxicos, como los óxidos de azufre y nitrógeno, son capturados por los depuradores, donde reaccionan con sustancias químicas que los convierten en productos secundarios inofensivos e incluso algunas veces útiles. Con todo, algunas formas de contaminación del aire llegan a tener un efecto tan grave y visible que los fenómenos resultantes se estudian por separado; éste es el caso del smog, la lluvia ácida, el efecto invernadero y el adelgazamiento de la capa de ozono.

El smog

La neblina contaminante que con diversa frecuencia e intensidad se forma sobre las grandes ciudades se designa con el término smog, vocablo formado por composición de dos palabras inglesas: smoke (humo) y fog (niebla). Una de sus variantes, el smog industrial, se produce cuando el dióxido de azufre, las partículas en suspensión y otros contaminantes liberados por la combustión industrial y doméstica de combustibles fósiles quedan atrapados por una inversión térmica (situación atmosférica en la que una capa de aire frío queda estancada bajo una capa de aire caliente). El resultado es una bruma grisácea apreciable a simple vista.


El uso de mascarillas es habitual en ciudades con episodios frecuentes de smog, como Pekín

Una segunda forma es el smog fotoquímico, que se genera cuando los óxidos de nitrógeno (producidos en grandes cantidades por motores de combustión interna, como los de los automóviles) reaccionan con el oxígeno del aire y forman una compleja mezcla de contaminantes, como el ozono, los nitratos de peroxiacilo y otros compuestos orgánicos. El smog fotoquímico suele tener un aspecto y efecto similares a los del smog industrial y, de hecho, en la mayoría de las ciudades están presentes las dos formas. Lo habitual es que un cambio de condiciones climáticas permita la entrada de vientos y la dispersión de la niebla, pero muchas ciudades soportan periódicamente episodios de persistencia que pueden acarrear graves trastornos respiratorios.

La lluvia ácida

La lluvia o precipitación ácida es cualquier forma de precipitación (lluvia, nieve, aguanieve, granizo o niebla) que tenga un grado de acidez más alto de lo normal. Este exceso de acidez se deriva de la formación de elementos ácidos en la atmósfera a partir de las sustancias químicas liberadas por las actividades humanas.


El dióxido de azufre y los óxidos de nitrógeno originan la lluvia ácida

La mayoría de las centrales eléctricas liberan como productos derivados grandes cantidades de óxidos de nitrógeno y de azufre. Una vez en la atmósfera, estos óxidos reaccionan con la humedad presente en el aire y forman ácido sulfúrico y nítrico. Cuando se produce la precipitación, estos ácidos caen en la superficie y afectan a las aguas y a los seres acuáticos, así como a los animales, las plantas y los suelos.

Al ser transportados por los vientos a grandes distancias, los gases citados pueden causar lluvias ácidas en regiones muy alejadas del lugar de producción. Algunos expertos sostienen que grandes regiones forestales de la costa este de Estados Unidos y Canadá están gravemente dañadas por la precipitación ácida derivada de los gases liberados en las zonas industriales del medio oeste de Estados Unidos; en muchos lagos de estas mismas regiones y del norte y este de Europa la vida acuática se ha extinguido por la misma razón.

El efecto invernadero

El dióxido de carbono no suele ser considerado un contaminante, pues no tiene efectos nocivos sobre las plantas y los animales; no obstante, entre las propiedades de este gas, existe una que puede afectar gravemente a la vida terrestre. La energía solar que alcanza la atmósfera tiene destinos diferentes. Una parte se refleja en la atmósfera y regresa al espacio, mientras que otra atraviesa la atmósfera y llega hasta la corteza terrestre. De la energía solar que alcanza la superficie, una parte calienta océanos y continentes y otra es reflejada a la atmósfera. Pero una gran fracción de esta energía reflejada no vuelve al espacio, sino que es absorbida y reirradiada en forma de calor por las moléculas de dióxido de carbono suspendidas en el aire.

Este fenómeno se ha comparado con la acción de la cubierta transparente de un invernadero: deja pasar la luz hacia el interior, pero impide en cambio la salida del calor. De ahí su nombre de «efecto invernadero»; el dióxido de carbono y otros gases (los llamados «gases de efecto invernadero») actúan como actuaría un plástico o cristal traslúcido que rodease la Tierra. Los expertos creen que, sin el efecto invernadero, la temperatura de la corteza terrestre sería unos treinta grados centígrados más fría de lo que es actualmente.


Los gases de efecto invernadero provocan el calentamiento global

Desde finales del siglo XX, los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera han aumentado a una velocidad vertiginosa. La principal causa de este incremento es la combustión de combustibles fósiles destinados a calefacción, procesos industriales, transporte y otros usos. Con la incorporación de dióxido de carbono a la atmósfera se intensifica el efecto invernadero y, según parece demostrado, aumenta la temperatura media anual del planeta.

En un informe publicado a principios del año 2001, los científicos llegaron a la conclusión de que, si no se reducían las emisiones de gases de efecto invernadero, la temperatura global media de la superficie terrestre podría subir casi seis grados en los próximos cien años. Asimismo, añadieron que la contaminación producida por el hombre ha contribuido sustancialmente al calentamiento global y que probablemente la temperatura de la Tierra aumentaría mucho más de lo previsto. Un calentamiento de tal magnitud podría causar, además de grandes perturbaciones climáticas y procesos de desertización, el derretimiento total de los hielos polares, lo que a su vez significaría la inundación de las áreas costeras, las más densamente pobladas.

Reducción de la capa de ozono

El ozono es una forma de oxígeno cuyas moléculas están formadas por tres átomos de oxígeno en lugar de los dos característicos. Se encuentra en concentraciones muy pequeñas en las zonas superiores de la atmósfera, formando la llamada capa de ozono, a una distancia de entre veinte y treinta y cinco kilómetros de la Tierra. Esta capa desempeña una función esencial para la vida, ya que actúa como un filtro natural: las moléculas de ozono absorben la radiación infrarroja de la luz solar que entra en la atmósfera. Es sabido que la radiación infrarroja tiene múltiples efectos nocivos sobre las plantas y los animales, desde excoriaciones en las hojas y los frutos de las plantas hasta cánceres de piel y problemas oculares en el ser humano.


La capa de ozono y el agujero sobre la Antártida en 1997

Durante la segunda mitad del siglo XX se detectó una disminución de las concentraciones de ozono en la estratosfera que llegó a ser particularmente alarmante en algunas zonas; durante el verano austral, la reducción suponía la apertura sobre la Antártida de un enorme agujero en la capa de ozono, que volvía a cerrarse en invierno. Estudios científicos llevaron a la conclusión de que ciertos gases y sustancias sintéticas estaban destruyendo la capa de ozono. El monóxido de nitrógeno que liberan los motores de los aviones supersónicos y los clorofluorocarbonos (CFC) procedentes de la pulverización de los aerosoles (donde actúan de propulsores) y de los equipos de refrigeración (donde actúan como refrigerantes) ascienden hacia las capas altas de la atmósfera y reaccionan con el ozono reduciéndolo a oxígeno. Afortunadamente, tras hacerse efectiva la prohibición internacional que pesa sobre los CFC, las dimensiones del agujero de la capa de ozono parecen haber remitido.

La contaminación del suelo

Dos son las causas principales de la contaminación del suelo: la lluvia ácida y el uso excesivo de abonos artificiales y pesticidas. La lluvia ácida, como ya se ha indicado, consiste en la precipitación de gases contaminantes que son arrastrados hacia la superficie por la lluvia. Es característica de la zonas industrializadas (especialmente los Estados Unidos y el centro de Europa) y produce la acidificación del suelo y una paulatina destrucción de los bosques. Por otra parte, el uso de sustancias químicas en las tierras de labor da lugar a una rápida pérdida de fertilidad, hasta el punto de quedar algunos campos completamente baldíos. La acumulación de basura urbana en vertederos y los depósitos de residuos químicos y tóxicos son otras fuentes de contaminación potencial del suelo, con el peligro añadido de filtraciones hacia las corrientes de agua subterránea.

Si se presta atención específica a la acción humana directa, la contaminación del suelo ha de atribuirse sobre todo al desarrollo hasta niveles nunca vistos de la agricultura y la ganadería industrial desde mediados del siglo XX, consecuencia tanto de la demanda de alimentos por la explosión demográfica como de la implantación de modelos de explotación que aspiran al máximo beneficio inmediato.

Así, en aras de un incremento de la productividad, se emplean masivamente más abonos y fertilizantes químicos (especialmente nitratos y fosfatos) de los que las plantas llegan a asimilar; el resto acaba dañando la composición del suelo, o bien es arrastrado por las lluvias hacia los ríos, lagos y mares, o se filtra hacia los acuíferos subterráneos, provocando la eutrofización de las aguas. También las defecaciones del ganado son ricas en fósforo y nitrógeno, pudiendo contener además gérmenes patógenos.


La aplicación de pesticidas contamina los suelos y las aguas

Los monocultivos, por otra parte, reducen drásticamente la biodiversidad y, por un principio bien conocido, la ausencia de enemigos biológicos y la abundancia de alimento multiplican la presencia de potenciales consumidores de las plantas cultivadas. Ello obliga al uso de plaguicidas y pesticidas cada vez más potentes, pues algunos organismos desarrollan resistencia a los mismos.

El uso de tales productos salvaguarda los cultivos al precio de contaminar el medio ambiente: inevitablemente una parte de estas sustancias tóxicas va a parar a la atmósfera y otra al suelo, y a través de él, a los ríos y las aguas subterráneas, a las cadenas tróficas e incluso a los productos agrícolas resultantes. A menudo se recuerda el caso del DDT, un insecticida sintético no degradable (prohibido en los 70, pero autorizado para combatir la malaria) que, a través de la contaminación de los mares y la cadena trófica, llegó a los pingüinos de la Antártida. Las alternativas (una agricultura más diversificada o la introducción enemigos biológicos naturales para contener las plagas) son por el momento de difícil aplicación.

La contaminación de las aguas

La contaminación de las aguas es un fenómeno creciente en los cauces fluviales y en la proximidad de la costa. Sus efectos más importantes son la pérdida de potabilidad del agua y la desaparición de la vida acuática. La contaminación del preciado líquido se produce, en las aguas superficiales, por acumulación de restos orgánicos y basura o por el vertido de productos químicos o petróleo; otra causa es la filtración de elementos tóxicos hacia las corrientes subterráneas. Los efectos sobre la salud de la contaminación del agua son altamente peligrosos y pueden transmitirse por diferentes vías, desde la ingestión directa del líquido al consumo de vegetales regados con aguas polucionadas o de peces procedentes de zonas contaminadas. La contaminación del agua dulce, un bien escaso en muchas partes del planeta e imprescindible en toda actividad humana, reduce las reservas disponibles y ocasiona gravísimos perjuicios económicos.


Estación depuradora de aguas residuales

Entre las más importantes fuentes directas de contaminación humana de las aguas cabe destacar sus usos domésticos, industriales y agrícolas. En ciudades y pueblos, el agua se emplea como transporte de los residuos domésticos (fundamentalmente orgánicos y detergentes) a través de la red de alcantarillado, que antiguamente desembocaba en ríos y mares; actualmente, el agua es tratada en plantas de depuración antes de ser devuelta a la naturaleza, pero no son pocas las regiones en que tales tratamientos no son lo suficientemente rigurosos, o en que simplemente no hay fondos para financiar estas costosas instalaciones.

Algo parecido ocurre con los residuos industriales: aunque a veces se incumplen o son insuficientes, legislaciones restrictivas prohíben en los países avanzados el vertido de residuos y obligan a las empresas a costear su tratamiento, pero no ocurre lo mismo en las áreas subdesarrolladas. Obviamente, los productos químicos y sintéticos originados por la industria son mucho más peligrosos que los detritos fecales domésticos. Respecto a los usos agrícolas, los sistemas de riego tradicionales, que emplean profusión de agua, favorecen la disolución tanto de los fertilizantes químicos como de los restos de pesticidas y plaguicidas depositados en el suelo, provocando la eutrofización y contaminación de las aguas subterráneas. Las lluvias arrastran igualmente estas sustancias hacia ríos, lagos y embalses.

Las mareas negras

Los océanos son a menudo los receptores últimos de los productos contaminantes procedentes tanto de las aguas continentales como de la atmósfera y el suelo. La contaminación es particularmente visible en mares interiores de mediana o reducida extensión; en algunos casos, la vida ha desaparecido por completo; en otros, los residuos se han incorporado a las cadenas tróficas, provocando la extinción de especies marinas e incrementando la mortalidad. Pese a sus dimensiones, los mares abiertos y los océanos tampoco poseen la capacidad de regenerar todos los contaminantes.


Voluntarios limpiando la costa tras la catástrofe del Prestige (2002)

Periódicamente, océanos y costas padecen además un tipo accidental y específico de contaminación: las mareas negras. Con este nombre se designan los vertidos de hidrocarburos resultantes del hundimiento de alguno de los grandes buques petroleros que transportan el «oro negro» desde los pozos de extracción hasta las refinerías. Toneladas de crudo se extienden por la superficie de las aguas hasta llegar al litoral, arrasando los ecosistemas costeros. Las prospecciones y extracciones submarinas desde plataformas petroleras también han ocasionado numerosos vertidos y mareas. Otros vertidos actualmente de menor entidad, pero igualmente dañinos, proceden de una práctica prohibida: la limpieza de los tanques de los petroleros en alta mar.

Contaminación radiactiva

La obtención de energía mediante la fisión de átomos genera un tipo particular de residuos sumamente contaminantes, cuyos efectos se prolongan durante largos espacios de tiempo. Sin embargo, el mayor peligro de contaminación por radiactividad procede de las explosiones nucleares y de los accidentes y fugas de radiación en centrales energéticas e instalaciones científicas o médicas. En este sentido cabe destacar el tristemente célebre accidente de Chernobil (Ucrania), ocurrido en 1986. La emisión de radiactividad a la atmósfera fue de tal intensidad que pudo detectarse a miles de kilómetros de distancia. Cientos de miles de hectáreas de tierra agrícola quedaron inútiles durante décadas; la contaminación radiactiva disparó el número de casos de cáncer y de nacimientos con malformaciones congénitas en toda Ucrania.

Contaminación acústica, luminosa y de radio

Se trata de tipos particulares de contaminación no material que, no obstante, pueden producir serios daños a la salud o perjudicar ciertas actividades humanas. Se considera que existe contaminación acústica cuando el nivel de ruido supera el establecido como tolerable: 65 decibelios, según la Organización Mundial de la Salud. Limitado antiguamente a fábricas, talleres e instalaciones industriales como uno más de los factores de insalubridad laboral, el ruido se ha convertido en un problema que afecta todas las zonas urbanas, debido, entre otras causas, a la motorización, que aporta el 80% de la contaminación acústica en las ciudades de los países de la OCDE. La exposición continuada al ruido produce alteraciones nerviosas y auditivas graves, y puede llegar a afectar, por trepidación, a la estructura de los edificios.

La contaminación luminosa, por otra parte, es característica de los entornos urbanos y puede causar daños a la vista. Además, la dispersión de la luz debida a los gases y al polvo atmosférico (luminiscencia del cielo nocturno) afecta a la observación del espacio por parte de los telescopios astronómicos. En cuanto a la contaminación de ondas de radio, se produce por saturación del espectro radioeléctrico. No hay unanimidad acerca de si es perjudicial para la salud, pero dificulta las comunicaciones y produce interferencias.

Basura espacial

Uno de los más novedosos procesos contaminantes es la generación de «basura espacial». La proliferación de lanzamientos al espacio durante la segunda mitad del siglo XX ha contribuido a saturar las órbitas bajas (las más frecuentadas) con todo tipo de restos de satélites y de cohetes que orbitan la Tierra y ponen en peligro la navegación de las astronaves operativas. Esta basura espacial supone además un riesgo para la población humana, no sólo por la posibilidad de caída de objetos hacia la superficie, sino por la abundancia de materiales radiactivos en órbita, procedentes de los sistemas energéticos de las naves inutilizadas.

En teoría, cuando un satélite llega al final de su vida útil, el reactor se separa del cuerpo principal y es expelido a una órbita superior en la cual ha de permanecer; pero el sistema de propulsión puede fallar, como ocurrió con el Cosmos-974, que volvió a entrar en la atmósfera junto con el satélite, esparciendo una gran cantidad del combustible nuclear por la región canadiense del Gran Lago del Esclavo. Por otra parte, la basura espacial está afectando también a las observaciones astronómicas, ya que en exposiciones largas aparecen trazas de satélites o de residuos espaciales.

La lucha contra la contaminación

Diversos organismos públicos y privados han ofrecido propuestas de solución para el grave problema de la contaminación. Entre ellas destaca el programa RRR (reutilización, recuperación y reciclaje), destinado a disminuir la producción de basura en las ciudades. La puesta en marcha de nuevas normas, el uso de energías alternativas (solar, eólica, maremotriz) y el desarrollo de tecnologías «limpias» son otras posibilidades.

Instituciones oficiales como la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), fundada en 1990, o iniciativas como el plan Auto-Oil de la Unión Europea, destinado a reducir en un 70% la emisión de contaminantes atmosféricos procedentes de motores, son ejemplos de la voluntad de reducir los procesos polucionantes. Una innovación curiosa, aplicada por primera vez a finales de la década de 1980, fueron las denominadas bacterias «comebasura», un tipo particular de microorganismos que se alimentan de residuos contaminantes, destruyéndolos por completo.


Smog en Daqing (China)

Sin embargo, y dado que la contaminación es actualmente un proceso global, las soluciones deben venir de la firma de acuerdos y convenios internacionales. En este sentido destaca el protocolo de Montreal, firmado en 1987, por el que se acordó un recorte paulatino de la producción de CFC hasta su total prohibición; algunas convenciones sobre la contaminación atmosférica transfronteriza y sobre transporte internacional de residuos peligrosos también fructificaron en acuerdos. Otros encuentros, como la conferencia de Kyoto, celebrada en 1997 y cuyo objetivo era reducir las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera, se encontraron con serias dificultades al negarse varios países a aceptar cuotas de emisión decrecientes.

En el año 2000, en un esfuerzo por controlar el efecto tóxico global de los contaminantes, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente organizó una reunión para elaborar un tratado restrictivo sobre fabricación y uso de doce contaminantes orgánicos persistentes. Las restricciones incluyeron ocho pesticidas (aldrin, clordán, DDT, dieldrin, endrin, heptacloro, mirex y toxafeno), dos tipos de productos químicos industriales (hexaclorobenceno y bifenilos policlorinados) y dos tipos de subproductos industriales (dioxinas y furanos). Estos contaminantes tóxicos no se eligieron porque fueran los más peligrosos, sino debido a que son los que se han estudiado más a fondo. El DDT, puesto que todavía se utiliza ampliamente en África para controlar la malaria, obtuvo una exención especial: puede emplearse con este fin hasta que se consiga desarrollar y aplicar estrategias o productos alternativos.

En la lucha contra los contaminantes químicos, desde principios del siglo XXI se han venido produciendo avances científicos esperanzadores. Así, se ha descubierto que centenares de especies de vegetales, junto con los hongos y las bacterias presentes en el ecosistema alrededor de sus raíces, resisten y a menudo descomponen moléculas químicas que pueden perjudicar a muchas otras formas de vida. Por ejemplo, hay girasoles que absorben uranio, helechos que crecen sobre arsénico, tréboles que se alimentan de petróleo y álamos que destruyen disolventes de limpieza secos. La investigación sobre el empleo de estas plantas como esponjas contra la contaminación debe proseguir, pero los primeros informes son prometedores.